Un momento...

27 de junio de 2026

27 de junio de 2026

9 de mayo de 2026

CÓMO DETENER EL TIEMPO: ENTREVISTA A RAFAEL SEVILLA

Pedro Yagüe

@peyague
Entrevistas Panamá
Tiempo de lectura: 4 minutos

En el prólogo de Cómo detener el tiempo, Ramseyer te describe como alguien que publica poesía a pesar de odiar ese mundo. ¿En qué consiste ese odio?

Hubo un tiempo donde el mundo literario me fascinaba. Hasta que lo conocí. Los “poetas” me aburrieron. Me aburrieron sus poses, su previsibilidad, su salto entre lo políticamente correcto a la transgresión módica. Exagero, lo sé. Tom Waits decía que la mala escritura le baja la calidad a nuestros sentimientos. Bueno, el mundo de la poesía, atiborrado de versos que buscan el éxito obvio y viralización en redes, logran eso: estandarizar nuestros sentimientos. Hernán Vanoli escribió un libro que se llama “La literatura en tiempo de algoritmos”. Escribe, entre otras cosas, sobre la obligación de los escritores del siglo XXI a autodiseñar su exposición, su forma de venderse al mundo. Consumimos escritores, no sus textos. Entonces los escritores intentan venderse y a veces acomodan sus textos para eso. Sobrediseño, grandes autocampañas de marketing y subejecución de textos; escritores sin obra.

¿Qué efecto crees que produce todo esto en la escritura?

Estas formas de relacionarse en y con el mundo, que no se circunscriben solo a la literatura, hicieron desastres particularmente en la poesía. La poesía, creo, es una de las formas más difíciles de la escritura. Por suerte todavía hay quienes se la toman en serio sin sacralizarla. Rodríguez, Giaganti, Casas, Fariña, Litvinova, Schierloh. En muchos de sus poemas encuentro verdades, verdades abiertas. Ahí me parece que hay algo: ir hacia las ruinas, hacia abajo, hacia dentro, escribir desde ahí. A mí, en este caso, me sirvieron mucho los anteriores: Giannuzzi, Susana Thenon, Cristina Peri Rossi. Por eso sus citas al comienzo del libro.

Leía el otro día a Magdalena Macías en Revista Urbe, algo que parece ser epocal: vivimos en el presente con la tristeza o nostalgia de que va a ser un pasado más. Bueno, al parecer, no estoy exento de eso

Compartir:

¿Cómo surgió este libro?

Suena ridículo, pero fue una búsqueda por tratar de encontrarme conmigo mismo. Encontrar de nuevo esas obsesiones, miedos y pasiones que había abandonado con los años. Quise volver a encontrar lo que siempre me pregunté. Fue más un impulso que me tomé con la mayor seriedad posible. Recopilé lo que había escrito en los últimos quince años, deseché el 90%, elegí esto y lo corregí hasta el hartazgo. 

¿Qué encontraste cuando te sentaste a leer lo que habías escrito?

Creo que encontré una unidad de efecto, conociendo mis limitaciones. Traté de ser justo con lo que escribí en su momento y no contagiarlo de quien soy en el presente. 

En muchos poemas abordás el vínculo difícil que hay entre la vida y las palabras. ¿En qué medida la poesía te sirve para pensar este problema?

La poesía fue el lenguaje que encontré para intentar abordar (siempre de forma fallida) lo que nos excede o nos desborda. Una obsesión: este lenguaje no alcanza para describir lo que siento. La configuración del discurso reduce o transforma en gran medida lo que estoy sintiendo. Y al mismo tiempo es la escritura la forma de pensamiento que ordena y consolida lo que uno está pensando y sintiendo. Entonces, me interesa esa tensión entre lo que el lenguaje no puede y las posibilidades que permite el lenguaje literario o poético. Tal vez muy elemental, pero si nosotros entendemos el mundo por las palabras con que lo vamos nombrando, ¿qué pasa cuando nuestro lenguaje se configura de tal manera que nos permite pensar más allá de nosotros?

Recopilé lo que había escrito en los últimos quince años, deseché el 90%, elegí esto y lo corregí hasta el hartazgo

Compartir:

¿De dónde viene tu preocupación por “detener el tiempo”?

Por miedo a la muerte. Me fascina el milagro de estar vivos. No creo en dios ni en el más allá. Quisiera creer, tener la voluntad de elegir creer como si fuera elegir entre un café chico o un cortado. Pero no me sale, no creo. De ahí todo. Leía el otro día a Magdalena Macías en Revista Urbe, algo que parece ser epocal: vivimos en el presente con la tristeza o nostalgia de que va a ser un pasado más. Bueno, al parecer, no estoy exento de eso. Este libro, tal vez, pueda ser un ejercicio personal para fijar el pasado y hacer presente, “presentificar” como diría Agustín Valle.

Sos militante de Ciudad Futura de Venado Tuerto. ¿Hasta qué punto esta relación entre lo que se vive y lo que se dice aparece también en la política?

Sí, milité hasta fines del 2025 en Ciudad Futura Venado Tuerto. En la política, en general, creo que en casi ningún lugar sucede eso. En Ciudad Futura yo lo encontré, por eso puse cuerpo y cabeza durante muchos años. Ciudad Futura, entiendo, es un espacio de respuestas reales a preguntas que se perdieron en el campo nacional, de izquierda, progresista o como quieras llamarlo. Creo que es justamente esa relación entre lo que se vive y se dice lo que entusiasma: lo genuino. La política, sin embargo, tal como la entendemos hoy, enferma. Los únicos procesos que pueden generar anticuerpos reales para no enfermarse son los procesos locales o municipales. La política está entrampada en una simulación constante, exacerbada por los vínculos con las redes y la tecnología. Los políticos hoy, en general, están perdidos o ensimismados. No entienden el mundo en el que viven y no hacen ningún esfuerzo de comprensión para entenderlo.

Entrevistas Panamá