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04 de junio de 2026

04 de junio de 2026

10 de enero de 2026

NO, TRUMP NO TERMINÓ CON EL ORDEN INTERNACIONAL BASADO EN REGLAS

Tomás Di Pietro

@tomidipietro
Mundo
Tiempo de lectura: 6 minutos

Se ha repetido hasta el cansancio: el orden internacional basado en reglas, construido por Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial y sostenido mediante una red de instituciones multilaterales, alianzas y libre comercio, ha muerto a manos de su propio arquitecto.

Efectivamente, durante ochenta años, Estados Unidos -junto a sus aliados europeos- relataron y convencieron a buena parte de occidente que el mundo tenía un orden liberal regido bajo el derecho internacional. Tal cosa no era más que hegemonía disfrazada de benevolencia ilustrada. El derecho internacional son los padres. Como explica Malamud, el derecho requiere sanción (juez que arbitre, policía que ejecute). Dadas ambas ausencias en el plano global, el derecho internacional nunca ha sido más que enunciados. La policía global era -¡sorpresa!- EEUU, y el juez internacional, el Consejo de Seguridad: un club del veto donde las potencias se parten el culo de la risa. La ONU, el FMI, la OTAN, la OMC: fueron siempre instrumentos de soft power. Las narrativas de libertad y democracia, elegantes ropas disfrazando a la vieja y querida voluntad de dominio.

Entonces, aquel orden no era un pacto civilizado liderado por los guardianes morales de la especie sino una estrategia para maximizar su poder. La nostalgia por aquellos tiempos solo puede ser el llanto melancólico de la clase media acomodada que no ligaba la peor parte de un sistema inherentemente injusto. En los 90 lo sabía todo el mundo: cualquier progre repudiaba la farsa global que perpetuaba desigualdades. Hoy, su hijo, el progresismo neoliberal, llora como magdalena por la “pérdida de normas”, fingiendo demencia ante el precio que pagaron las poblaciones de Libia, Siria, Yemen o Irak (por citar algunas) tras probar un poco de la ética del “orden basado en reglas”. Si este es tu caso, es bueno que sepas que para tal fenómeno psicológico solo existen tres explicaciones: a) sos de los ganadores pero lo ignorás (clase media occidental -incluso argentina- es élite global, top 10% más rico del planeta; tu nostalgia es instinto de clase, no análisis); b) sos un hijo de puta c) sos un pelotudo (mezclás tus deseos y prejuicios con la realidad: eso que llamamos ideología).

El mundo no era un lugar de paz, TU mundo era un lugar de paz. La clase media occidental acumula cuatro generaciones fantaseando que la Tierra es la aldea de los pitufos.

A partir de 2016, Estados Unidos dejó de venderse como “faro de la libertad” y abandonó su quimérico rol de gobierno mundial, para reconocerse como una superpotencia en jaque, activando una nueva defensa para conservar su poder. Trump no inventó el cambio; lo encarnó

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El orden internacional basado en reglas nunca existió, era el maquillaje moral con el que occidente narró su ejercicio del poder mientras intervenía y administraba su posición dominante. Trump no rompió nada de eso: sencillamente abandonó el libreto liberal y dijo en voz alta lo que Kennedy, Nixon, Bush u Obama (o cualquier otro presidente estadounidense) hicieron en susurros eufemísticos (matar, invadir, controlar recursos: todo vale para ejercer el poder y conservarlo). Entonces, la novedad que trae Trump no es la anarquía, que siempre reinó, ni la puja descarnada por el poder, que está en la naturaleza humana; sino, simplemente, el abandono de la hipocresía para justificarlas. No hace falta que te guste Trump para entenderlo, podés reconocerlo y aun así seguir sintiendo que es gordo, feo y nazi. 

Desde la caída del Muro, los Bush y el clinton-obamismo apostaron por mercados libres, narrativa democrática y un pseudo-gobierno mundial para ejercer el poder unipolar. Aquello dispersó recursos estadounidense, erosionó su base industrial y su clase media. Con el tiempo, fue perdiendo efectividad. Entonces lo votaron a Trump para invertir la ecuación: mercantilismo proteccionista, auditorías costo-beneficio para cada tratado, y “paz a través de la fuerza”.

Europa, enamorada de su propio cuento liberal, se enfrenta a un plot-twist hilarante: con EEUU abocado a sus prioridades; sin energía propia y con China debilitando su economía mediante una balanza comercial absolutamente desfavorable, su aliado natural no es otro que su vecino, rico en defensa y energías fósiles: Rusia. Tal es el único destino posible para el viejo continente. De momento, se encuentra anclada en la primera fase de todo duelo: negación. Necesitará al menos una generación o dos para poder digerirlo.

La UE, ubicada en el continente de la guerra por antonomasia, disfrutó ocho décadas de paz interna sin culpa ni remordimientos, editando selectivamente la historia mientras conservaba su botín colonial bajo las etiquetas multilaterales. España aferra los territorios africanos de Ceuta, Melilla y Canarias; Reino Unido se niega a soltar Gibraltar y Malvinas; Francia centraliza en su Banco Central las reservas de 15 países africanos del franco CFA , obligándolos a depositar el 50% de sus divisas en París, con tasas fijas que garantizan exportaciones baratas de uranio, petróleo y algodón hacia la metrópoli -colonialismo monetario disfrazado de “estabilidad”. Alemania e Italia desarrollaron su peso industrial financiándolo con cadenas globales opacas. Toda la UE mamó de la ubre estadounidense, usufructuó su rol de rica global, y financió a Turquía y Marruecos para fajar y torturar inmigrantes ilegales que pretendían acceder a su riqueza, al tiempo que sermoneaban sobre derechos humanos. Ahora que se acabó la fiesta, Europa no encuentra cómo narrarse la época. El resultado es un dislate. 

La novedad que trae Trump no es la anarquía, que siempre reinó, ni la puja descarnada por el poder, que está en la naturaleza humana; sino, simplemente, el abandono de la hipocresía para justificarlas

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Antes, los presidentes estadounidenses no decían lo que querían, simplemente lo ejecutaban: la guerra de Vietnam –de Kennedy, Johnson y Nixon– masacrando mucho más que Trump en cualquier frente (o incluso que Putin en Ucrania); Clinton arrasando la “fábrica de aspirina” en Sudán o bombardeando Belgrado; Bush invocando a Dios y armas fantasma para invadir Irak; Obama con su “justicia” extrajudicial en Pakistán para asesinar a Bin Laden o sus ataques de drones en Yemen y Somalia, que mataron a miles de civiles y establecieron el precedente global de guerra remota automatizada.

Puede resultar contraintuitivo, pero si se mide solo por intervenciones militares directas, Trump hasta ahora ha sido menos beligerante que todos sus sucesores recientes. Fue menos intervencionista en términos ideológicos, mostró aversión a guerras largas con tropas terrestres masivas y evitó expandir conflictos existentes a ocupaciones prolongadas. Esto no lo hace bueno: es su búsqueda por aumentar la eficiencia. Tan solo no recurre a pretextos moralistas, es poder desnudo al servicio de su país. Y esto es precisamente lo que más incomoda de Trump: desmorona el refugio moral de los ganadores del relato liberal en Europa y América. Aquello no les representaba un problema ya que lo padecían otros. Ahora cagaron. Es de campeón. 

A partir de 2016, Estados Unidos dejó de venderse como “faro de la libertad” y abandonó su quimérico rol de gobierno mundial, para reconocerse como una superpotencia en jaque, activando una nueva defensa para conservar su poder. Trump no inventó el cambio; lo encarnó. La llegada al poder de un líder similar a Putin y Xi Jinping en el país de la primera democracia liberal moderna -un autócrata suelto en Hollywood- responde a la flacidez actual de la democracia liberal: sociedades exhaustas por desigualdades sistémicas, despilfarro e ineficiencia, que deben hacer frente a enemigos que gozan de autocracias y dictaduras tecnológicas hipereficientes, donde el control, la cohesión y su proyección de poder no pierde el tiempo ni energías en risueños debates parlamentarios –que no son más que puestas en escena–, ni en burdas elecciones cada dos años –que desgasten al poder central.

La UE, ubicada en el continente de la guerra por antonomasia, disfrutó ocho décadas de paz interna sin culpa ni remordimientos, editando selectivamente la historia mientras conservaba su botín colonial bajo las etiquetas multilaterales

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El documento de Seguridad Nacional 2025 lo dice sin criptogramas: EEUU da un giro transaccional donde el interés nacional estricto sustituye alianzas sentimentales y compromisos indefinidos. Trump se hace cargo de lo obvio: EEUU no puede seguir subvencionando al mundo porque no le conviene. En cambio, se propone repatriar cadenas críticas (nearshoring), blindar suministros energéticos fósiles y nucleares -sin compromisos verdes que lo debiliten frente a adversarios que pasan por alto las restricciones climáticas-, y reconfigurar el Hemisferio Occidental como bloque de seguridad exclusivo, expulsando a China de Latinoamérica mediante presión directa, sin eufemismos ni pantomimas multilaterales. Esto último modifica la situación del continente americano, que abandona por la fuerza la irrelevancia estratégica para entrar en el peligroso status de prioridad geopolítica. 

Occidente dejó de ser el narrador moral de la Historia porque –spoiler alert– nunca actuó por moral. Había encontrado un camino para ejercer el poder y al mismo tiempo una justificación protestante para su riqueza y dominio. Hoy, sus urgencias lo llevaron a cambiar (por decisión propia Estados Unidos, por la fuerza Europa). Sin embargo, las acciones en las relaciones internacionales son iguales o incluso menos crueles que antes. No murió el orden internacional, lo que murió fue el pretexto.

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