27 de julio de 2026
Terminal 1 de Barajas. “Adolfo Suárez”, me corregiría un nostálgico de La Transición —que los hay acá y en todas las facultades de Ciencias Sociales del mundo—. Me acerco al mostrador. Como si no alcanzara con la casaca de La Furia, el tipo está envuelto en la bandera rojigualda. Le doy el pasaporte granate. Sonríe y comparte: “¡Vamos, España!”. Alrededor, todos festejan. Quedo solo, en medio de ese torbellino de oxitocina ajena. Aguanto: trago el menhir que tengo atravesado en la garganta. Pero no puedo. Se me inflaman los ojos. Pierdo el habla. Quería manguear ventana: imposible. Cae una gota y me delata: soy un impostor, otra hoja perdida del inmenso árbol genealógico que plantaron Argentina y España entre hambrunas, guerras y crisis. “Perdón”, se apiada el empleado de la aerolínea. A veces, el cuerpo es la mejor palabra.
Intento despegarme de la masa festiva. Auriculares, Fleetwood Mac: Rumours, al taco. Que estallen los tímpanos, pero no el espíritu. Soy una especie de Tom Hanks en La Terminal: un paria sin tiempo ni rumbo, aunque con patria. Pululo. Debo ser el único triste en este aeropuerto. Encuentro una guarida: me desplomo en un plástico que pretende ser asiento. Intento meter la cabeza entre las rodillas. Suspiro. Estoy a salvo de la grey, pero no de la imagen. Ubicua, soberbia e hiriente, la televisión lo retrata: él está desarmado, con la mirada perdida en la tribuna, buscando una explicación que nadie le dará.
Bajo las persianas y viajo al pasado: la parada es Barcelona, 8 de agosto de 2021. Conferencia de prensa para despedirse de la institución que lo crió. “Siento mucha tristeza por marchar del club al que amo. Estaba convencido de seguir aquí, en nuestra casa, era lo que más queríamos”, se entrega con un llanto desolador. Fue la primera vez. Lo había visto frustrado, enojado, paralizado, desencajado, pero nunca perdiendo las riendas de sus ojos.
Como tantas almas en el mundo, solo fui un culé conjetural, atado a la hipótesis de su partida. Mi contrato afectivo con la escudería catalana dependía íntegramente de él. Ese día, en el que millones nos despedimos del Barça, aprendí que los pañuelos —con los que intentaba detener el goteo nasal y, sobre todo, la prepotencia del destino— escondían un secreto. Era una plegaria invertida: del Absoluto a sus creyentes. Les rogaba que no lo dejaran partir. No quería dejar el nido vacío. Nadie hizo nada, excepto Laporta, que abrió la puerta para que se fuera.
“When the rain washes you clean, you’ll know”, susurra Stevie Nicks en mis oídos.
Avanzo en la cronología de la lágrima. Probablemente, pocos se acuerden de la siguiente estación. Fue un sollozo esterilizado por el barbijo, en la última curva de la pandemia del COVID-19. Argentina le había ganado a Bolivia por 3 a 0. Hat trick de él. El Monumental festejaba por partida doble: la Copa América en Brasil, que había roto el gualicho en las vitrinas, y el reencuentro gregario de un pueblo que no sabe vivir en primera persona del singular y saca su mejor versión en el roce de las multitudes.
Solo se veían sus ojos rojizos. Mínimo, había una década atragantada en esos balbuceos que le entregaba al periodismo. Años pesados, cargados de puteadas, pedidos de renuncia, acusaciones térmicas, frustraciones, analogías inútiles con el otro Diez, camisetas albicelestes abrasadas. ¡Le tiramos de todo y con todo! Y él nos respondió con alegría. Su venganza fue hacernos felices.
Años pesados, cargados de puteadas, pedidos de renuncia, acusaciones térmicas, frustraciones, analogías inútiles con el otro Diez, camisetas albicelestes abrasadas. ¡Le tiramos de todo y con todo! Y él nos respondió con alegría. Su venganza fue hacernos felices.
La travesía por el desierto terminó con la tercera estrella en el pecho. Qatar fue su entrada al panteón de los inmortales. Luego llegó la yapa de la Copa América en USA. En esa final contra Colombia nos desgarró con su impotencia, la impotencia de un niño al que no le dejan hacer su única ambición diaria: patear una pelota de cuero. ¡Cómo puede esta pasión ser algo tan artificial y, al mismo tiempo, genuino! La sonrisa de broker inmobiliario de Infantino frente a los mocos del pibe de Rosario.
Otras gotas cayeron durante el último partido oficial en tierra criolla. Eliminatorias, contra Venezuela. Durante el precalentamiento, se quebró y nos quebró. Ese primer plano nos heló la sangre. Caímos: el milagro llegaba a su ocaso. Lágrimas de conciencia. Lágrimas de intemperie. Lágrimas de comunión. En el césped y en el cemento. Nos dio las gracias con dos goles.
Regreso a la pantalla. Con la medalla colgada, mira a la tribuna. Pura angustia. Subo al avión con esa foto en la cabeza. Despegamos (o al menos eso dice el piloto). Empieza el contrafáctico detallista y eterno que te perfora el ánimo: “Si Senesi hubiese estirado la pierna derecha…”, “Si Giuliano no se hubiera congelado en el gol de ellos…”, “Si Dibu hubiese cortado el centro…”. Quizá esto es lo peor de una derrota con el oro a la vista: las microsimulaciones que ejecuta la ilusión despechada. Invierno não tem fim.
Mientras bajo del avión, pienso y me calmo: “Nos dio mucho”. Abrió una tangente inesperada, un camino al lado de las ruinas circulares de las dos Argentinas. Fue el fogón. Alrededor de él nos encontramos de nuevo. En silencio, rompió el empate hegemónico y nos hizo sentir ganadores a todos. A su modo: sobrio, minimalista, templado, calibrado, ¿Qué quedará de todo eso?
Abrió una tangente inesperada, un camino al lado de las ruinas circulares de las dos Argentinas. Fue el fogón. Alrededor de él nos encontramos de nuevo. En silencio, rompió el empate hegemónico y nos hizo sentir ganadores a todos. A su modo: sobrio, minimalista, templado, calibrado, ¿Qué quedará de todo eso?
Aterrizo en Tegucigalpa, una ciudad inmunizada frente a la argentinofobia que destila la superestructura del wokismo global: Rosalía, Jackson, Bardem, Pascal y la violencia de quienes se creen predestinados a estar del lado correcto de la historia. ¡Dame al chileno que te grita el gol en la jeta o al uruguayo que te memiza hasta la roja de Enzo! Pero no a este progresismo ingrávido, incapaz de distinguir el norte del sur y que, en vez de ser un escudo de los débiles, es un garrote de los poderosos.
Desayuno en una cadena de mierda. Café quemado, huevo plastificado, pan gomoso y playlist chill curada por DJ Spotify. Creo haberme recuperado un poco: enciendo el celular y, como era de esperar, el algoritmo me quiere arrodillado. Todo contenido lacrimógeno (casi ofensivo, diría). Pero la otra realidad —la que se toca, la que está en peligro de extinción— se porta bien. “Por Malvinas, por el Diego, por la última de Leo”, decidido, tararea un nene hondureño, con la frente en alto, mientras se levanta con sus padres de la mesa de al lado. Solo le faltaría silbar. Sorprendido, lo sigo con la mirada. Sacude algo adentro mío. Y me seca la cara. Quizá viene del futuro.
¿Y si ese último verso en Nueva Jersey está abierto, todavía en movimiento?
¿Y si esta vez la memoria larga nos regala un recuerdo feliz?
Tocando apenas la lírica del hijo de la lágrima:
“Y no te olvides nunca que esta canción durará por siempre.
Por eso mismo, yo la hice así.
Una canción con amor, sin dolor.
La canción sin fin”.




