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26 de octubre 2022

Ariadna Dacil Lanza

BOLSONARO YA GANÓ

Tiempo de lectura: 8 minutos

“Quiero que me olviden”, dijo el último dictador de Brasil, João Figueiredo, dos meses antes de dejar el poder por la puerta del fondo del Palacio del Planalto. Años más tarde, su cuadro estuvo colgado en el despacho de Jair Bolsonaro mientras fue diputado durante 27 años. Pese al gesto de veneración y la condición de militar que los hermana, Bolsonaro no se identifica con aquel deseo de intrascendencia. Y aun si así lo quisiera, ya es tarde, porque el bolsonarismo llegó para quedarse.

A días del balotaje presidencial, Bolsonaro podrá decir “ya gané”. Su permanencia no se juega solo en una victoria el domingo 30 de octubre, sino que en parte ya está dada no solo porque supo permear la capilaridad de las instituciones del Estado, incluso más allá del Ejecutivo nacional, sino porque también logró convertirse en sentido común en Brasil.

Si el atavismo bolsonarista trasciende al líder, vale la pena tratar de hacer un esfuerzo de comprensión, sin indignación ni reduccionismo, acerca de ese fenómeno.

No perdió, vive en las instituciones

Si bien Bolsonaro quedó segundo en el primer turno electoral, logró enraizarse en el Congreso y en los gobiernos estaduales (equiparables a las provinciales en Argentinas) que ya se definieron sin pasar a balotaje.

En el Congreso, donde fue un diputado del bajo clero durante 27 años que solo logró aprobar tres proyectos, tendrá ahora la mayor bancada en ambas cámaras. En el Senado, su sello de ocasión, el Partido Liberal, quedó con 14 de los 81 escaños e incluso varias de esas bancas serán ocupadas por alfiles de su gobierno: exministros como Damares Alves, Marcos Pontes, Rogerio Marinho, Jorge Seif, y Sergio Moro además de su vice Hamilton Mourao. En Diputados acumuló 99 de 513 escaños. ¿Suena a poco? No si se tiene en cuenta, una vez más, la fragmentación de los partidos en el Congreso de Brasil, donde el sueño del quórum solo con “los propios” es una quimera.

A días del balotaje presidencial, Bolsonaro podrá decir “ya gané”. Su permanencia no se juega solo en una victoria el domingo 30 de octubre, sino que en parte ya está dada no solo porque supo permear la capilaridad de las instituciones del Estado, incluso más allá del Ejecutivo nacional, sino porque también logró convertirse en sentido común en Brasil.

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Además, habrá que esperar para saber cómo se posicionarán las decenas de partidos restantes, agrupados principalmente en el Centrao (no relativo al centro político) según el resultado del balotaje. Así, pese a que Bolsonaro asumió despegándose de esa suerte de “casta” del Congreso, luego buscó su apoyo durante la presidencia y hoy son sus aliados.

No es posible igualar al Centrao con Bolsonaro, pero la pregunta por el huevo o la gallina pierde sentido cuando ya se han imbricado, al punto que, por ejemplo, impulsaron que parte del presupuesto nacional quede bajo secreto para manejarlo a discreción y esto se volvió una marca distintiva del Gobierno. Bolsonaro insiste en que “no puede” hacer nada, casi como si el Congreso fuera un poder autónomo, y él una víctima. Nada de eso. Bolsonaro capta adhesiones y el Centrao es beneficiado por ese sigilo, y desde ya presionará por mantenerlo aun si Lula gana. El concepto de Sergio Abranches de “presidencialismo de coalición” trasmutó en otra cosa.

Y si bien históricamente este rejunte de partidos se alinean con el Ejecutivo de turno -por eso el politólogo Claudio Couto habló de “direita fisiológica adesista“- algunos analistas brasileños instalan la duda sobre si el Centrao se alineará tan directamente con el Ejecutivo en un eventual gobierno lulista o jugarán a debilitarlo. Hay que considerar además que el PT y aliados quedaron en segundo lugar con 80 bancas en la Cámara Baja y cuarto en la Cámara Alta con 9 asientos.

Estos números, tanto del PL como del PT pueden cambiar después de los balotajes de los gobernadores el domingo porque algunos de los candidatos, a la vez, ocupan cargos legislativos, y en caso de ganar deberán ser reemplazados en el Congreso por políticos de otros partidos, cambiando levemente los números.

En las gobernaciones, Bolsonaro sumó gobernadores en Estados claves, incluidos Minas Gerais (donde, sin embargo, no ganó la votación a Presidente) y Río de Janeiro -segundo y tercer distrito electoral- con Romeu Zema y Claudio Castro, respectivamente. En las 12 que quedan por definirse todo indica que también sumará un aliado clave en San Pablo, el primer distrito electoral del país, el cual estaría conducido por el militar y exministro de Bolsonaro Tarcisio de Freitas, en caso de ganarle al petista Fernando Haddad.

No perdió, “vive en el pueblo”

Bolsonaro logró movilizar a su base no solo en la elección, sino en actos multitudinarios -como por ejemplo cada 7 de septiembre, día de la independencia brasileña- y formar sentido común.

En la elección del 2 de octubre, su 43,2% de los votos fue un apoyo masivo, aun cuando el mundo se horrorizaba por su manejo de la pandemia, los incendios y robo de madera en la Amazonía, los indicadores de inflación de los meses previos, y su discurso conservador. Ese número cobra más valor al ver que la distancia con Lula fue de solo seis millones de votos.

En la elección del 2 de octubre, su 43,2% de los votos fue un apoyo masivo, aun cuando el mundo se horrorizaba por su manejo de la pandemia, los incendios y robo de madera en la Amazonía, los indicadores de inflación de los meses previos, y su discurso conservador.

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51 millones de almas (en 2018 obtuvo 49 millones en primera vuelta, es decir, creció, aunque el padrón también), más de una Argentina, eligió al excapitán en primer turno, en un país donde el incentivo para ir a votar es tan bajo como la penalidad por ausentarse: 3,51 reales, el valor de un café en una barra de bar y tres veces menos que una cerveza.

El doble movimiento fue convocarlos a las urnas a la vez que instaló un sentido común que lo emparenta con el expresidente Donald Trump; el proceso electoral está bajo sospecha. Cualquier cosa puede ser dicha, no se necesitan datos, solo se trata de formar una creencia. Otra faceta de la narrativa del “gran robo” como corriente dentro del campo conservador.

Bolsonaro no es exactamente Trump, pero hizo algo similar al Abaporu -que en lengua tupí-guaraní quiere decir hombre que come carne humana- no por la declaración al New York Times de 2016 donde dijo que casi comió “carne de indio” (y que la campaña de Lula reflotó días atrás). Su semejanza con la figura que popularizó el cuadro de Tarsila do Amaral podría estar en un paralelismo con el movimiento que la pintura inauguró y que fue conocido por su Manifiesto Antropófago. Si esa corriente quiso «canibalizar» el arte extranjero para hacer un mix con la cultura local y crear otra cosa con ambas, Bolsonaro hizo lo propio en política.

Y mientras Trump hablaba desde tarimas, Bolsonaro se dio “baños populares”; desde nadar con sus seguidores en el mar, hacer motociadas (caravanas de moto) con seguidores hasta hablar con ellos a diario en el ingreso del Palacio da Alvorada.

Esta semana se vio cómo otro de los sentidos que Bolsonaro mismo impulsó, el desconocimiento de decisiones judiciales, lo trascienden. Fue durante lo que puedo haber sido una escena de Fuego contra Fuego: el exdiputado y aliado de Bolsonaro Roberto Jefferson, que estaba detenido en prisión domiciliar por constantes atentados contra la democracia, se resistió a tiros de fusil (más de 50) y tres granadas que arrojó a la Policía Federal cuando fueron a detenerlo por orden del TSE. Bolsonaro quiso despegarse llamándolo “bandido” en un video que publicó luego que trascendió la noticia, pero ya era tarde, su base se había movilizado para defender al detenido.

Bolsonaro no es exactamente Trump, pero hizo algo similar al Abaporu -que en lengua tupí-guaraní quiere decir hombre que come carne humana- no por la declaración al New York Times de 2016 donde dijo que casi comió 'carne de indio'.

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No fue necesario un llamado a la acción para que los seguidores del Presidente rechazaron la decisión del TSE y fueron a dar apoyo a Jefferson en la puerta de su casa con remeras verde-amarela e incluso golpearan a un camarógrafo de O Globo.

Las víctimas -no fatales- fueron miembros de la Policía Federal y esto hizo que haya además una suerte de contradicción entre dos mandatos: la defensa de un aliado y el repudio al ataque a una fuerza de seguridad, que es una afrenta al imaginario bolsonarista. Pero el mensaje es, ambas posiciones son válidas, todos son bienvenidos.

La desconfianza sobre la justicia además salpican a Lula ya que para quienes rechazan su figura o tienen algunas dudas, él fue exculpado por un impuro Superior Tribunal Federal (STF). Los que creyeron en el caso Lava Jato o la del triplex que lo llevó a estar 580 días preso, al caerse las causas contra el petista, no volvieron a confiar en él, sino que dejaron de creer en la justicia.

El descreimiento sobre las elecciones, la idea de un Congreso autonomizado y el repudio a decisiones judiciales son síntomas de ese sentido común mayor que es la impugnación del sistema. La pregunta que cabe es si esas creencias, esos sentidos, combinado con niveles altos de movilización podrían convertirse en un call to action.Una toma del Capitolio a la brasileña que ya tuvo una suerte de ensayo cuando la activista de derecha Sara Winter y su grupo “300 do Brasil” intentaron tomar el Congreso y el STF en medio de retóricas de Bolsonaro en contra de esos poderes en 2020.

Inconsciente colectivo

Parte del glosario bolsonarista se completa con la idea de familia tradicional y valores (conservadores y/o religiosos) versus ideología de género (muchos seguidores del Presidente afirman haber visto manuales cuasi pornográficos que serían dictados en escuelas como educación sexual); de patriotismo y superioridad internacional -sobre todo frente a los pares regionales- versus la narrativa de paria aislado del mundo; armas para enfrentar la inseguridad versus los presos votan por Lula; el respeto por las mayorías versus la inclusión de minorías. Formas de vida, sentidos comunes sobre la familia, religión, patria, seguridad. Son sentidos que además producen un corte transversal a las clases sociales y mueven otras fibras más allá del bolsillo.

Si los años más felices siempre fueron los petistas, ¿por qué hoy no logran conmover? Desde la campaña de Lula insisten en la separación que Brasil volvió al mapa del hambre, pero Bolsonaro -como la mayoría de los oficialismos que les tocó capear la pandemia- se excusa en el coronavirus y la diferencia con otros líderes es que a él le creen. Más allá de las portadas internacionales en su contra, Bolsonaro instaló en un tercio de los electores la idea de que él priorizó el trabajo de los más pobres, además de sembrar dudas sobre los tratamientos médicos. La mejora de algunos índices económicos vendría a confirmar que si no hubiese sido por la pandemia, Bolsonaro sería un indiscutido estadista.

Y si bien para muchos esté claro que no lo es, ha demostrado pragmatismo. Pasó de ser un delegado sindical de los militares en el Congreso -antes que un representante de Río de Janeiro, estado por el que fue electo- y oponerse a las privatizaciones de Fernando Henrique Cardozo, a Presidente, con Paulo Guedes como ministro de Economía promoviendo esquemas de reducción estatal. Y no dudó en echar mano en la intervención estatal cuando su popularidad descendió -como durante la pandemia, cuando implementó ayudas sociales como el Auxilio Emergencial– o durante la campaña -cuando revivió esa erogación ahora llamada Auxilio Brasil, además de intervenir en la estatal Petrobras bajando el precio de los combustibles.

La conciencia progresista sigue en una pose negacionista del fenómeno, porque busca “exculpar” al electorado de Bolsonaro -sobre todo a los sectores populares- suponiendo que ha sido engañado y que si se le presenta “la verdad” y no fake news entonces cambiarán de posición. Quedan tranquilos de sus posiciones y en la misma operación redimen a parte del pueblo, colocándolo en la minoría de edad. Soportar que los electores de Bolsonaro no son solo “anti-PT” sino que también su candidato los enamora porque acuerdan con él es un hueso duro de roer.

La conciencia progresista sigue en una pose negacionista del fenómeno, porque busca 'exculpar' al electorado de Bolsonaro -sobre todo a los sectores populares- suponiendo que ha sido engañado y que si se le presenta 'la verdad' y no fake news entonces cambiarán de posición.

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Mientras tanto, el PT intenta una cruzada del oscurantismo al siglo de las luces -civilización o barbarie, democracia o autoritarismo- pero quizás esté hablando un lenguaje que lo deja fuera. La derecha demostró ser pragmática en Brasil y supo ser flexible con sus propios mantras liberales, pero además entendió que ya no tiene que argumentar más, basta con promover formas de vida que hagan sentido común para trascender.