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19 de julio de 2026

19 de julio de 2026

15 de enero de 2026

MOVILIZACIONES EN IRÁN: ¿EL PRINCIPIO DEL FIN?

María Constanza Costa

@constanzacost
Mundo
Tiempo de lectura: 6 minutos

Las protestas en Irán estallaron el 28 de diciembre de 2025, cuando el desplome del rial frente al dólar y una inflación descontrolada encendieron el malestar en bazares y universidades de Teherán. Lo que comenzó como un reclamo por el costo de vida se transformó rápidamente en un movimiento político contra el régimen de los ayatolláhs. Hasta el momento el régimen reconoció que hay más de 2 mil muertos, permitiendo que la televisión estatal emita las imágenes de la morgue repleta de cadáveres.

No era la primera vez que el sistema se ve desafiado por movilizaciones masivas. En 2009, la llamada Revolución Verde marcó un hito en la historia reciente: millones de iraníes denunciaron fraude en la victoria de Mahmud Ahmadineyad frente al reformista Mir-Hossein Mousavi. Aquella movilización, la más grande desde la Revolución Islámica de 1979, no solo cuestionó los resultados electorales, sino que puso en evidencia la fragilidad de la legitimidad del régimen.

El ciclo de protestas continuó en los años siguientes. En 2018, más de 80 ciudades fueron escenario de manifestaciones originadas por la caída del rial y el aumento de los precios de alimentos básicos. Lo que empezó como un reclamo económico derivó en consignas políticas contra la corrupción y el sistema teocrático. En 2019, el detonante fue el aumento abrupto de la gasolina, que generó una ola de protestas reprimidas con extrema violencia, dejando centenares de muertos en pocos días.

Las movilizaciones de 2022 tuvieron un origen distinto: el asesinato de Mahsa Amini, una joven kurda de 22 años, tras ser detenida por la policía de la moral por no llevar correctamente el hiyab. Ese hecho encendió un movimiento centrado en los derechos de las mujeres bajo la consigna “Mujer, Vida, Libertad”.

Después de la guerra de 12 días con Israel el régimen está debilitado. El bombardeo de Teherán marcó un punto de inflexión: el ataque contra las instalaciones nucleares, símbolo del poder de la República Islámica, quebró la imagen de invulnerabilidad que el régimen había cultivado durante décadas

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Las protestas pusieron en el centro la desigualdad de género dentro de un régimen que las considera “ciudadanas de segunda” y evidenciaron la opresión que padecen los jóvenes iraníes en general, obligados a cumplir estrictos códigos morales impuestos por la élite político-religiosa. Aunque el detonante fue la situación de las mujeres, las movilizaciones pronto ampliaron sus demandas hacia la caída de un régimen retrógrado y altamente corrupto, y una economía rota, apuntando no sólo contra los ayatollhas, sino también contra sus socios en el poder: la poderosa Guardia Revolucionaria iraní (CGRI).

Cuando estallaron las nuevas protestas a fines de 2025, el presidente iraní Masoud Pezeshkian intentó mostrar control con medidas económicas y un discurso firme en política exterior. El 31 de diciembre de 2025 designó a Abdolnasser Hemmati como nuevo gobernador del Banco Central, buscando frenar el colapso del rial y recuperar la confianza. Presentó la medida como parte de un esfuerzo para estabilizar la economía, aunque la represión en las calles continuó.

Pezeshkian pertenece a la corriente política del reformismo en Irán, que busca introducir cambios dentro del marco de la República Islámica, promoviendo mayor apertura social, participación ciudadana y diálogo con Occidente, pero siempre bajo los límites impuestos por el líder supremo y las instituciones religiosas. Los reformistas regresaron al poder en julio de 2024, después de haber vencido a Saeed Jallil, el candidato ultraconservador.


La paradoja de los reformistas en este escenario es que no existe la posibilidad de que salgan bien parados: si Pezeshkian le pide moderación a la Guardia Revolucionaria y a los sectores de línea dura, compromete su mandato y profundiza la poca confianza que aún le queda en los ciudadanos; pero si intenta avanzar hacia una liberalización auténtica, se expone a la obstrucción -o incluso a la represión- por parte de los guardianes del sistema, mientras al mismo tiempo abre un mayor espacio de acción para los sectores revolucionarios que buscan acelerar la caída del régimen. Uno de estos sectores busca la restitución de la monarquía.

Reza Pahlavi, hijo del último Sha derrocado en 1979 por la revolución iraní, reside en Estados Unidos y ha manifestado su disposición a encabezar una transición desde la República Islámica, posicionándose como una figura opositora con aspiraciones de canalizar ese proceso. Desde el inicio respaldó las convocatorias a movilizaciones y convocó a los trabajadores de sectores estratégicos a sumarse a una huelga, aunque su llamado no tuvo repercusión. ¿Qué tienen estas movilizaciones de diferente a las anteriores? ¿Por qué serían “el principio del fin”?

Lo que empezó como un reclamo económico derivó en consignas políticas contra la corrupción y el sistema teocrático. En 2019, el detonante fue el aumento abrupto de la gasolina, que generó una ola de protestas reprimidas con extrema violencia, dejando centenares de muertos en pocos días

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Después de la guerra de 12 días con Israel el régimen está debilitado. El bombardeo de Teherán marcó un punto de inflexión: el ataque contra las instalaciones nucleares, símbolo del poder de la República Islámica, quebró la imagen de invulnerabilidad que el régimen había cultivado durante décadas. Su estrategia de defensa, basada en la construcción de un “escudo protector” regional fortaleciendo las milicias aliadas, se vio debilitada con los ataques israelíes contra Hezbollah y la caída del régimen de los Al Assad, además de que quedó al descubierto la debilidad de las fuerzas de seguridad iraní, que ni siquiera pudieron defender su propia casa.

Si Irán no fue derrotado en la guerra de los 12 días, es en parte porque el pueblo iraní no se sumó a la convocatoria de Netanyahu para terminar con el régimen: el sentimiento nacionalista primó por sobre las diferencias con el gobierno, y eso la élite político-clerical lo tuvo presente. Por eso, durante los meses siguientes al conflicto se relajaron los controles sobre el comportamiento en el espacio público, incluido el código de vestimenta.

Al desgaste total de las opciones políticas reformistas se suma el contexto internacional. A la luz de lo ocurrido en Venezuela, Trump está decidido a alentar las manifestaciones. En su red social Truth Social llamó a los manifestantes a “seguir protestando” y a “tomar el control de las instituciones”, anunció sanciones económicas contra países que comercien con Teherán y aseguró que “la ayuda va en camino”. Un cambio de régimen en Irán puede traer inestabilidad a toda la región, incluido el Golfo Pérsico. Si a eso se suma el descontento que puede generar entre el público estadounidense ver a su gobierno entrampado en un nuevo conflicto en Medio Oriente, no pareciera ser que Trump esté buscando una intervención a largo plazo, sino más bien presionar sobre objetivos claves para forzar una negociación. Estados Unidos podría recurrir a una estrategia de presión contra la República Islámica que incluyera ataques de precisión contra su dirigencia, la captura de petroleros en aguas internacionales y la exigencia de concesiones como el abandono de los programas nuclear y misilístico.

Frente a este posible escenario, el 6 de enero el Consejo de Defensa iraní revisó su estrategia nacional y declaró que el país podría recurrir a acciones preventivas si detecta amenazas objetivas contra su seguridad. En la práctica, esto significa que Teherán se reserva el derecho de atacar primero, incluso contra instalaciones o fuerzas estadounidenses en Oriente Medio. Sin embargo, un movimiento de ese tipo casi con certeza desencadenaría una guerra que Irán no desea y que, de hecho, podría poner en riesgo la supervivencia misma del régimen. Aun así, la República Islámica considera indispensable proyectar la idea de que cualquier intento de derrotarla tendría un alto costo, tanto militar como político, para sus adversarios.

Algunos analistas coinciden en que con este nivel de fractura dentro de la sociedad podría producirse una confrontación armada que, como en el caso sirio, evolucione hacia una guerra civil, dominada por sectores separatistas como los kurdos o los baluchis. Aunque ese escenario parece muy lejano, la represión desatada por las fuerzas de seguridad se parece bastante a la de las fuerzas de Al Assad en 2011. Algo que no es tan extraño si se tiene en cuenta que muchos de los miembros de la CGRI lucharon en el bando gubernamental durante la guerra civil siria.

Los actores regionales ya se empiezan a inquietar. El ministro de Relaciones Exteriores de Turquía (y ex jefe de los servicios de inteligencia turcos), Hakan Fidan, reaccionó a las protestas en Irán señalando que detrás de las movilizaciones existe una manipulación externa, particularmente atribuida a los servicios de inteligencia israelíes, y advirtió que cualquier intervención extranjera agravaría la crisis y pondría en riesgo la estabilidad regional. Si EE.UU. e Israel logran terminar con el régimen iraní nada garantiza que Turquía no sea su próximo objetivo y que, de esa manera, se debilite además el gobierno sirio de transición.

La ira que se despierta con cada crisis económica no va a desaparecer hasta que las causas económicas que le dan origen mejoren, y el régimen, incapaz de brindar una solución en este sentido, sólo puede ofrecer más violencia. Esto no hará más que profundizar el círculo vicioso de descontento social, debilitando aún más la casi inexistente legitimidad del sistema y alimentando nuevas protestas. La República Islámica no va a morir mañana, pero hay signos de que ha comenzado una larga agonía.

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