20 de julio de 2026
El ocho de abril, el mundo literario tuvo un evento que disparó varios comentarios y críticas. Una escritora recibiría el Premio Aena por un millón de euros. Se trataba de Samanta Schweblin y su libro El buen mal. Las críticas giraron en torno a si Schweblin se merecía o no el premio, de dónde había salido la plata, si molestaba que una escritora mujer lo recibiera y no un varón o si se trataba de un boom y la moda de las escritoras mujeres. La conmoción y repercusión ocupó varias semanas de notas y análisis. El “polémico premio”, titularon algunos medios. En realidad, y más en épocas de vacas flacas, ¿quién no se imaginó qué haría si recibiera un millón de euros por un libro?
Es muy difícil hacer plata escribiendo. Si bien leímos muchas veces que la literatura no debe ser entendida como una transacción comercial y debe desligarse del mercado, la envidia que aparece cuando un escritor gana plata, arregla buenos contratos con grandes editoriales o recibe premios millonarios no es nueva. Gabriel García Márquez, por ejemplo, logró el sueño con Cien años de soledad.
José Donoso dijo alguna vez que las críticas al boom latinoamericanocomo un fenómeno de mercado estaban marcadas por la envidia. En Historia personal del boom, habla un poco de eso: “Uno de los axiomas que alimentan la envidia de los ‘enemigos’ del boom, es la fantasía de que sus componentes principales llevan lujosas vidas ociosas”. Esta visión dorada de los novelistas solo pudo ser, agrega Donoso, en el caso de García Marquez y Cien años de soledad, que fue un triunfo comercial y popular.
Muchos escritores fueron ghostwriters, traductores o trabajaron en marketing. Tal es el caso de Fogwill al que le debemos las historias de Joe Bazooka, el horóscopo que acompañaba al chicle y el slogan “El sabor del encuentro”
La fantasía del dinero que se podría ganar con una obra no es nueva. En el libro Los genios –si bien el hilo conductor es la ruptura de la amistad y la piña de Vargas Llosa a García Márquez–, Jaime Bayly muestra la preocupación por la plata. Con La hojarasca, El coronel no tiene quien le escriba y La mala hora, García Márquez no había logrado el reconocimiento como para poder vivir de los derechos de autor. Cien años de soledad, esa novela a la que su (ex) amigo Vargas Llosa llamó El Quijote del siglo XX y le dedicó su tesis doctoral publicada como Historia de un deicidio, fue una gran apuesta. Los Márquez se endeudaron y fueron pobres hasta que Gabito, como le decían sus allegados, lo logró. Y cuando esto pasó, reprodujo todas las costumbres de la clase alta: mansión, mucama, viajes, BMW azul descapotable. “Soy un pobre con plata”, dijo alguna vez.

En Los genios, Jaime Bayly retrata maravillosamente la envidia de Vargas Llosa por las ventas de libros de otros escritores: un sujeto tenso que, a pesar de ser un gran escritor y reconocido intelectual que había logrado contratos con Seix Barral antes que los demás, no podía dejar de compararse con su alrededor. Cortázar cobraba un sueldo mayor que él y García Márquez era “millonario en dólares”.
—Pero Gabriel tiene una mujer que le limpia la casa y una cocinera— dijo Patricia— ¿Por qué Gabriel puede tener empleadas y nosotros no?
Vargas Llosa se enojó:
—Porque Gabriel es millonario y yo no. Porque Gabriel tiene un carro descapotable y yo no. Porque Gabriel tiene un apartamento en París y yo no (…) ¿No entiendes que Cien años de soledad ha vendido más que todos mis libros juntos? ¿No entiendes que Gabriel vende diez veces más que yo?
Durante los años del boom, bajo el ala de la agente literaria Carmen Balcells, varios buscaron la fama, las ventas, contratos que garantizaban vivir como escritor y estar cerca del Nobel. Pero fuera de esos contratos, que eran para una minoría, estaba la preocupación por el trabajo.
El escritor tiene que comprar su tiempo de escritura, aseguró Schweblin en una entrevista tras ganar el Aena.
José Donoso dijo alguna vez que las críticas al boom latinoamericano como un fenómeno de mercado estaban marcadas por la envidia
Escribir y llegar a fin de mes
¿De qué trabajaron los escritores? ¿De dónde sacaban el sueldo para comprar su tiempo de escritura? Muchos de ellos fueron docentes y periodistas –era otro tiempo en el que se pagaba bien por ser periodista–. César Vallejo, por ejemplo, fue maestro y, tras mudarse a París, en su peor momento económico, escribió para el diario peruano El Comercio. Hay un libro extraordinario, Vallejo y el dinero, de Enrique Foffani, que muestra la preocupación por la plata en su obra. Otra docente fue Gabriela Mistral, maestra rural hasta que ganó el Nobel. Roberto Arlt, además de múltiples trabajos para sobrevivir y luego ser periodista para El mundo, tuvo una faceta como inventor: creó unas medias de seda para mujeres que resistieran el uso cotidiano y no se rompieran, y lo patentó en 1934 como Sistema de Galvanización de Medias. Bolaño fue lavaplatos, vigilante, mozo, vendedor ambulante. Cortázar fue maestro y profesor de literatura en Argentina y traductor en Francia. Borges, el más busca, ayudante de bibliotecario, escritor del folleto sobre la leche cuajada y el yogurt para La Martona, la empresa láctea de los tíos de Bioy, inspector de aves de corral y, en el último tiempo, director de la Biblioteca Nacional y profesor de la UBA. Marta Lynch, periodista y secretaria de Arturo Frondizi. Muchos escritores fueron ghostwriters, traductores o trabajaron en marketing. Tal es el caso de Fogwill al que le debemos las historias de Joe Bazooka, el horóscopo que acompañaba al chicle y el slogan “El sabor del encuentro”.

Clarice Lispector escribía consejos de moda para revistas femeninas. Usó varios pseudónimos: fue Tereza Quadros, en moda y belleza para el diario Comicio; Helen Palmer, para la columna femenina del Correio da Manhã; y escritora fantasma en el Diário da Noite con artículos llamados, entre otros, “¿Los feos son mejores maridos?” o “Belleza para seducir”. Hace poco, apareció su libro de recetas de cocina, Cozinha para brincar, con olor a humedad en una feria de antigüedades de San Pablo. Clarice le puso su nombre al libro que Nestlé regalaba a los niños con recetas para que aprendieran a cocinar con chocolate amargo y leche condensada.
Si nadie vivía y, mucho menos hoy, nadie vive de los derechos de autor, ¿cómo no desear ser millonario por escribir? ¿Cómo no fantasear con ese “ser escritor” que mostraron las imágenes más burguesas? ¿Cómo no envidiar a los pocos que lo logran? En su discurso, Schweblin dijo que siempre había querido tener un sueldo y que este premio se parecía bastante a eso.



