Un momento...

23 de julio de 2026

23 de julio de 2026

17 de mayo de 2025

BREVE GUÍA PARA ENCONTRAR A TROILO

Lorena Álvarez

@Lualvarez
Dossier Troilo: lo viejo funciona
Tiempo de lectura: 6 minutos

La tradición oral es de las más perjudicadas hoy en día a la hora de sentar las bases para los recuerdos colectivos. Algo de esta fragmentación que vivimos parece ser una de las causas, al igual que los consumos vía distintas pantallas, los múltiples trabajos que nos quitan tiempo y la fabricación desbocada de productos que están en la cima hoy para caer en el olvido mañana sin dejar huellas profundas.

Bastó ver El Eternauta para pensar si el trabajo de Bruno Stagnaro no solo fue hacer una gran producción audiovisual sino también rescatar el ayer que nos atraviesa y contarlo de forma tal para que los más chicos sepan de qué madera estamos hechos los que hoy somos adultos. De Misas Criollas, Manal y casitas bajas también se arma la historia.

Aníbal Troilo llegó a mi vida como un cuento, como un sonido que flotaba en el patio de la casa de mis abuelos mientras tomaba mate previo al almuerzo. “La última curda”, “María”, “Desencuentro” o “Tinta roja” podría decirse que eran los himnos patrios de la previa a un asado.

La radio al lado de la parrilla junto a una mesada donde se improvisaban picadas, era el ritual donde el pasado se me hizo carne al punto de no saber si lo viví o me lo contaron.

A 50 años de la muerte del gran bandoneón porteño, haciendo honor a la tradición de contar lo que constituye nuestro pasado, quise hacer una breve guía para encontrar a Troilo. Un Aníbal para armar mientras suena su versión de “Danzarín”.

Cuando Aníbal Carmelo Troilo nos dejó aquel otoño del 75, además de su arte, también nos privó de su reconversión. Esa que sí le llegó a su amigo y cantante Roberto Goyeneche, gracias al cine y a sus apariciones televisivas -desde sus participaciones esporádicas en “Las gatitas y los Ratones de Porcel” hasta entrevistas en lugares tan prestigiosos como el programa de Juan Carlos Mareco, “Cordialmente”, donde compartió un momento sublime con el bailarín clásico Jorge Donn- pudo ser dimensionado por los músicos y el público más joven. Lo mismo que Osvaldo Pugliese, que no solo fue estampita de la suerte, sino también su nombre terminó bautizando a una banda de rock, Don Osvaldo.

En un momento, Matilde, la femme fatal encarnada por Leonor Bennedetto, le preguntó si había que hacer tangos nuevos para atraer a los más jóvenes. Él respondió, con su cortesía picara, que “no hay tangos nuevos ni viejos, hay tangos buenos

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Es que el tango en los años setenta había perdido definitivamente el brillo de su centralidad mientras su público mermaba ante la llegada del rock nacional, entre otros sonidos modernos, que hacían las delicias del nuevo público. Si bien hubo un “veranito” en la década del sesenta gracias a la televisión y al cantante Julio Sosa con su histrionismo, el tango iba a camino a iluminar solo a los nostálgicos.

Claro que, dando pelea para no caer en el olvido, como cuando el inmenso autor de telenovelas Alberto Migré, un profundo admirador del 2 x 4, invitó a Pichuco a participar de su éxito, “Rolando Rivas, taxista”, el teleteatro furor de 1972 qué marcó un hito dentro del culebrón -pues incluyó a los hombres entre los espectadores, algo insospechado tiempo antes ya que la telenovela era considerada un género meramente femenino-.

Así fue como Aníbal festejó su cumpleaños 58 dentro de un capítulo de la novela. Rodeado de todo el elenco, como un visitante casual en ese patio de utilería, paralizó a esa Argentina que esperaba a Perón mientras relojeaba con simpatía a una gloriosa juventud que agitaba las aguas políticas. Incluida (esa agitación) también en la trama de la telenovela.

Pichuco se interpretó a sí mismo y jugó a responderles cosas a los personajes. En un momento, Matilde, la femme fatal encarnada por Leonor Bennedetto, le preguntó si había que hacer tangos nuevos para atraer a los más jóvenes. Él respondió, con su cortesía picara, que “no hay tangos nuevos ni viejos, hay tangos buenos”. Llevándose aplausos y dejando el sonido del bandoneón encadenado para siempre a esa historia que también hizo historia en la televisión. “Lo viejo funciona”, podría haber dicho Migré viendo el éxito del rating.

Casualidad o no, Aníbal Troilo también festejó su siguiente cumpleaños en otro set televisivo, esta vez las 59 velitas se soplaron -en 1973- en Canal 11. Invitado a un programa conducido por la señora televisión, Pinky, reina en esos tiempos de la pantalla chica (había sido la voz y el rostro de los inicios de las transmisiones y casada en ese entonces con el Negro Lavié, un cantante de tangos). En esa entrevista, Troilo habló de la noche y emergieron los amigos. Esos espectros que nunca dejaron de acompañarlo ni siquiera cuando partieron.

Si bien Pichuco ha participado muy fugazmente de varias películas de la época dorada, “Los tres berretines”, “Vida nocturna” entre otras, quizás le faltó un “Sur” de Pino Solanas como sí tuvo su entrañable amigo el Polaco Goyeneche

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De su paso por la novela de Migré hay huellas en Youtube y de esta visita también, solo que no hay imágenes, apenas un cortísimo fragmento con sus voces. Dejando en claro que en este país se está de olvido y siempre gris, pues hemos perdido mucho material de archivo.

Un hermoso documental del año 2014, “Pichuco”, de Martín Turnes, creado en el año de su centenario, es una de las joyas para descubrir a Aníbal si uno es neófito en la religión tanguera.

Allí podemos sumergirnos en testimonios de sus músicos, de cantantes, de personajes que tuvieron el honor de andar bajo las mismas noches. Un documental donde su obra se agiganta cuando se entremezcla con sus historias personales que lindan todo el tiempo con el guión de cualquier película del neorrealismo italiano. Pues solo Pichuco podía convertir un simple mandado en un largo viaje hacia el fin de una noche sin fin.

Y allí también está siempre la imagen de Zita, su eterno amor, esa griega cuya paciencia amorosa se vio premiada con un tango compuesto en 1975 por Astor Piazzolla que lleva de título su apodo. Su nombre real era Ida Dudui Kalacci.

Pero una de las grandes perlas que uno puede encontrar para conocer a Troilo es un extenso reportaje hecho para la revista Crisis en 1974 por la periodista y escritora uruguaya María Esther Gilio. Una entrevista extensa en la que no solo recorre su cotidianidad, con días de noches largas, whiskys y pasión por su ciudad, sino que también deja en claro el amor intacto por su Pichulita, el alias afectuoso de la ya apodada Zita. El Buda, el Japonés o Tortita negra eran algunos de los muchos que ella había adoptado para él, como cualquier pareja de bien que juega a la complicidad íntima.

Pero en ese reportaje también hay anécdotas con un variado desfile de personajes logrando una joya periodística, una parte de la historia cultural de este país, milagrosamente moldeada unos meses antes de que él muriera y se llevara su primera persona del relato al más allá.

Pero no es el único reportaje donde dejó sus recuerdos y sus pensamientos. Hay un muy interesante cuestionario hecho por Bernardo Neustadt en 1966 para la revista Extra, en el cual tanto a Troilo como a Piazzolla se les hizo las mismas preguntas y dejando para la posteridad más de un buen título. Es que Troilo por Troilo nunca tuvo desperdicio.

Pero si bien Pichuco ha participado muy fugazmente de varias películas de la época dorada, “Los tres berretines”, “Vida nocturna” entre otras, quizás le faltó un “Sur” de Pino Solanas como sí tuvo su entrañable amigo el Polaco Goyeneche. Esa carita redonda y sus ojitos achinados hubieran merecido una larga escena noctámbula entre humo y empedrado para cerrar con belleza cinematográfica una vida que nos regaló tanta belleza musical.

No tuvo esa suerte, pero sí tuvo la gracia de haber sido relatado de generación en generación. Como un mito sobre esa Buenos Aires amiguera que lleva el sino de ser la ciudad que nunca duerme. Como Pichuco.

Dossier Troilo: lo viejo funciona