05 de julio de 2026
Vida y destino es un libro que llegó tarde. Como si hubiera atravesado un continente cubierto de nieve, escondido bajo el abrigo de alguien, con las páginas dobladas y con olor a miedo. Fue un sobreviviente antes que una novedad editorial. Perseguido antes que leído. Recorrió los archivos de los servicios secretos antes de ganarse un lugar en las bibliotecas. Antes de transformarse en una de las grandes novelas del siglo XX, fue tratado como el cuerpo del delito: un manuscrito que el Estado soviético estalinizado decidió encerrar, requisar, borrar y, si fuera posible, desaparecer. Por suerte, la censura no logró su cometido.
Vasili Grossman había escrito una novela sobre la guerra, aunque era más que un texto sobre la guerra. Había escrito sobre Stalingrado, sobre la resistencia soviética frente al nazismo, sobre los laboratorios científicos evacuados, sobre las familias rotas, sobre los trenes que llevaban a los judíos hacia la muerte, sobre los campos alemanes y los campos soviéticos, sobre los héroes anónimos, los burócratas, los cobardes, los iluminados, los prisioneros, los niños. Y, en el centro de todo, había escrito una pregunta intolerable: qué queda de la libertad humana cuando dos maquinarias históricas opuestas en muchos aspectos, pero hermanadas en tantos otros (el nazismo y el estalinismo), pretendían triturar la condición humana. La novela fue terminada hacia 1960 y, poco después de ser presentada para su publicación, la policía secreta soviética confiscó manuscritos, copias, apuntes y hasta cintas de máquina de escribir; recién pudo publicarse en Occidente en 1980, en Suiza, gracias a una copia microfilmada que logró escapar clandestinamente de la antigua URSS.
Grossman no escribía como un enemigo liberal de la URSS, sino como alguien formado dentro de su mundo, alguien que había visto el heroísmo real del pueblo soviético contra el nazismo y, justamente por eso, no podía aceptar que esa victoria sirviera para encubrir el terror interno
Grossman había nacido en 1905 en Berdíchev, Ucrania, en una familia judía asimilada. Estudió química en la Universidad de Moscú y trabajó como ingeniero antes de dedicarse de lleno a la literatura. Ese dato es importante porque en Grossman hay algo del científico que observa la materia bajo presión. La materia, en su caso, es la condición humana. ¿Qué pasa con un hombre cuando el mundo se derrumba? ¿Qué pasa con una madre en el gueto? ¿Qué pasa con un comunista preso en el Gulag que todavía cree en el Partido que lo destruyó? ¿Qué pasa con un físico judío cuando el Estado que necesita su talento también alimenta el antisemitismo que lo señala? Aunque no haya ofrecido respuestas limpias, Grossman supo mirar esas contradicciones sin cerrar los ojos.

Durante la Segunda Guerra Mundial fue corresponsal del periódico del Ejército Rojo. Estuvo en el frente oriental, en Stalingrado, en Kursk, en Berlín; vio de cerca la guerra como solo la ven quienes no mandan tropas desde la comodidad del escritorio, sino que caminan entre cuerpos mutilados, mentes destrozadas, barro, humo y ruinas. También fue uno de los primeros escritores en reconstruir con precisión documental el exterminio nazi de los judíos en Europa oriental. El infierno de Treblinka, publicado en 1944, fue una de las primeras grandes reconstrucciones periodísticas del funcionamiento de un campo de exterminio y llegó a ser utilizado como prueba en los juicios de Núremberg.
Pero la guerra no le dio sólo material literario, también le arrancó a su madre. Ekaterina Grossman quedó atrapada en Berdíchev cuando avanzaron los nazis y fue asesinada en 1941 junto a miles de judíos de la ciudad. Esa herida atraviesa Vida y destino como una corriente subterránea y envuelve a las más de mil páginas como un manto de tristeza. La célebre carta de una madre a su hijo (capítulo 18 en la edición de Galaxia Gutenberg), escrita desde el gueto antes de la muerte, es un potente recurso narrativo, pero, sobre todo, es una forma de duelo imposible. Grossman le escribe a la madre muerta no para salvarla -ya no puede- sino para negarse a que el crimen consiga su segunda victoria: transformar a una persona en cifra, a una vida en estadística, a una madre en “víctima civil”. Se negó a que el cálculo frío de la muerte en masa tuviera la última palabra sobre la inmensidad de una vida única.
Grossman le escribe a la madre muerta no para salvarla -ya no puede- sino para negarse a que el crimen consiga su segunda victoria: transformar a una persona en cifra, a una vida en estadística, a una madre en “víctima civil”
Vida y destino también es una novela contra la abstracción. Allí donde el siglo XX inventó palabras gigantescas, Grossman repuso nombres, gestos, olores, miedos, vergüenzas. Si el totalitarismo necesitó borrar el rostro singular para administrar masas, Grossman hizo lo contrario: rescató lo irrepetible. Una mujer que cuida a un niño en el tren que los traslada directo a la cámara de gas. Un soldado que resiste en una casa destruida de Stalingrado. Un preso que descubre demasiado tarde que su fe política no lo protege de la maquinaria que ayudó a justificar. Un científico que recibe una llamada salvadora de Stalin y siente alivio, gratitud, humillación, miedo y asco de sí mismo, todo al mismo tiempo.
La comparación que se hizo infinidad de veces es con Tolstói. Se dijo que Vida y destino es la Guerra y paz del siglo XX. Una arquitectura inmensa donde lo doméstico y lo histórico se iluminan mutuamente. Grossman desconfía de la historia narrada desde arriba, de los generales, los jefes, los hombres providenciales. Y como Tolstói, sabe que una guerra no se entiende solo por sus partes militares sino por la palpitación violenta de quienes la padecen. Sin embargo, Grossman escribió después de Auschwitz, después del Gulag, después de la revolución traicionada y burocratizada, después de que la promesa emancipatoria también hubiera aprendido el idioma de los campos. Transmitió la experiencia del escritor soviético que arrancó creyendo en la revolución y terminó observando que el Estado nacido en su nombre podía reproducir, con otra lengua y otros símbolos, una lógica de aplastamiento de lo humano.
Esa es una de las razones por las que el libro fue insoportable para la burocracia soviética. Más que una novela “antisoviética” en el sentido vulgar, era una novela verdadera. Y la verdad que ponía en escena era más corrosiva que una denuncia exterior. Grossman no escribía como un enemigo liberal de la URSS, sino como alguien formado dentro de su mundo, alguien que había visto el heroísmo real del pueblo soviético contra el nazismo y, justamente por eso, no podía aceptar que esa victoria sirviera para encubrir el terror interno. La novela resultaba peligrosa porque reconocía la grandeza popular de Stalingrado y al mismo tiempo mostraba la oscuridad del régimen que administraba burocráticamente esa proeza.
La materia, en su caso, es la condición humana. ¿Qué pasa con un hombre cuando el mundo se derrumba? ¿Qué pasa con una madre en el gueto? ¿Qué pasa con un comunista preso en el Gulag que todavía cree en el Partido que lo destruyó?
El gesto central de Grossman es separar al pueblo del Estado totalitario. La resistencia de los soldados soviéticos no absolvió a Stalin. La derrota del nazismo no purificó al Gulag. El sacrificio de millones no perteneció automáticamente a la burocracia que después lo convirtió en monumento. En ese sentido, Grossman escribió contra dos formas de expropiación: la expropiación física de la vida y la expropiación simbólica de la memoria.
Grossman había publicado varias obras antes, pero Vida y destino cruzó una frontera. Cuando la novela fue confiscada, Grossman escribió a las autoridades exigiendo que liberaran su libro. La respuesta política fue brutal: le hicieron saber que una obra así no podía publicarse quizá por 200 o 300 años. Grossman murió en 1964, de cáncer, sin verla impresa. La historia de la literatura está llena de manuscritos póstumos, pero pocos condensan de manera tan perfecta la relación entre escritura y poder: el Estado podía impedir la publicación, pero no podía desescribir lo escrito.

El impacto de Grossman en la literatura mundial fue lento, pero profundo. No fundó una escuela al modo de los manifiestos literarios. Tampoco dejó discípulos organizados. Su influencia fue más silenciosa: modificó los pilares de la literatura contemporánea. Después de Vida y destino, la novela de guerra ya no podía pensarse solo como épica militar, ni la literatura de campos de concentración solo como testimonio, ni la novela política solo como denuncia. Grossman mostró que una obra podía ser al mismo tiempo archivo, novela familiar, tragedia íntima, fresco histórico, meditación filosófica e inapelable acusación moral. En nuestro país, la novela fue rescatada y llevada a lo más alto por el gran Juan Forn: “Grossman logra la proeza que Stalin exigió y nunca obtuvo del realismo socialista: un libro que parece escrito no por un individuo sino por un país y una época enteros”, sentenció el hombre que fue viernes en el suplemento Radar de Página 12, allá por agosto de 2008.
Si el totalitarismo necesitó borrar el rostro singular para administrar masas, Grossman hizo lo contrario: rescató lo irrepetible. Una mujer que cuida a un niño en el tren que los traslada directo a la cámara de gas. Un soldado que resiste en una casa destruida de Stalingrado. Un preso que descubre demasiado tarde que su fe política no lo protege de la maquinaria que ayudó a justificar
Hay una escena conceptual que recorre toda la novela: el choque entre vida y destino. El destino es lo que parece venir desde arriba: la guerra, el Estado, la historia, la orden, la deportación. La vida es lo que insiste por abajo: el amor, el hambre, el miedo, la memoria, el deseo, la dignidad inesperada. El destino clasifica; la vida desborda.
Grossman escribió para que nadie pudiera decir que no sabía, pero también para que nadie pudiera decir que las víctimas fueron solo víctimas, los soldados solo soldados, los prisioneros solo prisioneros, los muertos solo muertos. Escribió para devolverles complejidad a quienes la historia había reducido a función. Escribió para oponer a la muerte organizada una memoria organizada de otro modo: no desde el Estado, no desde el Partido transformado en puro aparato, no desde la victoria expropiada, sino desde la obstinación amorosa que habita en el corazón de la gran literatura.
Vida y destino es un libro enorme porque entiende algo terrible: el siglo XX no solo mató millones de personas; también fabricó lenguajes para justificar, ocultar o administrar esas muertes. Grossman respondió con otro lenguaje. Uno que no promete redención, pero impide el olvido. Y en ese gesto, humilde y desmesurado a la vez, está su victoria póstuma: el manuscrito que quisieron arrestar terminó viajando solo por los caminos del mundo.



