Un momento...

27 de junio de 2026

27 de junio de 2026

27 de junio de 2026

DALLAS, OTRA VEZ

Guido Mignogna

@guidomignogna
La pelota no se mancha
Tiempo de lectura: 8 minutos

La Revancha que le deben al diez

Para Argentina y su historia futbolera, Estados Unidos no es un territorio neutro. Dallas, no es una ciudad cualquiera. En el Mundial de 1994, Diego Armando Maradona fue expulsado del torneo tras dar positivo en un control antidoping que nunca terminó de explicarse del todo. En la Copa América 2024, que se jugó en ese mismo país, treinta años después, esa tragedia deportiva volvió a aparecer en boca de los propios jugadores de la Selección campeona del mundo y de América, que lo recuperaron como una bandera simbólica a través de un cantito que hablaba, sin rodeos, de “la revancha que le deben al 10”. No se trataba de nostalgia ni de ajuste de cuentas tardío, sino de una historia que sigue picando en el imaginario colectivo, y que está ahí, a mano para que nuestra Selección tenga un incentivo más.

Canten, putos

Ahora sí, manos arriba: Jordania y se nos termina la primera parte del mundial. Bienvenidos a la chiquita, diría Álvaro Martin. Se viene Miami en dieciseisavos y una localía intensa. Allá vamos. Todavía no suena un nuevo hit en las tribunas americanas. Por ahora suenan la vieja, querida y gastada “Muchachos” y otros cantitos del montón. La que eligieron los jugadores para motivarse y ganar la Copa América del 24 no pegó por ahora. Hay otra dando vueltas compuesta y apalancada por un ¡generador de contenidos!, con ¡videoclip incluido!, que lleva la melodía de la canción de Gilda “No me arrepiento de este amor” y que habla de lo que hablan todas: Maradona, Messi, Malvinas.

Hasta el 2014, el público de la Selección era más bien laico, inocente, distraído. El hincha de su club, avergonzado, siempre se desmarcó rápido de esa pasividad. Salvo por el prontuario de las barras en los mundiales, nuestros hinchas se comportaban como los de cualquier otro país. El cancionero popular mundialista era siempre el mismo: un bodrio.

Maradona, en la platea, sufría y se agarraba la cabeza. Y entonces, al final del partido, en todo el estadio, el grito de guerra, el llamado de su pueblo: Maradooo, Maradooo. Era hora de volver. Grondona lo necesitaba y Diego siempre quiso estar

Compartir:

Eso cambió en el mundial de 2014, dice el escritor Manuel Soriano en Canten, Putos. Un libro fresco y divertido que bucea e investiga la historia de los cantitos de cancha en Argentina. Por la cercanía de la sede, nuestros hinchas coparon Brasil y nacieron canciones nuevas, elaboradas, con el punch y la astucia de los cantitos de las hinchadas de nuestros clubes. Brasil, decime qué se siente inauguró una época. Un primer hit más de tribuna, con letra extensa, con un interlocutor claro, con historia e historias chicaneras para nuestros vecinos. Una letra forzada que, por momentos, olvidaba que enfrente estaba la selección más ganadora de todas y que, desde nuestra última Copa América en el 93 a esa fecha, Brasil había ganado dos mundiales y cuatro copas América. Qué importaba.

A partir de ahí, cada cuatro años, parece haber un reality a cielo abierto para ver quién inventa el cantito que ocupe el chart 1 de nuestras redes y noticieros. Insufrible ver pasar las canciones desesperadas con sus autores desesperados que intentan viralizarse.

La metamorfosis siguió: el hincha argentino de la Selección se siguió transformando en el hincha argentino de su club. En Rusia y Qatar la mimesis fue total:  banderazos, peleas en las canchas y cantitos ambiciosos. Una cultura del aguante for export. Una verdad argentina: si vamos hasta allá nos hacemos notar. El hit 2026 tendrá que aparecer en Miami. Dónde sino.

Conferencia de prensa de Maradona. Hotel Sheraton, Dallas.

El caso Maradona

Hace 32 años Diana Ross erraba su penal en la inauguración del Mundial USA 94 mientras nuestra Selección se ilusionaba con ganar su tercera estrella de la mano de un Maradona que llegaba flaco, lúcido y feliz. “Es el primer mundial en el que me van a ver jugar Dalma y Gianina”. Diego venía de unos años zigzagueantes: en marzo del 91, en un Napoli-Bari, dio positivo de cocaína y la FIFA de Joao Havelange lo sentenció con 15 meses sin fútbol. Cuatro semanas después, la policía federal se lo llevaba detenido por tenencia de drogas de una casa en Caballito. Al año volvía al fútbol de la mano de su querido y salvador Carlos Bilardo en el Sevilla, donde esquivaba rivales y detectives que el propio club contrataba para que le hicieran marca personal por las noches. Diego terminó mal y se fue a Rosario para jugar en Newells; ahí también jugó poco (cinco partidos oficiales) y se terminó desgarrando en un partido contra Huracán.

Signorini decía que para llegar bien al mundial tenía que volver a un lugar parecido a Fiorito, en contacto con la naturaleza y sin lujos ni opulencia

Compartir:

La Selección le quedaba lejos y, además, sin él, la Argentina del Coco Basile volaba y ganaba: en el 91 la Copa América en Chile, la Copa Rey Fahd -aka Confederaciones- en el 92, y la Copa América 93. Invicto de 31 partidos y un recambio generacional necesario para llegar frescos al Mundial del 94. Pero el 5 de septiembre de 1993 llegó la debacle total: 0 5 en El Monumental contra una bella Colombia que casi nos dejaba afuera del Mundial. Maradona, en la platea, sufría y se agarraba la cabeza. Y entonces, al final del partido, en todo el estadio, el grito de guerra, el llamado de su pueblo: Maradooo, Maradooo. Era hora de volver. Grondona lo necesitaba y Diego siempre quiso estar. Argentina jugaba un repechaje contra Australia. Ida y vuelta. Sídney-Buenos Aires. Sin control antidoping, con café veloz, Argentina ganaba con lo justo. Diego, tocado desde lo físico, se hizo cargo del equipo (dicen que inventa la posición de doble 5 en estos partidos), metió un par de pinceladas para que Argentina se sumara a la Copa del Mundo. Diego y los argentinos felices.

Pero había que ponerse a tono y limpiarse: con Signorini, su PF, pero también con Daniel Cerrini, un fisicoculturista que venía de otro palo, Maradona se sacó de encima las drogas, entrenó como nunca en un campito perdido de La Pampa (Signorini decía que para llegar bien al mundial tenía que volver a un lugar parecido a Fiorito, en contacto con la naturaleza y sin lujos ni opulencia). Hubo resurrección y Diego se preparó para su cuarto y último mundial. Llegó finísimo a Estados Unidos y se notó: golazo a Grecia, goleada y partidazo vs Nigeria, con la asistencia al Cani y aguantando la pelota hasta el final.

Sergio Vázquez, Diego Maradona, Roberto Peidró y Sue Carpenter caminan hacia una sala para hacerse el control antidoping.

Para entender lo que pasó desde que Diego se fue caminando con la –falsa- enfermera Sue Carpenter al final del partido contra Nigeria, hay un libro esencial: El último Maradona, de Andrés Burgo y Alejandro Wall. Un thriller riguroso, que desgrana el final de Diego como jugador de la Selección Argentina. El Caso Maradona. Diego vs FIFA. Diego vs Grondona. Diego vs Diego.

El Doctor Peidró, cardiólogo y parte del staff argentino, sacó la bolilla que no tenía que sacar. Después se acercó a Sue Carpenter, que formaba parte del equipo de control antidopaje de la FIFA, y la invitó a que buscara al 10 dentro del campo de juego. Te vas a hacer famosa, le dijo. Nadie sospechaba cuánto. Diego la aceptó. Estaba exultante. Sonreía como sonreía cuando estaba feliz: mostrando todos los dientes y los músculos de la cara. Caminaba de la mano de la rubia y buscaba con la mirada a Claudia, que estaba en la platea para gritarle: a esta hoy me la vacuno.

Compartió la sala del doping con Sergio Fabián Vázquez, buen defensor que se lesionó justo antes de arrancar el mundial. Sergio recuerda que enfrente estaban los dos nigerianos que habían salido sorteados y no paraban de sacarse fotos con Diego. Diego los verdugueaba y les mostraba una herida en su pierna mientras señalaba y acusaba a uno de ellos: grone vos sos un dog, un perro, guau, guau. Mirá cómo me dejaste.

Hasta el 2014, el público de la Selección era más bien laico, inocente, distraído. El hincha de su club, avergonzado, siempre se desmarcó rápido de esa pasividad. Salvo por el prontuario de las barras en los mundiales, nuestros hinchas se comportaban como los de cualquier otro país. El cancionero popular mundialista era siempre el mismo: un bodrio

Compartir:

A los dos días, Juanse Gutiérrez, cantante de Los Ratones Paranoicos, estaba durmiendo en el hotel donde paraba la Selección y recibió un llamado a su habitación que no esperaba. Tampoco esperaba enterarse, antes que nadie, del doping de Diego. (El Babson College de Boston era una fiesta. Desfilaban por ahí periodistas, familiares, actores, músicos, Los Midachi. Un sello de época.)

El doping positivo de Diego golpeó a todos. Ese grupo, que estaba incubando un Mundial, quedó K.O. Solo quedaba la esperanza de la contraprueba. Grondona habló con Peidró y le pidió que hiciera lo que fuera necesario para salvarlo. Así lo hizo el doctor, que apenas entró a los laboratorios donde se iba a analizar el frasco B, encontró que estaba marcado. Roberto pegó el grito en el cielo, sobreactuó -¡obviamente!- pero tenía razón. Había un error de procedimiento: el frasco decía efedrina y tenía que ser un frasco ciego. Así no se podía hacer la contraprueba ni nada. La gente de FIFA exigía seguir con el procedimiento, pero Peidró y la delegación argentina estaban muy seguros. Habían encontrado un tesoro. Todos codeaban al doctor; mirá si lo salvamos. Bolotnicoff, abogado de Diego, sugirió un cuarto intermedio de ¡cinco meses! Finalmente, después de un par de horas, llamó Don Julio y ofició como dirigente de FIFA -y no de AFA-: pidió que se continuara con el test. Se confirmaba el positivo y la sustancia y Grondona expulsaba a Diego del mundial. No fue la FIFA quien lo echó. Fue directamente Grondona a través de AFA quien decidió sacarlo con el argumento de que Argentina podía ser sancionada y eliminada de la Copa. La FIFA lo que hizo, a través de sus médicos, fue instalar la idea de “cóctel de drogas”, demonizando -aún más- al 10 argentino. Diego, en la habitación 715 del hotel Sheraton de Dallas, lloró con Paenza, juró por sus hijas y soltó desde el dolor uno de sus hits: me cortaron las piernas.

Diego tomó efedrina. Fue por equivocación. El suplemento vitamínico que se había traído desde Buenos Aires se había acabado y cuando fueron a comprar el mismo producto a una farmacia yanqui, el suplemento contenía efedrina. Un descuido fatal. Una negligencia que sentenció a Diego y a la Selección. Cerrini, el encargado de suministrarle las pastillas, desapareció de la concentración y se exilió hasta el día de hoy en Miami. Lo que pasa es que la FIFA habló de cóctel de drogas e instaló la versión sensacionalista. El antecedente que había era elocuente: en 1986, mientras Diego brillaba en México, Ramón Calderé, delantero de la selección española, daba positivo de efedrina. La misma sustancia. Lo suspendieron por una fecha y siguió jugando el mundial. A Diego, ocho años después, le dieron quince meses.

La metamorfosis siguió: el hincha argentino de la Selección se siguió transformando en el hincha argentino de su club. En Rusia y Qatar la mimesis fue total: banderazos, peleas en las canchas y cantitos ambiciosos. Una cultura del aguante for export

Compartir:

Argentina perdió a su mejor jugador, a su líder. Y con él, la ilusión. La tragedia deportiva y el dolor social de un país que, como decía Dolina, “fue la muerte de un gran sueño. Un sueño mucho más grande que el sueño de un campeonato mundial. Fue el sueño del regreso de un héroe vencedor de la muerte, vencedor de la adversidad, de la injusticia. Fue muy difícil vencer al tiempo y Diego parecía que lo había logrado. Ese sueño del regreso, ese sueño imposible se vio truncado ahora. Hoy la gente ha llorado. Los chicos han llorado por Diego”.

Algo de ese dolor colectivo queda dando vueltas por Dallas, por Estados Unidos y por acá. A Diego le cortaron las piernas y habrá que vengarlo. O al menos eso es lo que vamos a cantar a coro con nuestros campeones del mundo. Quizás, para levantar la cuarta Copa del Mundo, haya que ir trabajando ese “mecanismo”: apelar a la Historia y traernos un motivo para armar ese scrum forzado que nos inyecte épica. Si ayuda, si eso nos estimula, mordamos el anzuelo otra vez.

La pelota no se mancha