08 de julio de 2026
En Decir el mundo analizás la relación entre el lenguaje escrito y el visual. ¿Cómo se fue modificando este vínculo a lo largo de los años?
Es una relación muy antigua que se puede leer en términos históricos a gran escala. Hay una larga querella entre la imagen y la palabra, con sus mojones o momentos cruciales. Por ejemplo, la aparición de la imprenta: ese fue un momento en que se reconfiguraron las relaciones entre imagen y palabra. Con la imprenta y el libro como instrumento de memoria colectiva, de tradición, de registro cultural, se transformaron estas relaciones. Desde entonces la palabra escrita empezó a ganar terreno. Ya no era esa cosa costosa que demandaba tanto tiempo reproducir, destinada a unos pocos. Esto generó una ruptura con la Edad Media, que era una cultura mayormente visual.
La imagen tenía un espíritu democratizador en la Edad Media, ¿no?
La imagen democratizaba en términos medievales, ya que el nivel de alfabetización era muy bajo y la Iglesia la utilizaba para comunicar doctrina. Siglos después, otro acontecimiento relevante se produjo a partir de la fotografía, cuando la imagen empezó a reproducirse en los medios gráficos. Ahí de nuevo apareció la pregunta: ¿puede ser la imagen el lenguaje universal que estamos buscando? La querella se organiza en torno a la pregunta por la prioridad potencial de garantizar un medio que sea lo suficientemente objetivo y lo suficientemente masivo para, con la menor cantidad de esfuerzo, decir con la mayor claridad la mayor cantidad de cosas.
¿Y en qué momento de esa pregunta estamos hoy?
Hoy en día estamos en un barajar y dar de nuevo. Y si tuviese que decir quién va a seguir perdiendo en esta nueva querella entre imagen y palabra, para mí sin dudas es la palabra, al menos la palabra escrita. La imagen está dejando de ser la imagen-registro y está pasando a ser la imagen-comunicación. Te quiero decir algo, le saco una foto y no tengo que poner ningún epígrafe. Eso se ha transformado brutalmente en los últimos tiempos.
Te voy a dar una respuesta que no va a hacer para palpitar corazones. Yo creo que si me apego a la crítica tal como la hacían Adorno o Benjamin, voy a perder. Porque ese campo se desarticuló, se evaporó delante de nuestros ojos
¿Qué condiciones materiales hicieron que en este último tiempo perdiera la palabra ante la imagen?
Creo que hay que mirar cuáles son las revoluciones técnicas que permiten producir imagen en forma automática. Hay una historia que pasa por la foto, el cine, la imagen digital, y después el gran salto que fueron Internet y las redes sociales. Hoy existe el registro del video y la producción del video en un aparato que todo el mundo tiene en la mano. Y que se comparte inmediatamente en una red. Todos esos fueron pequeños pasos que se ligan no solamente a la producción del contenido, sino también a la facilidad de compartirlo. Te digo esto sin hablar de la inteligencia artificial.
Más allá de los desarrollos técnicos, ¿hay factores subjetivos que también influyeron en este proceso?
Yo soy materialista: la causa sucede en el plano del desarrollo técnico y las consecuencias se observan en la superestructura. Una vez que estos desarrollos se instalen y se agraven (cosa que, creo, va a suceder) la transformación va a ser visible en la cultura. Eso va a transformar, por ejemplo, los procesos de alfabetización. El gran proyecto del Iluminismo fue la democracia y la autonomía kantiana del sujeto en tanto aquel que piensa por sí mismo a través de una tradición (más allá de lo ideológico de este universal). Yo creo que los desarrollos técnicos actuales están poniendo en duda ese proceso, porque a medida que puedo recibir información y guardar información y tener una memoria que no sea por escrito, ¿para qué voy a necesitar formar a la gente en la escritura? Si va a bastar con que haya un video, un audio o una imagen que valga como registro de la tradición.

Además de ensayista y narradora, sos traductora. Y asumís a la traducción como un punto de vista privilegiado para pensar. Al mismo tiempo, pienso que hay una característica de la imagen que es que no necesita ser traducida.
No creo que toda imagen esté exenta de la necesidad de la traducción. De hecho, cuanto más compleja es la imagen, más necesaria es esa reflexión acerca de cuáles son los contenidos. Te pongo un ejemplo a nivel de los medios: en The New York Times había una sección –no sé si sigue estando– que indicaba cómo leer una imagen. Entonces, te ponía una imagen de la guerra en Siria, por ejemplo, con círculos y explicaciones. Era un análisis. Es decir que la necesidad de traducibilidad depende del grado de complejidad de la imagen. En ese sentido, más allá de las ilusiones que haya habido en la historia, yo no creo que la imagen sea universal o universalizable. Cuanto más lejanos los contenidos de la imagen, más necesidad de “traducción”.
¿Crees que hay una relación distinta entre comunicación y afecto en estos dos registros?
Respondo sin ser una técnica de la imagen. Sin dudas que los códigos son otros y sin dudas también que las técnicas son otras. Lo único que te puedo decir es que, por supuesto, la imagen produce una emoción muchísimo más inmediata que la palabra. La imagen es inmediata y simultánea. Uno no construye sentido progresivamente como en un texto, que es temporal. Si yo hablo, estoy en el tiempo necesariamente. Y lo mismo si leo. Tengo que decir una palabra, después la otra. Una frase se construye en el tiempo. La cualidad por excelencia de la imagen es, por el contrario, la simultaneidad. Por supuesto, si yo quiero analizar una imagen, voy a fijar mi atención primero en una parte y después en la otra. Pero sigue reinando la simultaneidad. Esta simultaneidad e inmediatez son exactamente lo opuesto a la palabra. Esa sería la gran diferencia en cómo uno y otro lenguaje construye emoción.
¿Puede ser la imagen el lenguaje universal que estamos buscando? La querella se organiza en torno a la pregunta por la prioridad potencial de garantizar un medio que sea lo suficientemente objetivo y lo suficientemente masivo para, con la menor cantidad de esfuerzo, decir con la mayor claridad la mayor cantidad de cosas
¿Y qué rol juega acá la crítica? Pienso en tu libro sobre Benjamin y la recomposición de su noción de crítica que hacés ahí.
Te voy a dar una respuesta que no va a hacer para palpitar corazones. Yo creo que si me apego a la crítica tal como la hacían Adorno o Benjamin, voy a perder. Porque ese campo se desarticuló, se evaporó delante de nuestros ojos. Sobre todo para una generación como la mía. Yo tengo 52 años. En mi formación, lo primero que recibí fue el estructuralismo, el formalismo ruso, la crítica posmarxista y marxista, etcétera. Entonces, todo eso que para mí era lo más obvio, es lo menos obvio ahora. Los motivos por los cuales eso se acabó son muy complejos para reponer ahora. Lo que me parece relevante es pensar estratégicamente qué tenemos que hacer a partir de la caída de esos modelos. Y para eso no solamente pensaría en términos políticos, sino también en términos técnicos. Hay que desarrollar un modo de pensar críticamente con nuevas herramientas y nuevos principios. Me refiero también a conceptos, ¿no? O sea, lo que hemos recibido del siglo XX hay que modificarlo en profundidad, porque tal cual lo aprendimos es absolutamente vetusto. No sirve.
¿Cuál es la solución a eso?
Yo solamente puedo responder en términos personales. Mi solución a eso es volver a las fuentes en donde están las herramientas técnicas puras del pensamiento. Hay que pensar este problema: ¿qué puede ser la crítica hoy en este nuevo barajar y dar de nuevo? Y yo lo único que puedo hacer es dar un paso atrás. O sea, es no dar nada por sentado de lo que supe hasta ahora. Y analizar las cosas con frialdad y analíticamente. ¿Qué es lo que pasa conceptualmente? ¿Cuáles son las transformaciones sociales? ¿Cuáles son las cosas que no funcionan más? Y por eso me retiro y soy tan abstracta como para hablar de la querella entre imagen y palabra, por ejemplo. No estoy diciendo si son los videos, si es Twitter o es TikTok. No me importa la cosa social en este primer momento de abstracción. Eso lo bajarán otros. Yo estoy tratando de que las generaciones más cercanas a la tuya extraigan de estas descripciones herramientas para la aplicación crítica en los nuevos lenguajes. Yo no puedo hacer esa bajada. Creo que una nueva crítica debe ser construida por un conjunto de personas, como un movimiento. Y no es la que aprendimos, no es la que aprendió a mi generación, aunque por supuesto hay conceptos guía que van a sobrevivir.
Al principio mencionaste la inteligencia artificial. ¿Qué lugar ocupa en esta querella entre imagen y palabra?
El desarrollo de la inteligencia artificial no es subsidiario, hasta donde yo lo puedo ver, de la querella entre la imagen y la palabra. Son desarrollos distintos en términos técnicos. La reproductividad de la imagen no favoreció el código binario para reproducir contenidos semánticos. Lo que revolucionó eso fue un tipo de desarrollo de la matemática y de la lingüística, que está más vinculado a los ideales de matematización de la lengua universal y a las inversiones ligadas a las guerras del siglo XX. Cuando aparece la máquina Enigma, o sea, cuando aparecen los sistemas de encriptado, empiezan los primeros intentos de la traducción automática. Primero en Rusia e inmediatamente después en Estados Unidos, con grandes inversiones durante casi dos décadas. De esas inversiones viene la lingüística computacional que dio lugar a las computadoras actuales y a los modelos de lenguaje a gran escala.
Lo que hemos recibido del siglo XX hay que modificarlo en profundidad, porque tal cual lo aprendimos es absolutamente vetusto. No sirve
¿Y dónde aparecen las imágenes ahí?
Justamente. Todo eso viene a coincidir con la digitalización, gracias al código, de las imágenes. Lo interesante es que ya estábamos entrenados por el desarrollo de la foto y la gran ampliación de los medios de comunicación de principio del siglo XX. Te pongo un ejemplo actual. Sin la digitalización gigantesca de la imagen que produjo la televisión en alta definición jamás hubiéramos podido pensar como real la imagen producida por un prompt de una inteligencia artificial. Ni la tele ni los celulares tienen los colores ni el fondo de la realidad. Primero hubo que modificar en el plano cognitivo los términos de la reproducción de la imagen. Es decir, validar la representación de la imagen digital, decir que una imagen digital es mucho más fidedigna que una foto sacada en un aparato analógico. Hubo que construir una equivalencia entre esa representación de la realidad y la realidad para que después la inteligencia artificial interviniera en ese proceso.
¿Y con la palabra?
La palabra tiene unas leyes distintas de reproductibilidad. En su famosísimo texto sobre la reproductividad, Benjamin apenas habla de la palabra. Es un texto sobre la imagen, por supuesto. Porque las reglas de reproductividad de la palabra son otras. Porque la palabra es combinatoria en un sentido mucho más profundo y complejo. Creo que el gran desafío del presente tiene que ver con eso: la inteligencia artificial ha pasado de producir contenido por operaciones transformacionales (el modelo de la traducción) a producir contenidos de forma generativa (aunque esto hay que revisarlo también). Ese es el gran salto. Ya no produce por equivalencia, sino por estadística. Volviendo a la cuestión del alfabetismo: el gran desafío es la supuesta evidencia de que las capas medias ya no tendrán necesidad de estar formadas de ese modo. Está cambiando la relación con la escritura y la lectura. Esas batallas, pensando en términos marxistas, van a hacer revoluciones. Y no van a ser lindas.
¿En qué estás trabajando ahora?
Por un lado estoy trabajando en esta relación entre historia de la traducción automática y desarrollo de la inteligencia artificial. Me parece que es un campo en donde va a haber muchas cosas que discutir. Por otro lado, acaba de salir un libro en España que se publica ahora en Argentina por Paidós. Se llama El siglo de Hannah Arendt: cómo las mujeres revolucionaron el pensamiento político. Es una lectura de siete filósofas mujeres que, a mis ojos, hacen una tradición. Las mujeres obtuvieron progresivamente dos derechos al unísono: el derecho a la vida política y el derecho al saber técnico. Con “saber técnico” me refiero a ir a una universidad, a aprender un saber cómo puede ser la filosofía. Eso sucedió por primera vez en el siglo XX (por supuesto, parcialmente). En el libro propongo que eso generó la posibilidad de una tradición que hasta entonces no existía como tal.
No creo que toda imagen esté exenta de la necesidad de la traducción. De hecho, cuanto más compleja es la imagen, más necesaria es esa reflexión acerca de cuáles son los contenidos
¿Y qué mujeres aparecen en esa tradición?
De las siete, Hannah Arendt aparece en el medio. Primero, porque lo está cronológicamente; segundo, porque en muchos sentidos te diría que es la más visible dentro de la filosofía política. Pero la tradición que propongo incluye además a Rosa Luxemburgo, Simone Weil, Simone de Beauvoir, Iris Murdoch, Agnes Heller y Judith Butler. Es un libro de divulgación pero también es un libro histórico, un libro sobre el siglo XX, sobre la guerra, sobre las persecuciones y sobre los conflictos sociales. Es un trabajo que me tocó mucho en cierto sentido. De hecho termina con una anécdota un poco más personal, en la que reproduzco algo que escuché de primera mano en la Universidad de Bonn. Una profesora de Lógica (que es el lugar más técnico, si se quiere, de la carrera de Filosofía) nos explicó al final de un seminario por qué ella usaba el lenguaje inclusivo. Sintió que tenía que justificar por qué lo hacía, cuando en su disciplina en ningún momento hacía ninguna referencia, nada que tuviese que ver con el feminismo. Y contó que cuando empezó a estudiar Filosofía en Alemania, se sentó en un primer seminario de lógica y se encontró con que eran todos varones. El profesor, también varón, antes de empezar la clase la mira y le dice: “el seminario de Estética está al lado”. Para las mujeres es el arte, para los varones la lógica. Vayan, exprésense, y no sé qué. Porque para pensar estamos nosotros. Ella se levantó y se fue. Es decir, le hizo caso en ese acto discriminatorio. Pero a la semana siguiente volvió y se sentó en esa clase. Hoy es catedrática de Lógica en la Universidad de Bonn. Entonces, el libro cierra con esa anécdota y con la idea de que, si nos levantamos y nos fuimos la primera vez, volvamos a sentarnos donde queremos a la semana siguiente.



