23 de junio de 2026
11 de agosto de 2024
BRAVO REGIDOR: “PARA 2024 MÉXICO SE TRANSFORMÓ EN EL MURO Y A USA NO LE COSTÓ UN CENTAVO”
Camila Perochena & Pablo Touzon
Carlos Bravo Regidor es analista y ensayista político, estudió el doctorado en Historia en la Universidad de Chicago y es columnista semanal en Expansión Política y El Heraldo de México y panelista en La Hora de Opinar. Ha publicado en The New York Review of Books, El Pais, Letras Libres, Gatopardo y Nueva Sociedad, entre otras. A fines de año se publicará su libro “Mar de Dudas, conversaciones para navegar el desconcierto” (Gatopardo/Grano de Sal).
Es, además, mexicano, y un fino observador de la historia y la realidad política de su país. Conversamos con él sobre la persistencia de la histórica excepcionalidad mexicana, sobre el capítulo que está escribiendo el obradorismo en la novela nacional y sobre el futuro de las relaciones con el convulsionado vecino del Norte.
EL FENÓMENO AMLO
CP: Nos gustaría empezar con la figura de López Obrador, porque se trata de una figura muy particular que logró un amplio apoyo en la opinión pública, creó un partido nuevo y tiene un crecimiento vertiginoso. ¿Cuánto hay de la individualidad del personaje de López Obrador en la construcción del poder y en este ascenso tan meteórico? ¿Qué continuidades y rupturas ves entre el liderazgo de AMLO y el de otros presidentes mexicanos?
CBR: Lo primero que diría, para establecer la importancia del personaje, es que López Obrador es el líder político más importante que produjo la democracia mexicana (o el régimen de la transición, como se le llama ahora en México, con un aire un poco crepuscular). Sin duda es el líder político más exitoso, más acabado, alguien que tuvo una larga marcha desde la oposición al poder y que tenía esta suerte de vocación paradójica, la de ser un outsider desde adentro. López Obrador se formó en el PRI y después, junto con muchos priístas y mucha gente de la vieja izquierda, terminó recalando en el PRD. Su verdadera carrera política se hizo ahí. En el PRI estuvo en puestos bajos cuando era todavía muy joven, pero formativamente sí son años muy importantes, el PRI fue su escuela. Después, recala en el PRD y es candidato a gobernador en Tabasco. No gana, pero eventualmente se vuelve líder del partido. Gobierna la Ciudad de México y se vuelve casi que el arquetipo del opositor. En la oposición era un gigante. Movilizaba, interpelaba.
En 2006, estuvo a punto de ganar la elección y, de hecho, deja sembrado ahí un huevo de la serpiente introduciendo la idea de que hubo un fraude electoral. Esa elección tendría que haber sido si no el final, por lo menos un bache muy grande en la carrera de López Obrador, porque esa era la elección que tenía que ganar, y la perdió. El fraude de 2006 es “la gran mentira” de López Obrador- en el sentido de lo que en el contexto norteamericano el historiador Timothy Snyder ha llamado “The Big Lie”- pero que le permite de alguna manera darle la vuelta a lo que hubiera sido el curso natural de su carrera política. Esa gran mentira le permite movilizar a la base social que había votado por él y mantenerla unida. Luego, tiene muchos problemas con el grupo que se vuelve predominante dentro del PRD, con los que rompe después del 2012. Funda Morena en 2014 y en el 2015 es su primera elección. Y a partir de ahí tiene, en efecto, un ascenso vertiginoso.
Hay tres indicadores que me gusta citar para ilustrarlo. En 2018 es la primera vez que, en democracia, un presidente mexicano gana con mayoría absoluta. Eso nunca había ocurrido. Todos los presidentes de la democracia en México eran presidentes minoritarios. Segundo: es la primera vez que no hay gobierno dividido en la historia de la democracia mexicana. Democracia en México era sinónimo de gobierno dividido, un partido controla la presidencia, otro el Congreso. Ese patrón se rompe en 2018 con López Obrador. Es un presidente muy fuerte, tanto por los votos que obtiene como por el contingente legislativo que consigue. Y, en tercer lugar, entre 2015 y 2024 la coalición obradorista ha acumulado más gubernaturas de las que nunca habían acumulado las oposiciones en los 30 años del régimen de la transición. Es decir, hay una dimensión también territorial en su triunfo que sí empieza a hablar de la posibilidad de que estemos ante la construcción de una nueva hegemonía en el doble sentido, la gramsciana, más cultural, y la sartoriana, en cuanto a un sistema de partido hegemónico. Aunque claro, la diferencia entre un sistema de partido predominante y uno hegemónico es la naturaleza no democrática del segundo y, hasta el momento, lo cierto es que la hegemonía del partido de López Obrador está validada democráticamente en las urnas, a diferencia de lo que fue la del PRI por muchas décadas en México, que era una hegemonía más bien basada en el triunfo histórico de la revolución mexicana. Había elecciones y tal pero no eran elecciones de las que realmente proviniera la legitimidad política.
"Cuando gana en 2018 López Obrador combina las dos lógicas, se convierte en un presidente que gobierna como si siguiera en la oposición. Siempre está tratando de evocar la figura de un caudillo, de alguien que está de alguna manera representando un agravio o un malestar, más que como un mandatario que trata de procurar el orden o la estabilidad. Él no quiere perder la representación de esa llama del agravio"
Ahora, esto atiende una parte de tu pregunta. La otra tiene que ver con la personalidad de López Obrador. Y en esto es muy interesante porque es alguien que se formó en la vieja escuela del nacionalismo revolucionario, que luego gravita hacia la izquierda, pero no hacia una izquierda socialdemócrata “moderna” como se decía entonces, o una izquierda de tercera vía, un poco a la Bill Clinton o a la Tony Blair. Es una izquierda, por un lado, de calle, de lucha popular, de protesta. Pero, por el otro lado, también es una izquierda que va ocupando todos los espacios institucionales que consigue. Es una izquierda que vive en esa tensión, entre que transige y negocia pero, por el otro lado, protesta, interpela.
Cuando gana en 2018 López Obrador combina las dos lógicas, se convierte en un presidente que gobierna como si siguiera en la oposición. Que nunca asume cabalmente la responsabilidad de la Presidencia pero que a la vez está muy preocupado por “cuidar la investidura”. O sea, utiliza de manera muy oportunista las dos cuerdas. Es cómo si dijese: “yo soy el Presidente, pero siempre hay fuerzas que me impiden conseguir lo que yo quiero, que me disputan y cuestionan mi legitimidad democrática”. Como si el poder real siempre lo tuviese alguien más.
Entonces, sí, es una figura muy interesante en el contexto de la democracia mexicana. Porque es un liderazgo que llega al poder por la vía electoral pero que desde el principio -desde “la Gran Mentira del 2006”- está de alguna manera impugnando la institucionalidad democrática. En ese sentido no se parece a presidentes anteriores. A él le encanta compararse con Lázaro Cárdenas, y sus rivales siempre lo están comparando con los Presidentes de los años ‘70, sobre todo con Luis Echeverría. Pero a mí me brincan más las diferencias. Los presidentes del PRI, si algo tenían para bien, es que se formaban en la disciplina de partido, se ceñían a las reglas y creían en las instituciones. López Obrador es una figura distinta; uno, porque opera en un contexto democrático, no en uno autoritario; y dos, porque es profundamente anti institucional.
Ahora, en términos de su visión del país, es un presidente muy de vieja escuela que revive el nacionalismo revolucionario en un México que ya es otro. Se ha dicho mucho que López Obrador está tratando de restaurar al viejo PRI, pero incluso concediendo lo que de anacrónico hay en su visión de país, yo insistiría más bien en enfatizar las novedades. Para empezar, no puede ser el viejo PRI porque López Obrador tiene legitimidad democrática, y eso hace un mundo de diferencia. Y tampoco puede ser el viejo PRI porque parte de la clave de su estabilidad era la institucionalización del conflicto y la renovación del liderazgo cada 6 años, y López Obrador ha creado un partido pero muy poco institucionalizado y donde él ejerce muchísimo control. Y, en tercer lugar, el autoritarismo del siglo XX mexicano es inexplicable fuera del contexto de la guerra fría, y hoy estamos en un contexto internacional completamente distinto. Para mí, aunque reconozco la existencia de ciertas similitudes con experiencias anteriores, digamos que me parece más relevante este proceso en lo que tiene de novedad y desconcierto.
PT: ¿Esto que decías acerca de que Obrador es a la vez el opositor y el outsider pero que evita institucionalizar su propio poder, es una especie de estratagema para evitar quedar en el lugar del “nuevo PRI”?
CBR: Claro. Evocando dos categorías que han tenido mucho kilometraje en la historiografía mexicana, yo creo que López Obrador es un cacique disfrazado de caudillo. Aunque ejerza ya un clarísimo cacicazgo dentro de su movimiento, siempre está tratando de evocar la figura de un caudillo, de alguien que está de alguna manera representando un agravio o un malestar, más que como un mandatario que trata de procurar el orden o la estabilidad. Yo creo que en ese sentido ha sido muy exitoso y la sucesión con Claudia Sheinbaum nos está abriendo, digamos, un nuevo horizonte de cómo va a ser el obradorismo sin López Obrador en el gobierno.
Digamos que la suya es como la iglesia de los primeros cristianos, no es la iglesia todavía del Papado. Es una iglesia muy primitiva en ese sentido, y no lo digo peyorativamente, sino simplemente en el sentido de que él no quiere perder la representación de esa llama del agravio que, por otro lado, está presente en todos los regímenes populistas. El populismo siempre necesita la existencia de un otro al cual estar interpelando, de un otro que pueda ser susceptible de ser acusado de estar poniendo en entredicho la legitimidad democrática del mismo populismo. O sea en eso es un populista digamos, hecho y derecho, y un populista muy exitoso también.

LA SUCESIÓN EN MÉXICO: ¿EL FANTASMA DEL FRENTE DE TODOS?
CP: Me parece que Argentina no ha logrado resolver la relación entre líderes carismáticos y sucesión. Nosotros en nuestra historia tenemos líderes políticos carismáticos a los cuales la posibilidad de que haya sucesores políticos los incomoda, porque son el síndrome de su propia mortalidad política. Entonces Perón no quiso dejar sucesor; a Alfonsín le costó, porque no quería que De la Rúa lo suceda; Menem le hizo la vida imposible a Duhalde cuando lo tenía que suceder; Cristina Kirchner le hizo la vida imposible a Scioli cuando iba a ser su sucesor y ni hablar a Alberto Fernández cuando fue presidente. Inclusive Macri le hizo la vida imposible a Larreta, y ahora, después, a Patricia Bullrich. Digo, hay algo del liderazgo carismático en Argentina que nunca logró resolver la sucesión. Nunca logró hacer ese oxímoron que es la revolución institucional (risas). Cuando doy clases de historia latinoamericana, y hablamos de México, bueno, hay algo que México en el siglo XX logra resolver, que es la cuestión de la sucesión. Los presidentes mexicanos, cuando terminan sus gestiones, o por lo menos ha sido así hasta ahora, ponele que se han ido a sus casas. Entonces mi primera pregunta es: ¿por qué, qué hizo México para resolver eso? ¿Pensás que existe una ruptura de ese principio del sistema político hoy?
CBR: A ver. Lo primero que es interesante observar es que la creación del PRI, el partido nacional de la Revolución mexicana, visto muchas veces como la síntesis de sus distintas etapas, en realidad tuvo un objetivo principal y fundamental que es ponerle fin a esa misma revolución. Tratar de crear algún tipo de orden político que permita prescindir de la violencia en la que el país había estado inmerso durante algunas décadas. Este partido eventualmente comienza a arraigar y a cambiar la lógica de la política mexicana, y uno de sus principios en efecto es la no reelección. Crea una suerte de coalición interna en donde, bueno, todos podemos ir avanzando, todos tenemos oportunidad de influir, todos formamos parte de la negociación, siempre y cuando se respeten esa reglas: esta era la piedra de toque del régimen. Tú podrás ser un presidente poderosísimo. El partido se cuadra contigo, pero luego te tienes que ir.
Yo creo que esto tiene mucho que ver también con la vecindad con los Estados Unidos y de esa vecindad en el contexto de la Guerra Fría. La prioridad de Estados Unidos no es que México sea un país democrático, ni siquiera que sea un país próspero: es que sea un país estable. En la medida en que la no reelección y la institucionalización partidista son vehículos que conducen o que desembocan en ese objetivo de la estabilidad, Estados Unidos apoya, digamos, al régimen de la revolución mexicana, sobre todo a partir de la de la posguerra, de mediados de los ‘40 en adelante. Además, bueno, ese sistema político que engendra el PRI, que se construye en la Guerra Fría es un sistema político funcional en lo económico. México también se sube, digamos, a la ola de esos 30 años gloriosos de la posguerra. Y en la medida en que funciona, pues nadie lo quiere poner en riesgo, ¡si no está roto no lo arregles!
Ahora, yo creo que en el caso de López Obrador es distinto, porque él ha propuesto muchas reformas constitucionales y en el 2024 Morena va a tener una tremenda representación en el Congreso, todo indica que la coalición obradorista va a tener una sobrerepresentación tal que contará con la mayoría suficiente para reformar la Constitución unilateralmente. A diferencia de lo que suele ocurrir en los regímenes presidenciales, donde el Presidente, conforme se acerca el final de su período es,como dicen la ciencia política, un pato cojo, el mes donde López Obrador va a tener más poder en toda su presidencia es su último mes, septiembre, cuando él seguirá siendo el presidente pero con un Congreso nuevo con mayoría que necesita para hacer reformas constitucionales. Entonces él está tratando de avanzar una agenda de reformas ahí en la que, curiosamente, no ha introducido la reelección presidencial. Yo me pregunto: ¿por qué? Porque muchos Presidentes en circunstancias similares, en estos procesos de retroceso democrático, meten la reelección presidencial. Lo hizo Chávez, lo hizo Uribe una vez ,la segunda ya no pudo, Erdogan, en fin, hay un catálogo amplio ahí.
Creo que López Obrador está aspirando, más que a la reelección, a cierto continuismo a través de una figura como Claudia Sheinbaum, que pueda de alguna manera seguir gobernando como él quiere, que represente la continuidad del programa, de las políticas y del equipo. En síntesis, de la voluntad de López Obrador. Existe la sombra de un maximato aunque también esto ha pasado en otros países de América Latina y se ha frustrado. Se quiso hacer en Ecuador y no resultó. Se quiso hacer en Bolivia y no resultó. Lo quiso hacer el propio Uribe, y no pasó, Santos se volteó. En fin, hay que tomarlo con un cierto grado de escepticismo porque luego los que se supone que están ahí para hacer el trabajo de la continuidad se voltean. Pero creo que López Obrador, a pesar de no haber planteado la reelección, si está de alguna manera rompiendo las reglas de la sucesión presidencial y está ejerciendo una influencia y un poder sobre la sucesora, que él escogió y que el pueblo mexicano ratificó, muy inusual respecto a lo que han sido las sucesiones anteriores.
PT: ¿Pensás que hay algo en él que no quiere romper ese tabú? ¿Por qué frena en la puerta de Bagdad y no entra? Es como si pensase que es el último tabú mexicano y dijese: “No quiero cruzar la tranquera que me dejaría en una zona extraña desde el punto de vista institucional de la historia mexicana.”
CBR: Bueno, eso es perfectamente factible, porque en López Obrador pesa mucho la historia, los mitos históricos, pero también ha cruzado un montón de trancas ya, así que quizás sea menos por devoción histórica y más por un cálculo de lo que representaría dentro de su propio movimiento. Es decir, si López Obrador se quedara en la presidencia creo que le sería difícil gestionarlo al interior de su espacio, por mucha devoción que le tengan, pues en Morena también hay, digamos, una clase política que tiene ambiciones, que quiere ascender. Creo que AMLO supone que resuelve mucho mejor el dilema dando un paso a un lado, pero poniendo a alguien sobre quien él ejerce mucha influencia, sin decir control que creo es una palabra con una carga excesiva.
"Todo el mundo se preocupa por el hecho de que López Obrador no la va a dejar gobernar, aunque también se podría albergar la preocupación contraria. Es decir, pensar cómo haría Claudia sin López Obrador, pues él sigue siendo el pegamento que mantiene unida su coalición. Si López Obrador muriera o de veras se retirara o se peleara con Claudia. ¿Cómo va a gobernar ella cuando el partido, el Movimiento es Él?"
CP: Nosotros hemos tenido en la Argentina la experiencia del Frente de Todos que, inclusive sin mediar una traición explícita o una especie de cambio de régimen dentro del mismo partido, de cualquier manera hizo casi imposible el gobierno. Es decir, Alberto no creo el albertismo, no se diferenció de Cristina Kirchner ni el kirchnerismo y explícitamente decía que él no quería crear una identidad política distinta, pero eso no mejoró la gestión . Incluso puede que la haya empeorado. No sabes dónde está el poder. Quién encarna el poder. ¿Pensás que algo similar puede pasar en México? ¿Hay diferencias, entre ellos, aunque no más no sea de personalidad, sino de agenda política?
CBR: Ahorita estamos en la etapa de transición y Claudia todavía está teniendo que guardar mucho las apariencias. Él no. Él está a un paso de anunciar los nombramientos que faltan en el gabinete de ella, pero ella sí está teniendo que tener cuidado, aunque en reuniones, digamos, a micrófono apagado, privadas, ella se permite ciertos gestos de deslinde, de separación, tenues y discretos. Pero en público nada, absolutamente nada, es muy pronto. Él todavía tiene el poder y, además, no ha tenido el gesto que tenían muchos presidentes, incluso cuando ganaban sus opositores, de hacerse a un lado y de dejar que el sucesor fuera ocupando poco a poco el espacio en la transición. López Obrador no ha tenido ni un solo gesto en ese sentido. Es como si dijese: las llamadas de teléfono siguen siendo conmigo y van a seguir siendo conmigo hasta el último minuto de septiembre. El nombramiento del Secretario de Finanzas, que va a seguir siendo el mismo, pues también manda una señal en ese sentido. Yo creo que sí estamos en situación de diarquía, en donde ella está en una posición muy vulnerable, donde todavía no puede siquiera pensar en cómo romper. Tendrá oportunidades para hacerlo, creo que las circunstancias incluso la obligarán a tratar de encontrar una manera de, digamos, distanciarse sin romper. Yo no creo que ella quiera romper con López Obrador, porque, además, ella tampoco ha planteado la creación de una identidad claudista.
Pero López Obrador le va a estorbar. Ella tendrá que ir encontrando maneras de hacer cosas distintas, aunque diga que sólo está profundizando la continuación del mismo proyecto. Vamos a ver una creatividad, una productividad retórica en ese sentido muy interesante. Pero todo el mundo se preocupa por el hecho de que López Obrador no la va a dejar gobernar, aunque también se podría albergar la preocupación contraria. Es decir, pensar cómo haría Claudia sin López Obrador, pues él sigue siendo el pegamento que mantiene unida su coalición. Si López Obrador muriera o de veras se retirara o se peleara con Claudia. ¿Cómo va a gobernar ella cuando el partido, el Movimiento es Él? Hay incluso un detalle que para mí es muy revelador, son es el tipo de cosas que a ti te gustan, Camila: su horizonte de referencias históricas. López Obrador habla de Madero, de Benito Juárez, de Lázaro Cárdenas o, cuando se pone más cosmopolita, de Franklin Delano Roosevelt, de Gandhi, o hasta de Jesucristo. Claudia Sheinbaum no habla de nadie más que de López Obrador. Ni siquiera por ser mujer, yo todavía no le escuchado ninguna referencia a algún liderazgo femenino que le inspire, que constituya su modelo, su ejemplo. O sea, Claudia empieza y termina siempre en López Obrador. Y eso para mí es profundamente sintomático del cerco en el que ella opera, ya no digamos solo en términos de poder, de influencia, sino incluso simbólicamente.

USA, AMERICA LATINA Y LA EXCEPCION MEXICANA VERSIÓN SIGLO XXI
PT: Cuando empezamos la entrevista nos contabas un proceso, diríamos, de agregación del poder en México. La creación de un movimiento, una hegemonía. Bajamos al sur del continente y lo que vemos es una atomización del poder en general. Desde Maduro para abajo vemos poderes que se rompen o se atomizan, en Chile, en Brasil, en Argentina, en Colombia se percibe una sensación de aleatoriedad y volatilidad del poder que es contraria a lo que vos estás contando en México como un poder porque se está armando y que está hegemonizando y otro que se está partiendo para abajo. ¿Es la misma excepcionalidad mexicana que hizo que cuando el resto de Latinoamérica hizo el giro a la izquierda en los años 2000 uds tuviesen gobierno de centro derecha?
CBR: Sí, esto es muy interesante. Existió un excepcionalismo mexicano en el siglo XX, sobre todo, y esto es muy conocido, porque México evitó la dictadura militar. Aunque al final del siglo XX México se pone al día porque entra en los procesos de transición a la democracia, como todo el mundo. No transitamos de una dictadura militar pero sí de un régimen autoritario. Después empieza otro excepcionalismo que tiene que ver con que la transición mexicana a la democracia ocurre sobre todo por el flanco de la derecha, una derecha moderada, centroderecha, digamos, o demócrata cristiana. Pero el electorado mexicano en democracia fue profundamente volátil, apostaba mucho por la alternancia. Entre 2006, 2012 y 2018 los mexicanos eligieron presidentes de partidos distintos: el PAN, el PRI, y luego López Obrador. Nunca hubo tanta alternancia partidista a nivel gobernadores como antes de que llegara Morena. El PRI se estaba desgajando. O sea que esa atomización que mencionabas, Pablo, sí estaba ocurriendo en el caso mexicano. Pero de pronto llega Morena, o mejor dicho, López Obrador y reconcentra. Hay una parte muy importante de esta nueva hegemonía de Morena que tiene que ver con la canibalización del PRI. Del partido, de los cuadros, de los punteros, de los electores. Es inexplicable esta nueva hegemonía del obradorismo sin el colapso del PRI.
El PRI se convirtió en el Chernóbil de la política electoral mexicana. Se volvió completamente tóxico, radioactivo. Es una marca completamente dañada. Encuesta tras encuesta, la gente dice que el PRI es lo peor. Todos los atributos negativos se concentran ahí, pero los priístas ya vieron que si se pasan a Morena logran lavarse esa mala reputación. Y eso también ha sido un gran éxito de Morena: ofrecerle futuro político, digamos, a toda una clase de empresarios de la política que estaban muertos, o muriéndose, en lo que queda del PRI.
PT: Siendo la relación con Estados Unidos tan estratégica para Mexico ¿Cómo fue la relación con Trump con AMLO antes y como pensás que podrá ser ahora con Claudia Sheinbaum si vuelve a ganar?
CBR: La verdad es que el primer Trump y López Obrador muy rápidamente encontraron un entendimiento, porque ambos eran figuras profundamente disruptivas. Figuras anti establishment, populistas, uno más de derecha, uno más de izquierda, que se entendieron bien además porque creo que Trump no tenía realmente una agenda mexicana ampliamente concebida. Lo que le importaba Trump de México era la frontera, era la migración, era el tratado de libre comercio. En cuanto llegó Trump, obligó a México a renegociar los términos del Tratado, empezó a construir su muro y al poco tiempo de que López Obrador tomase el poder (al principio tenía una política migratoria de avanzada, muy pro derechos humanos) Trump dio un golpe sobre la mesa y amenazó con imponer aranceles a los productos mexicanos si México no cambiaba su política migratoria, lo cual rompía una tradición de muchísimo tiempo en la relación de México con Estados Unidos, donde los temas estaban compartamentalizados. Lo migratorio se trataba en determinadas ventanillas, lo comercial en otras, la seguridad en otra. Se trataba de no contaminar los temas para que las negociaciones y los acuerdos avanzaran y eso fue muy fructífero para la relación bilateral. Eso pasó en México desde los años 90 y hasta que llegó Trump. Trump de pronto usó la carta comercial para forzar un cambio de política migratoria y López Obrador dobló las manos muy rápidamente ante eso, con mucho apoyo del sector empresarial en México (cosa rara porque en ese momento se veían más como enemigos), pero ahí inmediatamente estuvieron de acuerdo.
La ironía fue que en 2016 nos preocupaba que Estados Unidos construyera un muro y México lo fuera a pagar, y ahora para 2024 sabemos que México se convirtió en el muro y a Estados Unidos no le costó ni un dólar. Eso es lo que pasó entre López Obrador y Trump. Se entendieron. López Obrador entregó la política migratoria porque se logró la renegociación del tratado y porque pudo hacer muchas cosas que con un presidente estadounidense que tuviera una agenda mexicana más amplia y ambiciosa jamás hubiera podido hacer, ¿no? Entonces al final se entendieron muy bien en ese sentido. Y de hecho, López Obrador fue a la Casa Blanca, y ya en las fotografías estaban como si fueran grandes amigos, a pesar de todas las cosas que Trump dijo contra México y los mexicanos, de haber puesto la relación bilateral contra las cuerdas con su amenaza, etcétera.
En 2017, cuando estaba cantado que volvería a ser candidato presidencial, López Obrador publicó un libro en el que recopilaba discursos que dio en Estados Unidos solidarizándose con los migrantes mexicanos por los ataques de Trump: Oye Trump. Propuestas y acciones en defensa de los migrantes en Estados Unidos (Planeta, 2017). Una vez que ganó la presidencia, no volvió a tocar el tema y se dedicó a tratar de quedar bien con Trump. Incluso llegó a decir que Trump era su “amigo”, “buena persona”, que había sido “respetuoso”. Aquella fue una estampa realmente muy indigna. Estaban en lados opuestos del espectro político, pero al final los hermanó el hecho de ser ambos líderes muy disruptivos, anti-establishment, anti-tecnocracia, en fin, promotores del retroceso democrático en sus respectivos países.
"Hay una parte muy importante de esta nueva hegemonía de Morena que tiene que ver con la canibalización del PRI. Del partido, de los cuadros, de los punteros, de los electores. Es inexplicable esta nueva hegemonía del obradorismo sin el colapso del PRI."
Ahora, con respecto a lo segundo que decías ¿cómo puede ser un segundo Trump con Claudia? Yo creo que va a ser muy distinto. Porque, además, el Trump 2 no es ese Trump incompetente e inexperto que llegó a la Presidencia en 2016, al que le tomó mucho tiempo entender como funcionaba la administración pública, la burocracia, los poderes del presidente, que podía, que no podía. Este Trump llega ya mucho más equipado con una plataforma mucho más detallada y con un Partido Republicano ya completamente sometido. Va a ser una suerte de Trump con esteroides, que ya tiene un libreto mucho más claro que se llama Proyecto 2025, elaborado por la Heritage Foundation, y que tiene de su lado a toda la nueva tecnoligarquía neolibertaria. Y el lugar que ocupa México ahí es un lugar muy nocivo.
De entrada, se habla de deportaciones masivas a México y de clasificar a las organizaciones del crimen organizado como organizaciones terroristas, lo cual sería profundamente disruptivo en materia de cooperación entre ambos países. Se está hablando incluso del uso unilateral de la fuerza por parte de Estados Unidos para frenar el tráfico de fentanilo que viene de México, cuyos precursores llegan desde China. Es decir que México que ya se metió por la peor puerta posible en la rivalidad geopolítica entre Estados Unidos y China, por la puerta de una droga que apenas al año pasado mató por sobredosis a más de 70 mil estadounidenses. Además está el tema central de que en el marco del Near Shoring, existe hoy muchísima inversión China en México para tratar de aprovechar el espacio del Tratado de Libre Comercio de América del Norte. Trump ya tomó nota de esto y ha empezado a hablar de que no van a permitir que China inunde con sus automóviles o con su tecnología Estados Unidos. Entonces no creo que Sheinbaum logre un modus vivendi con ese Trump 2, más desbocado, como el que logró López Obrador con Trump 1. Es más, me parece que incluso Trump no fue tema en la campaña electoral en México porque es como los impuestos, algo profundamente desagradable de lo que ningún candidato quería hablar.
CP: ¿Y el narcotráfico?
CBR: Fíjate que el término narcotráfico en México se está volviendo un término vintage, porque el fenómeno de la criminalidad y la violencia ya es mucho más que el narco. Ojalá fuera nada más el narco. Ya hay una conquista mucho más agresiva de sectores productivos de la economía y de ámbitos de la gobernanza, lo que produce incluso una baja de la violencia, pero que no significa que el Estado haya recuperado el control del territorio, sino que ya existe un modus operandi entre las organizaciones del crimen organizado y el Estado que rebasa el tráfico de drogas. Estamos hablando de captura económica, de extorsión generalizada, incluso del nombramiento de personas afines a estas organizaciones criminales en puestos públicos claves, en secretarías de obras por ejemplo. Es una metástasis de la criminalidad en el Estado que hace ver al narcotráfico clásico como algo que estaba más bajo control, como el antecedente histórico de algo que ahora es muchísimo más grave.
El obradorismo, esto es de veras muy preocupante, logró despolitizar el tema de la seguridad muy exitosamente en esta campaña. Por más que la oposición trató de convertirlo en el asunto central, la verdad es que no jugó ningún papel electoral. Encuesta tras encuesta la principal preocupación de los mexicanos es la violencia, es la inseguridad, y en las elecciones ni figuró. Morena no tuvo que padecer un voto castigo por su mala gestión en esa materia. Algo no está funcionando bien en la democracia mexicana si este tema que preocupa muchísimo a los mexicanos, con respecto al cual la gestión de López Obrador fue objetivamente mala según los propios indicadores oficiales, no logró producir siquiera una interpelación política contra el obradorismo. Porque si no hay voto de castigo, pues no hay incentivo para corregir.
Hace un par de semanas ocurrió algo muy interesante que algo tiene que ver y que me devuelve a la pregunta sobre Estados Unidos. Dos de los líderes más importantes del llamado “Cartel de Sinaloa” fueron arrestados tras aterrizar en un aeropuerto privado en Texas. Fue algo de enorme consecuencia, de tremendo impacto en el mundo criminal y en el ámbito político-mediático. Pero, al día de hoy, no hay una versión oficial, de ninguno de los dos gobiernos, sobre el asunto: ¿fue un golpe de suerte?, ¿pactaron entregarse?, ¿uno negoció y traicionó al otro?, ¿se trató de una operación encubierta? Nada. El gobierno mexicano se deslindó inmediatamente del asunto, reiteró que no tuvo nada que ver, pero sigue sin poder explicar qué pasó. Y el gobierno estadounidense ha ignorado olímpicamente sus insistentes solicitudes públicas de información. Hay mucha incertidumbre y especulación, pero el significado es evidente: el gobierno de Biden se fue por la libre porque ya no le tiene confianza al de López Obrador y lo está dejando clarísimo frente al mundo entero.




