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21 de julio de 2026

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15 de febrero de 2025

CÓNCLAVE: MIRANDO LA TRASTIENDA DE LA IGLESIA CATÓLICA

Diego Mauro

Mundo
Tiempo de lectura: 6 minutos

Cónclave es una de las películas que ansiaba ver. Más allá de mi interés como historiador por el tema, soy fan del trabajo actoral de Ralph Fiennes. Además, Stanley Tucci y John Lithgow son dos de mis actores preferidos. En el caso de Lithgow desde que lo vi en su papel de villano en Cliffhanger a mediados de los años noventa. Por si fuera poco, el director, Edward Berger, conocido por la galardona remake de Sin novedad en el frente es alguien a quien tengo en alta estima. Disfruté mucho dos de sus apuestas recientes en las que ofició como director: las series The Terror y Your Honor. Finalmente, leer los constantes halagos de la crítica especializada no hicieron más que aumentar mis ganas de ver el filme. En ese preciso momento, sin embargo, empecé a dudar y a pensar que, tal vez, la película iba a terminar decepcionándome. Unas expectativas tan altas no iban a ser fáciles de colmar. Por otro lado, había visto varios programas de streaming de canales católicos tradicionalistas como Que no te la cuenten[1] o Conoce, ama y vive tu fe[2] que la criticaban duramente, acusándola de atacar a la Iglesia, mentir y difundir una mirada “modernista” sobre el catolicismo. Dudé una vez más: no por el contenido de las críticas, habituales en dichos grupos y aplicables casi sin variaciones al grueso de la cultura contemporánea, sino porque pensé que, tal vez, el filme podía ser una caricatura de tono progresista. Una mera imagen en espejo de lo que se escucha y ve en esos canales.

Entré al cine y me sentí algo tenso, incómodo. Experimentaba esa sensación ambivalente que solemos vivir los hinchas de un equipo de fútbol cuando a nuestra parcialidad le toca ejecutar un penal. Hay ilusión, expectativas, entusiasmo, pero también temor e incertidumbre…  Transcurridos veinte minutos mis miedos se disiparon y me convencí de que estaba viendo una gran película. Un filme cuidado, sutil, complejo que, más allá de un final un tanto forzado que no me convenció, en líneas generales logró cumplir mis expectativas.  No voy a ahondar en la trama porque no quiero spoilear el filme y porque no necesito decir mucho más al respecto para destacar lo que, como historiador del catolicismo, considero las principales virtudes de Cónclave.

La fe es frágil, precaria y está plagada de dudas. Pero en las dudas reside su fuerza. De ella, también, surgen las energías que aseguran la supervivencia de la Iglesia como una unidad

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¿Por qué vale la pena ver Cónclave?

La primera razón es, si se quiere, de orden sociológico e histórico. El filme presenta a una Iglesia católica compleja en su composición, diversa, surcada por tendencias, grupos y sectores enfrentados entre sí. No se la retrata como una entidad monolítica y piramidal o como una monarquía absoluta encabezada por el papa, sino como una institución de naturaleza constelar, dotada de infinidad de terminales nerviosas, numerosos recodos e innumerables componentes. Los debates que se producen exhiben las tensiones y las fricciones que, por momentos, parecen colocarla al borde de la ruptura y la disgregación. Sin embargo, finalmente, los conflictos no llegan a poner en entredicho la cohesión interna. En parte, porque el arte de la negociación suele terminar limando las aristas más filosas de las posturas en disputa. Además, porque más allá de la importancia de la elección papal, los diferentes grupos y sectores tienen la suficiente libertad como para continuar existiendo independientemente de las reformas o reorientaciones eventualmente aplicables por un futuro papa electo. En este sentido, la Iglesia católica que describe Cónclave parece hacer suya la clásica definición de Carl Schmitt: el catolicismo como una compleja síntesis de opuestos o, en palabras del filósofo Romano Guardini, una dialéctica constante sin resolución. 

Otro acierto del filme es distribuir de manera relativamente equilibrada las faltas morales entre los representantes de las diferentes tendencias teológicas y los posicionamientos ideológicos. Más allá de la simpatía que los espectadores pueden tener por un sector u otro (desde los más reformistas a los más tradicionalistas, pasando por una diversa gama de posiciones intermedias) el pecado, de una u otra forma, los alcanza a todos. Dicha caracterización, que exaspera a muchos de los youtubers católicos conservadores, permite no solo humanizar a los personajes principales sino también construir un relato menos parcial, relativamente más neutral sobre las disputas intraeclesiales. En este sentido, Cónclave capta mejor que muchos libros especializados sobre el catolicismo la tensión entre fuerzas centrípetas y centrífugas al interior de la Iglesia.

En tercer lugar, sobresale la precisa reconstrucción del lugar del papa. Por un lado, el filme muestra con claridad las limitaciones y los condicionamientos con los que el sucesor de Pedro debe lidiar indefectiblemente; pero, por otro, al mismo tiempo, muestra su importancia tanto como fuerza cohesionadora del universo católico, como a la hora de delinear un cierto rumbo. Sin tomar partido necesariamente, la película saca a la luz las paradojas que suelen corroer la lógica de los argumentos tradicionalistas cuando un papa reformista encara una cierta agenda de cambios. En estos casos, aun cuando la defensa del primado papal está en el ADN de la identidad y la conformación de estos grupos, piden, sin vueltas, desobedecer al papa. Repentinamente, descubren que la colegialidad insinuada en el Concilio Vaticano II y combatida por ellos, como ocurre en nuestros días con el papado de Francisco, es, a fin de cuentas, un escudo capaz de protegerlos de la autoridad papal que defienden por principio. En nuestros días, por ejemplo, las habituales intervenciones del sacerdote norteamericano Charles Murr en diferentes canales de streaming son una buena muestra de esta lógica paradójica.

La Iglesia católica que describe Cónclave parece hacer suya la clásica definición de Carl Schmitt: el catolicismo como una compleja síntesis de opuestos o, en palabras del filósofo Romano Guardini, una dialéctica constante sin resolución

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En cuarto lugar, el filme acierta también en no reducir las dinámicas intraeclesiales a una mera lógica política o a las dinámicas estrictamente sociológicas de la institución. Por un lado, es cierto, la Iglesia es un actor social y político de impronta global. Los cardenales que participan del cónclave lo dejan en claro. Hay intrigas y jugadas sucias como en cualquier proceso político. Pero también, al menos en la mayoría de los casos, hay fe. Los principales partícipes creen. O, al menos, el director y el guionista creen que creen, y de ese modo, en mi opinión, el filme logra mostrar con agudeza cómo ambos planos se conectan. Fe, religión y política coexisten y se imbrican en las acciones de los personajes. Los cardenales deciden tanto pensando en términos, si se quiere, ideológicos (secularizados) como religiosos, buscando la inspiración divina y apoyándose en su fe. Uno de los momentos más impactantes de la película es cuando Ralph Fiennes, en el papel de decano del Colegio Cardenalicio, da un discurso. Allí, les dice a los cardenales reunidos que el pecado al que más teme es la certeza, porque la certeza destruye la unidad, mata la tolerancia y, en cierto modo, destruye la fe e impide el misterio. Toda una definición sobre el sentido más profundo de la religión en general y del catolicismo en particular. La fe es frágil, precaria y está plagada de dudas. Pero en las dudas reside su fuerza. De ella, también, surgen las energías que aseguran la supervivencia de la Iglesia como una unidad. De nuevo, la forma en que con sencillez se exponen estas aparentes paradojas del cristianismo católico pueden ahorrar al espectador cientos de tratados de teología.

Finalmente, también acierta Berger con la caracterización de la Hermana Agnes, protagonizada por una formidable Isabella Rosellini. El personaje de Agnes visibiliza la invisibilidad de las mujeres en el proceso de elección papal y, de manera lateral, introduce el debate más general y profundo sobre el lugar de la mujer en los órganos de autoridad de la Iglesia. La película, es cierto, no pone el acento en este registro, pero sutilmente plantea el tema indirectamente una y otra vez a medida en que los rituales de la elección se despliegan meticulosamente en la pantalla y se ve a las religiosas en lugares subordinados.

En resumen, Cónclave es un filme que se destaca por su mirada profunda y rigurosa sobre la Iglesia católica contemporánea. No es algo habitual. Alejada de los maniqueísmos simplistas que muchas veces adoptan los filmes hollywoodenses sobre temática religiosa, Cónclave muestra con seriedad histórica y sensibilidad filosófica las paradojas y contradicciones que laten en el corazón del catolicismo en nuestros días. Vale la pena hacerse un rato para disfrutarla en el cine.


[1] https://www.quenotelacuenten.org/2024/12/08/peliculas-maria-y-conclave-vistas-por-un-sacerdote-catolico/

[2] https://www.youtube.com/watch?v=3qWnemARsWw&t=891s

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