16 de julio de 2026
Enfrente, un campo minado. Línea de mil. Argentina abanica la pelota. Enzo de 5, Messi de 7, Nico González de extremo por izquierda, De Paul de 8, al lado del 10, alimentándolo. Lautaro dentro del área, Julián más afuera. Montiel, de lateral y amuleto con su dato NBA (+8 goles con él en cancha y sin goles en contra en cuatro partidos). En todos los playoffs terminamos así, ensanchando el ataque. Bombardeando áreas.
En el primer tiempo Argentina no controló la pelota, una continuidad de lo que venía pasando. La inclusión de Simeone Jr. llegó con la sombra táctica de su padre: Julián a correr por izquierda y Giuliano de 8, para ayudar a Molina. A meter. 12 de 19 faltas fueron nuestras. Giuliano energizó al equipo: estuvo en todos lados, molestando. Ayudó al espíritu, pero no fue suficiente. El segundo tiempo arrancó mejor. Argentina se plantó con la pelota veinte metros más adelante. En ese envión apareció un revés: una long ball de Kane, como en los años noventa. Molina durmió la siesta, Gordon anticipó y llegó el gol, a los 55. Inglaterra arriba. Un palazo. Pero Argentina no se quebró, ni se desesperó. Otra vez, a partir de la adversidad, potenció sus virtudes. Cuando todos creemos que el mundial está a punto de estallar por los aires, ahí es donde los nuestros, morbosos, la ponen debajo de la suela y se ordenan para dar vuelta el destino.
Hoy se jugaba algo más. Todos lo sabíamos: el de Bristol, el de Pampa del Infierno y el de Bangladesh. Como en el 86, en la previa, el pacto fue bajar el runrún, la editorial. Duró hasta que los jugadores entraron en fila a la cancha
Faltaban muy pocos minutos para que terminara. A esta altura deberíamos haber empatado. Alexis, Nico y Julián tuvieron sus chances. Enzo ya le había pegado desde afuera tres veces, calibrando. Era un partido de handball: los de blanco cuidaban el perímetro, los de azul movían la bocha de lado a lado. Distraían por izquierda para dar la vuelta y que le llegara a Messi por derecha. Desde ahí podía venir un centro-arco para que alguien peinara y la desviara, o se podía extender el ataque por la banda para que Montiel o De Paul tiraran el centro en carrera. El partido se repetía y Argentina armaba las jugadas con método. Más allá de la desesperación, en el aire había una certeza: los nuestros estaban jugando al fútbol. Parecían convencidos. Inglaterra, de la mano de Tuchel, se transformaba en un equipo menor, acumulando defensores y mezquindades. Dijo Scaloni: cuando estamos en dificultad y el rival duda un poquito, ahí vemos sangre y vamos hasta donde sea. Ya iba a llegar.
85’. El córner corto: Messi–De Paul–Enzo. Una combinación que nació en Qatar, contra México. Messi juntó a su marca –Spence- y a la de Enzo –Anderson- y lo asistió. Enzo la controló con la izquierda y preparó la derecha. Le dio con cara interna, desde ahí -algunos metros detrás de la medialuna del área-, y le pegó de esa forma porque es un crack, pero además porque si le pegaba con el empeine -como contra Holanda en el 22-, probablemente Jude Bellingham hubiera llegado a tapar el remate. La parábola de la pelota tomó la distancia justa para evitar el botín del 10 inglés. Fue un gol extraordinario, como los goles que hace el 24. Otro más al panteón. Con otra asistencia de nuestro 10. Del festejo saltaron varias pistas. El Topo Gigio de Enzo, con los gestos para que sigan hablando. El tiempo que quedó Bellingham en el pasto, acostado, dando la sensación de que hasta ahí había llegado el esfuerzo del crack inglés. Y una última señal que dio Messi cuando, antes de que Inglaterra mueva del medio, le dijo a De Paul tres veces, como en secreto, y como un nene que disfruta como nadie de este puto juego: “Eu, damela”.
Cuando todos creemos que el mundial está a punto de estallar por los aires, ahí es donde los nuestros, morbosos, la ponen debajo de la suela y se ordenan para dar vuelta el destino
Lautaro había entrado a los 80, por Tagliafico. Estuvo once minutos sin tocar la pelota. Después de otro palo de Alexis, Messi volvió a agarrarla en esa parcela que alquila en el clímax de los partidos y encaró al 3 suplente, Nico O’Reilly, que creyó en el enganche. Pero el 10 esta vez desbordó y tiró el centro ideal (¡de derecha!) para que cayera entre los blancos, para que Lautaro, con su metro setenta y cuatro, le ganara a Stones, catorce centímetros más alto que él. La empujó con la cabeza y corrió a festejar con la gente. En ese momento caótico, muchos compañeros salieron disparados y fueron a abrazar a Messi, como pasó después del penal consagratorio de Montiel en Lusail. Messi, el imán: sus compañeros, como el mundo entero, no deben poder creer lo que sigue haciendo dentro de la cancha. Una asistencia más para nuestro hombre récord: mayor goleador, más partidos y, desde hoy, más asistencias que nadie en los mundiales. Nuestro Usain Bolt. Solo que rompe los récords caminando: es el jugador de campo que menos distancia recorre en lo que va de la Copa (6,95 km cada 90’).

Nació el Scalonismo. Aunque su jefe político – él mismo – no quiera y lo niegue, y aunque se corra del centro o se incomode. Ya está. Menotti, Bilardo, Scaloni. Un nuevo ismo. Una tercera posición, superadora. Con el mejor ciclo de todos. Con todas las escuelas del fútbol argentino sintetizadas en ese adulto joven, lampiño y con el pelo inamovible, engelado, que parece un profesor de educación física, cercano, terrenal, querido, que no alecciona, que desdramatiza y llora, que agradece, despliega sus tics, festeja por dentro y habla de perder como una posibilidad concreta. Se parece tan poco a los demás. Por eso parió una escuela.

Hoy se jugaba algo más. Todos lo sabíamos: el de Bristol, el de Pampa del Infierno y el de Bangladesh. Como en el 86, en la previa, el pacto fue bajar el runrún, la editorial. Duró hasta que los jugadores entraron en fila a la cancha. Se sintió en el himno y en esos primeros minutos de topetazos. Lo admitieron los propios jugadores post partido (Enzo confesó haber visto tres o cuatro veces El Partido del 86 en estos días), que desplegaron el trapo de Malvinas (por si a este grupo le hacía falta un símbolo).
Algo para decir ex post: si Argentina perdía feo, alguna vértebra del proceso podía dañarse. Era Inglaterra, era una semifinal, y el fútbol te exige y te pone a prueba. Siempre. Por eso el riesgo. Por eso, también, cuando se les da (otra vez), y de esta manera, podemos ver a Lautaro Martínez emocionarse mientras habla de su mamá, o a Enzo llorar mientras habla con su hinchada, o a Messi arrodillado en el final del partido -¡como en el Maracaná!-, solo con su alma, gritando, gritándose, apretando los puños, dándose otro gustito.
Qué bien: el fútbol sigue siendo justo con el 10.




