24 de Julio de 2024 •

9:45

Ashburn
53°
algo de nubes
53% humidity
wind: 6m/s SE
H 57 • L 46
58°
Tue
59°
Wed
47°
Thu
53°
Fri
58°
Sat
Weather from OpenWeatherMap
TW IG FB
Tiempo de lectura: 8 minutos

Últimamente trato de preguntarle a los taxistas, esos que aún tienen algo de sociología y calle, ¿qué escuchan en sus autos?, ¿qué les dicen a sus pasajeros? Prácticamente todos me responden que los pasajeros casi no hablan de la realidad. Un taxista de Banfield, hincha también del Taladro, me comentó que le sorprendió que cuando aumentó hace unos días la bajada de bandera del viaje ningún pasajero se quejó. Él daba el nuevo precio del viaje y nadie le decía nada. ¿Qué es ese silencio?

Hago estas reflexiones de cara a los más de “cien días” que pasaron de aquel lejano 10 de diciembre del año pasado, cuando Javier Milei asumió por el voto popular como presidente de la nación.

En aquel momento decidí humildemente que por cien días no iba a emitir opinión públicamente, no iba a ir a ningún programa de televisión, porque consideraba que, por haber integrado el gobierno de Alberto Fernández y Cristina Fernández de Kirchner, y haber tenido exposición y participado en la campaña (aún sin ser candidato), correspondía un gesto modesto, darle cien días a quien asumía la presidencia, con una crisis que obviamente no inventó Milei. Insisto: mi granito de arena (tampoco había masas esperando “mi mensaje”) era contribuir con cien días de silencio.

Dicha decisión se facilitó porque no soy gobernador, no soy legislador, no soy intendente, no soy concejal, no ocupo ningún cargo ejecutivo en ningún gobierno provincial ni municipal. Pero no me alejé de la calle, de caminar, de ir a todos los lugares en los que pudiera escuchar a mujeres y hombres de a pie, vecinos, trabajadores, profesionales, comerciantes, empresarios, pibes, jubilados, etc.

En definitiva, parafraseando a Aníbal Troilo, no me voy a ningún lado porque “siempre estoy llegando”, pero la política la seguiré asumiendo, aunque sea, desde otro lugar

Compartir:

Empecé a militar a finales de la dictadura, y con el advenimiento de la democracia he ocupado durante muchísimos años cargos públicos. Vi de todo. Vi a la política cambiar una vez, cambiar dos veces, cambiar tres veces. Vi derrotas que parecían definitivas, victorias que creíamos talladas en piedra. Pero desde 2013, y cada vez más, empecé a convencerme de que la política en el mundo, por lo menos en Occidente (en Europa y América), los partidos políticos habíamos dejado de representar a nuestra historia, a nuestra base social, a los intereses que tradicionalmente expresábamos. El peronismo dejó de expresar a una parte de los trabajadores y tampoco exponía ya una fuerza económica que agrupara pequeñas y medianas empresas del campo, del comercio, de la industria y por supuesto, la columna vertebral que era la clase obrera. Nos refugiamos exclusivamente en los sectores más humildes dónde sobrevivían bolsones de pobreza, consecuencia de una política desatinada, errática, del ´83 a la fecha, donde hubo presidentes, ministros, gobernadores, intendentes y funcionarios con gestos valientes, cargados de buenas intenciones, pero que no alcanzaron, o directamente erraron. También, obviamente vi funcionarios cobardes y cargados de malas intenciones. Que obviamente iban a errar.

¿Cuántos trabajos necesita hoy un trabajador para no ser pobre? ¿Cuántos viven en la informalidad? ¿Cómo se degradaron el Estado, la salud pública, la educación pública, mientras permanecimos aferrados a consignas viejas, encerrándonos en la política y solamente en la política? En 2023 nos ganaron, y perdimos no sólo los peronistas. Fue derrotada una tradición argentina basada en derechos, en servicios, en la valoración de lo público. ¿Qué hicimos para revertir esto demás de pedir encuestas, Focus Group, y ver quién puede ser candidato?

Ante este balance opté por refugiarme en mi pueblo, en la sociedad, con mi familia, con mis amigos, con los vecinos, con la gente que me cruzo en la calle y no me conoce, subiéndome a un colectivo o a un taxi, viajando en tren, yendo a la plaza, caminando mucho, yendo a un bar a escuchar. Adivinar las miradas, escuchar lo que se dice en voz alta, atender a la crítica, el cuestionamiento, a los que me miran, me reconocen y yo no sé si me quieren saludar o putear. La única verdad es la realidad: los políticos nos tenemos que hacer cargo de la crisis. En democracia al peronismo solamente lo desalojan los votos. No sirve una autocrítica para flagelarnos, ni señalando en nombres y apellidos puntuales lo único que lo explica.  Por supuesto: a mayor cargo mayor responsabilidad, eso está fuera de discusión. Pero debemos hacer un balance de ideas. Las ideas que nos trajeron hasta acá.

Hubo buenas épocas. Hubo fracasos bienintencionados. Hubo fracasos diseñados. Hubo chispazos de creatividad y valentía. Los políticos enfrentamos intereses, metimos los dedos en el enchufe, defendimos ideas con pasión. Muchas veces, muchos de nosotros tuvimos más creatividad para imaginar la distribución de la riqueza que su generación. Hubo momentos que parecía que se podía revertir la decadencia que nos dejó la dictadura: el plan Austral en sus primeros meses, algún momento de la Convertibilidad en que la economía creció, la salida traumática con Duhalde, el gobierno de Néstor, algunos tramos de Cristina, pero la tendencia al no animarnos a solucionar los problemas de fondo, en el temor a pagar costos, al enfocarnos más en la pelea de la política chiquita, fuimos empeorando y agravando todo.  

¿Puedo hablarle al que le pido el voto para el candidato que yo apoyo si yo no voy al hospital que va él ni voy a pedir número a la unidad sanitaria dónde él vive y hablo de la excelencia de la educación pública y me recibí en una universidad privada? Mirar de frente a la gente y no mentirle más

Compartir:

La política es responsable. Lo digo desde adentro de ella. Pero, ¿es la única responsable? No. Hay grupos económicos, empresarios, lobistas, como decía un mozo con muchos años en “El Palacio”: “acá lo que cambian son los presidentes, los que vienen son siempre los mismos”. Se refería a integrantes del poder económico, planta permanente del aplauso automático y el subsidio fácil. Y no sólo empresarios. Podemos enumerar toda una gama de activos participantes de la cosa pública que también pueblan los pasillos: intelectuales, periodistas, grupos mediáticos muy fuertes, operadores, académicos. Hay una gran responsabilidad de una élite. Pero disculpen la grosería: la gente no es boluda. Se dio cuenta hace tiempo de esto y la elección del 2023 lo expresó con toda claridad y con toda contundencia.

Personalmente creía que íbamos a ser derrotados ya desde antes del 2021, pero nunca pensé que la derrota iba a ser de la política. De una política en su conjunto. Imaginé que Juntos por el Cambio iba a ser la alternativa. Sin embargo, Milei y lo que expresa política y culturalmente primero le ganó a Larreta, después le ganó a Bullrich, después le ganó a Sergio Massa y cuando digo Larreta, Bullrich y Massa digo nosotros. No estoy hablando de que ellos son los responsables. Por supuesto tienen su responsabilidad por los cargos que ocuparon y la decisión de ser candidatos, pero todos los que estamos en política debemos hacernos cargo: somos parte de esta élite que se beneficia a sí misma, se reproduce, y se desengancha del destino de su pueblo.

Entonces, hoy, y pasados estos cien días, considero que la política debo asumirla desde otro lugar, y me convenzo que lo que pensé después del balotaje y, sobre todo, cuando asumió Milei el 10 de diciembre, es que debo dar un paso al costado. Por eso avisé a mis compañeros del Movimiento Evita que no podía y no quería seguir cumpliendo tareas en la conducción. Lo mismo le planteé, en su momento, al presidente del Partido Justicialista, Alberto Fernández, que renunciaba al consejo. Pretendo reconstruirme en la calle, releyendo clásicos, escuchando a la gente, aprendiendo y capacitándome en temas que me preocupan como la seguridad, como la economía. Cuando dejé de ser diputado en 2017 entendí que se puede hacer políticas desde la sociedad civil y el mundo privado, y tratando de eludir la crisis desde un emprendimiento comercial. Y también, en este breve tiempo, me estoy dedicando a organizar una consultora de opinión para aportar a este proceso político desde otro lugar. Seguiré yendo a dónde me inviten: radio, televisión, barrios, centros culturales, empresarios a decir mi pequeña y relativa verdad. Seguiré estando del mismo lado. No me une absolutamente nada al gobierno de Milei, sin ignorar el respaldo popular de votos recibido en el balotaje y que se mantiene en parte, pero estoy convencido que todas sus políticas agravarán problemas, surgirán nuevos problemas, y obviamente dañará aún más al pueblo argentino. En definitiva, parafraseando a Aníbal Troilo, no me voy a ningún lado porque “siempre estoy llegando”, pero la política la seguiré asumiendo, aunque sea, desde otro lugar.

En 2023 nos ganaron, y perdimos no sólo los peronistas. Fue derrotada una tradición argentina basada en derechos, en servicios, en la valoración de lo público. ¿Qué hicimos para revertir esto demás de pedir encuestas, Focus Group, y ver quién puede ser candidato?

Compartir:

Pero no me siento hoy parte de ninguna solución. Cuando veo televisión, escucho radio o leo un diario algunas declaraciones de compañeros, de dirigentes, de integrantes de gobiernos provinciales o nacionales, opositores de acá y opositores de allá, a veces siento vergüenza ajena como seguramente habrá sentido otro cuando me escucho a mí o cuando me lee a mí, porque parece que vivimos en Narnia, hablamos como si hubiésemos llegado hace unos meses a la Argentina, como si no tuviéramos nada que ver con los últimos cuarenta años. Me pasó en la campaña. Un día, hablando con algunos compañeros sentí un vacío, sentí que no les estaba diciendo la verdad, o, en todo caso, que mi verdad era muy flaca, carente de sentido e identidad. ¿Se puede defender la escuela pública si mandás tus hijos a una privada? ¿Se puede hablar de la salud pública si tenés a tu familia con la cobertura de una prepaga? ¿Puedo hablarle al que le pido el voto para el candidato que yo apoyo si yo no voy al hospital que va él ni voy a pedir número a la unidad sanitaria dónde él vive y hablo de la excelencia de la educación pública y me recibí en una universidad privada? Mirar de frente a la gente y no mentirle más.

¿En quién confío? En nuestro pueblo, al que veo todos los días en las calles, en los colectivos, en los trenes, en las esquinas, con una sonrisa o con los dientes apretados, con el ceño fruncido, con bronca, pero que van y van y vuelven, y después vuelven a ir. ¿Adónde? Al destino que se merecen. Lo mejor que necesitamos en esta etapa, más que grandes análisis, más que grandes ideas, más que grandes autocríticas, más que salvadores de la patria, es valor y sentido común. Apostar definitivamente a la solidaridad y al bien común, caminando siempre en democracia, discutiendo y construyendo consensos sobre los hechos, sobre la realidad concreta, sobre la acción para reconstruir a nuestra patria. Subestimamos el valor de tener una economía ordenada.

Cuando la Argentina tenía un 25% de desempleo entendimos que era necesario organizar a los desocupados para reclamar por las condiciones de vida mínimas y también por empleo. Pero nos faltó entender como dirigentes políticos -y no solo a nosotros- que era necesario plantear de forma más profunda y amplia, la cuestión del modelo económico en la que quienes reciben asistencia y dan como contraparte servicio pudiesen acceder a fuentes de trabajo generadas por una dinámica económica que fuese parte del desarrollo del país. Nos enamoramos de los parches. Nos enamoramos de los instrumentos. Pero los países no quiebran. No se cierran. El pueblo es como el agua, encontrará su camino.

PD: Al habitual Luis Fernando Chino Navarro decidí agregarle “Román”. Este momento de balance que vivo -que no es sólo político, sino también en un plano personal, existencial- coincide con estar pasando varios días con mi madre, Margarita Román. Vine a visitarla a nuestro pueblo. Yo nací en San Antonio Oeste, provincia de Río Negro, y soy hijo de madre soltera. Inicialmente fui inscripto como Luis Fernando Román, pero a los cinco años mi mamá contrajo matrimonio con Adalberto Navarro y entonces pasé a llamarme Luis Fernando Navarro. Adalberto me reconoció como hijo propio, aunque nunca supe quién fue mi papá. Paralelamente fui criado por la familia Muñoz, por Pancho y Gela, mamá y papá del corazón, aunque esa es otra historia. Pero como pienso que no siempre valoré adecuadamente lo que significó mi mamá Margarita, y como aún vive (tiene 86 años y está guapa, con algún problemita de salud, pero guapísima), creo que es hora de homenajearla. Mamá es descendiente de Catriel, de la familia tehuelche-mapuche, mucha historia en su sangre, y el mejor homenaje que le puedo hacer es en vida. Por eso Navarro Román. Volver al apellido materno para valorar y reconocer lo que ella fue en mi vida. Casi todo lo que soy se lo debo a ella.

(Foto: Luna llena en Las Grutas, San Antonio Oeste, Río Negro)