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19 de julio de 2026

19 de julio de 2026

14 de marzo de 2026

APUNTES SOBRE EL FIN DEL MUNDO

Pablo Luzuriaga

Mundo
Tiempo de lectura: 11 minutos

“Diario de un CEO” es el nombre del podcast de Steven Bartlett, el empresario británico nacido en Botsuana, conductor de uno de los programas con mayor audiencia del Reino Unido. Con apenas 34 años el joven y exitoso emprendedor fundó distintas compañías tecnológicas, y luego se transformó en un comunicador influyente del ámbito sajón, en Europa y los Estados Unidos. En su programa entrevistó a CEO´S de diversas compañías y personas destacadas, no sólo del mundo de los negocios, sino de diversos temas que resultan de interés para la vida de los actuales directivos de empresas en el capitalismo contemporáneo. Conversa con especialistas en dietas, cultores del rendimiento no sólo del dinero sino físico y mental, científicos e investigadores en temas de salud, alimentación, ansiedad o sexo. La estética del programa combina un diseño minimalista, típicamente inglés como si estuviera basado en el diseño industrial del Tate Modern Art de Londres.

En algunas tomas se observa una bella alfombra en el piso sobre la cual se encuentra la mesa que separa al entrevistador de su eventual invitado; por detrás de Barlett, una biblioteca. Todo en un ambiente bien iluminado y cálido, como si fuese el living de su casa. Incluso, en momentos, aunque viste siempre la misma remera negra y pantalones negros en un estilo “elegante sport”, se nota que no tiene zapatos, cruza las piernas sobre el asiento, en medias también negras. Sonríe, piensa, responde rápido, parece efectivo y al mismo tiempo sensible.

No obstante, en el canal de Youtube, Bartlett promociona sus videos con una estética bien distinta, como si fuese diseñada por una IA que sabe buscar grandes audiencias: los títulos que usa para los recortes son grandilocuentes, amarillistas, y en las tomas que extraen para promocionar los videos figura el entrevistador con los ojos muy abiertos o con el ceño fruncido. El “Diario de un CEO” es un extraño producto en el mundo contemporáneo del streaming británico, entre sofisticado y con pretensiones de un alto vuelo intelectual, y al mismo tiempo chabacano en la edición y la búsqueda de público. Hay una constante en los últimos meses, desfilan por su mesa figuras principales en el debate sobre la Inteligencia Artificial, en esos diálogos se repone un lugar común de la discusión que parecieran mantener a ambos lados del Atlántico Norte, entre Silicon Valley y la meca de las startups londinenses. Hablan de “Elon”, como si fuera un superhombre. Refieren al apocalipsis, a la probable extinción nuclear, a la “teoría de la simulación” –que nos imagina a todos viviendo en un mundo diseñado por una “superinteligencia” (a Borges le habría perecido curiosa una teoría que no hace más que replicarlo a él y a la ciencia ficción más masiva y popular)–; hablan entre una hora y dos horas y media, sobre los peligros y dramas del mundo actual: la baja alarmante en la tasa de natalidad, el fin del orden global posterior a la Segunda Guerra Mundial, el inminente inicio de la Tercera Guerra Mundial, el destino muy próximo de una masiva y acelerada nueva condición humana ante la desocupación masiva del 99% de la población económicamente activa, a causa del uso creciente y el desarrollo exponencial de la IA. Sobre todo, el tono que marca estas conversaciones es de preocupación y alarma, aunque, al mismo tiempo, hablan impulsados por una cierta excitación acerca del peor de los mundos, como si supieran que cuanto mejor y más efectivo sea ese tono profético de catástrofe, más se va a viralizar el contenido y más alto será el subidón de dopamina cuando vean volar sus métricas en el teléfono.

Para imaginar futuros distintos al que pareciera que vamos, se necesita escribir ensayos, cuentos, novelas, historias, relatos

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Bartlett dice haber tenido una juventud difícil hasta los 18 años. Luego, muy pronto al volverse millonario con sus primeras compañías tecnológicas, el éxito en los negocios, la belleza y carisma personal, el tono sensible de buen tipo, y cierto afán intelectual que caracteriza sus preguntas en las entrevistas, lo transformaron en una de las figuras más influyentes del momento. En Argentina tenemos los casos de Pedro Rosemblat o Tomás Rebord, sin embargo, son peronistas y sus transmisiones nacieron como emprendimientos ligados a la militancia política, nada más lejos de Steven Bartlett; con todo, detrás de numerosos proyectos de influencers en nuestro país y del mundo ligados al éxito y la fama de jóvenes emprendedores que saben leer el mundo contemporáneo, muchos de ellos parecen espejos esmerilados de la fórmula simple que encontró el CEO inglés. Entrevistas directas sin límite de tiempo realizadas por un joven con el que resulta sencillo identificarse, que tiran por la borda la historia completa de las mediaciones periodísticas; el que entrevista quiere aprender de sus entrevistados para alimentar su condición de CEO, sus preguntas buscan información, y al mismo tiempo consejos para la vida, en todos los casos hay un tufo denso a libro de autoayuda. Nos enteramos acerca de su vida personal. Bartlett quiere ser padre en los próximos años y siempre que puede introduce un comentario al respecto entre los temas que trata. Dos horas y media con un científico, otras dos horas con un especialista en seguridad informática, el “Diario del CEO” es un programa exigente, a la altura de lo que Bartlett supone que deben estar los CEOS que quieran identificarse con sus preocupaciones. Y una de sus mayores preocupaciones, en los últimos programas, es el avance acelerado de la Inteligencia Artificial no sólo en su proyección a corto plazo en su impacto en el mundo del trabajo, sino en la vida cotidiana del presente. Hay por lo menos tres entrevistas que recomendamos para los lectores de Panamá: la hora y media con el especialista en seguridad informática de las IA, Roman Yampolskiy, la dos horas y veinte con Tristan Harris –el “ético tecnológico” que previó los peligros de las redes sociales, protagonista en la película Social Dilema– y la hora y media con los científicos del cerebro Daniel Amen y Terry Sejnowski, especialista en escanear cerebros, el primero, pionero en la neurociencia computacional, el segundo. En todos los casos prenden alarmas sobre el impacto en el corto plazo que va a tener la Inteligencia Artificial en la vida de todos nosotros. Yampolskiy afirma que no es posible una Inteligencia Artificial General (IAG) segura y controlable, menos aún el siguiente paso que podría acceder el desarrollo que es el de la llamada Superinteligencia Artificial (SIA). Harris dice que es urgente establecer mecanismos de control sobre las compañías que las desarrollan. Y los científicos del cerebro alertan sobre el impacto que ya estaría teniendo el uso de la IA en nuestras capacidades cognitivas.

Lo interesante del caso es que, si bien sospechamos que la IA en la que se apoya Bartlett para planificar su programación, sus preguntas y el impacto en su audiencia, le propone que se oriente hacia un discurso marcado por el tono de la catástrofe; no se trata del “Diario de un hacker” que al margen del mercado busca destruir los cimientos del capitalismo y promueve teorías conspiranoicas, sino del CEO de una serie de startups exitosas entrevistando a especialistas marcados por la lógica de la “revisión por pares” del sistema científico. Delegar en la IA la experiencia de escritura, en el presente y para todo aquel que lo hace, supone un alto riesgo de terminar con demencia senil, porque el cerebro cuando no lo usás, se apaga; lo mismo que le pasa a cualquier músculo. Este mal, el de cerebros que se están apagando de a millones en este instante, mientras le proponen a la IA que escriba por ellos, no es un mal del futuro en el corto o mediano plazo, sino un mal en el presente. Ese mal, en los niños durante el proceso de aprendizaje sucede en el presente y es una catástrofe en el futuro a corto, mediano y largo plazo. Ya sabemos que hay un problema en delegarle a los sistemas de geolocalización el diseño de nuestras trayectorias al volante; si no lo escuchamos todos, fuimos muchos los que supimos que el argentino que vive en Francia, Miguel Benasayag hizo un estudio donde compararon los cerebros de taxistas que usaban google maps y taxistas que usaban su memoria y encontraron que quienes delegaban la tarea a la máquina estaban atrofiados. Imaginemos por un momento esa misma lógica en la tarea de leer y escribir. Ya existe el estudio del MIT que lo comprueba, dividieron tres grupos, unos escribieron sus ensayos usando google, otros lo “hicieron” pidiendo a la IA que lo resuelva por ellos, y el tercer grupo lo hizo a la manera que acostumbramos los humanos al menos desde Montaigne hasta fines del siglo XX. El resultado es catastrófico. Delegar en la IA la escritura nos vuelve cada día más idiotas. A cada momento que dejamos de experimentar la elaboración mental de producir un escrito, esa capacidad se atrofia.

Como dice Donna Haraway, si la ciencia ficción habilitó estas búsquedas tecnológicas, también la imaginación podría habilitar otras búsquedas que vayan a contramano

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Hace pocos meses, jugando al fútbol me esguincé el tobillo. Durante tres semanas debí usar una bota ortopédica. Luego, después de varias semanas con kinesiología logré que el tobillo volviera a tener movilidad. Todo el planeta alfabetizado cuando le pide a la IA que “escriba”, se está colocando un casco ortopédico en el cerebro. La alfabetización de los pueblos fue el mayor avance de la humanidad, desde el punto de vista del progreso durante la modernidad. En el mundo contemporáneo, en muy poco tiempo este avance podría estar retrocediendo de un modo exponencial. Por primera vez en los últimos siglos, una nueva generación –la de los “nativos digitales”– es menos inteligente que la generación anterior. A todo esto, lo que marca el desarrollo de la IA es la carrera a ver quién llega primero a la IAG y a la SIA, si las empresas estadounidenses o el Partido Comunista Chino; y en esa carrera, el gobierno de los Estados Unidos junto a los “tecnofeudales” de Silicon Valley están realizando la mayor inversión de dinero en una única tecnología de la historia humana. A la última noticia el pasado 7 de marzo de la renuncia de Caitlin Kalonowski, nada menos que la directora de robótica de OpenAI, luego del acuerdo de esa empresa con el Pentágono, se le suman: el caso resonante de Mrinank Sharma, el joven especialista en IA que abandonó su puesto en el departamento de seguridad de la empresa Anthropic –la que provee el sistema “Claude”– porque se asustó, dejando una carta en la que dice: “El mundo está en peligro”, sumado al testimonio de Matt Shumer en el que describe lo que hace la última versión de la IA, que salió en febrero de 2026, puede hacer tanto mejor que las versiones anteriores, ambos testimonios coinciden con las advertencias de Tristan Harris y Roman Yampolskiy: habría que organizarse pronto para reclamar una suerte de tratado de no proliferación de la IA porque supone un riesgo muy probable a la existencia, tal como supuso en su momento la tecnología de las armas nucleares.

Lejos de alarmarse, gran parte de la población se encuentra entusiasmada y algo absorta ante lo que la IA le ofrece ante el pedido de cada “prompt”. Lejos de alarmarse, le piden que escriba por ellos. ¿Un cerebro atrofiado es capaz de alarmarse? Ya todo fue imaginado por la literatura y por la ciencia ficción. Lo que están diciendo varios de estos tipos involucrados en la producción de estas tecnologías es que Skynet –la IA que en la saga Terminator despliega en segundos un apocalipsis nuclear– está a la vuelta de la esquina; que la IA de Matrix, si la tecnología sigue proliferando y autoprogramándose de forma exponencial, es posible como peligro existencial no dentro de una década, sino en poco tiempo. Frente a este peligro, lo que tenemos es una crisis global que se parece mucho al comienzo de una Tercera Guerra Mundial. Sobre la que también hablan bastante en los “Diarios de un CEO”. La proliferación de la IA supone riesgos de todo tipo, en su uso cotidiano y en sus usos posibles para la guerra. Un ejemplo elocuente que da Roman Yampolskiy es una suerte de fábula posmoderna apocalíptica. Dice que si querés matar a tu perro, él puede imaginarse que te vas a agachar y los vas a morder en el cuello hasta despellejarlo y desangrarlo; y, sin embargo, desde la perspectiva humana tenemos un repertorio gigantesco de opciones para matar a un perro. Lo mismo puede pensarse en la escala que va de la inteligencia humana a una “superinteligencia”. Podemos pensar que alguien puede pedirle a la IA que elabore un virus mortal capaz de matar únicamente a los que tienen cierto rasgo en su adn, o que una IA podrá elaborar cualquier otro tipo de bioarma. Pero no podemos pensar otros modos en que podríamos extinguirnos imaginados por una inteligencia cuyo alcance no dominamos. Por supuesto que son dilemas que están en Matrix y que dominan esa suerte de neo-religión en la que algunos de estos CEOS creen, la llamada teoría de la simulación que supone que ya vivimos en un mundo diseñado por una “superinteligencia” y que Dios sería una derivación de la creación técnica humana, una suerte de Dios inmanente creado por la cultura. Sin embargo, aunque son dilemas que ya leímos en la literatura (“El mundo será Tlön”), y que en rigor podríamos considerar al momento de argumentar a favor de ponerle un freno, la situación misma a la que nos llevó el algoritmo en su estadio de las redes sociales, un mundo donde siguen proliferando las nuevas derechas, y las ultraderechas, tanto como las guerras y la polarización, no está claro cómo haremos para no estar divididos ante el peligro. Es posible que la IA haya entendido bien a Julio César, a quien se le atribuye la célebre frase: “divide y reinarás”.

Si en cinco años dicen que será posible comprar robots y transportes autónomos de forma masiva, capaces de hacer la mayoría de las tareas físicas de los humanos, desde la limpieza al transporte público, pasando por el control y la seguridad, hasta los servicios, la atención (choferes, policías, mozos, personal doméstico, cocineros, atención al público, cajeros, repositores, ¡ubers y rappis!, –algunos hasta sueñan con el delirio de reemplazar a los docentes–); si esos robots van a estar equipados con Inteligencia Artificial y podremos delegarles, incluso, que piensen por nosotros las exigencias más elementales de la vida, entonces, en un mundo de androides replicantes habremos resuelto el problema elemental del conflicto social: no habría más necesidades. ¿Qué habría pensado Eva Perón de un mundo así? El optimismo tecnológico de los que hoy se fascinan ante el resultado de sus prompts es de un panglossianismo atroz: ¿por qué razón quienes tienen privilegios perderían su condición de ser quienes los tienen frente a quienes no los tienen? ¿Acaso que sean las ultraderechas las que impulsan la carrera para llegar a la Inteligencia Artificial General no nos dice nada acerca del sesgo que esa tecnología va a tener? Lo único que puede frenar este destino catastrófico son los acuerdos comunes, el bien común, las estructuras de decisión y gestión pública, la tecnología de los Estados nacionales. El uso del cerebro y la práctica de la lectura y la escritura. Atrofiar el cerebro de forma masiva y planificada parece un buen primer paso para una nueva organización del capitalismo global, o sea lo que fuera que despunta en el horizonte de los próximos años, si es que el modo de acumulación y la estructura de las economías cambia, en un mundo de algoritmos, robots, transportes autónomos, Inteligencia Artificial General o “Superinteligencia”.

Dos horas y media con un científico, otras dos horas con un especialista en seguridad informática, el “Diario del CEO” es un programa exigente, a la altura de lo que Bartlett supone que deben estar los CEOS que quieran identificarse con sus preocupaciones

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Una entre muchas medidas para estirar la mano y pegar un volantazo en dirección contraria a donde nos dirigimos podría ser la de incrementar las horas de “prácticas” del lenguaje en las escuelas. Incrementar las horas de Lengua y Literatura. Sin dispositivos, con papel y lápiz. Leer y escribir. Ejercitar el cerebro. En definitiva, nunca sabremos si la Inteligencia Artificial nació como resultado de una serie de avances científicos autónomos, que fueron anticipados por la literatura, o si esa serie de avances científicos fueron el resultado de humanos cuyos cerebros fueron a su vez incentivados con formas de la imaginación técnica provistas por la ciencia ficción; en la trama de las culturas humanas modernas donde hasta hace muy poco tiempo la literatura tuvo un lugar preponderante. Como dice Donna Haraway, si la ciencia ficción habilitó estas búsquedas tecnológicas, también la imaginación podría habilitar otras búsquedas que vayan a contramano. Pero para eso es imposible con cerebros atrofiados por las redes sociales y por la delegación técnica de la experiencia de la escritura y el pensamiento. Para imaginar futuros distintos al que pareciera que vamos, se necesita escribir ensayos, cuentos, novelas, historias, relatos. Si se lo pedís al chatgpt te vas a olvidar al instante y, entonces, no lo vas a poder trasladar de la imaginación a la práctica. ¿Hacía falta un estudio del MIT para saber que si no experimentás la tarea de escribir, entonces, no estás escribiendo? ¿Va a hacer falta un estudio del MIT para saber que si no experimentás la tarea de alimentar la amistad, entonces, no estás teniendo amigos, o que si el algoritmo te encuentra novia entonces no estás experimentando el desafío de ir a buscar lo inesperado y contingente? Ni siquiera hace falta leer a Philip Dick o a Stanislaw Lem, con ver Her o Wall-E, alcanza y sobra para alarmarse.

También, los argentinos podemos ver en HBO Mountainhead, la última película cómica donde se ríen de todo esto y nos toman como ejemplo del país donde los CEOS “tecnofeudales” experimentan a sus anchas con nosotros como conejitos de indias. No está claro que ver la película sentados en el sillón de casa –siempre y cuando nos alcance el salario para pagar la suscripción de HBO– sea suficiente para alarmarnos, probablemente sirva como placebo crítico y, más seguro todavía, como consuelo.

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