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CUBA Y VENEZUELA: LA AGONÍA DE EXPLICAR EL CANSANCIO

Tiempo de lectura: 5 minutos

A los pocos meses de haber llegado a Buenos Aires estando en un trabajo en el que nunca imaginé que tendría que estar, entre tantas exclamaciones diarias de personas que hacen énfasis en tu acento y, en las noticias sobre tu país, una mujer me pregunta a través de un rostro que transmitía un gesto de duda “¿pero tan mal la están pasando en Venezuela?”. Por el tipo de conversación que habíamos entablado y, por las características de su perfil socio económico y profesional, supe al instante que el trasfondo de su pregunta era claro: ella no tenía ninguna duda, me quería hacer dudar a mi. Lo único que esa mujer tenía eran certezas.

Desde entonces decidí enmudecer ante personas con tantas certezas, porque hacía cinco años que se habían socavado las mías, y en su lugar, solo nacieron dudas. La duda reconforta, otorga libertad de movimiento intelectual, te lleva a los márgenes del otro que antes solo soñaste con aniquilar, pone a prueba tus principios y los fortalece. La duda también re-nace con la muerte de los totems, y para una parte importante de una generación de cubanos y venezolanos, la muerte de los respectivos líderes de su última revolución significó eso, el nacimiento de la duda.

Pero la duda por supuesto se utiliza a discreción, no dudamos de todo, solo de aquello que nos permite reafirmar lo que ya es certeza. Y con esa misma deshonestidad es como la mujer que me preguntó sobre Venezuela, que tiene una absoluta certeza de que allí se está venciendo al imperialismo con una conciencia popular sin precedentes, pone en duda a su vez, la conciencia política de ese mismo pueblo cuando dice que se cansó.

Y con esa misma deshonestidad es como la mujer que me preguntó sobre Venezuela, que tiene una absoluta certeza de que allí se está venciendo al imperialismo con una conciencia popular sin precedentes, pone en duda la conciencia política de ese mismo pueblo cuando dice que se cansó

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La insatisfacción con el funcionamiento de los sistemas políticos y sus falencias son parte de la dinámica regular de cualquier sociedad. La protesta es un derecho humano y es el instrumento por excelencia para la conquista de derechos fundamentales. Sin embargo, el incremento de demandas sociales pareciera no estar permitido en países cuyos gobiernos llegaron al poder sobre la pureza moral de la revolución. Cualquier expresión de clamor popular no genera una reacción propositiva del poder político, sino que conlleva a un proceso automático de criminalización del cansancio. Porque no basta con la narrativa épica que pide sacrificios diarios por la revolución, ese valor intangible que promete la salvación. Tampoco es suficiente con la pérdida de libertades individuales para sentir y pensar en colectivo, sino que es condición necesaria también la ausencia de cansancio.

Si bien la naturaleza de todo Estado es alertar sobre procesos que se pueden vislumbrar como insurreccionales, también es su deber canalizar las demandas hacia salidas institucionales que eviten la confrontación. Estudios recientes advierten sobre patrones históricos de represión y criminalización de la protesta, sin embargo -y muy a pesar de las tendencias de los últimos años- podemos valorar cómo en democracias (débiles y cuestionables) el Estado permite válvulas de escape de la presión social. Así es como por ejemplo en Chile el proceso constituyente fue el mecanismo que tuvo la democracia para encauzar la protestas masivas del  año 2019.

El incremento de demandas sociales pareciera no estar permitido en países cuyos gobiernos llegaron por la revolución. La expresión de clamor popular no genera una reacción propositiva del poder político, sino que conlleva a un proceso automático de criminalización del cansancio

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En regímenes autoritarios, legitimados por la épica revolucionaria que es el caso que nos convoca, la judicialización de la protesta respaldada por un marco jurídico que le da sentido a la persecución, se suma a un reproche moral que despoja a la persona incluso de su condición de ciudadanía, y la somete a cuestionar su propia integridad personal. Así nacieron los “gusanos” y los “escuálidos”, que se construyeron discursivamente como grupos sociales sin criterio y sumergidos a los designios de intereses foráneos. En el marco de esta retórica amigo-enemigo y de caricaturización del contrincante, se terminan incluyendo sectores con características socio económicas y políticas incluso disímiles. Las razones por las que la izquierda democrática y nacionalista disiente en Cuba y en Venezuela, no son las mismas razones por las que lo hace la derecha subordinada a los intereses geopolíticos externos, y aun así, se pretende simplificar el conflicto categorizando de manera homogénea a los grupos enfrentados. Estos procesos criminales de violación de la soberanía nacional son la génesis de la construcción de un clivaje perverso que parece no tener fecha de caducidad: bloqueo/ democracia.

En regímenes autoritarios, la judicialización de la protesta respaldada por un marco jurídico que le da sentido a la persecución, se suma a un reproche moral que despoja a la persona incluso de su condición de ciudadanía, y la somete a cuestionar su propia integridad personal

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Es en este punto de intransigencia del poder, pero sobre todo de insensatez de sectores que se autoproclaman honestos, donde nacen los clivajes que dominan la escena política latinoamericana, y que nada corresponden con el momento histórico, ni al reacomodo de las relaciones sociales y cambios de estructuras que han tenido países como Cuba y Venezuela en los últimos quince años.

El malestar siempre va a corresponder con los intereses de alguna fuerza en disputa, nacional o extranjera, y sobre ello EE.UU tiene un largo historial de intervenciones en otros Estados a partir del financiamiento de movimientos insurreccionales. Los sectores democráticos en Cuba y en Venezuela tienen que hacer un doble esfuerzo. Por un lado combatir el autoritarismo romantizado de quienes llevan a cuestas la gesta histórica del antiimperialismo latinoamericano. Y por el otro, enfrentar las pretensiones hegemónicas extranjeras de quienes buscan capitalizar políticamente el descontento.

Los sectores democráticos en Cuba y en Venezuela tienen que hacer un doble esfuerzo: combatir el autoritarismo romantizado de la gesta del antiimperialismo latinoamericano y enfrentar pretensiones hegemónicas extranjeras de quienes buscan capitalizar políticamente el descontento

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No se trata de pasarla mal en Venezuela, porque pasarla mal es una apreciación subjetiva y extendida en nuestra región. Se trata de pasarla mal en silencio, porque exponer el malestar degrada a un rol de vasallo y traidor. Después de vivir lo que muchos hemos tenido que vivir, hacer un viaje que no queríamos hacer y dejarlo todo para que también nos nieguen el derecho a cansarnos, es una posición osada de quienes solo tienen certezas. Certezas que ofenden profundamente y ante las que muchos preferimos sonreír y callar.

Correo Argentino

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