19 de julio de 2026
En la búsqueda de un nuevo equilibrio global, se observa cómo las antiguas naciones —que, si se considera el largo curso de la historia, no resultan tan antiguas— exploran nuevas formas de asociación entre sí. Este proceso ocurre en un contexto signado por la emergencia de realidades novedosas, marcadas por el avance de las tecnologías, una hipercomunicación sin precedentes y crisis culturales que desafían los esquemas tradicionales.
En este escenario, son las regiones las que parecen lograr un mayor fortalecimiento. Su consolidación responde a la necesidad de adaptarse y de ofrecer respuestas ante los cambios globales, aprovechando las oportunidades y enfrentando los desafíos que traen consigo la tecnología, la comunicación instantánea y las transformaciones culturales. Así, las regiones adquieren un papel protagónico al articular nuevas modalidades de organización y cooperación en el entramado internacional.
En estos meses atravesados por la convulsión y la incertidumbre, surgen múltiples preguntas y algunas certezas que invitan a la reflexión sobre el rumbo de la política y de la organización internacional. El contexto global, marcado por cambios vertiginosos y desafíos inéditos, obliga a repensar el significado de las instituciones y los espacios de debate a escala mundial.
Una de las cuestiones centrales gira en torno al lugar que ocupan actualmente los grandes foros internacionales. El reciente y destacado discurso del primer ministro de Canadá, Mark Carney, en Davos, abre el interrogante sobre si ese mensaje no habría tenido mayor pertinencia en la Asamblea de las Naciones Unidas. Este interrogante pone en evidencia la transformación de los ámbitos en los que hoy se discuten los grandes temas globales.
En este sentido, cabe preguntarse si Davos no se ha convertido en los últimos años, al calor de la creciente centralidad del poder económico global, en la verdadera asamblea donde se debate el curso de la paz y el desarrollo, al menos en lo que respecta a Occidente y sus aliados. Así, el tradicional espacio de deliberación de las Naciones Unidas parece ceder protagonismo ante nuevos escenarios de discusión y de toma efectiva de decisiones.
Cabe preguntarse si Davos no se ha convertido en los últimos años, al calor de la creciente centralidad del poder económico global, en la verdadera asamblea donde se debate el curso de la paz y el desarrollo, al menos en lo que respecta a Occidente y sus aliados. Así, el tradicional espacio de deliberación de las Naciones Unidas parece ceder protagonismo.
A estas transformaciones en el debate internacional se suman señales de tensión dentro de los propios Estados. Las reacciones en Minnesota y el interés manifestado por la provincia canadiense de Alberta de avanzar hacia su independencia, así como revueltas en África encabezadas por la Generación Z, constituyen claros llamados de atención. Estos hechos evidencian la dificultad de imponer identidades nacionales homogéneas en territorios donde ya se expresan profundas diferencias y matices internos, lo que refuerza la idea de que las regiones están adquiriendo un papel cada vez más relevante —y potencialmente desafiante— en el entramado global.
En el contexto actual de transformación global, surge la pregunta sobre la conveniencia de que los Estados se reinventen, reduciendo costos y otorgando mayor autonomía a las regiones. Esta autonomía permitiría a las regiones contribuir de manera directa al conjunto nacional, evitando la intermediación estatal que, en muchos casos, termina beneficiando a algunos actores mientras perjudica a otros. Los Estados, ante el avance de los cambios internacionales y la pérdida de sentido de ciertas estructuras tradicionales, enfrentan el desafío de encontrar un nuevo lugar y una nueva razón de ser en el entramado global.
El debate sobre el paradigma que guiará el futuro de las naciones y los Estados debe considerar las señales de tensión y los llamados de atención provenientes de distintos territorios. De no hacerlo, existe el riesgo de que los conflictos, antes planteados entre naciones, se desplacen hacia enfrentamientos entre regiones. La incertidumbre domina el escenario, con muchas incógnitas y pocas certezas, en un contexto de reseteo global que afecta especialmente a Occidente, la región que ha ejercido el liderazgo en los últimos siglos.
Nuestro país se enfrenta, por primera vez desde la posguerra del siglo pasado, a un debate largamente postergado por problemas como el endeudamiento y la inflación: el de su perfil productivo. Ante el fortalecimiento de las regiones en el mundo, resulta imprescindible reflexionar sobre el impacto que este fenómeno tendrá en nuestra nación.
En este marco de cambios y redefiniciones, nuestro país se enfrenta, por primera vez desde la posguerra del siglo pasado, a un debate largamente postergado por problemas como el endeudamiento y la inflación: el de su perfil productivo. Ante el fortalecimiento de las regiones en el mundo, resulta imprescindible reflexionar sobre el impacto que este fenómeno tendrá en nuestra nación, aún en formación y con desafíos estructurales por resolver.
Históricamente, las regiones productoras han sostenido, muchas veces sin recibir contraprestación alguna, a aquellas regiones que carecen de producción. Esto plantea interrogantes acerca de la sostenibilidad de dicha situación y sobre cuánto tiempo más podrá mantenerse esta inconsistencia en el modelo nacional. En un contexto internacional dominado por la competencia abierta y sin contemplaciones, que con frecuencia deriva en corrupción e ineficiencia, sostener este esquema parece una decisión cada vez menos acertada.
Estamos ante una etapa de grandes cambios y decisiones trascendentales. No es momento para posturas tibias ni conservadoras, ya que quienes se aferran al pasado y persisten en mirar a través del espejo retrovisor corren el riesgo de encontrar respuestas equivocadas. El futuro exige una mirada renovada, capaz de interpretar los desafíos y oportunidades que plantea el nuevo orden mundial y regional.
Agradezco ser parte de este apasionante momento de cambio, ante la evidencia del final de un modelo fallido, aquello que Carney denominó “el mundo de la farsa”.



