20 de julio de 2026
“El nombre propio es nuestra primera morada en el mundo de los hombres“
Esther Cohen
El nombre es la primera casa que habitamos: aquello que nos distingue, que permite que alguien nos llame y que podamos responder. Es el primer refugio que se habita en el mundo. Nacer es, ante todo, ser nombrado. Ese primer contrato con el lenguaje es el que nos saca del anonimato biológico para convertirnos en biografía. En una línea cercana, Jacques Lacan sostiene que el nombre propio es el soporte de la identidad. Entre una y otra formulación se abre una misma intuición: existimos porque alguien nos nombró. El nombre es el puente entre el cuerpo y el lenguaje, aquello que nos inscribe en el mundo de los otros.
Cada mañana, en las aulas, alguien toma lista. Se pronuncian nombres y, del otro lado, una voz responde: “presente”. Parece un trámite administrativo, pero en realidad es un acto profundamente humano.
Cada mañana, en las aulas, alguien toma lista. Se pronuncian nombres y, del otro lado, una voz responde: “presente”. Parece un trámite administrativo, pero en realidad es un acto profundamente humano. Quizá por eso, uno de los gestos más cotidianos de la vida escolar tiene una dimensión que muchas veces pasa inadvertida: preguntar por alguien, esperar su respuesta, reconocer su existencia. Para chicos y chicas, escuchar su nombre en el aula significa que alguien los está esperando, que alguien pregunta por ellos.
De ahí, la importancia de sostener esta costumbre que, aunque parezca antigua o pasada de moda, para muchos, confirma que su presencia importa.

En la película japonesa Susurros del corazón, una adolescente amante de los libros descubre algo singular en la biblioteca: todos los ejemplares que elige ya habían sido leídos por la misma persona.
Ese nombre se repite en las fichas de préstamo del libro, una y otra vez. Sin conocerse todavía, ambos ya están vinculados por la lectura, como si sus trayectorias se hubieran rozado en silencio. Más adelante, el chico le confiesa: “Leía los mismos libros que tú solo para poner mi nombre junto al tuyo”. La escena revela, con una sencillez conmovedora, la potencia del nombre propio como punto de encuentro: es a partir de ese registro que ella comienza a buscarlo, a imaginarlo, a reconocer en ese nombre una presencia.
Las bibliotecas resguardan esas tramas invisibles. En sus catálogos, en las fichas de los libros y de los lectores, en las marcas que dejan quienes leen, persisten huellas de encuentros posibles. No son solo depósitos de libros: son espacios donde circulan preguntas, donde se crean vínculos y donde se construyen identidades. Leer es, en algún punto, una forma de encontrarse.
En la biblioteca escolar, ese gesto se vuelve concreto y cotidiano. Cada estudiante recibe su ficha de lector y escribe allí su nombre, inscribiéndose en una comunidad de lectura. No es solamente registro administrativo: es una forma de ser nombrado y de nombrarse. En ese proceso, además, se realiza algo fundamental: la formación de usuarios y usuarias. Aprender a habitar la biblioteca, a reconocer sus códigos, a orientarse entre los libros, autores, géneros, implica también reconocerse como lector.
En Susurros del corazón, la protagonista —Shizuku— atraviesa, además, una búsqueda ligada a la construcción de su identidad: descubrir quién quiere ser. La lectura la impulsa a escribir, a encontrar su voz, a proyectar un futuro posible. En ese recorrido aparecen el amor, la vocación, las dudas y el deseo de sostener aquello que la define. Como si la identidad se tejiera, lentamente, entre los libros que elegimos y los nombres que nos acompañan.
Hay, en las bibliotecas, una arqueología silenciosa. Recorrer los lomos de los libros es también una forma de tomar lista: los nombres propios emergen como relieves en una geografía de papel. Pero no siempre estuvieron disponibles. Durante la última dictadura, hubo nombres que fueron arrancados de los estantes, autores prohibidos, libros ocultos en dobles fondos o enterrados en bolsas de nylon bajo la tierra húmeda del jardín, para poder sobrevivir. La violencia también alcanzó a las palabras.
Persisten, incluso, recuerdos íntimos de esa época: escenas domésticas atravesadas por el miedo. Conservo la imagen de mis padres en el baño, rompiendo libros y arrojándolos al inodoro. Yo tenía apenas dos años. No comprendía lo que sucedía, pero percibía que algo oscuro estaba en juego. Eran gestos incomprensibles para una niña, cargados, sin embargo, de una gravedad que se respiraba en el aire.
Las bibliotecas resguardan esas tramas invisibles. En sus catálogos, en las fichas de los libros y de los lectores, en las marcas que dejan quienes leen, persisten huellas de encuentros posibles.
Con el tiempo supe que esas prácticas tuvieron un nombre: biblioclastia. No se trataba de un hecho aislado, sino de una forma de autocensura atravesada por el terror, un dispositivo que aplicó —desde lo íntimo— la maquinaria represiva de la dictadura.
Encontrar hoy esos nombres en una biblioteca escolar, pública, popular o en un estante heredado es, entonces, un acto de restitución. Es la persistencia del nombre frente al intento de suprimirlo, la palabra que sobrevive al silencio impuesto. Cada vez que abrimos un libro de un autor que intentaron borrar, estamos diciendo ‘Presente’ por él. Es la victoria del nombre sobre el número, de la palabra sobre el silencio.
Allí, donde se intentó borrar nombres y palabras, la memoria insiste en recuperarlos y volver a decirlos, una y otra vez. Nombrar es, también, una forma de devolver a la vida.

Ese mismo acto se proyecta en las prácticas de la memoria colectiva en Argentina. El nombre es el soporte de nuestra identidad; el envase de nuestra historia.
Con el tiempo supe que esas prácticas tuvieron un nombre: biblioclastia. No se trataba de un hecho aislado, sino de una forma de autocensura atravesada por el terror, un dispositivo que aplicó —desde lo íntimo— la maquinaria represiva de la dictadura.
Cuando se trata de recordar, en marchas y actos, a quienes fueron víctimas del terrorismo de Estado, se repite una escena conocida: “30 mil compañeros detenidos desaparecidos… ¡presentes!”. Al nombrarlos y responder “presente”, se vuelve a poner en juego esa misma dinámica: alguien dice un nombre y una comunidad responde. Se dice presente, justamente, para afirmar que aún están ahí.
A cincuenta años de la dictadura, la pregunta por el nombre no es un ejercicio de nostalgia sino una disputa por la presencia. Entre tantas violencias, la desaparición forzada buscó también borrar nombres, historias, identidades. Convertir personas en números, en “NN”, en ausencias.
Tal vez por eso resulta tan potente el proyecto federal Bordando Luchas, que este año convocó a bordar los nombres de personas detenidas desaparecidas. En lienzos trabajados en distintos puntos del país, manos de muchas personas —en su mayoría mujeres— bordaron, puntada a puntada, esos nombres. Luego, las piezas se reunieron para formar una gran bandera colectiva en el Museo Etnográfico Juan B. Ambrosetti.
Así, los nombres vuelven a ocupar el espacio público: visibles, compartidos. La acción es simple y profunda al mismo tiempo. Mientras se borda un nombre, se conoce la historia de esa persona: su vida, sus sueños, su militancia, sus afectos. Bordar es un acto lento. Requiere tiempo, paciencia, atención. Tal vez por eso se parece tanto al trabajo de la memoria: reconstruir una trama que fue desgarrada. Allí donde se intentó borrar identidades, las manos vuelven a escribir los nombres con hilo.

Nombrar es reconocer, recordar, sostener.
En la biblioteca, los nombres construyen comunidad.
En la memoria histórica, restituyen identidad.
En los bordados, se vuelven presencia.
Cada puntada sostiene un nombre. Cada nombre bordado se apoya en la mano de quien lo escribe con hilo. Como en una trama compartida, el nombre de quienes faltan se apoya sobre el de quienes seguimos aquí.
En una ficha de biblioteca, en una lista escolar, en un bordado colectivo o en la memoria de un pueblo, los nombres siguen encontrándose. Se apoyan unos sobre otros, se sostienen. Y mientras haya alguien que los pronuncie, los escriba o los borde, seguirán diciendo, una y otra vez: presente.
Tal vez de eso se trate, después de todo: de que un nombre no quede solo. De que encuentre otros que lo sostengan, que lo nombren, que lo mantengan en el mundo.
Quizás por eso resuena con tanta fuerza aquel verso de Luis Alberto Spinetta en la canción Tu nombre sobre mi nombre:
“Y espero, solo espero, tu nombre sobre mi nombre en este día”.

La importancia de tomar lista:
https://www.instagram.com/reel/DO5vE1Tj3FK/?igsh=YzB2NGFzaGtqYXQ2



