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07 de abril 2024

Julieta Habif

CHARLY: ESTO ES AGUA

Tiempo de lectura: 4 minutos

Entonces, el salto mortal. La silueta de un hombre escuálido en traje de baño rojo, con la cabeza en alto, el torso hacia atrás y las piernas algo flexionadas, atraviesa todo el aire que entra en nueve pisos, desde un balcón hasta una pileta. Milagrosamente, sobrevive. Cuando choca contra el agua, nada. Está tranquilo. Pide una coca-cola y sigue nadando. Su premio es ese: una coca-cola. Enseguida le preguntan qué sintió y dice: “vacío, y después el agua mojada”.

Charly García tiene un superpoder y una maldición: es libre. Donde todo el mundo ve muerte, él ve acaso una oportunidad de juego. También carga con esa cruz y le conoce cada veta. Parece saber qué hacer con el dolor, con la soledad, con el agobio. Podría resultar una tortura: como si siempre hubiera algo para hacer. Parece, a veces, poder reírse de eso. No sólo crea, vive su propia creación artística. Hace lo que sufre.

Charly García es un semidios: cae del cielo, donde están los asuntos etéreos de la belleza, la verdad, el placer; nos los trae a nosotros, los de abajo, que vivimos entre la basura, la enfermedad, la evasión, la insoportable velocidad crucero de los días; y aquí se queda. Nos da canciones sin instructivo que de algún modo siempre servirán para algo, incluso cuando no sirvan para nada. Sin embargo, al menos bajo los preceptos popularizados por el cristianismo, al cielo se accede mediante una vida de obrar bien, y ese sintagma está atiborrado de otras cosas, bastante más alejadas −y sin dudas más genéricas− que las que él ha hecho.

El milagro ocurrió en el Hotel Aconcagua de Mendoza, el 3 de marzo de 2000. Había sido invitado a tocar con la mayor exponente de folclore del país, Mercedes Sosa. En paralelo sucedía, ahí mismo, la Fiesta de la Vendimia, por eso la cantidad de prensa (inusual para la provincia). Los fans también se amontonaban en la calle. Una única cámara estaba en alto y grabando, la de Daniel Raquela, de Canal 7. −Hoy es inimaginable, pero− hay un sólo ángulo, un sólo registro, el suyo. En ese momento todos, seguidores y periodistas, pensaron que García se había suicidado.

Cuando llegaron los bomberos y la policía, tras el vuelo en caída libre de 16 metros, el artista dijo ante algunos micrófonos: “Me tiré del noveno piso para demostrar que no somos todos iguales. ¡Yo no soy igual que vos! ¡Yo no soy igual que vos! ¡Mirame las manos, yo soy Charly García! ¡Yo no soy igual que vos, boludo!”.

Así, tal vez no se trate de una deidad, sino del más singular de los mortales.

Charly García tiende al infinito: desde la fundación de Sui Generis a fines de los ‘60 hasta hoy, habiendo pasado por períodos de abuso de sustancias y rehabilitaciones, de inactividad y frenesí, de mucho encierro también; habiendo pasado la dictadura, habiéndole ‘roto el culo a Videla’, cómo él mismo dijo durante un recital; habiendo creado La Máquina de hacer Pájaros, Serú Girán, una carrera solista de más de 10 discos, incluido Clics modernos, considerado uno de los mejores discos de rock nacional; desde aquellos primeros teclados, guitarras y voces junto a Nito Mestre en 1969, García siempre estuvo en el horizonte. Aunque no tuviéramos hambre, o no tuviéramos sed, o no tuviéramos padres cariñosos ni amistades firmes, o no tuviéramos curiosidad ni sorpresas; aunque no tuviéramos nada, las canciones del hombre delgado de bigote bicolor eran el detalle lejano que podíamos captar. Un punto de referencia. Una forma de ensanchar el mundo y permanecer inscriptos en él.  

De forma colectiva nos hizo mejores, e íntimamente nos dio un lujo incluso en contextos de vidas poco lujosas: la posibilidad de contemplar sus profundidades y encontrarnos, de algún modo, ahí.

Qué busca un artista cuando hace. La pregunta es más bien habitual. Podría querer cambiar el curso de las cosas, dar testimonio de una época, sentar las bases para el futuro; podría querer generar un puente, una conversación a través del arte que en algún momento se convierta en una búsqueda colectiva, íntima o estruendosa, que recupere o que mutile; de profunda conexión o abstracción con la realidad; podría querer inventar algo, ubicar algo nuevo en este universo que está tan lleno de todo; podría tratarse de una charla con sí mismo, un flujo de conciencia elaborado. También podría querer desplegar su genio y ser visto. Podría necesitar la atención.

Por esos tiempos, García estaba cerca de cumplir 50 años. Sus últimos dos discos, El aguante de 1998 y Demasiado ego de 1999, habían pasado sin pena ni gloria. Vivía solo en un departamento que parecía tomado por ocupas, casi sin muebles, repleto de basura y todo pintado con aerosol. Consumía mucha, muchísima cocaína. Como con cada una de sus vidas: de esa decadencia hizo una estética. García siempre fue autocelebratorio, eso cansó a varios. Afuera, mientras tanto, producto de un recambio generacional o de milenio o simplemente por una cuestión de ciclos y de ir en contra de los padres y sus gustos, se empezaba a escuchar otra cosa, un poco de nü metal, un poco de cumbia villera. Pero, como si la caída paradójicamente hubiera servido de envión, al día siguiente de tirarse escribió dos de los temas que estrenaría meses después: “Me tiré por vos” y “Noveno B”, comprendidos en Sinfonías para adolescentes, el último disco de Sui Generis −tras casi 20 años sin tocar juntos y más de 25 sin sacar material nuevo−.

Charly García es un hombre sumergido en el fondo de sí mismo. Contrario a lo que les sucede a los peces del discurso de David Foster Wallace, que se cruzan con un pez anciano que les pregunta “¿Cómo está el agua?” y ellos se miran desconcertados y uno le dice al otro “¿Qué diablos es el agua?”, García pareciera tener tal entendimiento de su conciencia y del entorno que le resulta insoportable. Para paliar, entre otras cosas, hace.

En 2018, en el marco de una serie de entrevistas para el ciclo BIOS, vidas que marcaron la tuya de Nat Geo, y en referencia a aquel clavado amateur, exclamó: “no me dolió nada”.

Por qué no creerle. Por qué no creer que el arrojo fue al menos la búsqueda de un remedio o un propósito, y lo que dolía era lo demás.

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