Un momento...

19 de julio de 2026

19 de julio de 2026

4 de abril de 2026

CUTI CARABAJAL: “LA FAMILIA YA ES MÚSICA”

Jazmín Bazán

@jazminbazanok
Entrevistas Panamá
Tiempo de lectura: 11 minutos

Santiago es un cantor que canta la chacarera. Santiago es un Carabajal. De los doce hijos varones de María Luisa Paz –la “abuela de la chacarera”–, Saúl Belindo, el “Cuti”, es el más chico y el último con vida. Prócer activo y puente hacia diversos mundos musicales, integró algunos de los grupos más representativos del folclore nacional.

A sus 79 años, con casi trescientas composiciones registradas, varias convertidas en himnos atemporales, trabajó en alianza con poetas y letristas como Roberto Ternán, Pablo Raúl Trullenque y Mario Arnedo Gallo. “Dejame que me vaya”, “La pucha con el hombre”, “Cuando me abandone mi alma” y “Santiago chango moreno” –solo para nombrar algunas– forman parte de ese cancionero de clásicos reversionado por numerosos artistas y apropiado por un público en constante renovación.

Su caso es el del maestro que innova dentro de la tradición y la revitaliza. Heredero de la estirpe musical y fraternal de Santiago del Estero, encarnada en los hermanos Díaz, los hermanos Chazarreta, los hermanos Simón, los hermanos Toledo y los hermanos Ábalos, empezó a tocar a los 16 años junto a los propios, con Agustín Carabajal a la cabeza. Ensayaban en el patio histórico del barrio Los Lagos, en La Banda, donde el sol santiagueño quemaba la tierra y había que regarla antes de tocar.

En un tren compuso su primera melodía inédita, sobre una letra que le había entregado Ariel Petrocelli: “Santiago al sur”, grabada originalmente con Los Manseros Santiagueños, grupo al que perteneció durante seis años. Con Roberto, su sobrino, formó un dúo con casi cuatro décadas de existencia, que incorporó nuevos instrumentos a la chacarera, como el teclado y el saxo.

Hoy comparte Cuti Carabajal en Familia con sus hijos, otros miembros del clan y músicos allegados. Más recientemente grabó “El invisible” –del autor cordobés Nicolás Urquiza– con Roberto y Milo J, que la incluyó en su disco La vida era más corta. La canción llegó al escenario de Cosquín 2026. “Leyendas del folclore argentino, hermano. Por favor, un fuerte aplauso. Más fuerte todavía”, pidió Milo.

–En una familia como la tuya, ¿la música se aprende o se hereda?
–Hay una costumbre en muchas casas de Santiago. Cuando el padre o los hermanos mayores hacen música, a los chicos casi naturalmente se les hace el oído. Empiezan a cantar, a tocar la guitarra o algún instrumento. La familia ya es música. Eso me pasó a mí.

–De los doce hermanos, ¿cuántos siguieron el camino de la música?
–Seis. Cada uno con su forma, su estilo, su voz, su manera de cantar y de tocar la guitarra.

A veces el cansancio es obvio, pero, por ahora, uno tiene fuerza, tiene ganas. Por ahí pienso: bueno, ¿hasta cuándo voy a hacer esto?

Compartir:

–¿Y quiénes fueron, para vos, los primeros grandes espejos?
–El mayor de todos, Héctor, se dedicó a la música profesionalmente. Lo contrataron en una emisora de Santiago para acompañar a los cantores que no llevaban orquesta. Nosotros éramos chicos y aprendimos muchas cosas de él. Carlos, el quinto, fue a Buenos Aires. Lo llamaban para que diera la voz de mando y acompañara en guitarra. Integró varios grupos, cantaba y componía algunas canciones. Agustín, el octavo, también viajó y fue parte de Los Cantores de Salavina. En esa época los conjuntos eran tres guitarras y un bombo. Fueron muy aceptados, casi a la altura de los Chalchaleros.

–¿Y cómo llegaba hasta ustedes esa música?
–Los jueves salían por la radio en vivo para todo el país. Nosotros no teníamos aparato porque no había electricidad en casa, la luz era como un farol de noche. Pero en un almacén del barrio había uno grande y le pedíamos a la señora que nos pusiera el programa.

–¿Cuándo pasaste de escucharlo por radio a cantar con él?
–Cuando Agustín se fue de ese conjunto y fue reemplazado por otro integrante. Al tiempo ocurrió un accidente en el que murieron tres, fue terrible. Yo pensé que mi hermano se iba a juntar con el que había quedado vivo, pero no fue así. Reunió a tres integrantes de la familia que andábamos con la guitarra, cantando más que nada en casa. Yo tenía dieciséis años. Imaginá la ilusión que teníamos de cantar con él. Entonces empezamos a prepararnos. Él nos armó, buscó el repertorio e hizo los arreglos. Todavía conservo algunos.

–¿Qué recordás de esos primeros ensayos?
–Se armó el conjunto ahí en la casa vieja, teníamos un patio grande. Regábamos todo antes de empezar, como se acostumbraba, porque hacía un calor terrible. Teníamos que sacar el agua con una bomba, con la manija, fría, fresquita, y mojábamos la zona donde íbamos a ensayar. Y cuando amainaba el sol, por la tarde, nos sentábamos a tocar.

–¿Cómo era el repertorio de Agustín?
–Él era muy visionario con los autores. Traía temas de Catamarca, de La Rioja, del Chango Rodríguez, de Oscar Valles. Salimos con un estilo natural. No imitamos a los Chalchaleros ni a ningún grupo. Cantamos con la voz que teníamos. Y él armonizaba, hacía los arreglos.

–¿Cómo fue salir de Santiago?
–La primera vez que viajamos fue al Chaco. La mujer que nos había contratado nos dijo: “Bueno, vengan mañana, domingo al mediodía. Así arreglamos todo y quedamos en paz”. Pero cuando fuimos, no había nadie: estaba todo cerrado. No sabíamos qué hacer y ni siquiera teníamos plata para el viaje. Hasta que vimos una puerta abierta. Entramos por un pasillo largo que llevaba al salón y ahí empezamos a ver cómo salíamos de esa. Entonces Agustín dijo: “Bueno, yo me voy a llevar un cuadro pintado por el dueño”. Carlos dijo: “Yo me llevo una bicicleta”. Y yo me llevé la pelota de fútbol que había por ahí en el patio. Así pudimos volver a la casa; nos fuimos haciendo dedo. Teníamos la ilusión de cantar, por eso decidimos ir a Buenos Aires.

Cuando entrabas a Santiago te dabas cuenta enseguida: era puro monte, pura soledad. Ahí saqué el papel y empecé a improvisar una melodía. Llegué a mi casa, agarré la guitarra y ahí le compuse el tema entero

Compartir:

–¿Y qué fue lo más duro de ese desembarco en Buenos Aires?
–Aunque estábamos llenos de ilusión, era una lucha. Nos prestaron un departamento en Avellaneda. Había peñas que contrataban a los conocidos y nosotros recién llegábamos. Hasta que enganchamos una, El Hormiguero, donde iba gente que después se hizo conocida, como Rimoldi Fraga, Argentino Luna y Los Cinco del Norte. Al dueño le gustó mucho lo que hacíamos y nos dejó cantar todas las noches.

–¿Después vino Morón?
–Sí. Después nos mudamos a Morón. Para venir a la peña tomábamos un colectivo hasta la estación, de ahí el tren y, en Once, otro colectivo. A veces nos dormíamos del cansancio y, cuando nos queríamos acordar, estábamos en Moreno. Pero nos divertíamos.

–¿Cuándo empezó a resonar con fuerza el apellido Carabajal?
–Cuando Agustín y Carlos empezaron a componer. Agustín tenía una visión del folclore. A partir de uno de los libros del escritor santiagueño Cristóforo Juárez, compuso canciones –como “La rubia moreno” y “Pampa de los guanacos”– que nosotros cantábamos. Carlos hizo lo mismo con otros poetas. Entonces el apellido empezó a sonar más como firma de autores que como nombre de cantores.

–¿Cuándo sintieron que eso ya se veía en los festivales?
–Cuando fuimos por primera vez a Cosquín con esa agrupación, La Voz del Interior sacaba un suplemento del festival y, en ese tiempo, se hacía un ranking de los temas más cantados. Aunque todavía no nos conocían la cara, algunas canciones nuestras, como “La Telesita”, ya aparecían entre las primeras. De a poco nos íbamos codeando con los nombres grandes, más como autores que como cantantes.

–¿Cómo nació tu faceta como compositor?
–Fue en el 74. Estábamos en Buenos Aires con el grupo, ensayando a la tarde en una peña, cuando llegó Petrocelli. Vino y me dijo: “Pasé por Santiago y, cuando iba saliendo de la ciudad, se me ocurrió este poema. Lo titulé ‘Santiago al sur’. Ponéle la música”. Yo andaba con ese papel en el bolsillo, iba para acá y para allá con la guitarra, y no se me ocurría nada. Pero quería hacerle la música. Un día me fui a Santiago en el tren del norte, que era el único medio en que se podía viajar bien. Iba en el coche comedor, mirando el paisaje. Cuando entrabas a Santiago te dabas cuenta enseguida: era puro monte, pura soledad. Ahí saqué el papel y empecé a improvisar una melodía. Llegué a mi casa, agarré la guitarra y ahí le compuse el tema entero.

–¿Y qué pasó después con “Santiago al sur”?
–No tuvo suerte ese tema. Era uno de los que consideraban de protesta. Varios grupos lo habían grabado y sacaron todo, porque había una lista de canciones que no dejaban pasar. Eso le pasó al tema. Le gustaba a todo el mundo, todo el mundo lo pedía. Y así empecé a componer.

–Desde el fallecimiento de Agustín en 1975, le dedicaste muchas canciones, incluidas algunas muy emotivas con tu letra, como “Coplas para mi hermano”. ¿Qué influencia tuvo en vos?
–Yo observaba mucho a mi hermano Agustín. Sin que él lo supiera, empecé a aprender de él. La estética dentro de la música, el comportamiento en el escenario, la forma de hablarle al público, qué cosas decir y cuáles no, cómo vestirse. También le aprendí el trato con el compañero, con la gente, cómo componer y cómo contar cosas. Él era muy gracioso, pero esperaba el momento justo: no era que venía y te contaba un chiste porque sí. Sabía cuándo hacerlo. Y todo eso yo lo fui aprendiendo.

–Por esos años te uniste a Los Manseros Santiagueños, ¿no?
–Los Manseros tuvieron un problema y un día Onofre me propuso sumarme a la formación. Yo estaba con los Carabajal y les dije a mis hermanos que iba por un mes, dos meses como mucho, hasta que consiguieran otro integrante. Al final fueron casi seis años.

–¿Cuándo empezaste a sentir que los letristas se te acercaban a vos?
–Yo tenía dos pensamientos. Uno, que por ahí habían escuchado “Santiago al sur”, porque cuando salió era un tema muy innovador. Y también, por estar con Los Manseros…

–¿Qué fue lo primero que te deslumbró de Pablo Raúl Trullenque?
–Trullenque empezó a componer con Carlos. Yo lo escuchaba en el patio y decía: qué hermoso. Era una cosa impresionante. Estaban haciendo algo nuevo en la poesía. Un día me dijo que fuera a su casa porque quería darme una letra. Estaba en la cama, viendo una televisión viejísima, chiquita, una película argentina en blanco y negro. Y alrededor tenía libros por todos lados: en la cama, en el piso, en la mesa de luz, en la biblioteca. “Bueno, acá trabajo yo”, me dijo.

Fue en el estudio de Cerati. Durante la pandemia yo había estado en Santiago y empecé a juntar todas las chacareras que tenía sueltas por todos lados. Le llevamos varias. Cuando cantamos “La Invisible”, nos dijo: “Es esa”

Compartir:

–“La pucha con el hombre” es uno de tus temas más hondos. ¿Cómo nació esa canción sobre el sentido de la vida?
–Con Trullenque éramos muy amigos. Yo estaba con Los Manseros y había sacado una melodía de chacarera. Mientras charlábamos, la tocaba sin darme cuenta. A él le gustó y me preguntó si podía hacer la letra. Le dije que sí. Después llegó el momento de grabar y no aparecía. Yo lo llamaba, lo esperaba, pero nada. Ya estábamos por terminar el disco, faltaba mi tema y la grabadora apuraba. Entonces me insistieron en que le hiciera yo la letra. Me fui a mi casa, me concentré al máximo y así salió “Monedas en el alma”. A la semana apareció él con su texto. Cuando me lo recitó fue impresionante: era “La pucha con el hombre”. Yo no sabía cómo decirle que ya habíamos grabado y él me cargó: “No seas boludo, ¿qué te hacés el Pablo Neruda?”. Ahí hablé con todos para volver a grabar. Quedaron las dos y “La pucha con el hombre” terminó siendo un éxito tremendo.

–¿Qué buscás vos en un letrista?
–La nostalgia siempre vive en mí. Uno piensa cosas de ahora y de la infancia, cómo he vivido, cómo fue antes, los amigos, los lugares, las cosas. Eso no se me va nunca. Y cuando veo una letra es como que me transporta. Me considero un folclorista. Ya no puedo hacer otra cosa. Me voy al folclore, a la chacarera, a la zamba, a la vidala. Y ahí busco la forma de que la música tenga sentido.

–“Déjame que me vaya”, que terminó grabando hasta Mercedes Sosa, es una de tus chacareras más conocidas. ¿Te cuesta encontrar la música justa para una letra importante?
–Yo siento que me tengo que emperar mucho para maximizar una letra. A veces suelo hacer tres o cuatro músicas de un tema. Eso me gusta: que esté a la altura de la letra que te dan, igualar para arriba. Por ejemplo, “Déjame que me vaya” me surgió a mí como idea. Tenía una música y una estrofa. Entonces hablé con Ternán. Le dije: “Mirá, esta es la melodía y esta es la idea”. Él está acostumbrado a resolver esos problemas románticos. Es un capo escribiendo cosas románticas. Y cuando me dio la letra, encajaba con la música. Después un amigo, un folclorólogo, me hizo escuchar que yo la había cantado antes con otra melodía. Se ve que a mí no me convencía y después la cambié para que quedara.

–En 1989 sacaste el primer disco con tu sobrino Roberto. ¿Cuál fue el origen del dúo?
–Cuando volví con Los Carabajal, después de Los Manseros, teníamos una peña en avenida Córdoba. Ahí cantábamos con el grupo y, por momentos, faltaba llenar espacio. Entonces con Roberto empezamos a hacer algunas cosas a dúo, sobre todo zambas, para hacer cantar al público. A la gente le encantó y ahí decidimos formar el dúo. Lo armamos con otros músicos, con saxo, percusión, otras canciones, otra vestimenta y otros instrumentos. Salió de una peña de Buenos Aires. Después nos fuimos a Santiago a mostrárselo a la familia y a cantar en algunos lugares, para ver si aprobaban. Y salió todo bien. La idea era no irnos del folclore tradicionalista. Si bien había saxo, se usaba para las introducciones. Las danzas seguían siendo tal cual, en su medida. Nunca abandonamos el folclore.

–¿Y por qué sentís que esa apertura fue importante?
–Era un cambio en varias cosas, pero no en lo folclórico. Las chacareras eran iguales. Cambiamos el ropaje, la instrumentación, lo visual y también la poesía. Ya no usábamos cuatro pantalones iguales, cuatro camisas iguales, vestidos de gaucho. Y eso sirvió para la juventud: cada uno empezó a buscar otros instrumentos, otras ideas, otras canciones. Querían defender sus lugares de origen. Me parece que valió.

–¿Y viste esa influencia en otros grupos?
–Apareció Soledad, aparecieron Los Nocheros, aparecieron otros grupos. Ellos mismos nos contrataron dos veces en Salta. Ahí nos hicimos amigos. Nos preguntaban cómo era el folclore en Buenos Aires y les dijimos que, si querían, podían venir y hacer base allá. Después empezaron a modernizarse en la vestimenta y en las canciones.

–Hay un momento en que una canción deja de ser de uno y pasa a ser de todos. ¿Te pasa eso?
–No soy el tipo que anda pasando temas por todos lados. La gente toma las canciones y las canta, y yo ni enterado estoy. Me pasó, por ejemplo, con “Ciudad de la Banda”, que terminó siendo himno de la ciudad. La letra la trajo Trullenque. Un día fue a mi casa y, cuando ya había terminado el ensayo, me llamó aparte. Metió la mano en un portafolio y me dijo que quería que le pusiera música a eso que había escrito. Yo quise leerla ahí mismo, pero me dijo que no, que esperara a estar solo a la noche. Y cuando la vi decía: “Ciudad de la Banda. Vals”. Ahí nomás ya te disponés para hacerlo.

–Después de tantas etapas, ¿una vuelta a las bases con “Cuti en familia”?
–Sí, es seguir con la familia, con la música. Así empezó todo.

–Tus colaboraciones con Milo J atrajeron a un público nuevo al folclore. ¿Podés contar esa historia de colaboración y amistad?
–Milo creció con el folclore, en Morón. Nosotros vivimos mucho tiempo ahí, tenemos muchos amigos y, por eso, mucha gente nos sigue. Tiene familia santiagueña. A mí me sorprendió cuando un día nos llamó su director artístico, contando que quería grabar folclore.

Hay una costumbre en muchas casas de Santiago. Cuando el padre o los hermanos mayores hacen música, a los chicos casi naturalmente se les hace el oído

Compartir:

–¿Con qué llegaste a ese primer encuentro?
–Fue en el estudio de Cerati. Durante la pandemia yo había estado en Santiago y empecé a juntar todas las chacareras que tenía sueltas por todos lados. Le llevamos varias. Cuando cantamos “La Invisible”, nos dijo: “Es esa”.

–¿Y después?
–Ese fin de semana se vino a Santiago del Estero, luego nos acompañó a tocar a Tucumán. Él canta todo. Sabe todo: las letras, las canciones.

–Después de toda una vida en la música, ¿aparece alguna vez la idea del retiro?
–A veces el cansancio es obvio, pero, por ahora, uno tiene fuerza, tiene ganas. Por ahí pienso: bueno, ¿hasta cuándo voy a hacer esto? Pero hay gente que tiene un cariño muy lindo, muy grande, muy especial. Tenemos muchos amigos en las provincias. Si bien lo más cansador son los viajes, cuando llegás al lugar, al escenario, ya cambia todo.

Ciudadano ilustre de La Banda y compositor de su canción insigne, allí reside el alma del actual patriarca Carabajal. Hijo, hermano, tío, padre y padrino del folclore, vuelve y vuelve a aquel tiempo de su infancia: musicalizando palabras que los poetas solo a él confían o como letrista ocasional pero certero.

El destino, la nostalgia, el olvido, la familia, el origen y la trascendencia abrazan su obra. Entre todo su repertorio, hay un tema que lo conmueve cada vez como la primera: “Cuando me abandone el alma”, otro fruto de su sociedad con Trullenque.

Es la canción a la que le pone más sentimiento, la que lo transporta a pensamientos profundos, propios y ajenos. “Esa chacarera inclusive la han tomado para despedir a los difuntos”, cuenta. Y canta, con los ojos entrecerrados: “Cuando inaugures mi muerte, no llores mi noche negra. Sembrame en mi pago, luego tapame con chacareras. ¡Para que mi alma se lleve el corazón de mi tierra!”.

Entrevistas Panamá