06 de junio de 2026
La Inteligencia Artificial en el espejo de los orígenes del cristianismo y la doctrina social de la Iglesia
Tras un año de cautela, la encíclica Magnifica humanitas marca el inicio del papado de León XIV con todas las letras. En cierto modo, puede decirse que había empezado durante su reciente viaje a África, y en parte gracias a la torpeza de Donald Trump. Luego de los ataques del presidente estadounidense, la respuesta de Prevost -mesurada pero firme- recorre el mundo y amplifica su voz en el momento justo, cuando su estilo moderado comenzaba a agotarse y sus adversarios y enemigos dentro de la Iglesia empezaban a presionarlo.[1]
Durante 2025, Prevost hace equilibrios y, en buena medida, sus decisiones pueden comprenderse desde la física del poder.[2] Magnifica humanitas, sin embargo, escapa a este prisma y se mueve en otra temporalidad: la de los grandes debates teológicos del catolicismo. Responde a otras lógicas y va más allá de los desafíos políticos inmediatos -entre geopolíticos, ideológicos y palaciegos- del papado de Prevost. Dicho de otra manera: es un documento que dialoga con el magisterio pontificio (las enseñanzas de los papas contemporáneos) y los debates teológicos medulares del cristianismo desde sus orígenes. No es un documento cualquiera, sino una pieza concebida para perdurar. Así como Francisco amplía las fronteras de la Doctrina Social de la Iglesia (DSI) a través de Laudato si’ -debatiendo sobre el cuidado de la casa común- y Fratelli tutti -donde pide ir más allá del catolicismo social para pensar nuevas formas organizar el trabajo, la sociedad y la economía-[3], Prevost hace lo propio en Magnifica humanitas al abordar los desafíos que la IA, y lo que define como una nueva revolución industrial y tecnológica.
La encíclica considera que uno de los principales peligros es la destrucción de eso que Hannah Arendt denominaba el “mundo común”: el conjunto de referencias culturales y categorías compartidas por una comunidad
Una voz que suena fuerte
El impacto que ha tenido su encíclica a nivel internacional por fuera de la Iglesia católica, aunque previsible, no deja de ser sorprendente. ¿Es el papa tan importante en un tema como este? ¿A qué se debe su influencia y proyección? No hay una respuesta simple. Por un lado, desde una perspectiva histórica, la fortaleza del papado actual es el resultado de un largo y paciente proceso de reconstrucción de la institución papal -iniciada en la segunda mitad del siglo XIX-, y, fundamentalmente, más cerca en el tiempo, de las acciones acertadas de Francisco. Tras la crisis del papado en tiempos de Benedicto XVI, Francisco supo salvar a Roma del naufragio y reconstruir su prestigio internacional y su ascendiente en el debate político. Por otro lado, desde un enfoque sociológico, dicha fortaleza es también una consecuencia del franco declive de otras usinas filosóficas e intelectuales globales, otrora muy pujantes, como las conformadas por el arco de las izquierdas internacionalistas. Que se me entienda bien: no digo que no existen voces críticas, sino que su dispersión y su fragmentación -en buena medida reforzada por la lógica algorítmica de las redes sociales- las viene condenando a la intrascendencia política. Lo mismo puede indicarse sobre las élites dirigentes de las principales potencias, en nuestros días, más espectadores que participantes de los cambios en curso. En este contexto de orfandad, la voz del papa resuena con fuerza y se escucha más allá del catolicismo. A fin de cuentas, ¿quién más, con peso e influencia, está abriendo un debate franco sobre el futuro de la humanidad? Algunos de los gurúes tecnológicos en Estados Unidos -hoy en una relación tirante con Roma-, el Partido Comunista Chino… sobran los dedos de las manos para contarlos.

Desde este punto de vista, no sorprenden las escasas referencias del documento a filósofos, científicos o intelectuales ajenos a la propia Iglesia. Muchos analistas subrayan las citas a Hannah Arendt o Viktor Frankl e interpretan la referencia a J. J. Tolkien⁵ (la cita a las palabras de Gandalf en El Señor de los Anillos), como una muestra de apertura. Pero si se lee el documento con atención es notablemente autorreferencial. León XIV busca respuestas en el propio corpus católico, principalmente en la Doctrina Social de la Iglesia sistematizada por los papas. Es un gesto contundente que evidencia confianza y seguridad y marca una diferencia con Francisco, más proclive al diálogo interreligioso y político amplio. León XIV parece no solo no temerle a Trump, sino confiar que en la larga historia de la teología católica se hallan las respuestas a los desafíos del mundo actual y del porvenir. Los dos primeros capítulos de la encíclica (sobre cinco totales) se dedican a reconstruir los principios y la historia de la Doctrina Social de la Iglesia; el resto toma como base los documentos de la Comisión Teológica Internacional -vinculada al Dicasterio para la Doctrina de la Fe- condensados en ¿Quo vadis, humanitas?, publicada en marzo de 2026. En esta parte del documento -a partir del capítulo 3-, León XIV plantea lineamientos concretos para regular el impacto de los cambios tecnológicos basados en el magisterio pontificio. Por un lado, pide “desarmar” la IA y advierte que la “responsabilidad” solo puede ser humana. Por otro lado, apuntando a las “infraestructuras digitales”, afirma que las “patentes”, los “algoritmos”, las “plataformas” y los “datos” deben ser alcanzados por el principio del destino universal de los bienes (67). Finalmente, recuerda que la tecnología no es neutral, sino que asume el rostro de quien la concibe, financia, regula y utiliza (9). En este sentido, la encíclica considera que uno de los principales peligros es la destrucción de eso que Hannah Arendt denominaba el “mundo común”: el conjunto de referencias culturales y categorías compartidas por una comunidad. Las lógicas algorítmicas, potenciadas por la IA, corroen las referencias comunes al producir mundos a la carta para cada individuo, donde lo fundamental es capturar la atención. Las relaciones afectivas con otros, el pensamiento o la atención profunda -en palabras de Simone Weil- no tienen cabida en los micromundos del consumo digital y, de esta manera, tampoco la política misma. En este punto, la encíclica se desliza de la discusión sobre cómo regular y administrar los cambios tecnológicos a un debate más de fondo sobre su impacto antropológico. Tal vez, el verdadero centro neurálgico del documento.
León XIV busca respuestas en el propio corpus católico, principalmente en la Doctrina Social de la Iglesia sistematizada por los papas. Es un gesto contundente que evidencia confianza y seguridad y marca una diferencia con Francisco, más proclive al diálogo interreligioso y político amplio
Un poco de teología
Con la veloz evolución de la IA, la pregunta sobre la especificidad de lo humano deja de ser meramente filosófica o especulativa para volverse inmediata y concreta. Durante la presentación de la encíclica, el propio CEO de Anthropic volvió a referirse a las cosas “misteriosas” que ocurren en el marco de las estructuras de la IA, en los procesos internos, y pidió ayuda para entenderlo en una dimensión filosófica. ¿Puede la teología católica proporcionar respuestas?
Para el cristianismo nacemos marcados por el pecado original, algo así como una falla de origen. Tras pecar en el Edén, los seres humanos son despojados de su plenitud y arrojados al mundo, donde sienten dolor, sufren y mueren. Dios, entonces, interviene para regalarles algo así como una amnistía general: la gracia. La gracia no borra el pecado, pero les da a los seres humanos la fuerza suficiente para poder vencerlo y florecer. No siempre, claro está, ni siquiera la mayoría de las veces, porque la gracia no es una determinación, sino una posibilidad. Dicho de otra manera, el libre albedrío no es eliminado ni por el pecado ni por la gracia, sino que, en cierto modo, surge de la tensión permanente e inestable entre ambos polos. En esa inestable incertidumbre prospera lo humano. A lo largo de los siglos, las discusiones al respecto han sido infinitas. Hoy, de hecho, resultan inabarcables. No obstante, de ese enmarañado universo es posible reconocer algunas orientaciones constantes que han marcado la historia de la teología. De un lado, las sensibilidades pesimistas, aquellas que a lo largo de los siglos han puesto el acento en la fuerza del pecado original mucho más que en la capacidad reparadora de la gracia divina. Desde este punto de vista, las fallas de origen son demasiado severas y no pueden repararse. Además, la gracia es un don frágil y acotado, limitado solo a algunos y, por ende, incapaz de incidir de manera sustancial en la contención de eso que los teólogos llaman concupiscencia: la tendencia natural a pecar (elegir el mal), equivocarse, fallar. El resultado político que muchos derivan de esta antropología pesimista -un poco a la manera del Leviatán de Hobbes- es la necesidad de una Iglesia fuerte, con un rol tutelar sobre los hombres, riguroso e inclemente. Más o menos autoritario, según nuestros parámetros actuales. A partir del siglo XII aproximadamente, algunos teólogos reinterpretan a San Agustín en esta clave: lo que luego se da en llamar agustinismo político. Desde dicho prisma se defiende la autoridad papal sobre los monarcas y la de la Iglesia sobre las formas estatales, puesto que nada construido por los hombres sin la Iglesia se considera a salvo de la fuerza destructiva del pecado. El papa Bonifacio VIII, en el siglo XIV, promulga una encíclica con estas ideas: la Unam Sanctam. Más cerca en el tiempo, en el siglo XX, el agustinismo político gana peso e influencia entre los nacionalcatolicismos y en las diferentes vertientes tradicionalistas, en este caso, sobre todo tras el Concilio Vaticano II. En el fondo, el bajo continuo que domina estas sensibilidades teológicas es un pesimismo antropológico incólume.
La fragilidad, la finitud, el ser-para-la muerte (en la terminología de Martin Heidegger) son inherentes al ser humano, pero no como fallas sino como posibilidades. En una lectura casi lacaniana si se quiere, León XIV recuerda que lo que nos hace sufrir, el límite, es también lo que nos permite amar, imaginar, jugar
Desde la vereda de enfrente, los optimistas tienden a considerar que la gracia es una fuerza poderosa y universal, que reduce al mínimo la incidencia del pecado original, como si a través de ella, casi, la naturaleza humana fuera reparada en su totalidad. En los primeros siglos del cristianismo coexisten vertientes que, como el pelagianismo directamente niegan el pecado original y, por ende, la necesidad del bautismo y la gracia. Algo más moderados, los llamados semipelagianos consideran que la gracia es necesaria y que se nace con pecado, pero que, aun así, el hombre tiene la libertad para dar el primer paso. Ambas escuelas terminan siendo consideradas herejías en los siglos V y VI. No obstante, su impronta persiste entre diferentes grupos y tendencias, sobre todo tras el Renacimiento en las vertientes del denominado humanismo cristiano. Los ecos de la exaltación de la dignidad humana que proponen filósofos como Erasmo de Róterdam o Pico della Mirandola se escuchan todavía hoy en documentos como Fratelli tutti y Dignitas infinita[4]. En el siglo XX, las teologías humanistas -desde Jacques Maritain en adelante- se han inclinado más hacia este polo, reforzado luego con el Concilio Vaticano II y, más allá de los matices, durante los papados posteriores, especialmente con Francisco.
¿Volver a San Agustín?
¿Dónde debemos ubicar a Magnifica humanitas? Está claro que no forma parte de las sensibilidades pesimistas, aunque hay notas agustinianas fuertes, a las que, en todo caso, el documento resignifica en línea con la perspectiva de Francisco. En 2018 su exhortación apostólica Placuit Deo sobre la santidad en el mundo actual enumeró entre las herejías contemporáneas al neopelagianismo (entendido como la confianza en la propia capacidad sin Dios) y al neognosticismo (definido como un espiritualismo opuesto al cuerpo y la creación). En Magnifica humanitas, León XIV recupera esta perspectiva crítica delineada por su antecesor. La discusión es profunda porque lo que León XIV en Magnifica humanitas señala es que “El hombre florece no a pesar del límite, sino a través de él”. En contra de las utopías transhumanistas y posthumanistas, el papa recupera la definición agustiniana de la naturaleza humana, pero la desacopla de las derivas del agustinismo político. La fragilidad, la finitud, el ser-para-la muerte (en la terminología de Martin Heidegger) son inherentes al ser humano, pero no como fallas sino como posibilidades. En una lectura casi lacaniana si se quiere, León XIV recuerda que lo que nos hace sufrir, el límite, es también lo que nos permite amar, imaginar, jugar. “Aun cuando el límite se manifiesta como dolor interior, la sensatez humana enseña a no negarlo ni eliminarlo, sino a integrarlo. Para eliminar totalmente el dolor sería necesario, a fin de cuentas, apagar también el amor y el deseo. Quien ama y desea, en efecto, no puede evitar atravesar la prueba y el sufrimiento […] Renunciar a esta aventura, al mismo tiempo dramática y espléndida, en nombre de una presunta superación de todo límite podría ser cualquier cosa, pero no significaría ser humanos” (120).
Más cerca en el tiempo, en el siglo XX, el agustinismo político gana peso e influencia entre los nacionalcatolicismos y en las diferentes vertientes tradicionalistas, en este caso, sobre todo tras el Concilio Vaticano II
En conclusión, el sentido de la gracia de Dios, parece decir Prevost, no es borrar el pecado original, deshacer los límites y conducirnos a una plenitud “muerta”, sino darnos la fuerza para convertir las “fallas” en eso que nos hace humanos: el dolor, el sufrimiento, pero también el deseo, el trabajo y el amor. Las discusiones y reflexiones que propone León XIV son apenas el nuevo comienzo de un debate esencial en la historia del cristianismo. Un debate que, lejos de agotarse, promete gravitar cada vez con más fuerza en el marco de la revolución tecnológica de nuestro tiempo.
[1] https://nuso.org/articulo/papa-leon-xiv-robert-prevost-catolicismo-francisco-vaticano/
[2] https://www.revistaanfibia.com/papa-leon-xiv-el-equilibrista-de-roma/
[3] https://nuso.org/articulo/Francisco-papa-reformista/
[4] https://panamarevista.com/una-revolucion-avanza-en-la-iglesia-catolica/



