Un momento...

16 de junio de 2026

16 de junio de 2026

14 de junio de 2026

PATRICIO REY Y LAS BAY BISCUITS: LA IMAGINACIÓN AL PODER

Isabel de Sebastián

@isadesebastian
Música
Tiempo de lectura: 5 minutos

Fue en junio de 1982, en los Teatros de San Telmo, con las Bay Biscuits, mi debut en un escenario. Los Redondos nos habían invitado a participar en varios conciertos. Aún no habían grabado su primer disco. Ensayamos en La Plata unos días antes, fuimos en bondi. Al llegar Skay nos mostró Superlógico y el tema me voló la cabeza, tan distinto a todo. La letra hablaba de las mantis religiosas que devoraban a los machos (mientras el país devoraba soldados en las Malvinas, pienso ahora). Yo probé la voz de arriba, un gritito tipo ópera, y quedó. En vivo lo cantábamos vestidas de estatuas griegas. Luego lo grabamos en un demo en RCA. En Mujeres Aburridas, un rock bastante al palo con letra de Fabi y música mía, cantábamos nosotras y ellos nos acompañaban. Era la primera vez que escuchaba un tema mío tocado por una banda y no podía creer lo que estaba sonando. Luego llegó el vértigo de las presentaciones. Puro fuego. La comunión de Patricio Rey con el público (que entonces distaba de ser masivo) ya había comenzado.

Recuerdos algo borrosos: la sonrisa de Skay y el sonido de su guitarra, que parecían no ser de este mundo, Poli manejando todo como un soldado prusiano, el Indio serio, concentrado, potente. En esa época él estaría leyendo Vigilar y Castigar, y yo a Barthes. Pero arriba del escenario nada era de marfil, todo sonaba sin pedir permiso, como en una cancha, una fiesta de los sentidos, la plenitud del sonido. Algo que era simple y a la vez profundo, algo que estaba tan vivo que por momentos te acariciaba o te mordía.

En Mujeres aburridas las Baybis salíamos vestidas con manteles plavinil bailando frente a unas tablas de planchar. En Cuando calienta el sol, yo cantaba mientras las otras Baybis actuaban, muy serias, la gestualidad de la letra (el gesto de cuando con los dedos juntos, luego frotar las manos en calienta, un círculo arriba y al costado en el sol y así…). La guitarra de Skay le iba como un guante a esa canción lenta y gangosa. Al poco tiempo Fabi y yo habíamos migrado del performance al pop, y Vivi a la dirección de teatro, pero en esa época el under era uno, sin fuego amigo, todos en el mismo caldo. El asunto era inventar, correr el límite, sorprendernos y sorprender. Luego, como siempre (¿en la Argentina?, ¿en todas partes?) vino el River-Boca Soda-Redondos.

Sin duda había una militancia en los Redondos, musicalizada por Skay, escrita por el Indio y ejecutada por la Negra Poli. No partidaria, pero sí un cierto olor de napalm por la mañana en las letras, una manera de mirar (y pararse a ver) muy crítica que marcaba una diferencia constantemente. El principal enemigo: la hipocresía del sistema. Esa militancia la había tenido también Sumo. Luca y el Indio no se parecían sólo en sus peladas lustrosas. Los dos te hacían pensar. Los dos peleaban una. Los dos sospechaban de las mismas cosas. En ambos, también, el refinamiento y lo popular vivían un romance posible.

Una paradoja inevitable que no imaginábamos en esa época: tener una postura total de crítica al poder y, de alguna manera -en el caso de los Redondos- pasar a tener los superpoderes de una estrella de rock

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No transar era el mandato implícito (recuerdo que LAS se negó una vez a dar derechos de uso a Coca-Cola, cosa que le hubiera aportado miles de dólares a su bastante ajustada economía de esa época). Sin embargo, en el furor del rock nacional post-Malvinas los músicos comenzamos rápidamente a firmar contratos con productoras como las de Oscar López y Daniel Grinbank. Pero no ellos. El futuro ya había llegado pero los Redondos no transaban, ni iban a transar, nunca, never, ever.

Y ahí viene una paradoja inevitable que no imaginábamos en esa época: tener una postura total de crítica al poder y, de alguna manera -en el caso de los Redondos- pasar a tener los superpoderes de una estrella de rock. La paradoja no debe haber sido gratis. La pérdida total de privacidad, un precio altísimo.

Para el fin del 86 los Redondos habían llevado el concepto de concierto rock performático a su punto más alto en Paladium, el lugar-puente que los proyectó a la masividad, un lugar de encuentro de tribus diversas donde el cielo era el límite. La bacanal de Patricio Rey era, sin duda, lo más excitante de la nueva era. Sin embargo, esa nueva era, la de “con la democracia se come, se educa y se cura” ya comenzaba a implosionar. La expectativa había sido muy grande, la decepción inmensa. “En este film velado en blanca noche / el hijo tenaz de tu enemigo / el muy verdugo cena distinguido / una noche de cristal que se hace añicos”, predecían los Redondos, y sus letras cada vez tenían más sentido.

En ese vacío, la gran falla argentina, esa característica orográfica desde la llegada de la tan tan tan esperada democracia, se abrió un espacio como un mar que la política ya no podía llenar, pero la guitarra de Skay y las letras del Indio, sí. Los Redondos (y luego el Indio y Skay como solistas) ofrecieron lo que la política escatimaba: coherencia, honestidad, celebración, encuentro. Y felicidad. Mucha.

Miro las fotos de ese bautismo musical y artístico (incluyendo la foto de prensa que nos sacamos las Baybis en esos días depilándonos las axilas con espuma de afeitar), y pienso en eso que la universidad que estaba dejando no podía darme: la calle, la experimentación, la libertad creativa, y siento de pronto un agradecimiento que es pura alegría de haber estado allí cuando la imaginación era nuestro mayor poder, y la insolencia nuestro mayor tesoro.

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