Un momento...

22 de julio de 2026

22 de julio de 2026

18 de octubre de 2025

CASI PODRIDO PERO VIVO

Marco Mizzi

@serunbardo
80 años de peronismo
Tiempo de lectura: 5 minutos

Afuera de la Shell que está en el cruce de Lagos y la Circunvalación de Rosario, un camión carga gasoil. Adentro, el aire huele a café.

Horacio “El Tuerto” Flores toma el suyo despacio, con la cucharita dentro de la taza, como una antena. Cada gesto tiene la actitud del que está construyendo su propio busto. Le gusta ser entrevistado. Siente que la vida fue injusta con él.

Flores era ladrón. Tenía un método. Sin tiros, ni sangre, ni improvisaciones. Era un profesional del escruche. Cayó en los dos mil, estuvo en los motines de Coronda, se hizo evangelista, y ahora vende artículos de bazar en la Feria del Eucalipto.

Charlamos de política. Hoy es 12 de octubre. Hace ochenta años Farrel mandaba a encarcelar a Perón. Se lo comento a Flores al pasar. Se ríe.

—Mirá vos, y yo justo te traje esto.

Mete la mano en su mochila y saca un bulto envuelto en una bolsa de nylon. Lo apoya sobre la mesa con cuidado y lo abre, como si desnudase un trofeo. Es un portarretratos. El vidrio está rajado en una esquina.

—¿Sabés quién es, no? —pregunta expectante.

En la imagen, Perón, sudoroso, saluda a un hombre en mangas de camisa. Al fondo está Evita, que le sonríe a otro de saco y corbata. Averiguando, me voy a enterar que la foto fue tomada en el verano del 46 por Joaquín Chiavazza en barrio Sáenz Peña. El negativo original está perdido. La única copia física que existe es la que tengo delante.

—La conseguí del estudio de XX.

Flores acaricia el rostro del General. Pero enseguida retira sus manos, como si temiera romperlo. O quemarse. Después me cuenta la historia.

La materia cambia de estado sin que nadie pueda hacer nada al respecto. Y no hay combustión sin impureza. Uno no elige lo que roba, sino lo que no puede dejar tirado. Todo lo puro está muerto

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A principios de los noventa, el Tuerto reventó la oficina de un abogado en Montevideo y Alvear. No lo conocía, pero sabía lo suficiente. Con los años se enteraría que era un tipo ligado a Reutemann, funcionario durante la dictadura.

—No hace falta mirar mucho, el olor te dice todo —comenta Flores, y hunde una medialuna en el café.

Después de abrir la caja fuerte, se topó con los cuadros: uno grande del Perón del setenta y cuatro, con los brazos extendidos. Otro, un afiche del Segundo Plan Quinquenal. Y el tercero, la foto que me está mostrando.

—Ese es el primer Perón, el que me gusta. Por eso me lo llevé —dice.

—¿Por qué te gusta ese Perón?

—Porque es el de los descamisados. Después ya estaba muerto.

El ochenta aniversario del 17 de Octubre es la excusa para hablar de muchas cosas. La mayoría de ellas, discutidas en este dossier que ofrece Panamá a sus lectores.

En esta nota, la efeméride nos interesa para diletar sobre el hombre maldito del país burgués. Como si necesitáramos que algo habilite el debate, guardado en la alacena, junto a las copas de la abuela y los souvenirs. Casi una trivia entre cumpas: ¿cuál es el mejor Perón?

Porque hay muchos previos. El niño alucinado bajo el cielo patagónico. El joven combatiendo los mosquitos en el Chaco Santafesino. El oficial nacionalista que conspira para tomar el poder… Y están los que vinieron después.

Hoy en día, el consenso general en torno al General está en su tercera encarnación presidencial. “El mejor Perón es el último”. Pero, ¿es así? ¿Qué cuadro nos robaríamos hoy, si pudiéramos? ¿En qué punto de la reacción uno decide intervenir?

En Santa Rosa, en el valle del Conlara, hay un tipo que fabrica biodiésel casero. El taller, pegado a un gallinero, tiene las paredes hechas con silobolsas.

Afuera, las gallinas picotean mugre. Adentro, la grasa se mete por las narices y se asienta en la lengua.

Hay tres tambores azules, una manguera naranja y bidones con aceite quemado que Roberto junta en hoteles y restoranes. En el suelo, charcos iridiscentes. Todo silba: el viento contra el plástico, un disyuntor envuelto en cinta aisladora, mi respiración al encender un cigarrillo que mi anfitrión ordena apagar con un gesto leve.

El niño alucinado bajo el cielo patagónico. El joven combatiendo los mosquitos en el Chaco Santafesino. El oficial nacionalista que conspira para tomar el poder… Y están los que vinieron después

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Roberto habla siempre así, mirando de costado. Supongo que tiene alguna forma de autismo, pero sería de mal gusto preguntarlo. Lo conocí en la asamblea de los miércoles en la plaza Sobremonte de Merlo. Pidió la palabra para hablar de su madre jubilada. Culpa a Milei de su muerte.

—Aceite, y después alcohol— dice y vierte los ingredientes en uno de los tachos—. Sin el catalizador, no pasa nada. Todo se queda quieto.

Sus manos negras echan un polvo blanco desde un tarrito de lata oxidada, y el líquido amarillo empieza a enverdecerse.

—Un poco de soda cáustica y la mezcla se activa. Ahora está viva, ¿ves?

El tacho vibra, rebalsa de espuma. Roberto sonríe. Lo miro trabajar en este laboratorio improvisado: una alquimista entre baldes, guano de gallina y mucha fe.

—En un rato arriba sube el combustible y abajo la glicerina. Pero no se te ocurra tocar esto ahora o sonaste.

Mientras manejo de vuelta a casa, miro el tablero y me doy cuenta de que es 14 de octubre. Ochenta años atrás, Perón le escribía a Eva: “vayámonos al campo, chinita”.

Tres días después, la materia social se habrá incendiado.

El Perón del 45 fue como Roberto y su soda cáustica: no inventó nada. Todavía no se sabía mito. Antes del Estado, antes de la doctrina, fue la excusa de una cadena de acontecimientos. Apenas una chispa. Un catalizador que tocó el fondo del tacho y volvió energía la materia.

La materia cambia de estado sin que nadie pueda hacer nada al respecto. Y no hay combustión sin impureza. Uno no elige lo que roba, sino lo que no puede dejar tirado. Todo lo puro está muerto.

Eso fue el 17 de Octubre: el instante en que la mugre ardió. El ruido que hace el país cuando se prende.

Después vinieron los ingenieros del alma, los economistas, los moralistas, los predicadores. Si hasta Perón mismo intentó explicar lo inexplicable. Trató de medir la temperatura de la mezcla. Pero la entropía ya había hecho su trabajo.

Otros podrán elegir al viejo sabelotodo, o al viudo calculador. Todo bien. Tienen razón, seguro la tienen. Pero la verdad es que me aburren

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En una chacra al pie del Champaquí, vive Johana. No tiene luz eléctrica. Jura que no la necesita. Su casa de madera se inclina un poco cuando hay viento.

Afuera, entre los usillos, tomamos cerveza. Johana huyó de Bahía Blanca hacia la sierra, buscando otra forma de vivir. Es anarquista, pero tiene un tatuaje de Evita. Le pregunto por qué. Se encoge de hombros.

Adentro, hay frascos alineados sobre una repisa, con sustancias de distintas tonalidades. Johana no usa etiquetas. Sabe cuál es cuál por el olor.

—Hace años que no compro levadura —dice—. La crío.

Camina hasta el monte y junta hojas secas y ramitas partidas en un balde. Después va a agregarle un poco de afrechillo de maíz y miel de algarrobo. Todo a ojo. Lo tapará con una media vieja, y esperará un mes antes de ver si los hongos se activan.

—Si prende, sirve. Si no, se tira.

Cuando le pregunto para qué lo hace, me mira como si fuera un estúpido.

—Para hacer pan —responde—. ¿Para qué otra cosa lo voy a hacer?

El perfume que sale de los frascos es fuerte, ácido. Parece casi podrido.

—Esa es la clave. Casi.

En un momento de la noche miro la hora. Son más de las doce. Por fin la fecha llegó. Ochenta años del Aluvión.

¿Y qué hay con eso?

No mucho. Apenas una levadura que todavía respira. Como los frascos de Johana. Algo casi podrido, pero vivo. Asiento. Ya elegí el Perón que me gusta.

Otros podrán elegir al viejo sabelotodo, o al viudo calculador. Todo bien. Tienen razón, seguro la tienen. Pero la verdad es que me aburren.

El mejor Perón fue el de un día como hoy de hace ocho décadas. El que todavía estaba hecho de algo más que de sí mismo. El que fue una excusa para que el pueblo se reconociera vivo. El que se parece más a la Argentina que vivimos.

El que amontonó a laburantes, fachos, zurdos, choros, nazis, radicales, anarquistas y conchudos, y les dio una excusa para encenderse juntos. El que estaba adherido a esa glicerina que llamamos Eva. El que todavía olía. El del cuadro que el Tuerto se robó: ese Perón que, si lo tocás, todavía quema.

80 años de peronismo