Un momento...

10 de julio de 2026

10 de julio de 2026

9 de julio de 2026

CUENTA LO QUE FUIMOS

Ismael Carvallo Robledo

@IsmaelCarvalloR
La idea es esa
Tiempo de lectura: 8 minutos

(Sobre Enviado especial. Una biografía de guerra, de Arturo Pérez-Reverte, Alfaguara, México, 2026, 611 páginas)

Ahora, periódicos y periodistas se toman tan en serio a sí mismos que aburren a las ovejas.

Así que, aburridos, los viejos reporteros van y se mueren.

Los sacrificios heroicos, pero inútiles, no ayudan a nuestro pueblo, sino que lo perjudican. Nuestra ventaja es que esta guerra la hacemos donde queremos y cuando nos parece más conveniente. La guerrilla, aquí como en todas partes, consiste en hacer la puñeta al enemigo, concienzudamente, sin prisas, hasta que reviente.

No hay problema, amigo. Todos tenemos que morirnos de alguna forma.

Arturo Pérez-Reverte

Enviado especial. Una biografía de guerra

I

Nomás vi anunciado el libro tomé nota para el momento en que saliera a la venta. Lo compré en el intermedio del partido de México contra Inglaterra (lo vimos en el bar de Sanborns, donde entre otras cosas venden libros). Ya sé que puede quedar fuera de tono y de foco, pero así fue. Uno tiene sus pasiones u obsesiones, sus vicios o como se quiera ver.

A Pérez-Reverte lo sigo desde hace mucho tiempo, sobre todo a través de sus entrevistas antes de que tuviera lugar el boom o moda –que todo lo anega y todo lo fastidia allí donde ocurre– de los youtubers y los video-podcasts, en donde ahora cualquiera se hace periodista y entrevistador y es mucho más frecuente verlo por ahí. Antes no era así, y yo disfrutaba mucho de su conversación franca, sin eufemismos, directa.

A veces aparecía y aparece una que otra discrepancia con sus afirmaciones, cosa que es natural. Siento que Pérez-Reverte tiene una suerte de pesimismo histórico y antropológico –razones hoy en día es lo que menos falta, eso sí– respecto de España y su historia en una perspectiva ilustrada o moderna –digamos–, colindante con la Leyenda Negra que yo no comparto pero que es común en México y en toda América Latina, cosa de todo punto paradójica porque fue precisamente a través del personaje central de su saga novelística situada en la España del Siglo de Oro, Diego Alatriste –mejor conocido como el Capitán Alatriste, veterano de los tercios de Flandes–, como encontré la figura clave a partir de la cual podría acaso ser posible reconstruir una historia general del orbe de habla hispana en el que México es hoy por hoy el buque guía por virtud de tener el mayor número de hispanohablantes del planeta –demográficamente hablando, estamos desde la mitad del siglo pasado en la Edad Mexicana del español–, haciéndola gravitar en torno de una forma histórica del heroísmo estoico en donde, en correspondencia, fuera posible reconocer a la figura del guerrillero moderno del que hablara lo mismo Carlos Marx que Carl Schmitt en su Teoría del partisano y para la encarnación de la cual los mexicanos contamos con el fascinante ejemplo del libertador José María Morelos y Pavón.

Y es que, lo que yo creo, es que se inspira y transmite mucha más fuerza, potencia y vigor a través de la ejemplaridad de un luchador o de un guerrero que la que se inspira y transmite a través de una víctima infantilizada, que es hacia donde el progresismo blando y socialdemócrata de hoy quiere llevar la discusión contemporánea desde las coordenadas del globalismo oficial de la ONU, la UNESCO o la UNICEF, en función de las cuales el sujeto fundamental de la historia, digámoslo así, son las víctimas de lo que sea, a las que hay que pedirles perdón por todo, para todo y antes que todo y alrededor de las cuales se ha organizado una suerte de Complejo Industrial Internacional de los Derechos Humanos. En ese plan, hablándole todo el tiempo a las víctimas dolientes, vencidas y sufrientes, estarán de acuerdo conmigo, es muy difícil levantarle la moral a un pueblo.  

No fingía Pérez-Reverte, en efecto, ser “uno de ellos”. Sólo estaba ahí para entrar, salir y contar. Eso era todo. Eso fue todo. Este es el libro que yo quería leer

Compartir:

II

Pero Diego Alatriste era otra cosa. Era un guerrero desencantado y no necesariamente bueno, pero valiente. Y el valor en la vida es algo fundamental. No era una víctima pidiendo derechos o exigiendo que se le pida perdón, ni mucho menos un hombre sensible y deconstruido desde las nuevas masculinidades. Él estaba hecho para pelear, y, como el Ché Guevara, Marx o Don Quijote, era sólo en la batalla en donde encontraba su verdadera y tal vez única razón de ser.

Y ocurre que en esto que yo les cuento que detecté no estaba solo, y fue ni más ni menos que el mismísimo Viggo Mortensen quien, habiendo vivido en su primera infancia en Venezuela y Argentina, declaró alguna vez en una entrevista sobre su caracterización de Diego Alatriste en la fantástica película de Agustín Díaz Yanes inspirada en la saga de Pérez-Reverte (Alatriste, 2006, que recomiendo muchísimo), que fue sólo hasta que comprendió el significado de todo lo que fue el imperio español durante tres siglos como le fue dado sentirse entonces, siendo él un poco argentino, venezolano o en todo caso americano, como parte o heredero de algo que fue verdaderamente grande, y de rango universal. 

III

Ocurre entonces que Arturo Pérez-Reverte me inspiró siempre un gran respeto. Y la razón es muy sencilla: sabía que, antes que novelista, fue corresponsal de guerra. Por eso sus juicios son duros, francos y un tanto desencantados, escépticos. Puedes estar de acuerdo o no, pero lo que dice es dicho desde la perspectiva de alguien que vio de cerca la guerra, y que forma parte entonces, siguiendo el canon de Norberto Fuentes, de la escuela de los duros.

Recuerdo a estos efectos algo que le dijo precisamente a uno de estos youtubers famosos de millones de seguidores con relación al conflicto palestino. Con ese estilo franco y directo de la escuela de los duros dijo Pérez-Reverte algo más o menos como esto (voy a parafrasearlo mucho): “Mire usted, amigo mío. Sé que esto me va crear muchos enemigos, pero no me importa. En la guerra no puedes querer ver las cosas en blanco y negro, o en función de buenos y malos. En la guerra todos son unos hijos de puta. Y en esa, como en todas las guerras, todos son unos hijos de puta. La diferencia es que Israel es nuestro hijo de puta”. Lapidario y certero como proyectil de alta precisión.

En otra ocasión recuerdo también algo que dijo y que se me quedó grabado, y que de hecho suelo utilizar cuando se me invita a dar conferencias sobre temas históricos y geopolíticos. Resulta ser que, ante la pregunta por el que para él es el personaje más importante de toda la historia de la humanidad, su escalofriante respuesta fue: “probablemente sea Mahoma”. No hacen falta comentarios para hacer las correspondientes proyecciones, extrapolaciones e interpretaciones según se quiera.

Puedes estar de acuerdo o no, pero lo que dice es dicho desde la perspectiva de alguien que vio de cerca la guerra, y que forma parte entonces, siguiendo el canon de Norberto Fuentes, de la escuela de los duros

Compartir:

IV

El libro del que estoy hablando es entonces, ya digo, el que estaba deseando leer en todo este tiempo, pues es en el que estarían las claves fundamentales del universo de criterios, experiencias e ideas fuerza de Arturo Pérez-Reverte. Y por fin salió Enviado especial. Una biografía de guerra (Alfaguara, 2026), que recoge, bajo el cuidado de María José Solano, los artículos y crónicas de guerra desde la década de los setenta del siglo pasado hasta el 2025, acomodados en los siguientes bloques: 1970-1973: Los años de aprendizaje; Los años 70: “Como Fabrizio del Dongo en Waterloo”; Los años 80: “Hay aquí alguien que haya sido violado y que hable inglés”; 1990-2025: Lugares de los que nunca se vuelve.

En las palabras iniciales del texto de presentación, Pérez-Reverte dice lo siguiente:

“A veces, cuando miro hacia atrás –y la lectura de este libro me obliga a eso–, tengo la impresión de que las muchas vidas que viví son ajenas, de otro. No más. Se me hace extraño recordar los diversos hombres que fui antes de ser lo que, para bien o para mal, pueda ser ahora.

Antes de Nicosia y Beirut, antes del Sáhara, de los paisajes devastados y las fronteras inciertas, había empezado a tantear el oficio al que encaminaba mi futuro. Y hasta que ahora, después de tantos años, me veo enfrentado a estas páginas, había olvidado casi por completo aquellos primeros textos. Después llegaron los viajes azarosos, los conflictos armados, las fotografías, y a partir de entonces creí que todo para mí –biblioteca aparte– había empezado con bombas y disparos. Ahora compruebo que no: antes de la primera guerra me había familiarizado con otra clase de oscuridad y otra clase de miedo. Aunque, si lo pienso bien, acabo concluyendo que siempre, bajo cualquiera de sus formas, se trataría siempre de la misma oscuridad y del mismo miedo” (p. 13).

Aristóteles dice en la Ética a Nicómaco que la valentía se define por la ausencia de temor ante la muerte bella, que es la muerte en batalla. La guerra es entonces el escenario fundamental en donde se mide el valor de un hombre o una mujer. Esa es la categoría en la que habría que colocar a Enviado especial de Pérez-Reverte, compartiendo trinchera con el Hemingway al que Norberto Fuentes atribuye el padrinazgo, en el siglo XX, de la escuela de los duros:

“Nadie lo concibe con smoking. Pero todos nosotros lo conocemos como corresponsal en España y junto con guerrilleros franceses. El Hemingway que vemos en esos instantes es un tipo sonriente, lleno de entusiasmo, que alardea de sus hazañas. Ese que vemos es el reportero. Con una herencia y una tradición periodística que fue fundada (y continuada) por autores de primera línea como Mark Twain, Stephen Crane, Jack London y Ring Lardner, a Hemingway se le ofreció la oportunidad de entrar al terreno para luchar bajos las condiciones que él exigía: la de competir sólo con los grandes.” (Norberto Fuentes, La escuela de los duros, Cuarteles de Invierno, 2025, pp. 38 y 39). 

“Hice entonces mi trabajo -continúa diciendo Pérez-Reverte- sin fingir que era uno de ellos. Con la mayor honradez posible, sin demagogias ni imposturas… Lo importante fue la lección aprendida. Que no hay que huir del riesgo ni abalanzarse a él, sino medirlo. Estudiar, en el ajedrez del trabajo y de la vida, las posibilidades más eficaces; averiguar, antes de hacer el primer movimiento, por dónde vas a entrar y por dónde vas a salir. Y tener conciencia de que cruzar ciertas líneas no tiene vuelta atrás… A partir de 1976 viajé al Líbano una y otra vez: Beirut, campos palestinos, líneas invisibles y peligrosas, milicias, religiones y venganzas antiguas. Allí hice muchos amigos soldados, periodistas, civiles, diplomáticos, y vi morir a algunos de ellos. Conocí a combatientes de distintos bandos, milicianos adolescentes con fusiles, mujeres que sobrevivían en medio del caos. Cuando muchos años después pasé a este otro lado de la colina y dejé el reporterismo para dedicarme a la novela, incluso mientras escribía algunas de éstas, Beirut siguió siendo, como el Sáhara, un lugar de continua evocación, porque hay lugares de los que jamás se va uno del todo.” (pp. 14, 16 y 17).

El libro es un considerable tabique de seiscientas once páginas. Yo voy en la ciento cuarenta y tres. Son textos breves, concisos, directos y objetivos. No fingía Pérez-Reverte, en efecto, ser “uno de ellos”. Sólo estaba ahí para entrar, salir y contar. Eso era todo. Eso fue todo. Este es el libro que yo quería leer.

Resulta ser que, ante la pregunta por el que para él es el personaje más importante de toda la historia de la humanidad, su escalofriante respuesta fue: “probablemente sea Mahoma”. No hacen falta comentarios para hacer las correspondientes proyecciones, extrapolaciones e interpretaciones según se quiera

Compartir:

Factografía, fue el término acuñado por los soviéticos según Norberto Fuentes para referirse a este tipo de textos de no ficción pero que tenían un cierto nervio o brillo narrativo y retórico, instrumentalizado para deslizar luego alguna nota de ironía, sarcasmo o denuncia, como cuando dice Pérez-Reverte, hablando sobre la guerra de las Malvinas, esto:

“La de las Malvinas incluyó un nuevo escenario: el Atlántico Sur, las islas barridas por el viento, el hundimiento del crucero Belgrano, soldados jóvenes a los que se arengaba con palabras patrióticas mientras tiritaban de frío, aviadores valientes que despegaban para no volver; y esa dura frase que escribí porque era cierta: mientras sus muchachos luchaban y morían, Argentina hablaba de fútbol.” (p. 18)

V

Al final de la película Alatriste, situada en el contexto de la batalla de Rocroi del 19 de mayo de 1643 entre el reino de Francia y el imperio español representado por el último cuadro de infantería de los temidos tercios españoles en donde se había templado el capitán Alatriste, uno de los soldados le dice antes de morir al personaje que coprotagoniza la película, Íñigo Balboa, un joven e impetuoso soldado hijo de un antiguo compañero de Alatriste y que era el único que sabía escribir, “cuenta lo que fuimos”, deseando que alguien, en algún momento, por quién sabe qué designio, contara lo que fue todo aquello para que el esfuerzo, el sacrificio, la locura, el sinsentido y el heroísmo no se hayan manifestado en vano y pudieran entrar así, de alguna forma por modesta que fuera, en la historia.

Enviado especial. Una biografía de guerra es un libro emocionante y dramático que yo estaba esperando leer en donde Arturo Pérez-Reverte, efectivamente, cuenta lo que fue.

La idea es esa