19 de julio de 2026
Fue al mediodía del 3 de enero cuando me escribió Alejandra, una amiga argentina, y fue a esa hora que, frente a un simple mensaje de WhatsApp, «Mari, ¿vos cómo estás?», me derrumbé en llanto por el resto de lo que siguió de día. Esa madrugada había llegado de una cena a las 2:00 am, y había calculado con detalle la configuración de la alarma para poder dormir lo suficiente y despertar temprano, pero a las dos horas de sueño sonó el celular. Una llamada en la madrugada ya de por sí es terrorífica, pero el terror aumenta cuando solo escuchas el grito “están bombardeando Caracas”. Me costó mucho poder coordinar los dedos ante un embate tembloroso que no me dejaba decidir si llamar a mi familia o buscar las imágenes en vivo, en un contexto de cruenta censura. La censura parece un detalle menor pero no lo es. En democracia no tenemos que hacer triangulaciones mentales para pensar dónde está la información: se busca un medio de comunicación y ya. Supremamente simple. En Venezuela no es el caso: hay que pensar más, y mientras bombardean tu ciudad, esos segundos se sienten como una eternidad.
Lo que marcó las horas subsiguientes fue el dolor por la incertidumbre de no conocer el plan detrás de las bombas ni de poder identificar en las imágenes dónde estaban cayendo. Esos lugares comunes, tan repetidos, de pensar en el país como una extensión de uno mismo, se confirmaron: cada explosión te rompe algo por dentro. La angustia fue cesando a medida que amigos y familiares de distintas zonas del país confirmaban que ya no escuchaban explosiones y que todos estaban bien. Solo quedaba, en ese enjambre que supone la búsqueda de información, identificar qué era lo que realmente estaba ocurriendo.
Quedó claro que no habría ejército invasor más que el nuestro: ese que nos ha reprimido y perseguido hasta los 1000 presos políticos (25 de los cuales han muerto bajo custodia y 64 que permanecen en desaparición forzosa)
Venezuela vive en dictadura, una muy progresiva y gradual dictadura, que ha contado con el tiempo, los plazos, las tarimas y los escenarios internacionales para alimentarse de la lógica revolucionaria y antiimperialista que pregonó por el mundo desde hace 26 años. Una dictadura que tuvo la tribuna en la izquierda internacional para hacer un ajuste económico que generó el mayor éxodo del mundo, y venderlo como una gesta épica: una «guerra económica» frente al imperio. Ha tenido el tiempo para transformarse, para perseguir y asesinar a sus propios dirigentes y presentarlo como una cruzada contra la corrupción. También ha tenido el tiempo para proscribir al Partido Comunista de Venezuela (PCV) y quince partidos más, sin que la izquierda extranjera se inmute, y tiempo para desmantelar por completo el sistema de partidos y el espacio cívico. La dictadura ha tenido tiempo para transformarse lenta y profundamente: para pasar de ser el benefactor de los más vulnerables a aterrorizar a su población con la «Operación Tun-Tun», que te arrastra de tu casa a cualquier hora, como se evidenció con la transmisión en vivo por Instagram de María Oropeza, abogada y coordinadora estatal del partido Vente en el estado Portuguesa. Ha tenido años para construir un sistema represivo que, por no coincidir en técnica con la represión que se vivió en el Cono Sur hace 50 años, no termina de ser tan condenable. Parece haber un monopolio ético de la represión que manejan solo algunos procesos políticos históricos y que no admite nuevos integrantes.

Al pasar las horas y haciendo una milimétrica curaduría de la información, se vislumbra que el bombardeo fue de EEUU a nueve instalaciones militares en tres ciudades centrales: Caracas, La Guaira y Maracay. El tweet de Donald Trump sobre la captura de Maduro y su esposa llegó en las primeras horas de la mañana, exactamente al mismo tiempo en el que el Ministro de Defensa venezolano publicó un video condenando el ataque. ¿Cómo un Ministro que tiene meses anunciando que todos los componentes de las FANB estaban en defensa permanente no divisó que el cielo de Caracas se llenara de Black Hawks? ¿Fue impericia o hubo una orden? Andrei Serbin Pont, quien es experto en seguridad y defensa, explica que fue producto de una enorme asimetría militar, sin embargo, los posteriores movimientos políticos y la forma de comunicarlos son generadores de una gran suspicacia sobre las razones reales de la -en principio- pulcritud de la operación militar estadounidense y la estabilización total de la crisis.
La angustia fue cesando a medida que amigos y familiares de distintas zonas del país confirmaban que ya no escuchaban explosiones y que todos estaban bien. Solo quedaba, en ese enjambre que supone la búsqueda de información, identificar qué era lo que realmente estaba ocurriendo
Poco después, la rueda de prensa de EE. UU. brindó un nuevo detalle: el derrocamiento de Maduro vendría acompañado de un plan de instauración inmediata de orden y gobernanza, liderado por Marco Rubio y Delcy Rodríguez, quien fuera hasta el 3 de enero vicepresidenta del país y ministra de Petróleo simultáneamente. Desde hacía meses se respiraba un aire que avizoraba un mensaje solapado sobre la «moderación» de la vicepresidenta, en contraposición a la radicalidad de otros sectores. The New York Times publicó una nota, ampliamente cuestionada en su momento, donde se esbozaba el perfil de una funcionaria dialogante y estadista, lo que encendió las alarmas sobre un posible reposicionamiento de su figura. Luego de ese artículo, el Miami Herald publicó en octubre una investigación detallando que los hermanos Rodríguez habían presentado al menos dos propuestas formales a la administración de Donald Trump, con la mediación de Qatar, para convencer a Washington de que un «madurismo sin Maduro» permitiría una salida negociada y ordenada.
Una de las figuras emblemáticas del país en los inicios del gobierno de Hugo Chávez fue la del entonces presidente del Consejo Nacional Electoral. Un hombre cuyo padre había sido torturado y asesinado por la democracia puntofijista y, que con gran inteligencia y elocuencia estuvo al frente del órgano electoral en los momentos de mayor polarización del país. Una polarización que mal manejada pudo habernos arrastrado a una guerra civil, y el de Jorge Rodríguez fue un rol fundamental en aquel momento. En el 2007 deja el CNE y salta directo a la Vicepresidencia de la República. Recuerdo perfectamente, aun en la inocencia de la edad haberlo sentido extraño: como un asalto a la institucionalidad y la magnanimidad de la división de poderes. Hoy Jorge Rodríguez es el artífice de introducir a su hermana en la estructura de poder y de haberle dado un golpe de Estado a Nicolás Maduro con la colaboración de EEUU. Quién se hubiese imaginado que aquel Jorge Rodríguez ecuánime del CNE, hijo de un desaparecido, se ríe mientras ordena la cacería de venezolanos inocentes desde el hemiciclo de la Asamblea Nacional.
Venezuela vive en dictadura, una muy progresiva y gradual dictadura, que ha contado con el tiempo, los plazos, las tarimas y los escenarios internacionales para alimentarse de la lógica revolucionaria y antiimperialista que pregonó por el mundo desde hace 26 años
La incertidumbre de la violencia se fue sofocando a medida en que los actores pisaban la escena. Quedó claro que los bombardeos habían cesado y que la toma militar del país la ejecutaba las Fuerzas Armadas Bolivarianas con el tutelaje de EE.UU. Quedó claro que no habría ejército invasor más que el nuestro: ese que nos ha reprimido y perseguido hasta los 1000 presos políticos (25 de los cuales han muerto bajo custodia y 64 que permanecen en desaparición forzosa). Quedó claro que una facción de la dictadura negoció la entrega de Maduro y que el reordenamiento de fuerzas está en pleno desarrollo.
Quienes estamos viviendo el destrono del segundo liderazgo chavista éramos adolescentes cuando le dieron un golpe de Estado a Hugo Chávez. Para mí, fue el primer acercamiento con la tangibilidad de la democracia: el aterrizaje del concepto y sus subjetividades. La suplantación de un gobierno electo democráticamente porque la arbitrariedad de una élite no quería regirse por las normas de la democracia, produjeron un sentimiento avasallante de indignación. Hoy hay un presidente derrocado arbitrariamente por un poder extranjero y no se siente nada, tal vez satisfacción por un poco de justicia. Eso genera el autoritarismo: la deshumanización después de tanta humillación.
Ha tenido años para construir un sistema represivo que, por no coincidir en técnica con la represión que se vivió en el Cono Sur hace 50 años, no termina de ser tan condenable. Parece haber un monopolio ético de la represión que manejan solo algunos procesos políticos históricos y que no admite nuevos integrantes
No puedo evitar que los bombardeos sobre Caracas y las subsiguientes declaraciones del pacto de élites del 3 de enero me retrotrayeran a la síntesis de mi vida desde el 2002, ese quiebre de la historia con el que llegó la adultez: la esperanza en un proyecto político, la participación en el chavismo, estar tan cerca de las miserias del poder, el miedo, la hegemonía del pensamiento, la hambruna, ver el declive en sufrimiento y muerte de seres queridos, el exilio, la pérdida de todo menos de la vida, la culpa, la maternidad, el sostén imprescindible de Argentina y los duelos que me reservaré. Permítanme una licencia para no ocuparme, aunque sea por un rato, en el cabal cumplimiento del derecho internacional ni por los detalles burocráticos de la administración petrolera, sino más bien por asimilar la magnitud de la tragedia nacional que nos arropa. A fin de cuentas, bajo autoritarismo u ocupación extranjera seguimos siendo sus dolientes las únicas víctimas.

(Fotos: Gaby Oraa)



