22 de julio de 2026
El Mundial en Estados Unidos fue -entre muchas otras cosas que fue- el epicentro de la penúltima zoncera del wokismo, la enfermedad infantil del progresismo. Un episodio más de su guerra popular y prolongada contra la Historia, a la cual concibe como una serie de reels dispersos, de imágenes sueltas, de tweets likeados y reenviados y, a lo sumo, algún video de Youtube chequeado hasta el minuto 10. Es factible imaginarse, por poner un ejemplo, el periplo intelectual de un Samuel Jackson, o de un Javier Bardem, encarnaciones del insufrible arquetipo global del actor “comprometido”, siempre firme en la búsqueda de su propia superioridad moral (una forma más de la vanidad), siempre solemne y siempre superficial, como un océano de dos centímetros de profundidad.
En su ociosidad digital Samuel descubre que en Argentina no hay negros. Ya le llegaron cinco links por Whastapp al respecto, y consagró casi media hora en leer dos de los cinco artículos que le enviaron. Con eso basta y sobra: los reenviados confirman algo que su mente ya había captado, las imágenes de la Argentina “basada”, trumpista, el nuevo Tercer Reich al sur, la “prueba” del país racista. ¿Hitler no se había fugado a la Patagonia? Milei, su motosierra, y el abrazo a la bandera de Israel; la misma bandera apareciendo como “provocación” en algún lugar de la hinchada argentina en el partido contra Egipto; un Papa católico; la Scaloneta con la Virgen María en el vestuario; la ausencia de “negros” en el equipo; Peter Thiel comprando casa en Buenos Aires; el favoritismo creado por el eje Infantino-Trump-Netanyahu, la intervención del VAR con el Mossad: toda esa ensalada empieza en su cabeza a tomar la forma del relato que anda necesitando, la nueva causa que exhibirá en esta temporada primavera-verano. Toda la historia “izquierdista” de los iconos argentinos, del Che a Maradona, le pasa por el costado, y por ende no le alcanza para compensar por sinistra el relato nacional del país fascista. Y además, de ultima, son “blancos” también.
No saber absolutamente nada de fútbol, de su lenguaje interno, de su humor, de su historia y de sus leyendas ayuda mucho. Es la ventaja de la ignorancia: uno siempre está descubriendo cosas nuevas. Facilita además el “todo es político”, porque todo ese “contenido” ideológico no tiene nada interno contra que chocar. Un living vacío listo para ser llenado por todo lo que no sea el deporte en sí. Da la sensación a veces de que uno al pasar por los Estados Unidos de hoy enseguida amanece “etiquetado” por una de las mil y una cultural wars que están librándose cotidianamente, y que no respetan denominación de origen. El wokismo es la proyección de los traumas americanos al mundo entero, y el mundial, el espectáculo más global, no podía zafar de eso, y menos disputándose en ese territorio. Todo lo demás: los chistes de chilenos y mexicanos, incluso las escenas de pugilato, “la violencia en el futbol”, para bien o para mal, ya existían. La novedad es esto. Estados Unidos entró al futbol por el peor lugar.
El wokismo es la proyección de los traumas americanos al mundo entero, y el mundial, el espectáculo más global, no podía zafar de eso, y menos disputándose en ese territorio.
El wokismo no tiene geografía ni cultura. Es la muerte del contexto. Una ruptura del tiempo y el espacio que da lugar a la peligrosa noción de “culpa colectiva”. Suponiendo que la Argentina hubiese perpetrado el peor y más invisibilizado genocidio de la historia de la Humanidad, ¿qué culpa tendrían Rodrigo de Paul y Alexis McAllister, 150 años después? Opera como un terraplanismo histórico, en una superficie límpida y esférica: toda historia es la historia de Estados Unidos, todo tiempo es el presente, todo personaje histórico es héroe o villano en la eterna batalla del bien contra el mal. Su viralización contemporánea tiene que ver con esta sencillez, la superficialidad es la clave de su éxito. Los “datos” les importan menos incluso que a Donald Trump. Poco importa señalar la obviedad de las corrientes migratorias históricas, el tráfico de esclavos organizado por Europa y su lógica en la Colonia, el “facto” de que las selecciones de Chile, Bolivia, Paraguay y México tampoco tienen negros. El sentido común es su enemigo declarado, una máscara de la dominación. Hay que “deconstruirlo” y así poder ver en la bondadosa alma de Hobbit de Leo Messi lo que realmente es: un arma de dominación cultural de la raza aria.
Esta cosmovisión construye una cadena de equivalencias moral que es igual de plana: es lo mismo un hospital bombardeado en Gaza que un foul de Enzo Fernández, un piropo en un subte que un abuso. Esta es su mayor inmoralidad de fondo. Ven un diablo invisible en cada esquina y lo señalan como en en una versión progre de las Brujas de Salem, banalizando los males reales. Son la banalidad del Bien. Así, construyeron el Mundial más estúpidamente politizado desde 1978, y sin necesidad de Junta militar. En ese punto, el wokismo de izquierda y de derecha son simétricamente iguales: proliferaron en las redes las cuentas que creían ver en la estatua de la Virgen María en el vestuario de la Scaloneta una afirmación identitaria “trad” de integrismo católico y en el asado un manifiesto anti vegano, cuando es la misma escena banal que podría darse en cualquier obra en construcción o taller mecánico de la Argentina, asimilando el catolicismo de Thiago Almada al converso de JD Vance. El wokismo de derecha cree lo mismo que su hermano de izquierda pero le gusta: The Scaloneta is the soccer versión of the Klu Klux Klan.
Para ese paradigma, la inusual y exitosa integración cultural de la Argentina de fines del siglo XIX y principios del XX es un demérito. La escatología woke es la victoria de Malcolm X sobre Martin Luther King, del segregacionismo, la raza y la biología sobre el integracionismo, la mixtura y cualquier forma de universalismo. Por eso “cuenta” negros, latinos y mujeres en todos lados: su única forma de progresividad social es el cupo biológico. Con ese criterio, claro que la vieja Imperial Army sería un gran ejemplo de multiculturalidad a la Varoufakis: incluía hasta los gurkas de Nepal. La argentinidad es, entonces, desde esa perspectiva, una mentira más del hombre blanco.
Argentina se convirtió en estos días en el chivo expiatorio de Occidente, el lugar donde proyectar sus propios traumas y sus propias obsesiones raciales, el basurero de su catarsis. Una imagen especular de ellos mismos.
La tarea no es tan difícil, porque está ampliamente subsidiada por el presidente argentino, que ama recorrer el orbe como un influencer mundial al cual ninguna causa global de la alt right le es ajena. Milei no es en ninguna medida un nacionalista: es más bien un guevarista de derecha, presto a dar una mano en donde haga falta. Cómo en la carta que Guevara le enviará a Fidel, “otras tierras del mundo reclaman el concurso de mis modestos esfuerzos”. Milei funciona como el eslabón débil del internacionalismo trumpista, un blanco mucho más fácil que el mismo Trump.
Como no pudieron cancelar a Trump, cancelan a Milei, que es más fácil y periférico. Como no pueden , ni quieren, cancelarse a si mismos (el pueblo americano que eligió a Trump no una sino dos veces) cancelan al pueblo argentino “racista” y brutal que eligió a Milei. Como no pueden los europeos procesar su propio racismo, operativo y práctico, actual y latente, en el dilema existencial que les plantea la inmigración africana, se van al siglo XIX argentino. Castigan en la Argentina que quiso ser europea su propio deseo de “volver a serlo”.
El cardumen cancelatorio convirtió a los argentinos en los nuevos judíos del mundo, poseedores de una versión futbolística del plan de los Sabios de Sión para dominar la FIFA. Argentina se convirtió en estos días en el chivo expiatorio de Occidente, el lugar donde proyectar sus propios traumas y sus propias obsesiones raciales, el basurero de su catarsis. Una imagen especular de ellos mismos. El presidente tenia razón: entramos al mundo.




