Un momento...

05 de julio de 2026

05 de julio de 2026

16 de septiembre de 2025

CAMBIA TODO CAMBIA

Fernando Rosso

@RossoFer
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Tiempo de lectura: 4 minutos

Una vez le preguntaron a Tulio Halperin Donghi sobre “la actitud de la sociedad argentina frente a la dictadura” y el historiador respondió con una alusión a Valentín Alsina cuando partió al exilio: “Desde el barco gritaba: ‘Adiós, pueblo italiano’, donde italiano quería decir pueblo cambiante, veleidoso”. Luego remató con una conclusión propia: la sociedad argentina tiene adhesiones políticas que parecen intensas y que se terminan de golpe. Fue en una conversación con Felipe Pigna, recientemente recogida en el libro Tulio Halperin Donghi. La herencia está ahí. Diez entrevistas comentadas, compilado por Javier Trímboli (Omnívora, 2023).

Una característica de eso que los ensayistas bautizaron como el “ser nacional”: la ilusión que se enciende con fiesta, con ruido o con furia, y se apaga de un soplido. No se trata de un reproche moral ni de una psicología de sobremesa: es una pista histórica que se profundizó en las últimas décadas con una crisis que no es sólo económica, es de todo un paradigma (el neoliberalismo), y que luego devino en la famosa crisis de representación. Si uno despliega la serie corta Macri–Fernández–Milei, aparece un patrón: entusiasmos vertiginosos, mandatos que se derriten, expectativas que migran a toda velocidad. La brújula del “humor social” gira como un trompo y, de pronto, el trompo cae.

Conviene mirar la década como si fuera una cadena de eslabones débiles leninistas. Mauricio Macri llegó con la promesa de “volver al mundo” a través de un “gradualismo responsable” que quiso acelerar cuando ya era muy tarde. Duró hasta que la hoja de ruta chocó con su propia aritmética: corridas, FMI, recesión, tarifazos, y aquella pedagogía del sacrificio que exigía siempre un poco más de estómago y recibió “catorce toneladas”. La sociedad prendió vela por el recambio. Alberto Fernández y Cristina Kirchner (¿el Frente no fue de Todos?) asumieron con un discurso de “Estado presente” y un contrato de expectativas abultado; entre pandemia, deuda y una coalición que jamás resolvió su ecuación interna (¿podía resolverla?), ese contrato se fue encogiendo. La última escena -vacunas, salarios, la fiesta de Olivos y, sobre todo, los círculos de fuego de la inflación que pulverizaba los ingresos- aceleró la sensación de promesa incumplida e irrumpió de nuevo la lógica del volantazo.

Como me dijo Ernesto Semán la noche del domingo sangriento bonaerense: el neoliberalismo no es inmune a sus materialidades.

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La gran “tragedia” de los proyectos políticos que llegaron al poder en el último tiempo en la Argentina fue que no comprendieron en absoluto las causas de su éxito. Mucho menos entendieron el carácter voluble de la sociedad que pretendían gobernar en el contexto de un capitalismo dependiente cuya crisis se devora tanto a los que quieren contenerla como a quienes buscan acelerarla sin salir de su lógica perversa.

Así llegó Javier Milei, cuya novedad fue hacer de la aceleración un método: motosierra, epopeya anti-casta, épica del ajuste y “fuerzas del cielo”. La primera mitad de 2023 lo consagró como intérprete de la bronca y 2024 como ejecutor de un orden macro con el cuerpo social como variable de ajuste. Se enojó la mayoría de la sociedad y se entusiasmaron los dueños del país con este “loco” bullyineado que los llevaba a patadas en el culo hacia donde ellos querían ir.

¿No habían ganado la “batalla cultural”? ¿No había formateado y a la vez interpretado una nueva subjetividad? ¿No tocaban los acordes de la nueva época? En parte sí porque el neoliberalismo no fue sólo una etapa superior del capitalismo, sino también un productor de subjetividades que siguen ahí. Pero no es prudente tomar la parte por el todo y no equilibrar la sociología de la adhesión con la economía política del orden.

Halperin no decía que el pueblo era “fatalmente” veleidoso: describía una sensibilidad política inclinada a devociones intensas, pero condicionales; más exigente con lo concreto y poco devota a las abstracciones persistentes. Más economía, menos batalla cultural. No es un capricho; es una gramática. Hay una lección que habría que grabar en piedra: la dirección moral e intelectual no puede independizarse de la economía. O, como me dijo Ernesto Semán la noche del domingo sangriento bonaerense: el neoliberalismo no es inmune a sus materialidades.

Si uno despliega la serie corta Macri–Fernández–Milei, aparece un patrón: entusiasmos vertiginosos, mandatos que se derriten, expectativas que migran a toda velocidad. La brújula del “humor social” gira como un trompo y, de pronto, el trompo cae

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Lo que valió para Milei, vale también para los triunfadores de hoy o, ¿alguien se atreve a afirmar que apenas dos años después la mayoría abraza nuevamente con convicción lo viejo que ayer nomás rechazó con ira?

Durante estos casi dos años la respuesta colectiva fue heterogénea y no con los tiempos que reclamaba la ansiedad de los analistas: primero resistencias aisladas, aunque masivas y simbólicas (universidad, Garrahan, miércoles de jubilados, familias de personas con discapacidad); luego macro–señales (palizas parlamentarias) y, finalmente, una ola política en contra. Toda esa acción colectiva se revaloriza a la luz de este diario del lunes: desde las anónimas “Norma Plá” setentistas que fueron contra viento y marea hasta Pablo Grillo; desde las personas con discapacidad y sus familias hasta los trabajadores y las trabajadoras del Garrahan que son puro corazón.

Marx afirmó alguna vez que “la anatomía del hombre es una clave para la anatomía del mono”. La analogía pretendía ilustrar que los fenómenos sociales (¿o políticos?) se entienden de verdad cuando los estudiamos a partir de su forma más desarrollada. Había que esperar que el mono creciera para notar que en el fondo de su verdad había poco y nada.

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