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24 de marzo 2023

Emanuel Montivero

BUSSI Y EL CISMA EN EL LIBERALISMO TUCUMANO

Tiempo de lectura: 8 minutos

A mediados de 1987, el General (RE) Antonio Domingo Bussi saltaba a la competencia electoral con el partido Defensa Provincial-Bandera Blanca (por sus siglas DPBB). La historia de esta organización se remonta a los años ‘30, conducidos por una fracción de las élites locales con profunda sensibilidad por la cuestión social. En aquel momento Juan Luis Nougués (un apellido grabado en la heráldica de las familias de la provincia) alcanzó la intendencia de la capital tucumana y luego la gobernación, rompiendo así con la alternancia existente desde 1916 entre la Unión Cívica Radical y las sucesivas intervenciones federales.

Cincuenta años después, ante una escena sintomática de la crisis posdictatorial, Antonio Bussi acepta el convite de Exequiel Ávila Gallo para competir en elecciones abiertas y colegiadas por la gobernación de la provincia. Su ligazón a Tucumán se remonta, como es sabido, al haber asumido la conducción del Operativo Independencia y, con el golpe del 24 de marzo, el control ejecutivo de la provincia. A la suma de las facultades públicas ante el ocaso del Estado de Derecho y el control personalista de la operatividad militar, Bussi le añadió una medida excepcional: la creación de un Fondo Patriótico destinado a acumular recursos provenientes de la industria azucarera, presentados bajo la forma de la donación voluntaria al gobierno para llevar adelante su lucha contra la subversión y restituir el orden social. Décadas más tarde, a través de los juicios por apropiación ilegal de bienes y en diversas investigaciones periodísticas, una parte de los empresarios aportantes del Fondo Patriótico Azucarero declararon que habían sido sometidos a extorsiones por parte de Bussi para realizar los aportes.

El retorno de Bussi se producía en un escenario atípico: el peronismo dividido, la UCR con un brío heredado del período de gracia de Alfonsín, las élites económicas con sus representaciones políticas minoritarias y un órgano colegiado que se encargaba de la elección definitiva. Bussi vino a fracturar la distribución electoral y el reparto político en la provincia, construyendo una campaña en torno a los tópicos comunes ante la anomia reinante: inseguridad, hiperinflación, desgobierno; a su vez, como buena parte de sus compañeros de armas beneficiados por las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, configuró alrededor de sí mismo una imagen de vencedor, no sólo de la “guerra sucia” sino de las persecuciones del alfonsinismo. Casi montado en una retórica maoísta, aquel tirañuelo inició un camino que le imponía la negociación con sus propios adversarios, la competencia electoral y el armado de redes territoriales que hagan operativa el núcleo ¿ideológico? que impulsó el lanzamiento de Bandera Blanca. Los diarios del momento relatan que a pesar de haber sido sondeado por una buena parte del sistema de partidos, Antonio Bussi optó por aquella anquilosada organización reformista y abiertamente provincialista, más tarde inscripta bajo la quimera de la federalización.

Bussi vino a fracturar la distribución electoral y el reparto político en la provincia, construyendo una campaña en torno a los tópicos comunes ante la anomia reinante: inseguridad, hiperinflación, desgobierno

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La cuaresma de Bussi

El partido era vigilado con cerrazón por Exequiel Ávila Gallo, hombre pintoresco que había inspirado a Osvaldo Soriano para elaborar al personaje de Cuarteles de invierno. Agraciado por la coincidencia con las elecciones legislativas nacionales, Ávila Gallo tenía incentivos para abrir “las tranzas” no sólo con los actores locales que competían oblicuamente por el mismo electorado sino con el ministro Antonio Tróccoli para evitar que, durante la campaña, el militar sea convocado por la Justicia cordobesa para declarar por sus causas pendientes. “Ante las circunstancias actuales, el único que puede juzgar su conducta es el pueblo de Tucumán”, escribió en un telegrama, confirmando la sábana de electores que encauzarían su voto hacia el militar retirado.

La campaña fue ígnea, avasalladora en términos comunicacionales. Bussi aparecía en las planas de los diarios de circulación masiva anunciando su retorno y enunciando lo inexorable de su gobernación. Julio Aldonate, columnista político de La Gaceta, remarcaba el tono imperativo del mensaje y la espectacularidad de los spots televisivos como parte del hábito castrense, presente no sólo en el candidato a gobernador, sino en este núcleo “totalmente cohesionado ideológicamente” compuesto por sus ex-colegas de armas. ¿Quiénes secundaron la propuesta electoral de Bandera Blanca? En la sección diputados provinciales aparecían el ex-comisario Roberto “el tuerto” Albornoz, el ex-juez de instrucción, Alberto Germanó y como candidato a senador, el ex-ministro de asuntos sociales y uno de los promotores de la organización FAMUS (Familiares y Amigos de Muertos por la Subversión), Emilio Graña. El resto de las listas se completaron con ex-funcionarios civiles y militares de su extrema confianza.

En las semanas siguientes, el sistema de partidos comenzó a procesar la candidatura de Bussi en la competencia electoral. A pesar de que los primeros muestreos de opinión no afirmaban un impacto relevante de su anuncio, el movimiento comenzó por los partidos políticos, sobre todo de aquellos que colindaban programáticamente con Bandera Blanca. Su presencia hizo sucumbir los acuerdos pre-electorales de los partidos del Centro y la Ucedé. Manuel Avellaneda, abogado y escritor tucumano, había asumido el rol de articular ambos espacios a través de la candidatura de Carlos Bleckwedel como gobernador y Oscar Alanís (dirigente de la Federación Económica de Tucumán) como intendente mientras que los jóvenes referentes acercados al liberalismo mediante Álvaro Alsogaray ocupaban las candidaturas para diputados y concejales. Incluso, existió una propuesta de rubricar una coalición que incorpore a la Alianza del Centro, al MID y a Bandera Blanca con la condición de mantener a Bleckwedel como gobernador. Sin embargo, no fue incentivo suficiente. Como señaló Hernán López Echagüe, la propuesta de DPBB resultaba más seductora para quienes, como el mencionado Avellaneda, habían transitado su vida en partidos minoritarios y sin posibilidad de trascender los techos electorales que las propias élites locales se impusieron. Fue así que durante la segunda mitad del mes de septiembre, la Alianza de Centro comenzó a resquebrajarse. En otra columna dominical, Aldonate indicaba que Manuel Avellaneda junto a otros dirigentes centristas llevaron la propuesta del acercamiento formal bajo una candidatura de Bussi rechazada por el “nuevo liberalismo” y ante ello, la Alianza quedó virtualmente descompuesta.

En el prolegómeno de la ruptura, existió una fugaz mediación de las autoridades nacionales del liberalismo con la visita de Adelina Dalesio de Viola con el propio Avellaneda que no llegó a buen puerto. Ante el señalamiento de Dalesio que “el centro no pasa por los generales”, Avellaneda terminó deponiendo su cargo de articulador y candidato del centrismo para laudar a la figura emergente de Bussi. Su argumento condensaba un tono premonitorio: el Centro había perdido la posibilidad de conjugar las ideas del liberalismo en una figura carismática y popular. Perdieron “el tren de la historia para el cual él ya tenía boleto”.

La campaña fue ígnea, avasalladora en términos comunicacionales. Bussi aparecía en las planas de los diarios de circulación masiva anunciando su retorno y enunciando lo inexorable de su gobernación

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“Rojas tiene un disparo en la frente”

Cuando el filósofo Baruch de Spinoza se preguntó ¿qué puede un cuerpo? señalaba que hasta aquel momento nadie había podido interrogarse sobre los límites “naturales” de un cuerpo que ha enseñado la propia experiencia. Decía Spinoza: nadie sabe de qué modo ni con qué medios el alma puede mover al cuerpo, ni cuántos grados de movimiento puede imprimirle, ni con qué rapidez puede moverlo pero se sabe que ésta es el imperio del cuerpo. La democracia que nos permitimos encuentra sus fronteras en el imperio del cuerpo, por ello, tiendo a pensar que la construcción discursiva de las nítidas oposiciones están subordinadas a la gramática deliberativa que rige en nuestras sociedades. La democracia agonal requiere, ante todo, la pervivencia del adversario. Sin embargo, la campaña de Bussi transgredió esos límites desde sus inicios. En agosto de 1987, semanas antes de los comicios, durante un acto en la ciudad de Tafí Viejo, Alfredo Rojas fue herido por parte de las huestes de Bandera Blanca. Los hábitos de los grupos de tareas que nutrieron inicialmente a su candidatura parecían no haberse concientizado del cambio de régimen en 1983. Días después, producto del disparo, Rojas falleció en un hospital. Inicialmente este acontecimiento sirvió para que el conjunto de partidos diseñe un “cerco sanitario” a la candidatura de Bussi: rechazos parlamentarios desde el justicialismo, la reorganización del Frente para la Defensa de la Democracia surgido de los hechos de Semana Santa durante ese mismo año e incluso algunas voces nacionales como la de Fernando de la Rúa, se hicieron eco de este asesinato. Sin embargo, había algo más profundo.

(Di)sección electoral

La formación de una alternativa autoritaria se hizo lugar en el escenario político a partir de una articulación significante particular. Según Julio Aibar Gaete, se constituyó a partir de un conjunto de estrategias interpelatorias que pretendían – a través de una interpretación de su pasado reciente -reformular las identidades socio-políticas de la provincia. La construcción del discurso político del bussismo tenía una lectura propia de las circunstancias: a los tópicos comunes de “vencer la miseria, la injusticia, el desorden, la frustración y la desesperanza” (Diario La Gaceta, viernes 4 de septiembre de 1987, p. 17) le añadió reclamos contra la distribución inequitativa de los recursos coparticipables, la presentación de sí mismo como un “hombre que no se dedica a la política” y la incursión por el ideario liberal de la época a través de “la revalorización de la persona” y “el bienestar como fruto de los esfuerzos individuales”. Respecto al pasado reciente que lo tuvo como protagonista, no hubo matices: durante 1976 y 1983 sucedió una guerra que ganó, no sólo él sino el pueblo tucumano en su conjunto, y que permitió incluso la gestión superavitaria de una situación catastrófica. La búsqueda por posicionarse a sí mismo en las intersecciones del sistema republicano y obtener la legitimidad de sus actos a través del respaldo electoral frente a las investigaciones del poder judicial fue una estrategia común de todos aquellos civiles y militares involucrados en los delitos cometidos durante la dictadura que ingresaron en la vida política a partir de 1983.

Bussi representaba a un sector de la sociedad civil y al compás de la desintegración de los mecanismos modernos de cohesión social, esta fuerza autoritaria le ponía nombre a la crisis

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Las elecciones del 6 de septiembre resultaron atípicas, Bandera Blanca irrumpió en la escena política con casi 100 mil votos y ninguna de las demás fuerzas alcanzó el 35% por lo que la formación del gobierno pasó a depender de los acuerdos establecidos en el Colegio Electoral. La incertidumbre en las urnas se trasladó al órgano colegiado y durante casi tres meses las negociaciones no alcanzaron ningún éxito, inclusive ensayando todas las fórmulas posibles entre las cuatro fuerzas y con interposición de la Corte Suprema de la provincia para invalidar un acto del Colegio e impedir así una nueva convocatoria a elecciones. Recién a principios de diciembre, por intermediación de Miguel Ángel Toma (entonces diputado nacional), el peronismo alcanzó un acuerdo entre las dos opciones electorales que se habían presentado y allanó el camino para que el candidato oficialista José Domato ocupe el cargo de gobernador. En el mientras tanto, Bussi representaba a un sector de la sociedad civil y al compás de la desintegración de los mecanismos modernos de cohesión social, esta fuerza autoritaria le ponía nombre a la crisis. Lo que quedó claro después de septiembre es la inexorable convivencia de los demás partidos con Bussi, algo que ni siquiera él pareció haber aprendido ya que antes de las siguientes elecciones en 1989, ya había roto Bandera Blanca y puesto en marcha su propio partido, Fuerza Republicana. Con el ingreso en la década de los noventa, Bussi experimentó un aumento en su popularidad, sin que eso signifique una comprensión del funcionamiento democrático. El aprendizaje de todo el arco político fue llevarlo cada vez que podían -incluso durante su propia gobernación- a un terreno incómodo, donde aquel tirañuelo quedaba “desnudo” porque la democracia además de la representación de lo común es el juego de las diferencias en las instituciones comunes.

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