19 de julio de 2026
“Roca, La cuadratura del círculo rojo argentino”
Durante casi 30 años Julio Argentino Roca fue el protagonista principal de la vida pública en la Argentina. Factotum de una época, su “etapa imperial” se extendió desde la llamada conquista del desierto en 1879 hasta poco después de su segunda presidencia, donde vio licuada su preponderancia dentro del Partido Autonomista Nacional. Un lapso monumental, si se piensa en la que fue la política argentina del siglo XIX, suerte de mosaico de guerras, proyectos y, sobre todo, frustraciones.
El “Zorro”, mote que se ganó por su capacidad de sacarle jugo a la insularidad del poder político aun dentro de la intrincada estructura que fue el PAN, logró en aquellos años una importante, e inestable, consolidación institucional del país, al punto que más de uno pusiera al año 1880 como hito principal en la formación del Estado central. Por caso, claro, Natalio Botana, quien anotó en ese período notorios avances en la integridad territorial, en el régimen político y en la identidad nacional y el fin de ciclo a las rencillas vividas desde 1810. En el momentum de Roca también se delimitó la incorporación definitiva de la Argentina al mercado mundial y se produjo un crecimiento económico robusto, no sin altibajos, que se verificó luego en el largo plazo.
Su presencia en el imaginario popular parecía menguar pasando el centenario de su muerte de la mano de la devaluación del billete que aún lleva su cara. Sin embargo, rescatada por el Papa o por el presidente (el que lo incluye, acaso de forma un poco contradictoria, en su panteón libertario), al llegar a los 110 años este 19 de octubre, vuelve a imponerse con toda su fuerza como testimonio de un ideal modernista hoy un tanto tergiversado cuando su foco estuvo puesto, en sus palabras, en la paz y la administración más que en la destrucción del Estado que hoy parece ser el humor imperante.
El “Zorro”, mote que se ganó por su capacidad de sacarle jugo a la insularidad del poder político aun dentro de la intrincada estructura que fue el PAN
Nacido en Tucumán en 1843, hijo de Segundo Roca y Agustina Paz de Roca, Julio Argentino era parte de familia con linaje del gran Norte, pero no necesariamente alcurnia, más bien poder que se iba tomando de forma fiera y de a pedazos. El padre fue un militar participante y protagonista de cuanto conflicto bélico hubo entre 1816 y su muerte en la guerra del Paraguay en 1866. La lista de jefes del progenitor del Zorro incluye a Belgrano, San Martín, Bolívar, Sucre y un largo etcétera que llega hasta Urquiza. La madre fue hija de un relevante político de su época y hermana de Marcos Paz, a la postre Vicepresidente de Bartolomé Mitre. Ningún repaso de su vida puede escapar a recomendar la lectura de “Soy Roca” de Félix Luna, especie de guión de biopic a la espera de Netflix, así que lo hacemos en el principio de su vida para evitar ahondar en sus años de Colegio Nacional en Concepción del Uruguay o en sus primeros pasos en el ejército entre Paraguay y la frontera sur, que por entonces es el sur de Córdoba.
En una columna por el centenario de su muerte, Argentina año 100 D. R. (Después de Roca) – El Estadista, dimos las razones por las que consideramos que el régimen “Liberal Conservador” de fines del siglo XIX fue dotado de una plasticidad que le permitía moldear aquel territorio que no terminaba de amalgamar, y a su vez abrir las puertas a “todos los hombres del mundo que quieran habitar el suelo argentino”. Roca estaría de acuerdo con el actual “el argentino nace donde quiere”, pero ciertamente preferiría que se desarrolle en casa, en un contexto de “pax Roquista”. Y para esa paz, había que encontrarle la forma de encuadrar a un país que llevaba décadas de conflictos internos, que aun bajo una constitución se seguían sucediendo. Algo así como encontrarle la cuadratura a un círculo vicioso. De tal figura geométrica, repasaremos sus vértices, puntales de su carrera. El primero de ellos, consideramos, se hallaba en la frontera.

Si bien la campaña del desierto de 1879 es la más recordada por ser la definitiva (y la más polémica y cuestionada por la historiografía, mucha de ella considerándola directamente un genocidio), no fue la primera, ni tampoco la segunda. El desierto por entonces tampoco tenía exclusividad cardinal. Solemos mirar al sur, donde estuvo Roca, pero no tanto al norte, al impenetrable y toda la reorganización política que se dio por esos años, donde estuvo, entre otros, su hermano Rudecindo, primer gobernador del territorio nacional de Misiones. Tras la primera década revolucionaria y la primera de las batallas de Cepeda, Buenos Aires desplegó de la mano de Martín Rodríguez, primero, y Rosas, después, distintas incursiones hacia territorios, llamémoslos, “poco administrados”. Podemos fehacientemente decir que las mismas produjeron daños que sonrojarían al Papa Francisco, y sin embargo, no generaron como resultado un control definitivo. Más acá en el tiempo, y con la necesidad imperante de expandir la frontera ganadera, controlando los malones y los perjuicios económicos del vínculo con los pueblos allí asentados, el ministro Adolfo Alsina coronó una política de avances paulatinos con una zanja que estableciera alguna dificultad en la huida y que actuara como muro de Adriano pampeano, manteniendo a los pictos patagónicos a raya. Tras la muerte de Alsina y la llegada de Roca al ministerio de Guerra y Marina, con Sarmiento en el de interior, se cambia definitivamente el enfoque a la cuestión fronteriza y se tomó una iniciativa de incursión y expulsión “más alla del Río Negro”. Tras su aprobación en el Congreso Nacional, en 1879 se iniciaba la mencionada “campaña”. Dicho relato sobrevuela múltiples aspectos culturales y de ricos intercambios comerciales que se dieron en la frontera durante las décadas previas. Por eso, más que una evolución civilizatoria, lo del 1879 resultó un overshooting de modelo agroexportador. Lo cierto es que con el éxito y la consolidación territorial, uno de los vértices del “marco de consolidación nacional” se definía y Roca se convertiría en candidato natural a la presidencia en 1880.
Solemos mirar al sur, donde estuvo Roca, pero no tanto al norte, al impenetrable y toda la reorganización política que se dio por esos años, donde estuvo, entre otros, su hermano Rudecindo, primer gobernador del territorio nacional de Misiones
El segundo vértice del mencionado cuadrado estaba en el frente político interno y en el conflicto génesis, ya señalado por Bernardino Rivadavia, la cuestión capital. Desde 1860, modificación constitucional mediante, a la elite política le faltaba dar solución al tema del asiento definitivo de la capital de la nación. Proyectos pasaban, vetos se firmaban y habían quedado en el camino Río Cuarto, Rosario y ciudades a fundar. No obstante lo cual, mientras se daba esa búsqueda, el gobierno nacional seguía de prestado en Buenos Aires, lo que no entusiasmaba del todo a los locales. En 1880, tras el triunfo electoral de Roca, Carlos Tejedor, derrotado gobernador de la provincia de Buenos Aires, se lanzó a probar suerte donde Mitre había fallado en 1874 e intentó impedir la preeminencia en la presidencia del interior sobre Buenos Aires. En una serie de batallas que se sucedieron en torno al centro de la ciudad, las fuerzas nacionales resultaron triunfantes y la derrotada provincia eventualmente mutilada, con la federalización de la ciudad principal. Buenos Aires pasó a llamarse también Capital Federal, donde Dios pasó a atender, más allá de simular estar en todos lados. Definido el asiento del Estado Nacional, el sitio desde donde llevar adelante su presidencia, Roca dictaminó lo de “paz y la administración” como su credo oficial. Declaró entonces la “definitiva organización nacional, el imperium de la nación establecido para siempre, después de sesenta años de lucha, sobre el imperium de provincia; y las consecuencias que de estos hechos se desprendan para el progreso y el afianzamiento de la nacionalidad” y puso dos objetivos para “hacer un gobierno recto, honesto y progresista”, reformar el ejército y expandir y consolidar las vías de comunicación, en especial los ferrocarriles para transportar y “centuplicar” las ventas de los productos del interior. Un comprimido forte y local de Segunda Revolución Industrial e Imperialismo.

Este combo dejó la cuestión económica planteada como tercer vértice. Fernando Rocchi es determinante cuando describe aquí el impacto de aquellos años, “en los treinta y seis años que siguieron a 1880, mientras la población se triplicaba, la economía se multiplicó nueve veces. El producto bruto interno creció, en ese período, a una tasa del 6% anual. Más aún, el producto per cápita lo hizo a aproximadamente un 3%, (…) En efecto, el crecimiento del producto per cápita en la Argentina superaba, aunque levemente, al de los Estados Unidos -el ejemplo más llamativo de prosperidad de la época- y holgadamente al de Francia, Gran Bretaña y Japón”. Los ferrocarriles pasaron de 2442 a 19682 kilómetros hacia 1905 cuando Roca dejó su segunda presidencia. Si bien buena parte de la inversión en ferrocarriles tenía origen británico, esta se llevó adelante con garantías del Estado, e incluso muchos de los proyectos fueron concretados por este, administrados y eventualmente vendidos o “privatizados”. En aquel ciclo también se dio el boom de exportaciones ganaderas y la innovación en nuevos cultivos, para 1913 el valor de la tierra pampeana se había multiplicado en promedio por diez. El crecimiento económico no estuvo exento de convulsiones, como las que se desataron hacia 1889/1890 y 1897. Tanto en la solución de estas crisis, como en la conducción de la economía, el rol del Estado fue preponderante, para nada declamativo, sin llegar, claro está, a las intervenciones a las que nos acostumbró el siglo XX. El déficit fiscal era algo permanente y el crecimiento de la administración se veía reflejado en una “empleomanía” creciente, seguramente cosas por las que hoy serían repudiados los gobernantes de antaño.
Tras la muerte de Alsina y la llegada de Roca al ministerio de Guerra y Marina, con Sarmiento en el de interior, se cambia definitivamente el enfoque a la cuestión fronteriza y se tomó una iniciativa de incursión y expulsión “más alla del Río Negro”
Así como en el mundo económico en estos años se dibujó un perfil que dejaría estela, en el plano social, lo que sería en este repaso el cuarto vértice del cuadrado, habría mucha tela para cortar, con la irrupción estelar de la cuestión social en la Argentina, a partir de las rigideces de un modelo que sufriría el vértigo de los cambios y la presión de los sectores populares. La consolidación del movimiento obrero, la aparición de sectores medios cada vez más levantiscos en torno al reclamo electoral, los sucesivos problemas urbanos de ciudades crecidas de forma caótica, todo lo conocido, tiñó al roquismo de un color poco popular. El primero que con pragmatismo de hierro anotó ese costado débil fue el propio Roca, que en su segunda presidencia dio bastantes alas a todo un sector reformista liberal que miraba con buenos ojos la labor del Estado para regular la desigualdad generada en un contexto de tanto crecimiento. Se dieron así ciertos hitos como el informe Bialet Masse o el Código Electoral de Joaquín V. González (que introducía el sistema minoritario uninominal por circunscripciones). Estas acciones marcan ciertas continuidades con el sector halcón, como la Ley de Residencia, pero también cambios, evolución y aprendizaje.
Por fuera de estos 4 ejes han quedado cosas complementarias a cada uno, pero no menos importantes como las tensiones limítrofes con Chile a fines de la década de 1890, la carrera armamentística con este y con Brasil y los esfuerzos por moderarla, su binomio a lo Jordán y Pippen con Carlos Pellegrini que acabaría en un divorcio político por la consolidación de la deuda hacia fines de su segundo mandato, las revoluciones radicales de 1890, 1893 y 1905, entre otros tantos mojones en estos ricos y decisivos años.
La consolidación del movimiento obrero, la aparición de sectores medios cada vez más levantiscos en torno al reclamo electoral, los sucesivos problemas urbanos de ciudades crecidas de forma caótica, todo lo conocido, tiñó al roquismo de un color poco popular
Lejos de la mirada que se quiere imponer hoy discursivamente, aunque sólo discursivamente pareciera, el gobierno de esos años fue uno donde el gobierno dirigía al Estado, y este los destinos del país; donde la intervención y regulación del Leviatán fueron moneda corriente y se utilizó todo su peso para alcanzar los objetivos deseados. Roca no fue, es, ni será un personaje que se quite del medio, y más allá de las efervescentes anécdotas de su carácter y bastonazos propiciados a algún anarquista, formó parte de una elite que se había tomado de manera personal llevar adelante un proyecto con condimentos de Alberdi, pero también de Sarmiento, con un poco de Rivadavia y mucho de Mitre. Proyecto de un país que comenzó siendo para “pocos” pero que, más acentuadamente en su segunda presidencia, llevó adelante reformas inclusivas, progresistas para la época, que independientemente de su alcance real tuvieron al Estado como punta de lanza. El Zorro fue el cartógrafo de un territorio explosivo y cambiante, hacedor de un manual de instrucciones para un territorio efervescente al que incluso sus más acérrimos opositores contemporáneos consultaron y tomaron como legado.



