19 de julio de 2026
Lo accesorio del mensaje hace caer a Enzo Fernandez. Cómo traducir una tradición cómica en esta era, aún equivocados, aún si el chiste es malo, cuando todos necesitan una síntesis polarizante.
«Los aristócratas» es una tradicional estructura de chiste de la cultura estadounidense. Célebre, porque entre quienes han utilizado ese menú específico de pasos se cuentan leyendas de la industria del entretenimiento, comediantes históricos, artistas de todo tipo. La trama es sencilla: una familia tradicional se encuentra, con mayor o menor sorpresa, frente a un cazatalentos del mundo del espectáculo. Y la decisión de la familia en ese casting es llevar adelante, entre ellos, un acto repleto de perversiones, vulgaridades y violencia física y sexual. Al ser consultados al final del acto sobre cuál es el título de la obra, el patriarca responde —y éste es el remate— “los aristócratas”. El chiste se ha vuelto ilustre porque su estructura sirve, como los standard de jazz, para probar a los artistas en base a cómo improvisan las variaciones intermedias, en este caso las del acto pitcheado por el padre de la familia: cuántas atrocidades acontecen, a qué nivel de violencia e incesto se llega, cuán extenso permite la estructura el desarrollo macabro. Son tantas las versiones de esta broma que hay un documental que la estudia llamado precisamente The aristocrats (Paul Provenza y Penn Jillette), estrenado en el festival de Sundance en 2005.
Existe un ejemplo local de esta estructura de contenidos atroces con fines humorísticos, y es la ya tradicional canción de cancha «Corran la bola». En principio creada por la hinchada de Nueva Chicago para denostar a Almirante Brown, cuenta con una letra que indica: «Escuchen, corran la bola: se hicieron putos los negros de Casanova. Qué lindo es, vamo´ a coger, allá en los ranchos cerca de la Ruta 3. Los negros llegan en coche, y se visten de mujer, para hacer un par de pesos, porque tienen que comer».
¿Cómo explicarle a la Europa ofendible que cualquier contenido que siga a la frase «Escuchen, corran la bola» sólo será medido exitosamente por su lector ideal en base a la transgresión efectiva de la mayor cantidad de normas morales?
El motivo de la canción, como en la estructura de «los aristócratas», es la sucesión acumulativa de transgresiones, que vuelve al exceso el chiste en sí mismo. Es la homofobia —«se hicieron putos»— sumada a elementos de desprecio de clase —«en los ranchos cerca de la ruta 3»; «se visten de mujer (…) porque tienen que comer»— y cierto desparpajo liviano y hasta discriminador en el trato. La canción surge en el contexto del combate discursivo de las hinchadas de equipos de fútbol, en el cual la agresión y la originalidad son piedras basales de un enfrentamiento que quiere espejar al que sucede dentro de la cancha, y al que los hinchas dolorosamente no se pueden sumar. El personaje principal de Corran la bola se incluye en primera persona en el sometimiento del rival, y es bajo su mirada cómo entramos al universo cerrado de ese texto ya público.
La reversión de Corran la bola que ocupa el análisis mundial estos días es la que entonaron en Doha un grupo de hinchas argentinos en un programa de TyC, en la previa al mundial de Qatar 2022. Versión condenada en sorna por los presentadores y el movilero, rápidamente viralizada y repudiada en partes iguales en redes sociales, y que se coló como una confesión en el fondo de un vivo de Instagram de Enzo Fernández luego de ganar la Copa América 2024, mientras circulaba en micro con parte del plantel. La letra de esta versión enfocada en Francia dice:
«Escuchen, corran la bola: juegan en Francia pero son todos de Angola. Qué lindo es, van a correr, son cometrabas como el puto de Mbappé. Su vieja es nigeriana, su viejo camerunés, pero en el documento, nacionalidad francés.»
El tema puede querer denunciar un trato desigual del estado francés, quien supuestamente abraza hipócritamente a los hijos de una inmigración a la que considera impura en virtud de posibles triunfos deportivos. No sabemos si habita una denuncia hacia la discriminación histórica que es un eco de colonialismos violentos, o si al enunciador le molesta una supuesta ventaja deportiva de Francia —parece ser la hipótesis más probable—.
Como en las grandes polémicas del último tiempo, lo que no se le perdona a Fernández no fue el delito sino la parsimonia con la que se dejó pescar
La polémica surge porque este «corran la bola» incluye, y no puede no incluir por el formato mismo, a las otras transgresiones, que funcionan como un mecanismo obligado dentro del chiste: la homofobia —«son cometrabas como el puto de Mbappé»—, cierta discriminación, y la violencia —«qué lindo es, van a correr»—. Es debido a la estructura del chiste original por la que surgen los problemas que afronta Enzo Fernández —la rápida condena de sus compañeros y de su club, su obligado pedido de disculpas en redes—, porque con la denuncia de ventaja deportiva, aún con las ganas de traducir ahí racismo, la polémica no se sostiene. Fernández cae en el ojo público por dos motivos laterales al texto principal: por lo accesorio en la canción, y por darle la espalda a una regla de esta era. Todas las versiones del «Corran la bola» se sostienen bajo la presentación que lleva el título y la apostilla «qué lindo es, van a correr» y luego precisan de fuertes desatinos contextuales, posiblemente descartables. ¿Cómo explicarle a la Europa ofendible que cualquier contenido que siga a la frase «Escuchen, corran la bola» sólo será medido exitosamente por su lector ideal en base a la transgresión efectiva de la mayor cantidad de normas morales? Es encontrar a Enzo Fernández leyendo un artículo de la revista Barcelona. ¿Cómo traducir ese contexto cuando el universo de reacciones consta de mensajes mínimos para narraciones polarizantes? La pérdida idiomática encuentra en el humor su mayor aliado, y es la excusa perfecta para desconocer un modo. Como en las grandes polémicas del último tiempo, lo que no se le perdona a Fernández no fue el delito sino la parsimonia con la que se dejó pescar. Que el chiste sea malo. Y no saber llevar el tacto que exige una era del registro, de la que debiera por edad ser nativo.
En el roast de Hugh Hefner, el cuatro de noviembre del 2001, el humorista Gilbert Gottfried se dio el lujo de improvisar una versión extendida del chiste «los aristócratas». No tuvo mejor idea que antecederlo con una broma sobre el 9/11, a pocos días del atentado: «tuve que tomar un vuelo para California; no pude hacer uno directo porque dijeron que antes tenían que detenerse primero en el Empire State». El chiste del atentado fue removido de todas las repeticiones en Comedy Central y hasta hoy es difícil de encontrar en la web, aunque la presencia revulsiva de la extensa versión de «los aristócratas», demonio anterior, con sus incestos y violencias sexuales, se mantuvo en todas las emisiones, y nunca dejó de transmitirse. Las sensibilidades cambian según los tiempos. El enemigo, siempre, es rotativo.



