Un momento...

01 de julio de 2026

01 de julio de 2026

9 de mayo de 2026

“TENÉS QUE IR A VERLO A RUBÉN MORENO”   

Nicolás Rivas

@NicolsRiva6370

Licenciado en Trabajo Social. Profesor materia Fundamentos e Historia del Trabajo Social. UBA

Música
Tiempo de lectura: 7 minutos

—Tenés que ir a ver a Rubén Moreno.

Esa afirmación de mi vieja sucedió después de que le contara acerca de mi reciente inicio en el aprendizaje -y en el mundo- del bandoneón. “Él cantó con las mejores orquestas de acá y cuando salí reina de la primavera tocaron en La confitería París con La continental”. El diálogo se dio en la tardecita de un frío domingo de junio, en la casa de mis viejos, en Pigüé (una localidad ubicada al sudoeste de la provincia de Buenos Aires, rodeada de las “sierras del Pigüé” al decir de Ricardo Iorio en “Pal ‘Recuerdo” y también lugar de nacimiento del ilustre Juan Carlos Cobián).

En ese mismo momento de la charla y a través de la ventana que da a la calle, veíamos pasar dos imágenes de tradiciones de pueblo, que transcurrían por esas horas que no le pertenecen ni al domingo ni al lunes (como decía el humorista gráfico y dibujante Alejandro del Prado “Calé”).

Por un lado, agonizaba la vuelta al perro, ese lento ritual de fin de semana: desfile de autos, cuyo único destino y propósito es ir y venir por la avenida principal, pasando por la iglesia, la plaza y el parque municipal. Mirándonos de auto a auto, haciendo un comentario -habitualmente tan chismoso como necesario- entre los que van en el mismo vehículo en relación a los de en frente y saludando: a los cercanos con gestos visibles y a los solo conocidos o distantes, con leve e indiferente movimiento de cabeza.

La otra imagen se completaba con los que salían de la misa de la tarde, camino a sus casas y que también daban una vuelta al perro para ver qué pasa, y una que otra mirada va, mirada viene, mirada va. En ese preciso instante, esas tradiciones se entrelazaron con la otra, la del tango, su época dorada en el pueblo, las orquestas y el cantor. Pero también se interpuso el centralismo porteño que tiene dificultades para poder comprender cómo la lírica y el baile de Buenos Aires también triunfaron en el denominado interior del país. El desarrollo ferroviario, la proliferación de radios, de revistas y el cine, el acceso al ocio y la recreación, los buenos músicos locales -todo esto potenciado por la democratización del peronismo- y, también, digamos todo, la seducción de las luces del centro hizo lo suyo. Dimensiones a tener en cuenta a la hora de fundamentar la expansión del género.

Otra explicación menos racional pero más romántica y en boca del Negro Celedonio Flores pondrá en otro lugar la geografía y sintetizará de modo fino y contundente que el tango es y será siempre la canción del sentimiento que se mete por el alma dulcemente.

El cantor me estaba esperando junto a su esposa en la casa que compartían

Nos sentamos y comenzaron a circular los mates y la torta casera, preparada para la ocasión. Enseguida trajo su bandoneón, un Premier (de la familia de los afamados “Doble A”), brilloso y de potente sonido.

Y cantaron. Dos “gargantas” vibrando por el paso del aire -pensé- y fui consciente de estar presenciando un momento único, que sucede muy pocas veces. ¿Cuántas músicos y cantantes conocen que toquen el bandoneón y canten al mismo tiempo? La lista es corta: obviamente el Negro Juárez, algunos otros y ahora Rubén Moreno, cuyo nombre original es Wenceslao Rubí Miño.

Después me mostró una habitación de su casa que era como un currículum, pero hecho de objetos: varias fotos llenas de músicos e instrumentos con diferentes orquestas en las que cantó.

—Tengo 77 años y canté con todas las de Pigüé y la zona, desde fines de los ´50 hasta los ´80.

Retratos que le hicieron, fotos de jugador de fútbol y de su oficio de panadero en la cuadra.

—¿Sabés las veces que terminaba de cantar y los domingos a la madrugada me iba a laburar a la panadería directamente y después a jugar al fútbol?

“Crueldad la del tiempo”, dirá Discépolo. Pero esto era distinto, se me jugaba la localía del nacido y criado, y no me resignaba a la idea de que no quedara algún registro de todo esto. Imaginé que este hombre no podía morirse sin grabar

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Imágenes en papel, pergaminos y esculturas de vírgenes y santos y cristos y rosarios mezclados con afiches amarillentos donde aparecía su nombre junto a las orquestas difundiendo bailes familiares y presentaciones en clubes de fútbol, de básquet y sociedades de socorros mutuos italianas, españolas, alemanes, francesas y criollas: todas esas identidades que amalgamaron al territorio bonaerense.

Camino de regreso a casa, ensimismado y rebalsado de un pasado que se representaba ahora con imágenes, cuerpo y voz, mis pensamientos giraban en torno a situaciones similares que ya había vivido, topándome con hombres y mujeres, personajes parecidos a Rubén Moreno, habitantes de otros pueblos o ciudades pequeñas cuyas biografías desbordaban de historias y cultura popular y que el solo paso del tiempo las tornó invisibles, olvidadas.

“Crueldad la del tiempo”, dirá Discépolo. Pero esto era distinto, se me jugaba la localía del nacido y criado, y no me resignaba a la idea de que no quedara algún registro de todo esto. Imaginé que este hombre no podía morirse sin grabar.

Interior de la tapa del CD “Rubén Moreno. Cantor de Pueblo”.

Del sueño al proyecto

Ya en Buenos Aires y antes de comenzar la habitual clase con el maestro Lucas Ferrara (como parte de mis varios e infructuosos intentos de aprender música…) le comenté el proyecto de producirle un disco al cantor. Lucas no dudó, se sumó a la idea, asumiendo la tarea de realizar los arreglos a los temas que eligiéramos y también se encargaría de la producción artística / musical de la obra. Después viajamos a Pigüé y estuvimos toda la tarde en la casa del cantor, parrilleando más de cuarenta temas y anotando el tono que mejor le quedaba. Al final, seleccionamos los que iban a formar parte del disco (nos gustaron más los llamados “lado b”) y Lucas hizo los arreglos para cada uno de ellos.

Meses más tarde, ya con el cantor en el Peugeot 504, los casi seiscientos kilómetros que separan el pueblo de la capital los recorrimos en el doble de tiempo por las densas demoras producidas por los cortes de ruta derivados del “conflicto por la 125”.

—Yo fui, soy y voy a morir peronista, siempre, pero en esta estoy con el campo— me dijo. Y continuó con sus verdades: que siempre que al campo le fue bien a los del del pueblo nos fue bien y que, aunque no tengamos campo vivimos de él; que también los del campo siempre se quejan y que estaría bueno que la repartan más. 

¿Cuántas músicos y cantantes conocen que toquen el bandoneón y canten al mismo tiempo? La lista es corta: obviamente el Negro Juárez, algunos otros y ahora Rubén Moreno, cuyo nombre original es Wenceslao Rubí Miño

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En la ruta, él repasaba los temas que iba a grabar en el estudio ya alquilado para el día siguiente y lo hacía cantando arriba de las pistas hechas por Lucas y que escuchábamos en el CD del auto. Entre canción y canción negociamos nuestras posiciones sobre el conflicto por la 125 y hasta llegamos a destrabarlo. Los sueños se empezaban a cumplir.

En la noche previa, durante el único y último ensayo antes del ingreso al estudio de grabación, la cosa se puso tensa.

—A esto le falta fuerza, así no grabo—, sentenció el cantor, haciendo referencia al descontento con la música (y los músicos) que lo acompañaban, generando enojo para todos lados. En realidad, se refería a la ausencia de otros instrumentos (violín, piano y más bandoneones) que, según su imaginario de orquesta típica, completarían el escenario ideal. Le expliqué que eso era otro proyecto y, entre idas y vueltas de negociación, logramos persuadirlo para continuar.

“Actuamos en un bar, cena show y me fue muy bien” (palabras del cantor)

Es muy probable que las y los que estén leyendo esta nota hayan pasado por el “Boliche de Roberto” más de una vez. Y no es casualidad: sobre gustos hay 784 páginas escritas ironizaban Federico Schuster y Eduardo Grüner entre sonrisas cómplices en pasadas discusiones políticas, haciendo referencia a la obra de Bourdieu La distinción. Criterios y bases sociales del gusto.

El Boliche de Roberto fue el escenario elegido para la presentación del cantor en la ciudad porteña. A los que nos gusta el tango, ir a ese bar, estar allí, es un poco creer -de modo fugaz- haber estado allá, en aquel ambiente del pasado del género.

Meses más tarde, salió el disco. Feliz y ansioso, le llevé el CD a Miño a su casa de Pigüé. Lo tomó en sus manos y, con una sonrisa entre amorosa y desafiante, me dijo:

—Yo voy a hacer algo mejor, con una orquesta.

El tanguero en su máxima expresión se hizo presente ahí, pensando que lo mejor no está acá, sino en aquel glorioso pasado. A veces pienso que tenía razón.

Pero después me llamó, había escuchado el CD y le había gustado mucho. Me invitó a su casa a tomar mate, a cantar unos tangos y comer torta casera que nuevamente había hecho su esposa.

Wenceslao Rubí Miño “Rubén Moreno”, falleció a los 84 años en el año 2015.

Notas:

En el siguiente enlace se puede escuchar al grande de Héctor Larrea hablando sobre el disco. También se ven imágenes de Rubén Moreno en su casa de Pigüé, momentos de la grabación junto al maestro Lucas Ferrara y otros músicos, la presentación del CD en el mítico “Boliche de Roberto” y el cantor disfrutando de la Ciudad. Total 10 minutos y 35 segundos. Gracias María Belén Rivas por hacer el video en aquel momento:

Para escuchar todo el disco en Spotify:

Para escuchar todo el disco en YouTube:

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