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27 de junio de 2026

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CUANDO LA FE SE VUELVE ESPEJO: EL RIESGO DE CREER SIN SER INTERPELADO

Federico Viola

@federicoviola
FE
Tiempo de lectura: 6 minutos

Hace pocas semanas se conoció el último informe del Barómetro de las Religiones y las Creencias en Argentina, elaborado por el Observatorio de las Creencias de la Universidad de Buenos Aires. El diagnóstico, en apariencia, es claro: el catolicismo pierde peso, crecen los evangélicos, aumentan quienes no se identifican con ninguna religión y se debilita la práctica institucional. Pero tal vez el dato más interesante no sea que las iglesias pierdan fieles. El dato decisivo es otro: la necesidad de creer no desaparece.

No estamos, simplemente, ante una sociedad que deja atrás la religión. Estamos ante una sociedad en la que la búsqueda de sentido se desplaza. La vieja idea de que la modernidad terminaría con las creencias religiosas resultó demasiado simple. Se pensó durante mucho tiempo que el avance de la ciencia, de la educación y de la racionalidad moderna produciría una lenta retirada de lo religioso. Pero eso no ocurrió de manera lineal. Muchas personas se alejan de las instituciones religiosas tradicionales, pero no abandonan necesariamente la pregunta por Dios, por la trascendencia, por la muerte, por el sufrimiento, por el bien, por el destino o por el sentido último de la vida.

Cada uno arma su propio sistema espiritual a medida: un poco de cristianismo, algo de meditación, ciertas ideas de autoayuda, alguna terapia, una vaga noción de energía, destino o universo

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El problema, entonces, no es que hayamos dejado de creer. El problema es que creemos cada vez más solos. Para entender esto puede ser útil recordar una idea central del filósofo Ernst Cassirer: el ser humano no es sólo un animal racional, sino un animal simbólico. No vivimos simplemente en un mundo físico, rodeados de objetos y hechos. Vivimos en una trama de símbolos, relatos, imágenes, lenguajes, ritos, gestos, instituciones y memorias compartidas. El mundo humano no es solamente naturaleza: es cultura. Y la cultura es, ante todo, una estructura simbólica.

Por eso las religiones nunca fueron solamente sistemas de creencias privadas. Fueron formas de organizar simbólicamente el mundo. Daban respuestas, pero también ofrecían lenguajes, rituales, calendarios, comunidades, autoridades, relatos de origen, figuras ejemplares, prohibiciones, esperanzas y modos de atravesar el dolor. En otras palabras: no sólo decían qué creer; enseñaban cómo habitar el mundo.

Cuando esas instituciones pierden fuerza, no queda simplemente un vacío neutro. La energía simbólica humana no desaparece. Transita, se desplaza. Busca otros lugares donde alojarse. Busca otros relatos, otros rituales, otros héroes, otros templos, otros calendarios, otros lenguajes de pertenencia.

Por eso el debilitamiento de las iglesias no significa automáticamente una sociedad más racional, más serena o más libre, como pretendían los relatos secularizantes. Puede significar, también, una sociedad donde la necesidad de trascendencia migra hacia espacios menos preparados para contenerla. Uno de esos espacios es la política.

La política, por supuesto, necesita símbolos. Ninguna comunidad política vive sólo de reglamentos, presupuestos y procedimientos administrativos. Las sociedades requieren relatos comunes, símbolos públicos, memorias compartidas, ideales de justicia, nombres capaces de movilizar afectos. El problema comienza cuando la política deja de ser un campo de deliberación, conflicto institucional y decisión pública para convertirse en una religión sustitutiva.

Entonces el adversario deja de ser un adversario y se vuelve un enemigo absoluto. El líder deja de ser un representante y empieza a ser tratado como salvador. El programa político deja de ser discutible y se convierte en dogma. La militancia deja de ser participación ciudadana y adquiere rasgos de fe cerrada. La historia se divide entre elegidos y condenados, puros e impuros, patriotas y traidores. En ese punto aparece uno de los peligros más serios de nuestro tiempo: la política mesiánica.

Cuando la energía simbólica que antes era organizada por las religiones se desplaza sin mediaciones hacia la política, los líderes pueden comenzar a ocupar el lugar de figuras redentoras. Ya no prometen simplemente gobernar mejor, administrar con mayor eficacia o representar determinados intereses. Prometen salvar, purificar, restaurar, liberar, refundar. Se presentan como excepciones morales en medio de una sociedad degradada. Y una ciudadanía necesitada de sentido puede empezar a esperar de ellos algo que ningún dirigente político debería prometer: la salvación del pueblo.

La religión institucional está en crisis. Pero la pregunta por el sentido sigue viva. Y cuando una sociedad no sabe cómo responderla, esa pregunta no desaparece: busca otros nombres, otros cuerpos, otros escenarios

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La política así entendida no eleva la vida pública. La degrada. Porque transforma problemas concretos -económicos, institucionales, educativos, sociales- en dramas morales absolutos. Y cuando todo se vuelve moralmente absoluto, se pierde la posibilidad de discutir racionalmente. Ya no hay políticas mejores o peores: hay fieles e infieles. Ya no hay errores: hay traiciones. Ya no hay instituciones: hay causas sagradas.

Algo semejante puede ocurrir con el deporte, especialmente con el fútbol en la Argentina. Sería absurdo negar la belleza simbólica del fútbol. Un club no es sólo una institución deportiva. Es memoria familiar, barrio, infancia, pertenencia, lenguaje común, épica, alegría, duelo y comunidad. Un estadio puede producir una experiencia de comunión que pocas instituciones logran hoy generar. Allí se canta, se sufre, se celebra, se heredan colores, se honra a los muertos, se transmite una historia y se participa de un rito colectivo.

Pero también allí aparece un riesgo. Cuando el fútbol absorbe demasiada energía simbólica, puede dejar de ser juego, tradición y pertenencia para convertirse en identidad total. El rival deja de ser necesario para que exista el juego y pasa a ser alguien a quien odiar. El ídolo deja de ser un deportista extraordinario y se convierte en santo popular. La camiseta deja de ser símbolo y se vuelve frontera moral. El resultado deja de importar deportivamente y empieza a afectar la dignidad misma de quienes participan de esa comunidad emocional.

La política y el fútbol muestran, entonces, una misma dinámica: pueden alojar sentido, pero no siempre pueden ordenarlo. Pueden producir intensidad, pero no necesariamente profundidad. Pueden generar comunidad, pero también encierro identitario. Pueden ofrecer pertenencia, pero no siempre interpelación ética.

Y aquí conviene precisar el punto. No se trata de lamentar nostálgicamente la pérdida de una sociedad homogéneamente religiosa. Tampoco se trata de afirmar que las iglesias hayan sido siempre espacios sanos, abiertos o verdaderamente espirituales. Muchas veces no lo fueron. Las instituciones religiosas también pueden volverse rígidas, autoritarias, burocráticas, moralistas o incapaces de escuchar el sufrimiento real de las personas. Pero la crítica a las instituciones religiosas no debe impedirnos ver otro problema: cuando la búsqueda de sentido se privatiza completamente o migra hacia sustitutos débiles, la creencia corre el riesgo de volverse frágil.

Frágil no porque sea poco intensa. Puede ser intensísima. Frágil porque ya no encuentra una alteridad que la cuestione. Cada uno arma su propio sistema espiritual a medida: un poco de cristianismo, algo de meditación, ciertas ideas de autoayuda, alguna terapia, una vaga noción de energía, destino o universo. Esa mezcla puede ser sincera, e incluso útil. Pero también puede convertirse en un reflejo perfecto, narcisista: creo aquello que confirma lo que ya quería creer. Una creencia así consuela, pero difícilmente transforma. Acompaña, pero no necesariamente interpela. Refuerza la identidad, pero no obliga a salir de uno mismo.

Las grandes tradiciones religiosas, en sus mejores versiones, hacían algo más incómodo: ponían al creyente frente a una palabra que no había inventado, una comunidad que no controlaba, una memoria que lo precedía y un otro que lo reclamaba. Allí la fe podía ser algo más que un sentimiento privado: podía ser una experiencia de descentramiento.

No estamos, simplemente, ante una sociedad que deja atrás la religión. Estamos ante una sociedad en la que la búsqueda de sentido se desplaza. La vieja idea de que la modernidad terminaría con las creencias religiosas resultó demasiado simple

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Tal vez ese sea el punto decisivo. Una creencia que nunca incomoda, que nunca exige, que nunca desinstala, que nunca obliga a responder por otro, termina pareciéndose demasiado al consumo. Y una sociedad donde cada uno consume sentido de manera individual puede parecer más libre, pero también puede quedar más sola.

Por eso la pregunta de fondo no es si la Argentina será más o menos religiosa en los próximos años. La pregunta es más profunda: ¿dónde va a alojarse la necesidad humana de sentido? ¿En comunidades capaces de abrirnos al otro? ¿En prácticas espirituales cada vez más individualizadas? ¿En líderes políticos tratados como mesías? ¿En identidades deportivas vividas como absolutos? La religión institucional está en crisis. Pero la pregunta por el sentido sigue viva. Y cuando una sociedad no sabe cómo responderla, esa pregunta no desaparece: busca otros nombres, otros cuerpos, otros escenarios.

El desafío no consiste en restaurar sin más el pasado religioso. Ese pasado no vuelve. El desafío consiste en construir formas de vida compartidas donde la búsqueda de sentido no quede reducida ni al consumo espiritual privado ni a la idolatría política o deportiva. Porque el ser humano seguirá buscando símbolos. Seguirá necesitando relatos, ritos, pertenencias y promesas. La cuestión es qué sucederá con esa necesidad.

Tal vez nuestro problema no sea que hemos dejado de creer. Tal vez sea que todavía creemos mucho, pero ya no sabemos bien dónde ubicar lo que creemos.

FE