Un momento...

21 de julio de 2026

21 de julio de 2026

24 de octubre de 2024

CUANDO SEA GRANDE VOY A IR A LA UNIVERSIDAD

Ignacio Budano

@budano_ignacio
Educación
Tiempo de lectura: 4 minutos

Se podría decir ligeramente que nuestro sistema educativo -bastante fragmentado, por cierto- posee un diseño piramidal que permitiría inferir que fue concebido para que fueran excepcionales los casos de los que acceden a estudios terciarios o universitarios. La primaria para todos, la secundaria para algunos, los niveles superiores para unos pocos (el nivel inicial merece un párrafo aparte siendo -según mi parecer- el que mejor funciona). Pero que la conformación del estado-nación tal como lo conocemos viniera acompañado por una legislación que garantizaba y garantiza la universalidad, la gratuidad y la obligatoriedad sembró el imaginario de que los niveles superiores estaban al alcance de todos los sectores sociales, siempre y cuando se dieran determinadas condiciones. ¿Hay alguna otra ley cuyo contenido sea tan famoso como el de la 1420? A su vez, hechos como La Reforma Universitaria de 1918, la eliminación de los aranceles en 1954 o el sueño de la movilidad social ascendente fueron logrando que cada vez más personas se animaran a soñar con ir a la universidad. El valor de la educación pública fue por muchos años nuestra Moncloa tácita. Durante la última dictadura se dio por primera vez, desde la supresión de los aranceles, un retroceso en la inscripción de nuevos estudiantes, una tendencia que se revirtió a partir del retorno de la democracia. Una relación entre democracia, dictadura y educación que parecierasacada de una tira de Mafalda. Y será tema de otro momento -y vaya paradoja- esto de asumir que todo el sistema educativo está en ruinas y ver que cada vez más estudiantes ingresan a la universidad.

Transitamos una época en la que las y los docentes buscamos herramientas para motivar y lograr algún tipo de compromiso con las tareas o aprendizajes. Se puede asumir que existe un cierto aire de desmotivación por el que, en algunos casos, se responsabiliza a las y los docentes

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En estos días circulan datos reales sobre la cantidad de estudiantes universitarios de primera generación que considero la mejor herramienta para discutir la falacia de que “la universidad es solo para ricos”. Desde mi lugar, quisiera aportar algunas experiencias que forman parte de muchos otros relatos que conocemos los que trabajamos en los niveles obligatorios. Unos días antes de la marcha del 23 de abril le pregunté a chicos y chicas de quinto grado si tenían hermanos o hermanas que estuvieran en la universidad: levantaron la mano dos (sobre un total de tres con hermanos mayores de 18 años) sabiendo que en un caso se trata de una familia a la que le cuesta bastante llegar a fin de mes. Hace unos años, en una escuela que queda en una villa de esta ciudad, citamos a la mamá de un chico para hablar de reforzar algunos contenidos y vino acompañada por su hija más grande -que estaba estudiando en la UBA- para ver si podía ayudarla a ayudar al más chiquito. Cada tanto, sucede una de las cosas más lindas que tiene mi trabajo: escuchar en la calle a un joven que te interpela con un “profe, ¿te acordás de mí?”; una pregunta que suele ser respondida con un interés sobre su presente (que a veces es un último recurso para no desilusionar al interlocutor) y que suele ser respondido con información sobre  la carrera terciaria o universitaria que cursa en ese momento, algo que, por un momento, nos permite sospechar que a veces nuestro trabajo tiene algún sentido. Recuerdo el caso particular de una estudiante que vivía, o quizá sigue viviendo, en la pieza de un hotel con varios hermanos y que hace poco terminó el CBC. Escuchamos una innumerable cantidad de veces a familiares de algún chico decir: “quiero que estudie, para que le vaya mejor que a mí”. Última referencia: una chica que atravesaba una situación de vulnerabilidad extrema mantenía la ilusión de poder cursar el profesorado de educación física porque la profe de esa área le había contado “que es gratuito”.

Las luchas por la defensa de la educación deben ser siempre intentando romper todo tipo de fragmentación, porque ningún nivel educativo se salva solo

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Más allá de destacar historias particulares, cabe señalar cómo opera simbólicamente la posibilidad de alcanzar los niveles superiores en la escuela primaria. Transitamos una época en la que las y los docentes buscamos herramientas para motivar y lograr algún tipo de compromiso con las tareas o aprendizajes. Se puede asumir que existe un cierto aire de desmotivación por el que, en algunos casos, se responsabiliza a las y los docentes. Es muy común que quienes realizan esos diagnósticos estén alejados de las aulas. También hay quienes -con una mirada bastante acotada- dejan entrever que el desgano es pura responsabilidad de las y los estudiantes. Otros cargan sobre las familias y algunas de las formas de crianza o, quizá, el clima de época. También hay quienes apuntan a las políticas educativas. No es la intención de esta nota abrir ese debate, pero me estos años me permitieron sospechar que en algunos casos la gratuidad universitaria opera como estímulo en algunos sectores. Hablando con chicos y chicas se nota que la posibilidad ir a la facultad es una esperanza latente.  Me pregunto si sucede lo mismo en lugares donde la educación universitaria está arancelada. O qué pasaría si nuestro país si dejásemos de contar con ese privilegio.

Claro que la gratuidad no garantiza igualdad de condiciones. Pero es la condición necesaria para sospechar que es posible. En cierto modo, la universidad pública en la Argentina funciona como la metáfora de la utopía que, según se dice, sirve para caminar. Tiene algo de extorsivo pensar que la jerarquización de los niveles obligatorios se logra en contraposición del nivel universitario. Aun cuando los fondos recortados en uno de los niveles fueran destinados al otro, algo que no es lo que sucede, pero que además sería impracticable sin modificar la legislación. Es indudablemente elitista –“de casta”, se podría decir- suponer de antemano que los sectores populares no tienen posibilidad alguna de acceder a la universidad. Y, por último, una lección que nos va dejando esta época: las luchas por la defensa de la educación deben ser siempre intentando romper todo tipo de fragmentación, porque ningún nivel educativo se salva solo.

(Foto: Laura Frydemberg / @ojo.de.tiza)

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