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02 de julio de 2026

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21 de junio de 2025

ADA DOLORES ALBRECHT, O LOS CAMINOS DEL ESPÍRITU

Claudio Iván Remeseira

@HispanicNewYork
In Memoriam
Tiempo de lectura: 19 minutos

(Homenaje a la fundadora de la Fundación Hastinapura y difusora de la filosofía Vedanta en la Argentina, que murió en Buenos Aires a los 92 años.)

La muerte de una persona de 92 años no debería sorprendernos, especialmente si esa muerte es producto de causas naturales o del desgaste previsible de la vejez. Si esa persona ha sido cercana o muy querida, la gratitud por su vida y por y el amor que compartimos debería poder mitigar el dolor de lo inevitable y aún sanarlo, con el tiempo, en la alegría luminosa del recuerdo. Pero hay muertes, aún a esa edad avanzada, que nos golpean con el punzón de una pérdida irremediable, la oportunidad clausurada de una última conversación, de un beso o una caricia no dados. Esto fue lo que sentí cuando me enteré de la muerte de Ada Albrecht, a los 92 años, el 21 de mayo pasado.

Ada vivió sus últimos años en Gallo entre Charcas y Güemes, a la vuelta de donde yo viví entre los 7 y 27 años, y donde mi madre vivió hasta poco antes de su muerte. Enfrente de lo de Ada existió durante varios años una librería de la Fundación Hastinapura, y por Güemes, entre Gallo y Agüero—en la otra cuadra de donde vivíamos nosotros—una sede de la Fundación, que todavía existe. Esa cercanía era la puesta en escena de una reconciliación simbólica entre mi propia madre y la que sus discípulos llamaban Madre: un día, pasados ya los setenta años, mamá me contó que “cuando estabas metido en Hastinapura, yo le tenía envidia a la Ada esa”. Dos mujeres de casi exactamente la misma edad (Hilda del 30, Ada del 32) compitiendo (en la imaginación de Hilda, y tal vez en la mía) por el amor incondicional de un hijo. Mi amor por Ada, en todo caso, no fue lo suficientemente grande como para retenerme en Hastinapura, que ella creó en 1981 después de romper con Nueva Acrópolis, la organización que había también creado a comienzos de los 60 con su entonces marido, Jorge Ángel Livraga (hasta donde pude averiguar, no sin ningún parentesco con Juan Carlos Livraga, “el fusilado que vive” de Operación Masacre). Desde que me fui de Hastinapura, hace más de cuarenta años, creo que solo volví a verla una vez, un breve y amable encuentro en una de las sedes de aquella, que encontré por casualidad deambulando por Buenos Aires después de visitar a mamá en una internación hospitalaria; el recuerdo es tan borroso que no estoy seguro de haberlo vivido o soñado. Hace un par de años, cuando me enteré que estaba viviendo en Gallo, decidí pasar a saludarla. Los jueves recibía visitas -como las damas de antaño- en la sede de Güemes. El destierro autoimpuesto de la emigración limitó mis posibilidades de visitarla; el año pasado estuve unos días en Buenos Aires, pero no pude encontrar el momento. Pensé: el año que viene voy a verla sin falta. La noticia de su muerte me encontró a 10.000 kilómetros de distancia.

Ada en la India, 1973.

Como toda experiencia genuina, mi relación con Ada puede haber sido muy idiosincrática, pero también fue parte de una vasta experiencia colectiva, compartida por varias generaciones a lo largo de más de seis décadas. Poeta, compositora, escritora y sobre todo educadora de almas, su nombre no figura en ninguna antología de la poesía argentina, sus hermosas canciones no fueron nunca hits masivos como los de María Elena Walsh, y su obra publicada es mayormente conocida por la minoría interesada en la espiritualidad hindú, una tradición milenaria perezosamente asimilada por los reseñadores de escritorio a la literatura de autoayuda o la New Age. Pero a través de su sorprendente productividad creativa, de sus clases, conferencias y libros y de las múltiples actividades desarrolladas a lo largo de los años por las dos instituciones fundadas por ella, Ada tocó la vida de miles de personas, no sólo en la Argentina sino también en los más de veinte países a los que Nueva Acrópolis primero y Hastinapura después expandieron sus filiales, ejemplo infrecuente de exportación cultural argentina. Desde el punto de vista de la “alta” cultura, su mayor contribución ha sido sin duda la difusión en el mundo de habla española de la Vedânta Advaita, la filosofía de los Vedas, un hecho reconocido por el propio gobierno de la India; pero su legado más entrañable es el impacto que tuvo sobre quienes fueron alcanzados por sus enseñanzas, yo entre ellos. Caso curioso de alguien que, a pesar de haber influido tanto sobre tanta gente durante tanto tiempo, sigue siendo, sin embargo, casi desconocida para los medios que -salvo esta y tal vez alguna otra excepción que no detecté- ignoraron su muerte, y la academia, que nunca la reconoció, Ada fue un producto notable de la Argentina aluvional del siglo pasado, esa cruza de etnias y culturas capaz de producir personalidades y obras de proyección global.

Cuando la conocí, yo tenía unos 20 años y ella rondaba los 50. Volvía a la Argentina después de haber pasado algunos años recorriendo otras sedes internacionales de lo que todavía era la Nueva Acrópolis original. Venía precedida por el halo de mistificación que rodeaba a los fundadores de “la Escuela”, como todos llamábamos a la organización; el océano de desilusiones, sarcasmo e ironía que me separan de mi yo veinteañero no ha logrado borrar el fulgor de esa imagen. Livraga era el orador consumado, con una vocación por la política apenas contenida en el molde de una filosofía espiritualista; Ada era en cambio la espiritualidad misma, encarnación de la antigua sabiduría de la India en versión inconfundiblemente argentina, una persona afable y accesible y al mismo tiempo un tanto remota, envuelta en esa irradiación serena que sólo pueden dar años de meditación, esa ancestral práctica de conocimiento interior nacida en las orillas del Ganges. Era de esas personas cuya sola presencia imponía una autoridad indiscutible, ejercida con rigor si era necesario, pero generalmente con dulzura. Su carisma se completaba con una belleza física que, en su juventud, como muestran las fotos, había sido deslumbrante, de estrella cinematográfica. Esa combinación privilegiada entre envase y contenido era de alguna manera desconcertante, y aumentaba aún más su atractivo.  

La experiencia fundamental de la Escuela era la meditación, practicada según la tradición hindú, con la recitación de mantras y la concentración en un punto fijo, normalmente el palillo de incienso encendido en una habitación a media luz -el salón de meditación, el lugar más sagrado de la Escuela-

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II

Ada Dolores Albrecht nació en Corrientes en 1932. Trasladada muy joven con su familia a la Capital Federal, conservó siempre un suave dejo provinciano en su acento, algo que contribuía a destacarla en el entorno porteño. Acorde con sus ancestros alemanes, recibió una buena educación musical, y en otras condiciones, o en otro país, podría haber hecho carrera como cantante lírica; hasta muy grande conservó su rica voz de soprano, y fue, como dije, una prolífica compositora de canciones. En los años 50 estudió filosofía en la Facultad de la calle Viamonte, pero la universidad no era el ambiente más propicio para sus inclinaciones místicas. No obstante, obtuvo un título de profesora de filosofía y pedagogía, que la habilitó formalmente para sus futuros emprendimientos educativos.  

El primer giro decisivo en su vida no provino de la filosofía académica ni de la música sino de la teosofía. Según la tradición oral de la Escuela (no hay ninguna biografía publicada sobre ella), siendo todavía adolescente, Ada ingresó a la Sociedad Teosófica (ST). Fundada en 1875 en Nueva York por la mística rusa Helena Petrovna Blavatsky y Henry Steel Olcott, un veterano de la Guerra Civil norteamericana interesado en el espiritismo, la parapsicología y las religiones orientales, la ST fue el más exitoso vehículo de difusión del sincretismo religioso entre Oriente y Occidente, epifenómeno de la globalización provocada por la revolución industrial y el colonialismo europeo. Junto con la antroposofía de Rudolf Steiner y el ocultismo de George Gurdžiev, Peter Demianovich Ouspensky y otros, la teosofía alimentó la pasión por el esoterismo que se extendió por las elites culturales europeas del fin de siècle (los vínculos teosóficos de las vanguardias artísticas de la época, de Kandinsky a Schoenberg, y de una larga lista de escritores, de Tolstoy a Frank Baum, son tema para un libro). También tuvo una gran difusión popular, especialmente en la Argentina, donde fue uno de los temas centrales de Las ciencias ocultas en la ciudad de Buenos Aires, de Roberto Arlt.

Según la leyenda interna, Ada y Jorge se conocieron en la ST y llegaron a ser los líderes de su rama juvenil. Para fines de la década del 50, sin embargo, la ST era una institución anquilosada. En una gira por Buenos Aires, uno de sus directores internacionales (posiblemente el indio Sri Ram), impresionado por la energía juvenil de la pareja, les encomendó crear una nueva organización, que conservara la enseñanza de la teosofía pero que se abriera a las nuevas generaciones. Ese fue el origen de Nueva Acrópolis.

El nombre era un programa. Nueva Acrópolis era una escuela de filosofía inspirada en los grandes principios de la civilización clásica occidental; la influencia teosófica se veía en la expansión de ese legado hacia el de las civilizaciones orientales y aún de la América precolombina. En la Escuela se daban cursos y conferencias de filosofía y ética de Oriente y Occidente, historia del arte, teatro, artes marciales (fue uno de los primeros lugares donde se podían tomar clases de Tai Chi Chuán en la Argentina) y hasta pintura china; también llegó a albergar un jardín de infantes y un profesorado incorporado de filosofía. En el Buenos Aires de los años 60, esta oferta cultural era un imán seguro para un amplio público. De la casa de Livraga en la calle Amenábar, en el límite entre Colegiales y Belgrano, Nueva Acrópolis pasó a alquilar un edificio de tres pisos en San Martín 274, enfrente del Banco Central. La fachada Beaux-Arts del edificio era tal vez la más apropiada imagen para los valores que representaba Nueva Acrópolis. Su credo—reiteración del de la ST—era un ecumenismo humanista sin distinción de creencias religiosas, raza o nacionalidad, que apuntaba a la fraternidad universal.

Estuve en Nueva Acrópolis, y después de la separación de Ada y Jorge Livraga, en Hastinapura, entre mis 16 y mis 22 años, es decir, entre 1976 y 1982. Me llevó un tiempo darme cuenta de lo que mirando ahora esas fechas puede ahora parecer obvio: la Escuela fue mi exilio interno

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El segundo giro decisivo en la vida de Ada fue la India. Estuvo allí dos veces -una larga estadía entre 1972 y 1973 y otra más breve en 1977- para estudiar Vedânta y sánscrito con monjes locales. Esta experiencia transformó profundamente su comprensión de la espiritualidad hindú y la lanzó a un camino que terminaría alejándola de los esquemas intelectuales de la teosofía, para finalmente llegar a la creación de la Fundación Hastinapura (Ciudad de la Sabiduría, en sánscrito). Pero para entender cabalmente ese derrotero es necesario retroceder unos pasos.   

III

La columna vertebral del plan de estudios de Nueva Acrópolis seguía siendo la teosofía: La Doctrina Secreta de Blavatsky en los primeros años, Isis sin velos en los más avanzados. Pero el núcleo devocional de la enseñanza eran textos religiosos del Oriente, empezando por el Bhagavad Gita, el libro sagrado de las religiones védicas, que leíamos en la versión española de la traducción del sánscrito de Annie Bessant, discípula de Blavatsky y su sucesora al frente de la ST. También se leían selecciones de textos buddhistas y clásicos del misticismo teosófico como Voz del Silencio, de Blavatsky, y Luz en el Sendero, de Mabel Collins. La experiencia fundamental de la Escuela era la meditación, practicada según la tradición hindú, con la recitación de mantras y la concentración en un punto fijo, normalmente el palillo de incienso encendido en una habitación a media luz -el salón de meditación, el lugar más sagrado de la Escuela-. La enseñanza de la filosofía occidental ponía énfasis en Platón y Plotino, es decir, en la tradición neoplatónica, la más espiritualista de las vertientes del pensamiento helenístico. La tónica general de los cursos troncales de Nueva Acrópolis era por lo tanto una mezcla de esoterismo teosófico y sincretismo religioso, una combinación inestable que a la larga se probaría insostenible.

La fascinación por lo esotérico se convierte rápidamente en una droga de la imaginación. La historia de los fundadores imitó las genealogías mitológicas tan caras al ocultismo: ADA y JAL (el uso de las iniciales era probablemente una importación norteamericana de la vieja ST) eran el matrimonio originario; sus primeros discípulos, Elisa Coppola, y Luis Ayala -“El Guardián de los Sellos”, una alusión a los ritos del Antiguo Egipto-, eran sus míticos hijos y sucesores designados; los miembros de la Escuela eran de alguna manera la progenie espiritual de estas parejas primordiales. La Escuela misma se autopercibía como una manifestación de la Gnosis: las actividades abiertas al público en general, como los cursos y conferencias, constituían su aspecto exotérico; las reservadas para los miembros -aquellos que pagaban una cuota mensual y trabajaban de manera voluntaria (en el lenguaje interno, el servicio inegoísta) en las distintas tareas que demandaban las operaciones diarias, desde la limpieza del edificio a la atención de la librería y la cafetería o la impresión de volantes y afiches- el esotérico. La conversión del alumno en miembro era un rito de pasaje celebrado los 8 de mayo, en homenaje a Siddharta Gautama, el Buddha, con una ceremonia que marcaba el comienzo del camino de realización espiritual. Allí también se iniciaba el cursus honorem institucional, que después de algunos cargos intermedios culminaba en el de dirigente, responsable de alguna de las Secretarías en la que se dividía el organigrama. Los profesores, por su parte, se formaban en un Colegio de Pedagogos que se reunía durante todo el domingo por dos años; el examen de ingreso era la memorización de un largo pasaje del Gita.

Esta dinámica interna tenía puntos de contacto con la de las sectas, y en distintos países, en distintos momentos, Nueva Acrópolis fue acusada de tal. Personalmente nunca supe de alguien que haya sido obligado a permanecer allí contra su voluntad, ni me enteré de ninguno de los abusos normalmente asociados con las sectas. Pero Nueva Acrópolis era indudablemente un movimiento de tipo religioso, una expresión argentina de esa religiosidad postsecular que en las últimas décadas ha ocupado en Occidente el terreno perdido por las religiones tradicionales. Si había en este sentido algún factor negativo era un cierto cultivo de la culpa: dejar la Escuela era “quebrarse”, increíblemente el mismo término que se usaba para describir la confesión de los militantes en la mesa de torturas. Esta sorprendente similitud habla de la promiscuidad semántica que penetra los distintos compartimentos de la sociedad, y que durante la última dictadura contagiaba aun inconscientemente los pliegues más íntimos de la vida colectiva. En esos tiempos siniestros, Nueva Acrópolis fue no obstante una isla; mi propia historia es testimonio de ello. 

El ocultismo teosófico, y el esoterismo en general, tiene una fuerte tendencia antidemocrática: el aristocratismo platónico de las almas virtuosas deriva rápidamente en un aristocratismo político, como demuestra la trayectoria histórica del propio Platón

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IV

Estuve en Nueva Acrópolis, y después de la separación de Ada y Jorge Livraga, en Hastinapura, entre mis 16 y mis 22 años, es decir, entre 1976 y 1982. Me llevó un tiempo darme cuenta de lo que mirando ahora esas fechas puede ahora parecer obvio: la Escuela fue mi exilio interno. Eso no quiere decir que haya sido un exilio consciente: uno de los efectos más insidiosos del terror de Estado es la introyección de ese terror en la conciencia de cada individuo y la retirada del espacio público hacia el espacio privado como estrategia de supervivencia. Nada más privado, en la escala de valores de la secularización contemporánea, que las creencias religiosas y pararreligiosas. Como un lugar en donde se enseñaban ese tipo de creencias, Nueva Acrópolis pasó seguramente el examen de los servicios de inteligencia de la dictadura como una organización políticamente inofensiva, o incluso hasta vista con buenos ojos, en la medida en que esa retirada hacia la interioridad contribuía a la desmovilización de la calle.

Mi retirada había comenzado un par de años antes. En 1973 había ingresado al Carlos Pellegrini y en octubre de ese año, en medio del auge de la Tendencia, fui elegido delegado de mi curso. Después de un breve flirteo con la UES, para 1975 ya estaba completamente desencantado de la política. Hijo único de padres separados, mi vida social se reducía al colegio, donde era más bien un solitario, y a la frecuentación poco entusiasta del club (CUBA cadete) en los veranos. La caída de Isabel cambió mucho esa rutina, salvo tal vez por el hecho de que inmediatamente después de enterarme del golpe quemé la colección de volantes de organizaciones políticas que conservaba desde mis días de delegado.

Unos meses más tarde tuve mi primer contacto con Acrópolis: un afiche en Marcelo T. de Alvear, enfrente de las paradas de colectivos que en letras de molde anunciaba: “CURSOS DE FILOSOFÍA: GRECIA – ROMA –  INDIA – CHINA – AMÉRICA PRECOLOMBINA” y debajo una dirección: San Martín 274. Ver ese afiche fue la mayor alegría que había tenido en mucho tiempo, la respuesta inesperada al ferviente deseo de estudiar filosofía, exactamente con esa perspectiva omniabarcativa. Pocos días después fui a esa dirección a escuchar una conferencia sobre el arte y la religión del Antiguo Egipto, probablemente de Hugo Levy o Juan Oscar Torres, dos especialistas en esos temas. Me impresionó que fueran conferencistas que no leían: caminaban por el escenario improvisando sus discursos frente al público con una articulación impecable, hilando las palabras como una obra musical, con introducción, desarrollo, clímax y desenlace, apoyándose de vez en cuando con alguna proyección de diapositivas. Quedé totalmente deslumbrado. Volví un par de veces a escuchar otras conferencias, hasta que alguien se me acercó para ofrecerme anotarme en los cursos; antes de un mes ya estaba cursando.

“Dejalo Hilda, si presionás es peor”. Mi viejo había entendido mejor que ella que la libertad tiene sus riesgos, pero que siempre es preferible asumirlos para ser auténticamente libres

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Mi familia no era particularmente religiosa: mis padres no iban regularmente a misa y más bien miraban a los curas y a los chupacirios con desconfianza. Pero en una Argentina que todavía podía definirse como un país de una cultura católica dominante, no estaban del todo sustraídos a la influencia de la Iglesia. Esa influencia se manifestaba sobre todo en lo que los teólogos llaman la piedad popular: la devoción sencilla por Jesús y la Virgen, las estampitas de algún santo insertadas en la esquina de un espejo, el recogimiento respetuoso en el tiempo de Navidad y Semana Santa. De los dos, mamá era la más marcada por este catolicismo popular, y me lo transmitió, no con declamaciones sino con gestos, como entrar a rezar a una iglesia, o con la cruz dorada o la medallita de la Virgen que llevaba siempre colgando de su cuello, y que para mí eran inseparables de su presencia. Aunque los primeros años de la primaria los hice en un colegio no religioso, a los siete años hice la catequesis y tomé la comunión en la Abadía de San Benito en Belgrano, una ceremonia y un lugar que impresionaron profundamente. De quinto a séptimo grado los hice en el San Agustín de Agüero y Las Heras, y alguna que otra vez fui monaguillo. Pero mi relación con la Iglesia institucional se cortó abruptamente a los 12 años, el mismo año que entré a la secundaria y que mis padres se separaron definitivamente. La causa fue el desentendimiento que tuve con el cura que me confesó. A esa edad, hay un solo motivo por el cual un varón podía querer confesarse. Molesto por la poco compasiva reacción del cura ante mi falta de control del deseo de auto-gratificación sexual, me levanté enojado del confesionario y no volví a entrar a una iglesia por casi cincuenta años. Más precisamente, hasta después de la muerte de mamá. 

La mayoría de los católicos que entraban en Nueva Acrópolis venían de experiencias similares de extrañamiento de la Iglesia y de sus enseñanzas oficiales, pero la mayoría conservaba también el sentido religioso inculcado por la cultura católica en la que habían crecido. Salvando las diferencias del caso, algo similar podía decirse de los acropolitanos judíos. Esa infusa religiosidad judeocristiana, desconectada de la identidad institucional de cada confesión, era el humus en el que hundía sus raíces la espiritualidad enseñada por la Escuela. (Desde el punto de vista sociológico, la mayoría de los miembros de la Escuela era de clase media, la clase media argentina de las décadas del 60 al 80, todavía mayoritariamente católica y en menor medida judía; no recuerdo haberme cruzado nunca allí con una persona musulmana o pentecostal.)  

Jorge Ángel Livraga con figuras egipcias.

Además de la revitalización del sentido religioso de la vida, Acrópolis ofrecía un sentido de pertenencia y de comunidad. Paradójicamente, esa institución en tantos sentidos cerrada sobre sí misma me dio por primera vez la oportunidad de romper el cascarón de sobreprotección materna en el que vivía y de reafirmar mi propia autonomía personal. La única vez que mis padres se juntaron después de su separación para hablar conmigo fue para tratar de convencerme de dejar la Escuela. Ellos veían claramente esas características sectarias que apunté más arriba, y naturalmente se preocupaban. Mi enérgica negativa a aceptar su pedido y mi convencimiento de estar en el camino correcto fue una declaración de independencia, la primera de otras por venir. Muchos años después, mamá me contó que papá le dijo entonces: “Dejalo Hilda, si presionás es peor”. Mi viejo había entendido mejor que ella que la libertad tiene sus riesgos, pero que siempre es preferible asumirlos para ser auténticamente libres.

Como un lugar en donde se enseñaban ese tipo de creencias, Nueva Acrópolis pasó seguramente el examen de los servicios de inteligencia de la dictadura como una organización políticamente inofensiva, o incluso hasta vista con buenos ojos, en la medida en que esa retirada hacia la interioridad contribuía a la desmovilización de la calle

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V

Finalmente, mi alejamiento de la Escuela no vendría provocado por presiones externas sino por las tensiones internas de la organización. Cuando Ada volvió a la Argentina, a fines de 1980 o comienzos de 1981, esas tensiones ya eran visibles. Livraga, a quien nunca conocí personalmente, se había radicado en España a comienzos de la década del 70, más o menos en la misma época en que Ada hizo sus viajes a la India. En España, su vocación política tuvo un giro que en su momento sorprendió a muchos de sus discípulos, pero que en retrospectiva era previsible. El ocultismo teosófico, y el esoterismo en general, tiene una fuerte tendencia antidemocrática: el aristocratismo platónico de las almas virtuosas deriva rápidamente en un aristocratismo político, como demuestra la trayectoria histórica del propio Platón. En el siglo XX, la traducción más cercana de ese aristocratismo filosófico-político era alguna variante del fascismo. Para Livraga, la variante más cercana del fascismo era el franquismo, al que se abrazó con fervor militante después de la muerte de Franco en 1975. En un tiempo en el que el acceso a la información internacional estaba básicamente limitada a los diarios, las noticias que llegaban a la Argentina sobre las actividades de Nueva Acrópolis en España eran fragmentarias y esporádicas; aun así, recuerdo haber leído un discurso de Livraga elogiando a Blas Piñar, el líder de una fracción extrema de la derecha española del postfranquisimo, que me descolocó por completo. Una cosa eran las invocaciones platónicas al gobierno de los mejores que Livraga formulaba en su libro El Ideal Político, una de las lecturas obligadas de la Escuela; otra cosa muy distinta era afirmar que los mejores eran personajes como Franco o Blas Piñar. Las disonancias entre ese mensaje político y el espiritualismo humanista de la Escuela -y de la propia experiencia política argentina- eran inocultables.

Ada veía esto y estaba decidida a cortar por lo sano. De un día para otro, en una muestra notable de destreza política, dio una suerte de golpe de Estado interno y sacó de circulación todos los símbolos, denominaciones y material bibliográfico sobre el que se asentaban las enseñanzas de Jorge Livraga. Separados de hecho desde hacía tiempo, el divorcio se hizo ahora institucional: Nueva Acrópolis se convirtió en Hastinapura. Para entonces yo era un dirigente, a cargo de la Secretaría de Asuntos Culturales, que incluían la edición de una revista. La mayoría de los dirigentes y de los miembros nos quedamos con Ada. Los seguidores de Livraga conservaron el nombre de Nueva Acrópolis, que sin la presencia de su madre fundadora sería ya otra cosa. Lo mismo era por cierto válido para Hastinapura, que, a pesar del pasado común, fue desde el comienzo una institución fundamentalmente distinta de Acrópólis, una Escuela de filosofía y espiritualidad, sin veleidades políticas de ningún tipo.

La decisión de Ada fue tajante y traumática, pero también necesaria. La convivencia entre las dos almas de la Escuela -la teosófico-política y la espiritualista- era imposible de sostener por más tiempo sin generar graves conflictos internos, y la asociación de Livraga con el fascismo habría sido demoledora para el prestigio de la Escuela después del retorno de la democracia. En las más de cuatro décadas transcurridas desde entonces, Hastinapura ha florecido sin tener que enfrentar ninguna controversia pública, y aún la supérstite Nueva Acrópolis, a pesar de las críticas a las que hemos hecho referencia, ha logrado mantener su lugar en la cada vez más pluralista escena de movimientos espiritualistas de nuestro país.  

La ruptura de Nueva Acrópolis tuvo para mí otras consecuencias. La ruptura de la “pareja primordial” de los fundadores (un reenactment de la separación de mis padres) resquebrajó la imagen de pureza que mi alma adolescente se había forjado de “la Escuela”, el lugar al que yo había estado dispuesto a entregar mi vida como misionero de un mensaje de fraternidad sin fronteras y religación con lo divino. Una imagen forjada con la desesperación de aferrarme a un absoluto en el tiempo de la falta de absolutos, el sustituto definitivo de la Iglesia en la que ya no podía creer.

Mi alejamiento de la Escuela fue así parte de un proceso de autonomía personal, proceso que paradójicamente había empezado también con mi entrada a Nueva Acrópolis unos años antes; ahora ya no discutía con mis padres biológicos sino con mis padres simbólicos.  Y este proceso se desenvolvió a lo largo de dos carriles paralelos e interconectados. El primero fue mi decisión de entrar a la Facultad de Filosofía, incluso antes de que estallara el conflicto interno de la Escuela. Esa decisión fue otro desafío directo al mandato materno, que había establecido desde antes de mi nacimiento que yo debía ser contador, lo que mamá habría querido ser pero que le había estado vedado por ser mujer en un tiempo en que pocas mujeres iban a la universidad. Mi primera rebelión -quedarme en Acrópolis a pesar de la oposición de mis padres-, al demostrar la posibilidad de vivir según mis propias convicciones, hizo tal vez posible esta segunda rebelión (en todo caso, como me diría muchos años después mi terapista India Alemán, te convertiste en un contador, pero de otro tipo. Los mandatos maternos tienen una extraña manera de imponerse). Seguir la carrera de filosofía era además una separación de la Escuela a un nivel más profundo: a la inversa de lo que le había pasado a Ada en Viamonte, Hastinapura no era seguramente el ámbito más propicio para mis inclinaciones académicas.

Ada en la India, 1978.

El segundo canal fue la política. 1982, el año en que finalmente dejé la Escuela, fue el año del renacimiento político de la Argentina. Después de los años de retraimiento y silencio, había llegado el momento de salir de vuelta a la calle y gritar. El 30 de marzo participé en la marcha de la CGT que marcó el comienzo del fin de la dictadura, acelerado después por la derrota de Malvinas. Para ese entonces la Escuela se había mudado a Hipólito Yrigoyen entre Lima y Salta; ahí me refugié cuando estalló la represión de la marcha. Como en mis comienzos en la Escuela, el final estuvo también signado por la historia del arte; en este caso fueron los cursos de Estética del Ricardo Martín-Crosa, uno de los críticos de arte fundamentales de los 80, y al que llegué por un compañero de la Escuela que estaba cursando el profesorado de filosofía en el Consudec, adonde Ricardo daba clases. Ricardo era un sacerdote secular, y su filosofía del arte fue también una manera de reconectarme con mi cristianismo, ya sin los lastres moralistas que me habían alejado de la Iglesia en mi pubertad. Mi cristianismo seguiría siendo todavía un cristianismo filosófico, pero lo suficientemente cargado de mística evangélica como para reforzar mi compromiso con la encarnación de Cristo en la historia, es decir, con la dimensión política del cristianismo.

Jorge Ángel Livraga.

Mi separación de la Escuela fue así inevitable, el resultado de un proceso natural de búsqueda interior. El camino que recorrí desde entonces ha sido demasiado largo y accidentado como para resumirlo en estas páginas. A lo largo de estos años, me he cruzado con una enorme cantidad de personas que en algún momento de su vida han pasado por Nueva Acrópolis o Hastinapura; esos encuentros me han provocado siempre una sorpresiva alegría, la alegría del reconocimiento de una experiencia común, una experiencia de una profundidad y una intensidad más cercanas a la revelación mística que al conocimiento intelectual, el breve asomarse al misterio inefable de la existencia.

Me hubiera gustado contarle esto a Ada, dejarle saber que, a pesar de mi larga ausencia, una parte mía no dejó nunca de estar cerca de ella, en un diálogo separado por silencios de décadas, pero no obstante ininterrumpido. Fiel a sus raíces orientales, la Escuela enseñaba la doctrina de la reencarnación, según la cual la muerte es un desencarnar del alma, que vuelve a encarnar en otros cuerpos hasta completar el ciclo de perfección espiritual que culmina en la unión del alma con el principio divino del universo. Cuando me fui de Hastinapura dejé de creer en la reencarnación, y ahora, como buen católico, lucho con la creencia en la Resurrección, el momento en que Ada e Hilda volverán a estar juntas, cuando yo también me reencontraré con ellas y con todos nuestros seres queridos, para fundirnos, con alegría infinita, en un abrazo definitivo.

***

Libros de Ada Albrecht, publicados por la editorial Hastinapura: Filosofía Final: Introducción a la Vedânta Advaita; Katebet; historia de una sacerdotisa egipcia; Los Misterios de Eleusis; Om Guru Om: Relatos de un viaje a India. Traducción y comentario al Bhagavad Gîtâ y de los Bhakti Sûtras de Nârada.

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