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19 de julio de 2026

19 de julio de 2026

31 de enero de 2026

TRUMP Y SU GEOPOLÍTICA DE LOS ESTRECHOS: EL REGRESO AL MUNDO DE MCKINLEY

Ramón Prades

@RamonPradesG
Mundo
Tiempo de lectura: 7 minutos

Con el inicio de 2026, la administración de Donald Trump ha consolidado su mutación estratégica que redefine el papel de los Estados Unidos en el siglo XXI sustituyendo la diplomacia de valores por una geopolítica de los estrechos que prioriza el control de los nodos logísticos fundamentales para la supervivencia nacional. Ya no se trata de sostener un orden liberal abstracto, sino de ejecutar un realismo crudo donde Washington ha dejado de aspirar a la tutela política global para concentrarse en asegurar los puntos de estrangulamiento del comercio mundial. Como sostiene Robert Kaplan, estamos ante una “venganza de la geografía”: un retorno a las verdades físicas donde el poder se mide por la posesión de los accesos. Desde la presión por recuperar la autoridad sobre el Canal de Panamá hasta el despliegue selectivo en los pasos del Ártico y el Golfo Pérsico, el orden internacional se ha reconfigurado como un sistema de peajes estratégicos. En este nuevo tablero, la soberanía territorial de terceros es secundaria frente a la fluidez de sus rutas; Estados Unidos ha renunciado así a su rol de gendarme universal para intentar consolidarse, definitivamente, como el dueño de todas las puertas.

Lo que subyace a esta doctrina no es un simple cambio de táctica, sino una mutación en la propia identidad de los Estados Unidos. Tras la Segunda Guerra Mundial, Washington no solo diseñó una arquitectura global; se fundió en ella. EE. UU. dejó de ser meramente un país para transformarse en un sistema: un entramado de instituciones, valores y entendimientos que dieron forma al mundo a su imagen y semejanza. Aquel sistema de posguerra era esencialmente expansivo y centrífugo: buscaba proyectar y llevar un pedazo de Estados Unidos a cada rincón del planeta bajo la premisa de que un mundo que se le pareciera sería un mundo más seguro. Hoy, la administración Trump ha decidido que el costo de ese modelo es insostenible iniciando su desarticulación. En su lugar, intenta reemplazarlo por una geopolítica de nodos que es centrípeta y selectiva, alineándose con lo que Peter Zeihan define como el fin del orden global subsidiado por Washington.

Lejos de ser un cierre de fronteras o un repliegue hacia el aislacionismo, este movimiento representa una optimización del dominio: el paso de la gobernanza política al control de la infraestructura. El aislacionismo ignora el mapa; la Geopolítica de los Estrechos lo sintetiza hasta encontrar sus puntos de asfixia. Washington no se retira, se recalibra en un reposicionamiento quirúrgico. Ha decidido que es más eficiente controlar el hardware de la globalización —el puerto, el cable, el estrecho— que intentar gestionar el software político de las naciones. Es una sustitución de la presencia por el control que entiende que, en un mundo interconectado, el verdadero poder no es el que convence, sino el que tiene la mano en el interruptor.

Washington no se retira, se recalibra en un reposicionamiento quirúrgico. Ha decidido que es más eficiente controlar el hardware de la globalización —el puerto, el cable, el estrecho— que intentar gestionar el software político de las naciones.

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Esta política exterior funciona, además, como la respuesta definitiva al “Gran Reinicio” planteado desde los foros de Davos. Mientras la élite globalista de la gobernanza mundial buscaba reiniciar el software de la interdependencia a través de regulaciones climáticas, monedas digitales supraestatales y una erosión de la propiedad privada, Trump ha decidido resetear el hardware del planeta. Para la Casa Blanca, el Gran Reinicio era la etapa final del vaciamiento nacional; su contramedida no es arreglar la globalización, sino liquidarla. Frente a la utopía de un mundo gestionado por burócratas sin rostro en la nube, el trumpismo propone el regreso al control territorial crudo: no le interesa discutir el contrato social del mundo en Suiza, sino asegurar quién tiene la llave del puerto y quién controla el flujo de la energía. Es un repliegue estratégico hacia los puntos de acceso; Washington ha dejado de aspirar a ser el arquitecto de las casas ajenas para conformarse con tener siempre una mano en el picaporte de la puerta de entrada.

Sin embargo, esta eficacia operativa revela una paradoja profunda: la demostración de fuerza esconde una claudicación. Trump opera como si después de su mandato no hubiera más nada, quemando todas las naves del capital simbólico acumulado durante décadas para obtener recompensas instantáneas. Es una estrategia que consume el capital político de la confianza con sus aliados para maximizar ventajas mediocres de corto plazo, como se vio en la presión sobre Groenlandia o la renegociación de activos críticos. Al intercambiar legitimidad histórica por liquidez táctica, el repliegue de Washington se presenta ante el mundo como un despliegue de autoridad, cuando en realidad parece más bien un síntoma de impotencia. La incapacidad de sostener un orden complejo que ya no le pertenece. Estados Unidos ya no lidera la coalición, eso que se conoce como Occidente; ahora simplemente gestiona la quiebra del sistema, cobrando las deudas antes de que el edificio termine de caer. Por eso EE. UU. no se retira del mundo sin antes disolverlo. Trump es el aceleracionista de esa impotencia evidente.

Esta tesis plantea que Trump inaugura una era de soberanía transaccional sobre el flujo global. En sintonía con lo que explica Parag Khanna, el mapa funcional de la “conectografía” —cables, puertos y rutas— ha desplazado al mapa político de las fronteras. Bajo este esquema, la soberanía ya no se ejerce sobre la tierra, sino sobre el movimiento. El mundo deja de ser una comunidad de aliados estables para convertirse en un mercado de flujos cambiantes donde Washington actúa como el administrador del peaje. No le importa quién gobierne dentro de cada frontera, siempre y cuando el flujo de mercancías, energía y datos que atraviesen los nodos estratégicos respondan a los intereses de la Casa Blanca. Siria y la caída en desgracia de los Kurdos es solo un pequeño ejemplo. Es una política que no busca convencer, sino condicionar a través del control de la infraestructura crítica del comercio mundial.

La soberanía ya no se ejerce sobre la tierra, sino sobre el movimiento. El mundo deja de ser una comunidad de aliados estables para convertirse en un mercado de flujos cambiantes donde Washington actúa como el administrador del peaje (...) Es una política que no busca convencer, sino condicionar a través del control de la infraestructura crítica del comercio mundial

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Para comprender esta lógica es interesante volver a 1897. William McKinley fue el presidente que transformó a Estados Unidos en un actor global a través del control de las llaves oceánicas. Influenciado por las tesis navales de Alfred Thayer Mahan, McKinley comprendió que la fuerza de una nación residía en su capacidad para asegurar las rutas comerciales antes que en la conquista de territorios. En su discurso de asunción de 2025, Trump rescató este mercantilismo de rutas al enfatizar la recuperación del control sobre activos críticos. Esta visión encontró su catalizador moderno en la pandemia del COVID-19 con su consecuente crisis de suministros durante 2020, sirviendo como un crudo recordatorio de que la interdependencia global y las cadenas de suministros del “just-in-time” eran, en realidad, pura fragilidad estratégica. Trump extrajo en aquel momento una lección fundamental, que logró traducir luego en votos y en un movimiento político: la soberanía real no terminaba en la frontera, sino en el control de los nodos que permitieran que la vida nacional continuara. Hacer a América grande de nuevo era, en realidad, traer el mundo a casa.

Esta ambición de control se despliega hoy como una red que asfixia o libera según los intereses de la Casa Blanca, con la Estrategia de Seguridad Nacional (NSS) de 2025 funcionando como el manual de instrucciones político de esta nueva arquitectura. Sin embargo, ha sido la reciente Estrategia de Defensa Nacional (NDS) de enero de 2026 del Departamento de Defensa la que le dio los dientes a esta visión con el concepto de “Key Strategic Terrain” (Terreno Estratégico Clave). Ya no se trata de patrullar el océano de forma genérica, sino de aplicar una suerte de acupuntura geográfica de asedio: Washington ya no busca ocupar el cuerpo de las naciones, sino presionar los puntos nerviosos exactos que regulan su vitalidad estratégica. La NDS de 2026 redefine cada punto bajo una función táctica: controlar el Estrecho de Malaca es tener la mano en la garganta energética de China; dominar el Estrecho de Gibraltar o asegurar activos en el Ártico es garantizar el veto sobre el comercio transcontinental. El mapa ha dejado de ser una superficie para convertirse en una red de centros de presión donde la doctrina dicta cuándo apretar y cuándo soltar.

William McKinley fue el presidente que transformó a Estados Unidos en un actor global a través del control de las llaves oceánicas. Influenciado por las tesis navales de Alfred Thayer Mahan, McKinley comprendió que la fuerza de una nación residía en su capacidad para asegurar las rutas comerciales antes que en la conquista de territorios

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En este esquema, el Estrecho de Magallanes y el Pasaje de Drake emergen del olvido geográfico para recuperar una relevancia brutal dentro de lo que el Pentágono ya denomina el “Corolario Trump” a la Doctrina Monroe. Al definir el hemisferio desde el Ártico hasta la Antártida, la NDS de 2026 sitúa a Tierra del Fuego en el centro de su nueva arquitectura de seguridad nacional. Ante la creciente vulnerabilidad del Canal de Panamá, el extremo sur del continente vuelve a proyectarse como el activo logístico definitivo para el tráfico de gran calado y el único trampolín legítimo hacia el continente blanco. Para la Argentina, esto plantea una tensión existencial que trasciende lo comercial: Washington exige “limpiar” el Atlántico Sur de infraestructuras rivales, mientras la presencia británica en las Malvinas se consolida bajo la nueva lógica de “reparto de cargas” de la OTAN. La oportunidad para el país radica en comprender que el Polo Logístico de Ushuaia ya no es un proyecto regional, sino una pieza de ajedrez que decide quién controla el acceso a los recursos del futuro; es aquí donde el valor de una región se desprende de su atractivo local para actuar en función de un beneficio estratégico nacional, priorizando el éxito logístico sobre cualquier competencia interna estéril.

Esta victoria de la geografía física sobre la diplomacia abstracta no es un retroceso, sino la actualización definitiva del poder en la era de la información. El control de los estrechos y las rutas comerciales en 2026 no se limita a los átomos de petróleo o mercancías; es, fundamentalmente, el control de la infraestructura que sostiene el mundo digital. Al asegurar los cuellos de botella oceánicos y los “terrenos clave”, Washington asegura también los cables de fibra óptica y los centros de conectividad que descansan en el lecho marino. En esta nueva doctrina McKinley, el dominio de la geografía física es la precondición para la soberanía sobre los datos. Con la NDS de 2026 como bitácora, Washington ha comprendido que la nube siempre necesita un ancla en la tierra. Antes de intentar dominar el futuro digital, Estados Unidos intenta asegurar de que nadie pueda transmitir un solo byte de poder sin pasar, necesariamente, por su aduana física del presente.

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