08 de julio de 2026
¿Por qué una letra B con el número 2 en subíndice? Así arranca el ensayo introductorio de B₂, la antología de poemas y ensayos de Sergio Raimondi publicada por la Editorial de la Universidad Nacional del Sur en noviembre de 2025. La pregunta es del autor y la respuesta rodea la industrialización del petróleo, sostiene Raimondi (poeta bahiense, profesor en la UNS, durante años director del Museo del Puerto de Ingeniero White y más), fue primero el horizonte metafórico que justificó la creación de la universidad y hoy es el horizonte literal de Bahía Blanca, cuyo polo petroquímico domina la costa. La B no remite a ningún elemento de la tabla periódica, son dos átomos de la segunda letra del alfabeto español. La fórmula química-lingüística queda como aparente superficie que organiza el libro a la manera de una tabla.
La química del lenguaje
Una de las primeras entradas (el propio autor habla de entradas) recupera poemas de Poesía civil, clásico contemporáneo publicado en 2001 por VOX. Entre esos poemas está Pietro Gori & Cicerón & Percy Shelley, Ingeniero White, 1901. El título es una declaración de principios y propiedades del poema: tres nombres unidos por ampersand -signo comercial, de razón social- aplicados a un anarquista italiano, un orador romano y un poeta romántico inglés.
El poema arma una estructura circular rota. Arranca así: Por los rieles va el vagón y en su techo la luna. Y termina: Por los rieles va el vagón y en su techo / nada, polvillo del cereal, vestigios de carbón. La luna romántica del comienzo se cae al mar antes del discurso. Cuando el poema vuelve al final sobre esa imagen del comienzo hay residuo industrial. Lo que el discurso prometía iluminar queda en el polvillo que dejan las mercancías.

Con Raimondi la palabra política y el cereal son sustancias del mismo análisis. No se trata de denunciar el capital desde afuera, con una lengua que finge no ser parte del proceso, sino de aceptar que la lengua misma es residuo de ese proceso. El gesto químico-lingüístico del título del libro se revela como procedimiento. El conferencista arma un dispositivo detonante / que mezcla retórica (55%), inspiración romántica / (20%) y perspicacia crítica anarquista (25%). El orador anarquista queda descripto con la misma lógica con que se describe una aleación o una receta. Y el saldo es ambiguo: es imposible adivinar si la combinación / fue la adecuada.
El anteúltimo verso empieza con un No sé desgarrador. Literalmente es el yo poético desgarrado y desgarrando el poema de una imposibilidad que contrasta con la determinación calculada (objetiva) del título y algunos versos. Lo que sí sabe el poema de sí es que se va sin luna y arenga.
El poema, titulado Blake, William, (que de paso sea dicho es un poema del inconseguible Para un diccionario crítico de la lengua, un adelanto del Lexicón pero el poema no está en el Lexicón) está escrito como una larga hipótesis que no se cierra. Si quien llegara al muelle de Puerto Piojo / y más allá en todo sentido de las lanchas / que retornan de quién sabe qué riacho: ese “si” inicial abre una condición que se sostiene durante doce versos, acumulando cláusulas, postergando el verbo principal, hasta que al fin aparece –vería– y se rompe en el acto, quebrado por una pregunta. La hipótesis se prolonga hasta el momento de afirmar qué se vería, el poema solo puede preguntar. La condición es que quien mire no fuera un empleado municipal dormido / sino un vate capaz de percibir el porvenir-, y conviene detenerse en qué significa ese vate, porque el poema lo invoca con todo el peso blakeano. Para Blake, el vate no es el poeta que canta de la tradición clásica sino el heredero de los profetas hebreos, es aquel cuyas puertas de la percepción están limpias y por eso ve lo infinito en lo finito. Y como las lenguas heredadas le mienten, está obligado a inventar la suya: I must Create a System, or be enslav’d by another Mans. Crear un sistema o ser esclavo del sistema ajeno. El vate, entonces, es quien percibe, quien ve el porvenir desplegado en el ahora, y quien fabrica el idioma capaz de nombrarlo, asumiendo el riesgo de que su voz suene, para sus contemporáneos, idéntica al delirio.
Para Blake, el vate no es el poeta que canta de la tradición clásica sino el heredero de los profetas hebreos
Sobre ese fondo, las preguntas del poema cobran su filo. El galpón de Cargill hoy es inclusive más extenso que ayer, la percepción ordinaria queda anulada ante el excepcional crecimiento, y el poema hace una pregunta que se desdobla y se vuelve sobre sí misma: vería… ¿Qué vería? ¿Con qué lengua vería / lo que vería? ¿Vería también esa lengua / que ha de venir? Cada pregunta corre el problema del objeto a la lengua, de la lengua actual a la lengua futura. El puesto del vate, en este muelle, está vacante ocupado por un empleado municipal dormido y el galpón crece igual, indiferente a que haya o no quien sepa leerlo. La pregunta contemporánea queda formulada con exactitud: si Blake exigía inventar un sistema para no ser esclavo del ajeno, ¿qué lengua habría que fabricar para nombrar a Cargill? El cierre sella el dispositivo: ¿Y cómo podría comunicar / lo que ha de venir en una lengua futura / sin que su verso se confunda con el timbre / de estas gaviotas que sin parar de girar / chillan como presas de extremo desvarío? El verso profético y el chillido animal comparten frecuencia acústica; la profecía, en este muelle, es indistinguible del desvarío, lo que conforma, por tanto, la única forma de escribir un poema a la altura del galpón de Cargill.
En las notas tituladas Poesía, perdiz y tiburón, incluidas en Poesía y verdad en los barrios Saladero y Bulevar, Raimondi registra a Andrés Ventura Gamero, nacido en 1910, vecino de Saladero y Bulevar, empleado del correo y de la construcción de cloacas, pescador de flota amarilla en la ría y en San Blas, marinero de un buque japonés de altura, cosedor de bolsas, repartidor de carne y jabón del frigorífico Cuatreros hasta la punta de rieles de Zapala. Dice de la poesía: Yo quiero llegar allá. Allá. No acá. Allá. Gamero alaba un verso bien dicho con la fórmula bien terminadito: como una mesa, como una pieza de carpintería. La fórmula condensa la poética entera de B₂. La lengua disponible está acá; lo que hay que decir está allá; en el medio…. trabajo. Gamero entiende la lengua como obstáculo, algo que hay que vencer para que la chapa, la perdiz, el tiburón aparezcan sin traición. Y Raimondi, glosándolo, saca que no hay ética y poética. Hay ética y punto. La palabra que enuncia proviene de una conducta y por eso merece ser oída. Lo estético, en el libro (y en White), no se separa de lo útil. Acá “estética” sirve para indicar el modo de disponer las chapas del techo sin perder de vista su función impermeabilizante.

Borges escribió algo parecido, en otro registro, en Historia del guerrero y la cautiva. Droctulft abandona a los suyos al ver Rávena porque la ciudad le muestra una forma del mundo para la que su lengua bárbara no tenía nombres; la inglesa de la pampa hace el camino inverso por la misma razón. En Borges el reconocimiento de una verdad obliga a cambiar de idioma. B₂ se para en ese vector. El galpón de Cargill crece más rápido que el español disponible, y el vate del poema (que podría inventar la lengua futura) está dormido en el muelle. Queda Gamero, que no es vate ni pretende serlo, martillando el verso hasta que diga allá.



