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23 de julio 2023

Fernando Rosso

BALADA PARA UN LOCO

Tiempo de lectura: 6 minutos

“La diferencia entre un genio y un loco es el éxito”, le dijo Javier Milei en América 24 al “Pelado de Crónica” e inmediatamente se comparó con la Generación del ’37, con nuestros románticos decimonónicos del Salón Literario que imaginaron un país para el que carecían de líderes, de clases y, sobre todo, de condiciones materiales.

Política y locura, una relación ambivalente, misteriosa e indescifrable. El “loco” Sarmiento, el “loco” Dorrego y la locura en las grietas más antiguas.

Desde el fondo de la historia se trató de locos a quienes osaron abandonar el camino de la prudencia. A quienes exploraron los límites de la racionalidad opresiva de su tiempo. A quienes habitaron la locura como campo moral apropiado para facilitar la irrupción de grandes acontecimientos colectivos. La revolución en la historia y la locura en las almas, los temas que obsesionaron a José María Ramos Mejía, según cuenta Horacio González en Retórica y locura.

Nuestras Madres de Plaza de Mayo antes que un símbolo universal, fueron “las locas” que pedían lo imposible y por medios delirantes. “Yo creo que en el 2001 la sociedad se volvió loca” afirmó un editorialista lúcido del liberalismo argentino. Al Tanguito de Fernán Mirás lo tratan como un loco y termina en el manicomio transformado en un fantasma a golpes de pasta y electroshock. De los jóvenes de los años ’70 se dijo mil veces —desde ese gran diario del lunes que es el presente— que en un país con pleno empleo y 4 % de pobreza, una generación que se arrojara a la odisea de la revolución sólo podía ser una generación que se volvió loca.

De los jóvenes de los años ’70 se dijo mil veces —desde ese gran diario del lunes que es el presente— que en un país con pleno empleo y 4 % de pobreza, una generación que se arrojara a la odisea de la revolución sólo podía ser una generación que se volvió loca

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Los adelantados, los incomprendidos, los que no encajan. Quienes ponen el acento en el arte y no en lo posible en la clásica y gastada definición de política. Locos y locas fuera de serie, incorregibles. Los que tienen las puertas de la percepción más abiertas que el promedio.

No es el caso de Javier Milei, el hombre que recibe mensajes de Dios (el Uno) que le llegan a través de Conan —su perro fallecido y multiplicado por la clonación— con quien se comunica gracias a una médium que también pactó con los mosquitos para que no la piquen en su casa y conversó con el Covid (que es medio hippie) y le dijo que de la pandemia íbamos a salir mejores. El hombre que perfeccionó sus comunicaciones con la dimensión desconocida y asegura que habla regularmente con otros economistas ortodoxos que hace tiempo pasaron a mejor vida como Murray Rothbard, Robert Lucas, Milton Friedman o la filósofa Ayn Rand.

Esas locuras que rescata el periodista Juan Luis González en su recomendable El loco. Una biografía pública y privada del fenómeno de Javier Milei (Planeta, 2023) son de otra índole. Más parecidas a las alienaciones extremas de los idealistas que describe Marx en La sagrada familia: “Las alucinaciones de su cerebro adquieren formas visibles, casi palpables, de fantasmas sensibles. Este es el misterio de todas las piadosas visiones y a la vez la forma general de la locura”.

Un itinerario que lo vincula al empresario Eurnekian que dijo -como Maiden- 'yo puedo jugar con esta locura' y lo ayudó a abrirse paso en los medios con el objetivo de denostar a un enemigo q ocupaba el sillón de Rivadavia: el hijo de su amigo Franco Macri

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Una locura de otro calibre, pero no necesariamente inédita. Similar a la que revela Miguel Bonasso en El presidente que no fue cuando narra que Isabel Perón se acostaba sobre el cuerpo recuperado y mutilado de Evita y acercaba su cara a la del cadáver, mientras López Rega musitaba abominables. Una locura que nace de la crisis.

El largo insomnio de Javier Milei, lleno de delirios vengadores, es de otra naturaleza. Forjado por una biografía que tuvo relaciones familiares escabrosas. Sapo de otro pozo en el Cardenal Copello, colegio emblemático situado en el corazón del territorio autónomo de Devoto en el que atraía la atención de sus compañeros y compañeras a través de performances en las que imitaba el baile eléctrico de Mick Jagger. Arquero —dicen que temerario— del club Chacarita, y rockstar que no pudo ser. Una carrera en la facultad de económicas que casi queda trunca porque la familia le cortó el financiamiento a poco de recibirse. Sólo pudo llegar al título gracias a una pasantía en… el Banco Central.

Un itinerario que lo vincula al empresario Eduardo Eurnekian que dijo —como los Iron Maiden— yo puedo jugar con esta locura y lo ayudó a abrirse paso en los medios masivos con el objetivo de denostar a un enemigo íntimo que ocupaba el sillón de Rivadavia: el hijo de su amigo Franco Macri, a quien cariñosamente llamaban “el boludito”. Los medios, ese lugar que no explica todo, pero sin el cual no se entiende nada del famoso “fenómeno Milei”.

Sin embargo, al llamado “fenómeno Milei” no lo explica ni la biografía ni la psicología, lo explica la política. “No es un líder, es un síntoma”, suele afirmar su admirado Domingo Cavallo

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Es tentador asociar el odio de Javier Milei hacia su padre (un turbio empresario que arrancó como chofer de colectivos y terminó con un emporio multirubro), con su animosidad hacia el Estado. Instituciones que no estaban ausentes, sino demasiado presentes para demostrarle a cada paso su ineptitud y, en última instancia, para arruinarle la existencia.

Sin embargo, al llamado “fenómeno Milei” no lo explica ni la biografía ni la psicología, lo explica la política. “No es un líder, es un síntoma”, suele afirmar su admirado Domingo Cavallo.

Inicialmente expresaba la radicalización de una fracción de los adherentes de Cambiemos, doctrinarios que vieron fracasar a su Gobierno y exigían métodos más duros; luego también cosechó adhesiones de personas golpeadas por la crisis infinita que rechazaban toda forma de expresión de la política que había sido predominante en las últimas décadas.

También responde a cierta reacción a un discurso y conquistas de derechos democráticos formales o estructurales (del movimiento de mujeres o de las diversidades) y a una configuración que tiene aspectos de lo que la filósofa Nancy Fraser denominó “neoliberalismo progresista”: años de intenso relato estatal progresista combinado con un ajuste económico bastante ortodoxo cuyos resultados están a la vista de todos y todas. Pablo Semán definió que Milei y sus adherentes podían estar expresando un rechazo a la “mímica de Estado”, es decir, un discurso sobrecargado en torno a los beneficios del Estado y resultados paupérrimos en términos de las capacidades estatales para resolver la crisis o los problemas cotidianos de la población. Una contradicción que durante la pandemia y el encierro general se hizo patente, cuando el “quédate en casa” era un privilegio al que muchas personas no podían acceder.

Corresponde agregar que al impulso inicial de Eurnekian se sumó el establishment que lo utilizó para forzar un desplazamiento del debate político hacia la derecha. A una parte de los dueños del país comenzó a gustarle esa música, que era como una versión hardcore de su propio programa, de su utopía que se resume en el ajuste permanente. Querían que suene como ruido de fondo ese repertorio en el escenario público y por eso le organizaron una gira por el Coloquio de Idea, una fecha en el Llao Llao de Bariloche u otra en la Sociedad Rural. Todos ellos ahora se confabulan para bajarlo del escenario, para convencerlo de que era un sólo un telonero de la banda principal y que el show debe continuar con alguna de las variantes del extremo centro.

También influyeron los cambios en la anatomía social y las transformaciones del mundo del trabajo con la emergencia de nuevos sujetos que, sin embargo, no salieron de un repollo: son el producto de la pasividad o la complicidad de direcciones sindicales tradicionales frente a violentos planes de ajuste que parieron a los “nuevos sujetos” abandonados a la suerte de su propio emprendedorismo. La misma quietud que evitó que el malestar por la pésima situación socioeconómica tuviera una expresión callejera, es decir, se exprese como rebeldía. Con la voz ausente de las organizaciones de la clase trabajadora, la bronca se tradujo como impotencia, agotamiento, cansancio o rabia. Antes que un estallido o una explosión (y acá hay una explicación al ¿Por qué no estalla?) tuvo lugar una implosión cuyo grito mudo encontró en Milei una opción con la que se identificó una franja de la sociedad.

A una parte de los dueños del país comenzó a gustarle esa música, que era como una versión hardcore de su propio programa, de su utopía que se resume en el ajuste permanente. Querían que suene como ruido de fondo ese repertorio en el escenario público

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La locura individual puede ser fascinante cuando invita a la indagación de sus lenguajes desgarrados, de sus signos incomprensibles, a husmear en el desorden bizarro y secreto de sus formas de existencia.

Pero sabemos que lo importante no es eso, sino lo que expresa de la locura colectiva, de los elementos de barbarie que encierra la cultura de toda una formación social, de la decadencia de un régimen político.

El entuerto no reside en el itinerario personal de Milei, sino en lo que hizo el sistema político con lo que hicieron de él.

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