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25 de julio 2021

Nicolás Lantos

BASTA DE LLANTO

Tiempo de lectura: 6 minutos

Palo Pandolfo fue nuestro DNI. En ese momento de la juventud en el que buscamos con desesperación, a veces a ciegas, reconocer las muescas que dan forma a nuestra identidad, él apareció en mi vida y lo abracé. Yo era fanático de Fito, no me perdía un solo recital de Charly, me sabía todos los temas de los Redondos, pero nada de eso me hacía sentir diferente a los demás. Palo sí. Sus canciones fueron el santo y seña que me abrieron la puerta a una secta pequeña pero entusiasta de personas que con el tiempo se convertirían en amigos, amores, compañeros de aventuras.

Una escena: Villa Gessell, enero de mil novecientos noventa y muchos, o del dos mil. Cuando lo vi por primera vez a Conde llevaba puesta una remera con el pingüino de la tapa del primero de Don Cornelio. Se la hizo a mano porque no vendían una así en Locuras ni en Lee Chi ni en ninguno de los locales de la Bond Street o la Recamier que se especializaban en remeras roqueras. Desde ese momento supe que íbamos a ser grandes amigos toda la vida y acá estamos. El jueves, al enterarme que se había muerto Palo, no pude escribirle. No me animaba a ser yo el que le diera la noticia.

Palo siempre fue la síntesis de aparentes antagonismos que él sabía resolver, con sensibilidad, como si fueran simples rompecabezas para niños: la oscuridad donde el diablo sólo podía olerlo y la luz de todos los colores cantando; el ruido y la melodía: lo infantil y la madurez. Fabricado con materia prima de poeta, siempre mantuvo, sin embargo, sus pies en el suelo de adoquines del barrio y no dejó que el arte se alejara mucho de la mugre. “Realmente no sé si las cosas o las palabras”, dudaba cuando era un adolescente. No tuvo que elegir y se quedó con todo.

Palo siempre fue la síntesis de aparentes antagonismos que él sabía resolver, con sensibilidad, como si fueran simples rompecabezas para niños: la oscuridad donde el diablo sólo podía olerlo y la luz de todos los colores cantando; el ruido y la melodía: lo infantil y la madurez.

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Creo que la primera vez que me enteré que existía fue en esa colección de CDs por los treinta años del rock nacional que editó la Revista Noticias. Después Estaré empezó a sonar en loop en la Rock and Pop que yo escuchaba de manera religiosa y Bip Bap Um Dera era la cortina de no me acuerdo qué novela de Telefé. A los ponele que dieciséis una novia me regaló un casete TDK en el que de un lado había grabado Patria o Muerte y del otro el Odessey and Oracle de los Zombies (gracias Agustina, si lees esto). Mi primer programa de radio se llamó Molestando a la Oscuridad.

Intentar definir a Pandolfo en un estilo musical es una tarea tan inútil como contar la cantidad de rulos en su pelo cuando lo usaba estilo Bob Patiño. Fue (es) jipi, psicodélico, dark, punk, postpunk, pop, tango y milonga, candombe y chacarera, cumbia y mucho rock. Con La Salud Universal (1993) inventó la declinación rioplatense de ese género, al mismo tiempo que la Bersuit y Los Piojos y bastante antes que Gustavo Santaolalla. Y esa influencias, lejos de distraerlo, le prestaron una paleta de colores para que él pudiera proyectar imágenes tan personales que no se parecen a nada.

Intentar definir a Palo en un estilo musical es una tarea tan inútil como contar la cantidad de rulos en su pelo cuando lo usaba estilo Bob Patiño. Fue (es) jipi, psicodélico, dark, punk, postpunk, pop, tango y milonga, candombe y chacarera, cumbia y rock

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No recuerdo cuándo empecé a verlo en vivo, porque fueron muchísimos shows, con Los Visitantes y después con las bandas que lo acompañaron como solista o incluso solo con su guitarra y su alma. En Cemento, en festivales por los derechos humanos, en el Recoleta, en un balneario de Gessell, en el Club del Vino, en Puán, en lugares que no sé dónde quedan ni cómo llegué. Me acuerdo, sí, la última vez, hace un par de años, en un Niceto medio vacío. Él tocaba como si fuera Mick Jagger en Altamont. Así era Palo. Nunca lo vi especular. No escarmienta, ni miente y no se arrepiente.

Se vienen más recuerdos a mi memoria. Una vez, hará veinte años, charlando con Celia Coido, me comentó que buscaba un artista para cerrar un festival en el edificio del Correo Central. En un breve brainstorming surgió y quedó el nombre de Palo. Promediaba ese show cuando aterrizó con el tobillo en mala posición después de uno de sus saltos característicos. La lesión de gravedad resultaba evidente, pero él decidió terminar el espectáculo. Después de casi una hora de música y dos bises lo esperaba una silla de ruedas para llevarlo, directamente, del escenario a la ambulancia.

Si uno se detiene a pensarlo, resulta curioso que no existan tantos caballeros de estirpe porteña como Pandolfo. A la ciudad de Troilo y de Manzi, de las esquinas de Borges, los bajofondos de Arlt y los decadentes personajes de Mujica Lainez; la cuna, también, del rock en español, le faltan juglares con guitarra eléctrica. Charly es universal, Spinetta extraterrestre, Fito rosarino y el Indio de un suburbio onírico de La Plata. Palo (como pocos: pienso en Luca Prodan, Juan Pablo Fernández, Maxi Prietto) se nutre de Buenos Aires y de sus mapas reales e imaginarios superpuestos.

Charly es universal, Spinetta extraterrestre, Fito rosarino y el Indio de un suburbio onírico de La Plata. Palo (como pocos: pienso en Luca, Juan Pablo Fernández, Maxi Prietto) se nutre de Buenos Aires y de sus mapas reales e imaginarios superpuestos

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“Mesa. Bulma. Billibus. Aguan. Jecu”. Esa invocación críptica que se revelaba, después de cientos de escuchas, como una epifanía en los auriculares durante una caminata por avenida Rivadavia: Medrano, Salguero, Bulnes, Mario Bravo, Billinghurst, Bulnes, Aguero, Anchorena, Jean Jaures y Ecuador. La caja de viento del viejo Albergue Warnes, las plazas peladas con árboles secos, la senda peatonal y el cordón de la vereda pintado con sangre amarilla. Las trincheras de alegría donde, perdiendo todos los dientes, pelea el pueblo demente con religiosa anarquía.

Palo siempre se acercó a la política desde un lugar lateral, pero siempre se acercó. Da cuenta de ello su compromiso con Abuelas de Plaza de Mayo, fiel y constante, así como su presencia en tantísimos festivales a beneficio de las más variadas causas. Nunca fue, ni pudo haber sido un artista testimonial, porque sus proclamas tomaban otra forma menos literal, aunque la crisis de 2001 lo llevó a escribir con la urgencia de lo inmediato: “De qué te sirve mantener a todo el circo, de qué te sirve criar a tus hijos acá, de qué te sirve levantarte a la mañana, de qué te sirve salir a cacerolear”.

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Algunos años antes, cuando el experimento menemista sólo cosechaba del peronismo manzanas agrias, Palo le escribió una de sus mejores canciones a un Evita deseante y plebeya, más cerca de la obra de Daniel Santoro que de las tetas de Madonna. Sin embargo no hace falta ser muy suspicaz para percibir que alguien que a los 20 años le puso Don Cornelio a su banda y a los 24 bautizó como Patria o Muerte un disco que se editó entre los estertores de la primavera alfonsinista tiene interés y sensibilidad política y ningún problema de exhibirlo en público.

Llegué a conocerlo en persona, aunque siempre de manera circunstancial: recuerdo unos metegoles en Gessell, esperando que llegara el público para arrancar a tocar, aquella tarde del Correo y más de una noche en el Zaguán. Las redes sociales, más acá en el tiempo, facilitaron algunos intercambios. En los últimos años estuvimos varias veces a punto de romper esa barrera del encuentro casual: vino a tocar a Habrá Consecuencias pero ese día yo justo falté al programa; luego tratamos de que grabara unos coros para el disco de Krupoviesa pero nunca pudimos concretarlo. 

Se fue en una pandemia que nos obligó a tener una familiaridad con la muerte a la que no estábamos acostumbrados y nos sacó pedazos de vida que dábamos por sentado, mientras nosotros le pedíamos clemencia y piedad al dios del Hogar

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Se fue en medio de una pandemia que nos obligó a tener una familiaridad con la muerte a la que no estábamos acostumbrados y nos sacó pedazos de vida que dábamos por sentado, mientras nosotros le pedíamos clemencia y piedad al dios del Hogar. La desgracia llama a la desgracia y durante este año horrible perdimos demasiado pronto a Palo, a Rosario y a Gabo, tres personas que nos tallaron la vida a un par de generaciones, documentos de identidad que mis amigos y yo siempre llevamos en el bolsillo más cercano al corazón.

Pido disculpas, lector, si este texto resulta excesivamente autorreferencial. No me gusta, pero tiene un motivo. La mayoría de los artistas, cuando mueren, nos llevan a reflexionar sobre su obra y su vida. Unos pocos dejan marcas tan profundas que cuando faltan nos obligan a pensar en nosotros mismos y a repensarnos sin ellos, recordando nuestra vida y su banda de sonido. Palo te fuiste y nosotros quedamos acá, a la intemperie. Cargamos con nuestra pena y no podemos tirarla. ¿Hasta cuándo seguiremos llorando sin parar?

Está bien, ya está bien.

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