27 de junio de 2026
Así dijo Donald Trump varias veces respecto de Keir Starmer ante su negativa de apoyar a Estados Unidos e Israel en el combate contra el régimen de extrema derecha islámica de Irán desde que se intensificó hace meses el conflicto.
Es muy curioso, pero también irritante en grado superlativo, a mí ya me tiene harto la situación: en cualquier país latinoamericano o europeo, a la hora de leer algún artículo de opinión o noticia sobre temas políticos occidentales no son más que dos o tres palabras las que necesitas para cruzarte con el concepto de “extrema derecha” o de “ultraderecha”, así nomás y sin matices, para pasar al análisis correspondiente, y en cambio puedes leer noticias o artículos enteros sobre la República Islámica de Irán, de diez o quince minutos de lectura, y en ningún momento utilizan ese concepto para caracterizarla.

En ninguno, madre mía, cuando de lo que se trata, para empezar, es de una teocracia dogmática incompatible, por su herencia averroísta, con la separación, de herencia tomista, entre la iglesia y el Estado constitutiva del occidente judeocristiano, que hacen que, frente a un imán islámico, Joseph Ratzinger pareciera en su momento un liberal progre lector de Benjamin o Emily Dickinson.
Y lo mismo pasaría con Keiko Fujimori o el posible próximo presidente de Colombia: frente a alguien como Hasán Nasralá, clérigo-político chií fundador de Hezbolá, ellos no son otra cosa que políticos-empresarios católicos, liberales y capitalistas convencionales con alguna postura firme y el plan tal vez miserable y antinacional según se quiera ver, estoy de acuerdo, de aliarse con la actual administración norteamericana desde la perspectiva del Escudo de las Américas –cosa que ya anunció el colombiano en caso de llegar–, ¿pero por qué es eso ya, así nomás y sin lugar a dudas, categóricamente, algo de “extrema derecha”?
Repárese en el sesgo incomprensible. Mientras que en el perfil de Nasralá de Wikipedia lo que se escribe con pánfila y limpia objetividad en las primeras líneas es que se trató de un ‘clérigo y político libanés que se desempeñó como secretario general del partido político y cuerpo armado chií Hezbolá desde 1992 hasta su muerte en un bombardeo israelí en 2024’, en el de Abelardo de la Espriella lo que se dice en cambio y al instante, etiquetándolo de entrada para ponernos a todos en guardia desde no sé qué clase de implacabilidad moral e ideológica, es que se trata de ‘un abogado, empresario y político colombiano de extrema derecha’.
O sea que para el caso de Nasralá ningún adjetivo calificador, pero para Espriella se nos advierte al instante que tengamos cuidado con nuestra nueva, frágil y deconstruida masculinidad por lo que estamos a punto de leer, pues se trata de un aborrecible y patético monstruo de extrema derecha.
Esto es muy común que ocurra desde perspectivas progresistas al uso. Por eso suelo decir que ahí donde escuches la palabra “ultraderecha” puedes estar seguro de que estás frente a un progre blandengue, sensible y ético en toda regla.
Hoy toda Europa occidental le dio la espalda a la estrategia de Donald Trump, diciendo que no es su guerra. Yo creo que se equivocan, pero puede que ni ellos ni sus sociedades sean ya capaces ni de verlo ni de actuar en consecuencia en caso de reconocerlo
Es ese concepto de ultraderecha, entonces, o también el de “islamofóbico”, respecto del que ya en su momento advirtió hace más o menos veinte años el gran Christopher Hitchens, que lo vio venir clarito y lo dijo con todas sus letras en una conferencia cuyo video puede verse con facilidad en internet porque está cobrando inquietante actualidad. ‘Resistan mientras puedan’, le decía a su auditorio:
‘No podemos tener predicadores subsidiados por un estado. Ríndanse o entréguense a su peor enemigo y paguen por la soga que los va a ahorcar. Este es un asunto muy importante, damas y caballeros. Y yo les ruego: resistan mientras puedan, antes de que el derecho a quejarse se les arrebate, que es lo que sigue. Les van a decir: no puedes quejarte, porque eres islamófobo. El término ya ha sido introducido en la cultura, como si fuera una acusación de odio racial o de fanatismo, mientras que de lo que se trata es de la objeción a las prédicas de una religión absolutista y extremista. Cuidado con estos síntomas, que son síntomas de rendición, comúnmente ofrecidos de manera ecuánime, aduladora y ecuménica por hombres de Dios en otros hábitos, cristianos o judíos. Estos son los que mantendrán abiertas las puertas a los bárbaros. Los bárbaros nunca toman una ciudad sino hasta que alguien les mantiene abiertas las puertas, y serán sus propios curas o pastores y sus propias autoridades multiculturales los que lo harán por ustedes. Resistan mientras puedan. Y si se preguntan qué es lo que pasará si no lo hacen, miren cómo un equipo de criquet en Middlesex tuvo que cambiar de nombre a la fuerza porque durante años se llamó los “Cruzados de Middlesex” para no ofender a una “religión de paz”… Resistan mientras puedan’.
Eso lo dijo Hitchens hace un par de décadas. A ver quién es ahora el estupendo que me quiere venir a decir que él era de extrema derecha o de ultraderecha, o que se estaba haciendo conservador. Hitchens: el valiente e iconoclasta defensor de la libertad según la entendemos en occidente que fue más bien un socialista clásico antes de la debacle del progresismo-postmoderno-woke afectado de superioridad moral y el fastidioso e insoportable lenguaje inclusivo.

Yo recuerdo a Starmer en intervenciones televisivas o en el Parlamento hablar a la primera y sin chistar un día sí y otro también sobre la “extrema derecha” pero en Inglaterra y en Europa, obvio, y de los “islamófobos” ingleses y europeos, claro está, incapaz de entender y enfrentar el grave problema de reemplazo demográfico que les está islamizando poco a poco a Gran Bretaña, y tal vez ya de forma irreversible. Esto es lo que explica el fenómeno de Tommy Robinson, del que siempre y en automático se dice que es, adivinen: “de extrema derecha”.
Creo de hecho que, a estas alturas, son Francia e Inglaterra los países-laboratorio en donde está teniendo lugar una mutación demográfica, geopolítica y cultural sin precedentes que está llevando las cosas a un escenario medieval, es decir, de enfrentamiento civil a escala civilizatoria centrado en la incompatibilidad religiosa que desborda el plano de la economía, y obviamente que el del antagonismo de izquierda contra derecha, y que se explica mejor a la luz de aquellas consignas famosas como las de Gadaffi cuando decía que el islam iba a reconquistar a Europa con el vientre de sus mujeres, estrategia a la que ahora se añaden los millones de las petro-monarquías con las que también se está reconquistando su economía: ¿no es ahora el emblemático Paris Saint-Germain propiedad del fondo soberano qatarí Qatar Sports Investments? Pues eso.
En ciudades como Londres, a la que muchos como Melanie Phllips han optado por llamar mejor Londonistan, Birmingham, Bradford, Manchester o Luton, las cosas parecen estar cada vez más fuera de control, pero ahí tienes a los analistas otra vez, y a Starmer también, faltaría más, encerrados en su burbuja maniquea y moralmente superior hablando de la ultraderecha islamófoba como la fuente principal del problema.
A estas alturas, son Francia e Inglaterra los países-laboratorio en donde está teniendo lugar una mutación demográfica, geopolítica y cultural sin precedentes que está llevando las cosas a un escenario medieval
Ahora que Starmer renunció como primer ministro británico, con ese pusilánime y emotivista lloriqueo kitsch de despedida, lo volvió a decir Donald Trump: él no es Winston Churchill, porque Churchill tuvo el coraje para detectar un problema real, el nazismo, y de hacer lo que fuera necesario para combatirlo. Tuvo muchos errores, desde luego y como todos, pero en eso no se equivocó, y sobre todo no se equivocó en el momento en el que no debía de equivocarse. Y actuó en consecuencia.
Hoy toda Europa occidental le dio la espalda a la estrategia de Donald Trump, diciendo que no es su guerra. Yo creo que se equivocan, pero puede que ni ellos ni sus sociedades sean ya capaces ni de verlo ni de actuar en consecuencia en caso de reconocerlo. Hegseth ha dicho que revisarán con seriedad la situación de la OTAN desde una lógica como la de Eisenhower actualizada por la de Trump.
Yo creo que Europa está prácticamente perdida. A pesar del carisma de Macron o de Meloni, está perdida y España es una vergüenza, sobre todo si se toma en cuenta el hecho de que hasta Carlos Marx le reconoció su papel civilizatorio cuando, antes que Francia en Poitiers, fue en Covadonga donde pararon al islam allá por el 722 de nuestra era.
De momento ha sido la economía, o más bien la geopolítica de la economía, la que ha detenido el conflicto. Se piensa que todo esto es el resultado de una locura subjetiva o del desquiciamiento del carácter de un presidente norteamericano, en este caso Donald Trump. No es así. Es un problema estructural, teológico, demográfico y por tanto geopolítico de siglos. Hay que leer a Henri Pirenne, y también a Malraux, que también lo vieron claro, para entenderlo. También lo sabe hoy Michel Houellebecq. Léase Sumisión para los efectos.
Gustavo Bueno fue de los que también lo tuvo claro cuando lo de la caída de las torres gemelas de Nueva York, diciendo en entrevista allá por 2001 que había que destruir las raíces del islam con el arma del racionalismo:
‘en todo esto –decía Bueno– sigue funcionando la disputa entre Santo Tomás de Aquino y Averroes. El entendimiento agente contra averroístas. Santo Tomás sostiene que la razón, el entendimiento agente, es individual. Dicho de otra manera, sostiene que es corpóreo. Mientras que Averroes sostiene que es supraindividual. Que nos envuelve a todos los hombres. Que alguien piensa por nosotros. Es la revelación. Es Mahoma. Es el fanatismo. Un terrorismo como el que hemos visto estos días en EE. UU. es de unos individuos que ponen entre paréntesis su vida. Eso sólo sucede entre los budistas, sean los bonzos que se queman o los kamikazes, y entre los musulmanes. Nunca se da en un europeo o en un americano. Así como el terrorismo individual o el de ETA es, hablando en términos matemáticos, propio de cantidades despreciables, el terrorismo musulmán es de otro orden, no se trata de cantidades despreciables. Eso es lo que aterra. El islam no tiene faz visible. Pero la red está extendida por todos los países islámicos.’ (La Nueva España, septiembre de 2001)
Ahora que Starmer renunció como primer ministro británico, con ese pusilánime y emotivista lloriqueo kitsch de despedida, lo volvió a decir Donald Trump: él no es Winston Churchill, porque Churchill tuvo el coraje para detectar un problema real, el nazismo, y de hacer lo que fuera necesario para combatirlo
De esto he hablado aquí mismo en otros momentos, recordando la tesis de Huntington sobre el choque de civilizaciones, que es lo que está teniendo lugar: un verdadero choque civilizatorio en el que occidente está jugándose una partida histórica decisiva.
Cuando terminó la segunda guerra mundial, John Lukács dijo que, con eso, lo que también estaba llegando a su fin era la edad europea. Según Donald Trump, Starmer le dijo en su momento que Gran Bretaña los apoyaría una vez que hayan ganado.
Lukács tenía razón, y también la tiene Donald Trump, porque Keir Starmer, qué duda puede haber, no es Winston Churchill, no señor.



