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02 de febrero 2024

Gogo Sarasqueta

Profesor y director del Máster oficial en comunicación política y empresarial de la Universidad Camilo José Cela.

A LA ORILLA DE LA CHIMENEA

Tiempo de lectura: 5 minutos

Javier Milei disloca permanentemente lo políticamente correcto. Lo hizo en la campaña electoral, lo repitió —dándole la espalda al congreso— en su asunción, lo confirmó en el Foro de Davos, frente a una audiencia que, acostumbrada a la comodidad de los discursos prefabricados, pareció coincidir en que el líder argentino está varios pasos a la derecha de la realidad.  

Al igual que Donald Trump, el presidente emplea en comunicación la técnica militar llamada “conmoción y pavor” (shock and awe). ¿De qué se trata esto? De romper a mazazos lo previsible. Se quiebra la agenda con una megadevaluación, y, cuando la sociedad empieza a asimilar su impacto, se planta otro tema polémico (DNU). La opinión pública, que todavía no metabolizó ninguna de las anteriores medidas, se sorprende nuevamente y, cuando está a punto de reaccionar, se instala otra cuestión espinosa y desproporcional (Ley Ómnibus). Así sucesivamente. Siempre estar a la ofensiva. El objetivo es crear más agenda de la que se consume.      

Esta compulsión por el plot twist permanente convive con una pasión por lo absoluto. Para Milei, si la suma no da cero, no sirve. Se tira al tacho. Como un profesor novato, ermitaño y reticente hacia todo lo que sucede al otro lado de la puerta del aula, pretende que la realidad permee íntegramente su marco teórico. Sin matices, sin texturas, sin transacciones, como vimos en la Cámara de Diputados durante las últimas semanas. A veces, el presidente da la impresión de no entender que la traducción de lo abstracto a lo concreto tiene un precio: los intereses del resto del arco político. Solo en los sistemas cerrados lo ideal se solapa con lo terrenal.   

Siempre estar a la ofensiva. El objetivo es crear más agenda de la que se consume

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A diferencia de Mauricio Macri, Milei usa el espejo retrovisor de la historia. El expresidente, que consideraba al pasado como un artefacto inocuo y sin ningún tipo de utilidad, apostó por un relato íntegramente sincrónico. Solo le importaba el metro cuadrado del presente. El mandatario actual, en cambio, está interesado en insertar su impronta refundacional en la gran línea cronológica argentina. Por eso, levanta constantemente un puente analógico con Juan Bautista Alberdi. “Ley de Bases y Puntos de Partida para la Libertad de los argentinos” fue el último flashback. Otro reseteo más en la historia reciente de Argentina. Otra página más del adanismo criollo.   

El libertario juega al borde de la chimenea. A todo o nada. Sabe que ahí, donde pican las chispas y el fuego nos saca varias gotas de sudor, reside su capital intangible. Así construye sentido. Así lo quieren y demandan sus huestes, las fuerzas del cielo. A la tierra que baje la infantería: Francos, Menem, Pettovello, Adorni y Villaruel. Él se queda en el éter de lo inmaculado. El “poroteo” no cabe en su mecánica maximalista. Si no avanza la gestión, aunque sea que avance (o sobreviva) la narrativa. 

Made in Argentina

Más que un relato político, Milei circula un contrarrelato: un dispositivo semántico, saturado de negatividad, que se articula con el exclusivo fin de destruir simbólicamente al “otro”. En su caso, ese antagonista es el Estado: la maldición del país populista. Todo su arsenal comunicacional está dirigido a la organización jurídico-política que monopoliza la violencia sobre un determinado territorio. No importa el tamaño, sus funciones, ni la eficacia y la eficiencia de su burocracia. Como sea, hay que evaporarlo.

En el escenario global, como expuso en Davos, el Estado es la metonimia del socialismo. Si suena el primero, se enciende el segundo. Alerta roja. Larreta, Putin, Petro o Xi Jinping dan lo mismo; todos zurdos. Este es el Milei electoral, el único que, por ahora, conocemos. El Milei idealista, que observa la realidad con unos lentes donde solo ve un deseo: el suyo. Ahí, en los atriles del multilateralismo, no busca un discurso performativo, con cambios concretos e inmediatos en la realidad (como, por ejemplo, atraer inversiones), sino estirar el relato del “primer presidente anarcocapitalista del mundo”. Un producto inédito, al que va a cuidar y avivar cada vez que se asome a la vidriera de Occidente. 

Para el kirchnerismo, al futuro se llega poniendo marcha atrás. Más que referentes históricos, Néstor y Cristina son un programa electoral infinitum

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A escala nacional, el Estado muta en una especie de ratonera que almacena la casta, los punteros, los ñoquis, el atraso, la lógica feudal, el paternalismo. Ni siquiera le otorga un orden ideológico a “todo eso” que pervive en las entrañas estatales y obtura el big bang de la “Argentina, potencia del mundo”. Volviendo a Alberdi, Milei entiende que en Argentina lo que no es privado es bárbaro.  

Cómo criar un león herbívoro

Milei no se coló por una ventana de oportunidad. Hubo una pandemia, con su respectiva cuarentena asfixiante que revalorizó la libertad (variable coyuntural), hay una economía de plataformas que fomenta el individualismo, la autoexplotación y la autonomía (variable estructural), y hubo una destrucción —sostenida y meticulosa— del significado del Estado (variable nacional). Cuando escucha este significante, el argentino escupe “inflación”, “deuda externa”, “corrupción”, “impuestos”, “yates”, “bolsos”, “manchas de humedad”, “óxido” y “decadencia”. En fin: todo, menos servicios y derechos.

Sobre esta aniquilación semántica, poco y nada se dice en los dos campamentos de la antigua grieta. Una parte significativa de Juntos por el Cambio optó directamente por el cambio de piel. Estos dirigentes aparcaron los tropos, los eufemismos y se sinceraron ante la opinión pública. Para ellos, “el Estado presente” nunca fue una convicción, solo una herencia cultural del kirchnerismo tardío que la época obligó a tragar.  

Por su parte, Unión por la Patria volvió a su zona de confort: la resistencia. Movilización, plazas, dedos en V, selfie, moralismo y (mucha) melancolía. Para el kirchnerismo, al futuro se llega poniendo marcha atrás. Más que referentes históricos, Néstor y Cristina son un programa electoral infinitum. Hasta el momento, la última versión del peronismo se muestra incapaz de superarse. Adolece de un ideario para domesticar al capitalismo cognitivo. La nostalgia como proyecto hegemónico. Que todos añoremos la “década ganada”.    

En los atriles del multilateralismo, no busca un discurso performativo, con cambios concretos e inmediatos en la realidad (como, por ejemplo, atraer inversiones), sino estirar el relato del “primer presidente anarcocapitalista del mundo”

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Pero no solo eso. Además, el kirchnerismo le está dando gratis el servicio de sparring discursivo a las fuerzas del cielo. Pedido de helicópteros, arrojar ministros al Riachuelo, pochoclos y paciencia hasta semana santa: el ingenio golpista está interrumpiendo (demasiado) al “errorismo” del oficialismo. Están aferrados a la paradoja popperiana: ser intolerantes con los intolerantes. Desde la perspectiva comunicacional, un craso error. Significa aceptar y retroalimentar el típico encuadre del outsider: el líder novo que se levanta frente al oxidado sistema. La épica, en bandeja y a domicilio.   

Como se cristalizó en el debate de la Ley Ómnibus, parece que la mejor manera que tiene toda la oposición (dialoguista, swinger e intransigente) de enfrentar al oficialismo es relativizarlo dentro de las instituciones. Que se ponga cómodo en la silla de la realpolitik. Que juegue en los grises de la democracia. Se trata de ensanchar el gap que se abre entre el verbo hiperbólico del presidente y el flácido e inexperto músculo político que muestra en las arenas legislativas y ejecutivas. Dejar que las condiciones objetivas diluyan a las condiciones subjetivas. O en términos alberdianos: dejar que la república posible le indique el camino a la república ideal.         

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