21 de Septiembre de 2021 •

0:00

Buenos Aires, AR
13°
cielo claro
58% humidity
wind: 5m/s S
H 13 • L 10
15°
Tue
14°
Wed
16°
Thu
17°
Fri
17°
Sat
Weather from OpenWeatherMap
TW IG FB

07 de septiembre 2021

Francisco de Santibañes

AL CAMBIAR ESTADOS UNIDOS, LOS ATENTADOS CAMBIARON EL MUNDO

Tiempo de lectura: 10 minutos

El 11 de septiembre del 2001 es una de esas fechas que todos recordamos. Sabemos lo que estábamos haciendo en el momento en que nos enteramos de un acontecimiento horrendo: dos aviones se habían estrellado en las Torres Gemelas de Nueva York y otro en el Pentágono. Muchos pensamos que sería un evento bisagra, pero pocos imaginamos de qué manera iba a terminar afectando a la potencia hegemónica y, al hacerlo, a todo el mundo.

De la Guerra Fría a la confusión estratégica

Retrotraigámonos por un momento en el tiempo. ¿En qué situación se encontraba Estados Unidos a mediados del 2001? Para comenzar, ya habían pasado diez años desde el fin de la Guerra Fría. Siguiendo la propuesta del diplomático e historiador George Kennan, luego de finalizada la II Guerra Mundial la dirigencia estadounidense tuvo la paciencia necesaria para esperar la caída de la Unión Soviética. Implementó una gran estratégica que básicamente consistió en evitar su expansión soviética a lo largo del mundo. Por cierto, los distintos presidentes cambiarían tácticas y retórica, pero lineamiento central sería el mismo.

Con el fin de la Unión Soviética, Washington se transformó en una potencia hegemónica. Dominaba la economía, la política y la cultura mundial. Lideró entonces la creación de un orden liberal basado en la globalización, la defensa de la democracia liberal y la promoción de una red de instituciones internacionales para resolver los problemas globales. Nunca Estados Unidos había tenido tanto poder.

Pero también es cierto que para el 2001 ya había señales de cierta confusión estratégica. Las preguntas que una generación anterior de lideres respondió fácilmente, ya no tenían una respuesta clara. ¿Tenemos un rival? ¿Si es así, quién es? ¿La llegada del orden liberal terminará con los conflictos militares a gran escala? ¿Es necesaria nuestra intervención en otras naciones para promover la democracia liberal?

Al realismo y a la cautela de George Bush le siguieron el idealismo de Bill Clinton. El demócrata incrementó la presencia de Estados unidos en Medio Oriente y promovió la expansión de la OTAN en el este de Europa -en lo que se suponía era la zona de influencia de Rusia. Promovería asimismo la entrada de China a la OMC, asumiendo, como tantos otros liberales, que con el paso del tiempo este país aceptaría el orden impulsado por Estados Unidos y adoptaría una forma de gobierno más democrática. A esto se le sumo una narrativa que llamaba a promover la democracia liberal mediante, de ser necesario, el uso de las fuerzas armadas y el nation-building.

George W. Bush llegó al poder en el 2001 con un discurso diferente, más cercano al de su padre que al de Clinton. Durante la campaña criticó muchas de las políticas implementadas por los demócratas, incluyendo un excesivo intervencionismo militar y la noción de que Estados Unidos debía jugar un rol activo en la política doméstica de otras naciones. Por otro lado, su mirada comenzaba a focalizarse en China, la cual era percibida por muchos miembros de su gabinete como la mayor amenaza estratégica que enfrentaba el país. Recordemos en este sentido el incidente provocado por la presencia de un avión militar estadounidense en el espacio aéreo chino, primer conflicto diplomático de envergadura que enfrentó su gobierno.

Pero el 11 de septiembre del 2001 la política exterior de Estados Unidos volvería a virar.

Con el fin de la Unión Soviética, Washington se transformó en una potencia hegemónica. Dominaba la economía, la política y la cultura mundial. Nunca Estados Unidos había tenido tanto poder.

Compartir:

El ataque

Ese día 19 operativos de la Al-Qaeda, una organización terrorista que entre otros objetivos buscaba la salida de Estados Unidos de los países musulmanes, tomaron el control de 4 vuelos comerciales. Su misión consistía en estrellarlos en las Torres Gemelas, el Pentágono y, aparentemente, en el Congreso. Este ultimo atentado finalmente no ocurrió dado que los pasajeros habrían intentado tomar el control del avión, provocando así su caída en un descampado. Pero los primeros tres objetivos si fueron alcanzados.

Ese día me encontraba reunido enfrente del Capitolio, por lo cual recuerdo el impacto psicológico que tuvo en la población. Fue una humillación a la sociedad. Un ataque al corazón de su poder financiero, militar y político de los Estados Unidos y un descubrimiento de su propia vulnerabilidad.

El costo humano fue enorme. Los atentados causaron la muerte de aproximadamente 3.000 personas e hirieron a otras 25.000. El costo económico, debido a la suspensión de vuelos y al daño en infraestructura, que superó los 10 billones, también fue significativo. Representó el mayor atentado terrorista de la historia.

Políticamente, los atentados cambiarían la relación de fuerzas en Washington. Dentro del Partido Republicano pasaron a ganar influencia los neoconservadores, un grupo de intelectuales que ejercía influencia en el debate público y sobre algunos funcionarios. Entre estos se encontraban el vicepresidente, Dick Cheney, y el secretario de Defensa, Donald Rumsfeld.  Sostenían que, para incrementar la seguridad de Estados Unidos, Bush debía promover la democracia liberal alrededor del mundo de forma unilateral y, de ser necesario, mediante el uso de la fuerza.  Sostenían que los gobiernos autoritarios representaban una amenaza constante para los intereses del país y que, por lo tanto, debían ser derrocados o mantenido en raya. Detrás de sus posiciones sobrevolaba el recuerdo de Adolf Hitler y aquellas políticas que buscaron acordar con los nazis en vez de enfrentarlos.

En el Partido Demócrata, ganaron peso aquellos liberales que, al igual que los neoconservadores, buscaban promover la expansión de la democracia liberal. Basándose en el pensamiento de Immanuel Kant y su llamado a una paz democrática, como también en evidencia que mostraba la falta de conflictos militares entre democracias liberales, vieron una oportunidad para promover el liberalismo. Al fin y al cabo, ahora tenían el poder para hacerlo. Madeleine Albright, secretaria de Estado de Clinton, lo sintetizó de esta forma: “¿para qué nos sirve tener fuerzas armadas tan poderosas si no podemos usarlas?” Pero a diferencia de los neoconservadores, consideraban que esta política debía realizarse mediante el multilateralismo, evitando, en la medida de lo posible, acciones unilaterales.

Se conformaría entonces una coalición entre neoconservadores y liberales expansionistas. Como contrapartida, los realistas asociados al padre de Bush perderían influencia, limitándose a criticar, desde el mundo intelectual, esta nueva etapa de la política exterior estadounidense.

Los atentados cambiarían la relación de fuerzas en Washington. Los neoconservadores sostenían que, para incrementar la seguridad de Estados Unidos, Bush debía promover la democracia liberal en el mundo de forma unilateral y, de ser necesario, mediante el uso de la fuerza

Compartir:

La retaliación

Al fuerte apoyo doméstico que obtuvo George W. Bush luego del atentado, le siguió una ola de simpatía alrededor del mundo. El gobierno de Estados Unidos contaba entonces con un enorme apoyo interno y externo para planear y ejecutar su respuesta.

Y esta consistió, inicialmente, en intervenir militarmente en Afganistán para deponer a un gobierno que le había dado refugio y apoyo logístico a Al-Qaeda y en particular a su líder: Osama Bin Laden. Lejos de actuar de manera unilateral, Washington contó con el apoyo de gran parte de la comunidad internacional. Al invocar el artículo 5 de su carta, los miembros de la OTAN se sumaron a la campaña militar. Por otra parte, la Argentina y los otros países del hemisferio occidental brindaron un fuerte apoyo político mediante la invocación del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR).

Mediante una combinación de poder aéreo, uso de fuerzas especiales y la ayuda de aliados, en poco tiempo Estados Unidos cumplió con sus objetivos. Si bien numerosos operativos de Al-Qaeda lograron huir a las montañas de Pakistán, se logró cambiar el gobierno de Afganistán y se le causo un serio daño a la organización terrorista. Luego sin embargo se cometerían dos de los principales errores en la historia de la política exterior de Estados Unidos: la invasión de Irak y quedarse de forma indefinida en Afganistán.

En efecto, Irak esta directamente relacionado con el 11/9. En los días siguientes al atentado, Rumsfeld había incluso propuesto atacar a Irak en vez de Afganistán. Esta opción era vista como la mejor alternativa para cambiar a los gobiernos en el Medio Oriente y, al hacerlo, modificar su accionar, incrementando así el poder estadounidense. Esta era la prioridad de los neoconservadores.

Como ya sabemos, esto eventualmente sucedió. En el 2003, citando primero la presencia de armas químicas que nunca serían encontradas y luego la necesidad de promover la democracia liberal, Estados Unidos lideró, con el apoyo de Gran Bretaña, la invasión de Irak.  Este conflicto causó la muerte de 4.400 militares estadounidenses, hirió a otros 32.000 y tuvo un coto de aproximadamente 2 mil millones de dólares. Lejos de traer estabilidad a la región, la operación militar generó mayor inestabilidad. Con el debilitamiento de Irak, Irán quedó liberado de un contrapeso natural. Logró así ganar mayor protagonismo e incrementar su influencia dentro de Irak gracias a su relación con la mayoría chiita.

Por otro lado, la reciente retirada de Estados Unidos de Afganistán nos permite evaluar los resultados de esta intervención. Luego de 20 años y 2 billones de dólares, la guerra más larga de la historia de Estados Unidos culminó con el Talibán volviendo al poder. Ahora incluso con un mayor control territorial y con los instrumentos militares que la potencia occidental dejó detrás.

¿Que explica estas derrotas? Numerosos factores, pero dos de los más importantes fueron una excesiva confianza en la superioridad militar de Estados Unidos y en la capacidad de este país para moldear las instituciones de otras naciones.

Los rivales de Washington se supieron adaptar a la superioridad convencional que Estados Unidos había demostrado en la Guerra del Golfo. Este fue el caso de terroristas como Al-Qaeda, pero también de China y Rusia con el desarrollo de doctrinas de guerra híbrida. Por otra parte, la transformación de Alemania y Japón en democracias liberales había sido posible en parte porque estas naciones ya contaban con estados modernos.  Lograr lo mismo en un país como Afganistán, en donde las lealtades tribales son fuertes, era poco probable. También se subestimó la prevalencia del nacionalismo, que en muchas ocasiones demostró ser una “ideología” más poderosa que el sueño liberal.

Varios de estos errores se repetirían en otras operaciones de la “guerra contra el terrorismo”, como fue el caso de Siria y Libia.

Por otro lado, la reciente retirada de Estados Unidos de Afganistán nos permite evaluar los resultados de esta intervención. Luego de 20 años y 2 billones de dólares, la guerra más larga de la historia de Estados Unidos culminó con el Talibán volviendo al poder.

Compartir:

Efectos

A nivel doméstico, los atentados permitieron un mayor control estatal debido a la aprobación del Patriotic Act y la creación del Departamento de Seguridad Nacional. Difícilmente esto hubiese sido posible en otras circunstancias. En términos económicos, el costo de las operaciones militares en Afganistán e Irak incrementaron la deuda pública y desviaron recursos que podrían haberse utilizado para suplir demandas educativas y de infraestructura en los Estados Unidos.

Diplomática y militarmente, luego de la derrota en Irak emergió una nueva restricción: una menor voluntad de las poblaciones de Estados Unidos y Gran Bretaña para participar tanto de operaciones militares como de esfuerzos para reconstruir otras naciones. Asociado con esto, aumentó -debido también a la crisis financiera del 2008- el escepticismo de la sociedad estadounidense con sus elites. Esto facilitaría tanto la llegada al poder de Donald Trump y la transformación del Partido Republicano – de un partido conservador tradicional a una conservador popular- como la aparición de una izquierda más radical dentro del Partido Demócrata.

Pero quizás la principal consecuencia del 11 de septiembre tenga que ver con el posicionamiento internacional de Estados Unidos. Hoy existe un amplio consenso respecto a los altos costos que las operaciones militares que le siguieron tuvieron en términos de prestigio y poder.

Como es entendible, también se produjeron cambios en el debate público. Los neoconservadores perdieron relevancia y los realistas la recuperaron. La mayor parte de los miembros de esta escuela de pensamiento criticaron desde un inicio el sobre expansionismo y, en particular, la manera en que la “guerra contra el terror” fue encarada. Según su visión Washington se habría distraido de lo que para entonces ya era, en su opinión, el principal desafío estratégico que enfrentaba: el surgimiento de China como competidor mundial.

John Mearsheimer, Stephen Walt y otros realistas proponen una estrategia de “balanceo a la distancia”, mediante la cual Estados Unidos debería evitar el surgimiento de una potencia hegemónica a nivel regional que, luego de alcanzar esta condición, pudiese  enfrentarlo globalmente. Para lograr esto, Washington tiene que estar dispuesto a intervenir militarmente pero únicamente en aquellos casos en que sus aliados no puedan hacerle frente a la amenaza por sí mismos. Debido a su creciente poder, los realistas identifican a China como aquel Estado que tiene la capacidad para poner fin a un orden internacional que ha favorecido los intereses y la seguridad de la potencia occidental.  

Con el paso del tiempo esta lógica comenzó a ganar influencia en la política. El mismo Trump adoptaría una estrategia similar, aunque sumándole una buena dosis de nacionalismo. Esto lo llevó a identificar a China como principal adversario, a presionar a sus aliados para que incrementen su gasto militar y a oponerse a las intervenciones estadounidenses que implicaran despliegue de tropas.   Como veremos más adelante, el gobierno de Joseph Biden muestra más continuidades que rupturas con la administración del republicano, marcando así el inicio de una nueva etapa.

Por último, los liberales expansionistas se encuentran a la defensiva. Una señal de esto es cómo Occidente parece haber dejado de promover la presencia de un gobierno democrático en Afganistán, limitándose a reclamar por los derechos básicos de mujeres y niñas.  Tras este breve impulso idealista, ha vuelto a predominar el nacionalismo y el realismo.

Los liberales expansionistas se encuentran a la defensiva. Una señal de esto es cómo Occidente parece haber dejado de promover la democracia en Afganistán. Tras este breve impulso idealista, ha vuelto a predominar el nacionalismo y el realismo.

Compartir:

Presente y futuro

Al cambiar a Estados Unidos, los atentados del 11 de septiembre cambiaron el mundo. Para comenzar, porque un foco excesivo en Afganistán y Medio Oriente (podríamos también sumar a Rusia) facilitó el crecimiento de China, poniendo así un fin a la hegemonía estadounidense. En términos de ideas, ya tampoco parece prevalecer el liberalismo que impulsó la potencia hegemónica. La noción, popularizada por Francis Fukuyama, de que todas las sociedades aspiraban o eventualmente aspirarían a adoptar la democracia liberal como forma de gobierno. Con líderes como Narendra Modi, Jair Bolsonaro, Vladimir Putin y Racep Erdogan a la cabeza, hoy el orden liberal es incluso cuestionado, como lo demuestra el caso de Trump, dentro de Estados Unidos.

Pero no debemos perder de vista otra novedad. Luego de una larga etapa de confusión estratégica, Estados Unidos parece volver a tener una gran estrategia. Existe un nuevo consenso entre republicanos, demócratas, el sector privado y la población estadounidense respecto a la necesidad de priorizar la contención del crecimiento de China. Para bien o para mal, esta estrategia puede volver a darle foco y continuidad a su política exterior.

Debemos por lo tanto evitar los determinismos históricos. La aparente pérdida de influencia de Estados Unidos y las convulsiones que este país sufre dentro de su territorio no son algo nuevo. Recordemos lo que sucedió en los 60 y 70, período en que un presidente fue asesinado, otro tuvo que demitir y la Guerra de Vietnam generó una profunda crisis de confianza. A pesar de estos retos, Estados Unidos logró recuperarse, venció en la Guerra Fría y se posicionó como la gran potencia.

Estados Unidos seguramente no volverá a tener el poder de antaño, pero es posible que, a pesar de los errores cometidos luego del 11 de septiembre, continúe siendo aquella nación sin la cual no podemos entender el mundo.

Dossier Los 20 del 11S | Dossiers

Bancate este proyecto¡Ayudanos con tu aporte!

SUSCRIBIRME