Un momento...

06 de julio de 2026

06 de julio de 2026

9 de agosto de 2025

BUENAS NOCHES, ARGENTINA

María Antonella Jaime

@Antonegra_ar
Política y Comunicación
Tiempo de lectura: 7 minutos

Dicen por ahí que “la tele ya fue”. Que está vieja, que quedó para la gente grande, que el futuro es el algoritmo, las plataformas, Magis TV, el contenido on demand. Que nadie ve nada en vivo. ¿De verdad? ¿Qué tan seguros estamos?

Con el 96 % de los hogares equipados con televisor y un promedio de dos aparatos por casa, la tele abierta sigue siendo la experiencia audiovisual cotidiana de millones, con la fuerza de los canales de aire resistiendo el ajuste y la fragmentación digital.

Es verdad: cambió el consumo, bajaron los ratings, perdió protagonismo y mucha gente se fue a otros formatos. Pero para varios de nosotros, todavía es una aliada en la rutina. A veces se prende sin buscar nada en particular, solo para estar acompañados. En mi caso, por ejemplo, es una gran amiga. Ya sé, te puede parecer ridículo leer esto, pero probá estar quemado a las nueve y media de la noche, con la cena a medio hacer y el celular sin batería. ¿A dónde podés ir siempre que lo necesites? A la tele.

¿Y por qué es importante? Porque aún con la falta de federalismo y otros defectos, entre la televisión abierta y el argentino hay una complicidad importante, eterna. Y cuando ese vínculo fluye, la pantalla nos puede mostrar muchas de las cosas que están pasando en nuestra tierra. Por eso me encanta Buenas Noches, Familia, el programa nuevo de Guido.

Firme junto al pueblo

La idea de que la televisión ya no tiene peso no resiste frente a los números. En pleno 2025, La Voz Argentina promedia entre 10 y 14 puntos de rating, es decir, entre 2.7 y 4 millones de personas. Buenas Noches, Familia, con entre 6 y 8 puntos, supera el millón y medio de espectadores. LAM, Bendita, Pasapalabra e incluso varios programas de El Nueve y América alcanzan el millón de espectadores. Y eso sin contar recortes, repeticiones ni YouTube. Estos programas tienen su público y, en muchos casos, superan en alcance a los canales de streaming en vivo, donde los más exitosos -como Luzu TV, Olga o Blender- llegan a entre 8.000 y 50.000 espectadores simultáneos, más las views diferidas. Son formatos distintos, con comunidades propias, pero la escala es otra. Y el efecto emocional, también.

Si un punto de rating equivale a unas 270.000 personas, los programas de TV abierta -incluso los que no lideran- siguen convocando más gente que cualquier espacio político, social o cultural actual. Son eventos cotidianos de alcance masivo. Y tienen algo que el algoritmo no puede imitar del todo: presencia compartida. Tele en la cocina. En la pieza. En la mesa con mate. Y quizás por eso funciona: porque hace lugar a lo que sucede sin imponer sentido.

El último pasajero

Cuando la hegemonía televisiva empezó a tambalear, lo primero que se cayó fue la ficción. Las novelas entraron en crisis y casi todo lo que quedó en ese formato pasó a ser de exportación. Donde antes había una historia familiar con enredos y un temazo musical pegadizo, ahora hay novelas turcas. Se perdió esa costumbre de ver lo mismo juntos, al mismo tiempo, todos los días. Fuimos testigos de la caída en cámara lenta de Marcelo Tinelli, el rey absoluto del show y el prime time, que después de años de éxito indiscutido se fue apagando en vivo, dejando un lugar que probablemente nunca vuelva a ocuparse por completo.

Que la TV funcione como plataforma de acción solidaria no es nuevo, pero en este contexto de desfinanciamiento del sistema público de salud, cobra otro peso

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Pero no todo fue tierra arrasada: sobrevivieron los chimentos, de la mano de LAM, Bendita e Intrusos, sumado al regreso de Gran Hermano. También resistieron los programas de opinión con formato de panel y los realitys de canto, que se las ingeniaron para seguir. El entretenimiento se volvió fuerte a la hora de la siesta con Barassi, y por la tardecita con Pasapalabra, Los 8 escalones o algún otro ciclo conducido por Guido Martín Kaczka.

Si hablamos de sostenerse, Guido siempre estuvo ahí. Desde El último pasajero, pasando por A todo o nada y Los 8 escalones, construyó un universo de entretenimientos propio. Sus programas mezclaron juego, familia, plata, emoción y un margen de improvisación que abre la puerta a lo desconocido. En 2018, por ejemplo, participaron Karina y Javier Milei, y el resto es historia.

Buenas Noches, Familia es, tal vez, la versión más afinada de ese estilo. El mejor momento es la “puerta de los shows”, donde gente de todo el país se presenta, cuenta un poco su historia, comparte su talento, deja su alias, y Guido nos muestra en vivo cuánto dinero le transfirió el público. Del otro lado, miles de argentinos deciden si quieren -y pueden- apoyar. Es una especie de “gorra nacional digital”. En algunos casos, la plata es mucha: Gabriel “Gabilo” Figueroa, violinista en silla de ruedas, recaudó más de 50 millones de pesos. O Milagros, patinadora de 13 años de Chivilcoy que en minutos logró 70 millones. Todo pasa en vivo, en el prime time de un canal de aire.

Fuimos testigos de la caída en cámara lenta de Marcelo Tinelli, el rey absoluto del show y el prime time, que después de años de éxito indiscutido se fue apagando en vivo

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¿La utopía libertaria?

Si un libertario lee esto, seguro se pone contento. En un país donde el presidente promueve la desintermediación total y las transferencias directas entre individuos como modelo económico, este esquema podría parecer una postal ideal. Pero, aunque en el programa de Guido no hay intermediarios, eso no significa que no se filtre la realidad. Casi todas las historias que pasan por la puerta del show están cargadas de contexto social: el que viene de Mendoza y baila para pagar una medicación, el tucumano que pinta para juntar plata para el viaje de su hija, el que actúa en el tren porque está sin trabajo y “con lo que juntemos algo salvamos la semana”. Lejos de ser sólo entretenimiento, en cada segmento aparecen postales reales -a veces crudas- del deterioro argentino:

“Actualmente estoy sin trabajo. Trabajo en la construcción y voy a la iglesia.”

“Tengo que regalar a mi perrito porque no puedo pagar alquiler y donde me voy a mudar no lo aceptan.”

“Bailamos para juntar y pagar la deuda de luz del club.”

Historias que muestran que la transferencia directa no reemplaza la justicia social: la visibiliza, la pone sobre la mesa en horario central. El gesto del público enviando unos pesos no es una solución estructural; es una reacción empática frente a un sistema que no sostiene a los más vulnerables.

Imposible no mencionar el caso del Garrahan: con un show de Baglietto y Vitale lograron recaudar más de 300 millones de pesos y fueron tendencia en redes. Que la TV funcione como plataforma de acción solidaria no es nuevo, pero en este contexto de desfinanciamiento del sistema público de salud, cobra otro peso. La sociedad civil acompaña como puede, desde donde puede. No marcha, casi no vota, pero colabora de su bolsillo. Aunque no haya Estado, persiste algo de comunidad. Y en ese hueco aparece una versión mínima de lo que alguna vez llamamos justicia social: necesidad visible, respuesta colectiva.

Y hay algo en el programa de Guido Kaczka, donde van argentinos de todo tipo: del norte y del sur, de grandes ciudades y pueblitos, con problemas concretos, con talentos simples, con ideas bizarras

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Un prime time para la Argentina realmente existente

Algo hermoso del programa de Guido es que la mayoría de las personas que participan no sueñan con volverse famosas. Van a probarse, a juntar para algún objetivo, a ver qué pasa. Hace algunos años, era más común ver gente que iba a la tele por algo que no era “hacerse famosa”, pero hoy hasta Gran Hermano es una antesala del influencer. Por eso valoro lo que pasa en Buenas Noches, Familia o en La Voz Argentina, donde coexisten otros impulsos: mostrarse, superarse, emocionar, ganar algo. Y es justamente en esas intenciones y motivaciones donde se filtra la realidad de los argentinos: lo que buscan, lo que hacen, lo que sueñan.

En esta columna hablamos mucho de “a quién le habla la política”, de si lo hace bien o mal, de si alguien representa o no al “pueblo”. Los que estamos crónicamente online vivimos como si toda la Argentina estuviera parada en Twitter esperando un hilo con respuestas. Pero una parte enorme de la población -tal vez la más grande- no vive hiperconectada, al contrario. Mientras en internet se libra una batalla constante de tendencias, indignaciones y frases hechas, la tele abierta y en vivo apuesta por otra cosa, algo mucho más interesante: la presencia televisiva del argentino realmente existente. Ese tiene problemas y dificultades, pero no vive su vida enchufado a twitter comentando cada decisión política, y no tiene ni idea de quién es el gordo Dan.

Ese argentino forma parte todas las noches de la magia del prime time de los canales de aire, todos juntos mirando al gaucho araña tocar el bombo (juntó más de 15 millones). Es también una especie de ventana a un presente que muchas veces queda invisible entre la sobreinformación y la hiperconexión.

Algo hermoso del programa de Guido es que la mayoría de las personas que participan no sueñan con volverse famosas

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Motivaciones y sueños a la hora de cenar

En una época de segmentación feroz, donde cada quien consume su propio algoritmo, hay algo en la continuidad de la televisión abierta. Y hay algo en el programa de Guido Kaczka, donde van argentinos de todo tipo: del norte y del sur, de grandes ciudades y pueblitos, con problemas concretos, con talentos simples, con ideas bizarras. Después pongo un rato el stream -sea cual sea- y están Maslatón con Moreno. Todas las propuestas, la misma propuesta.

Las puertas del show puede sonar individualista, pero me gusta verlo a la hora de cenar y conocer gente de todos lados, que viaja con un deseo o una necesidad, apostando a lo que sabe hacer y confiando en el deseo de apoyar al otro sin obligación ni mandato. Y ahí, paradójicamente, aparece algún sentimiento de redistribución, aunque sea apolítica y en clave post-estatal. No es un estudio de opinión pública, pero dice más que muchas encuestas.

No entiendo cómo se financia la industria televisiva, si da ganancia o no. Pero la televisión de entretenimiento y los programas en vivo siguen firmes. Los ven millones. Y los dirigentes de la política argentina, que andan tan perdidos y no saben cómo hablarle a la gente, podrían probar estar quemados a las nueve y media de la noche, con la cena a medio hacer y el celular sin batería, hacer como cualquiera de nosotros y mirar un rato algún canal de aire.

Porque para la gran mayoría de los argentinos, la televisión no está muerta: está prendida.

Política y Comunicación