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23 de junio de 2026

23 de junio de 2026

7 de diciembre de 2025

FRANCISCO, DIALÉCTICA Y MÍSTICA EN AMÉRICA LATINA

Ignacio Tomás Trucco

@ITTrucco
Dossier: ¿Qué hacemos con Francisco?
Tiempo de lectura: 12 minutos

Un contexto de lectura

La muerte de Jorge Mario Bergoglio -el papa Francisco- me sorprendió mientras estudiaba los procesos de modernización en América Latina y su especificidad, en el marco de una reflexión más amplia sobre la evolución de este principio en el conjunto del continente americano. Mi preocupación de fondo consistía en situar las características económicas del subcontinente dentro de una hipótesis más general acerca de su particular trayectoria histórica, entendida como una modalidad propia de modernización. La pregunta central era, por lo tanto, cómo definir aquello que distingue la modernización latinoamericana, frente a lo cual podían considerarse dos aproximaciones estilizadas

Por un lado, una forma de tipo negativa, es decir, como una falta, deformación o incompletitud, en relación con el proceso de modernización que se produjo en las naciones noroccidentales de Europa y que se proyectó al mundo entre los siglos XVIII y XIX. En general, podemos ubicar en esta perspectiva a las teorías transicionales, dependentistas, o aquellas que apelan a los calificativos como lo desigual y combinado, etc. En este contexto, América Latina se definiría en relación con la modernización europea noroccidental, otorgándole a ésta, al menos implícitamente, la prerrogativa de ser la única modernización posible.

Pero, por otro lado, América en general, y América Latina en particular, podría admitir una definición positiva, es decir, como una forma de modernización cualitativamente diferente de aquella proyectada a escala planetaria desde aquel espacio central. En este contexto, el término “mestizaje” adquirió relevancia como una forma antropológica del proceso de modernización, especialmente en América Latina. Sin embargo, su definición distaba de ser simple, evidente o inmediata: evocaba numerosas dificultades y una serie de aristas que era necesario abordar.

En algunos casos se buscó darle una definición analítica asociando el término a la integración y combinación entre culturas asimétricas (dominantes y subalternas). Pero también hubo contribuciones que lo vincularon con premisas religiosas, identificando una modernización barroca basada en un ethos católico, opuesto al más conocido ethos protestante tematizado por Max Weber, en donde el mestizaje adquiere mayor especificidad. Y es particularmente este pensamiento filosófico, teológico y antropológico en América Latina el que tendrá influencia decisiva de la biografía intelectual del Papa Francisco.

Una interpretación de Francisco en su biografía intelectual

La muerte del Pontífice sudamericano, naturalmente, tuvo el efecto inmediato de multiplicar la comunicación de las ideas que interpretó su significado en una amplia variedad de dimensiones. Entre esas interpretaciones, llegó hasta mí, probablemente por mera casualidad, una referencia al trabajo de Massimo Borghesi, Jorge Mario Bergoglio. Una biografía intelectual. Dialéctica y mística. La obra fue publicada en 2017 en italiano y en 2021 en español mediante una colaboración editorial entre Ediciones Encuentro (Madrid) y la Editorial de la Universidad Católica de Salta. Merece una nota especial Ediciones Encuentro pues desde fines de la década de 1970 se dedicó a publicar autores católicos que desarrollan una mirada de la catolicidad que dialoga directamente con el modernismo católico americano y, en particular, latinoamericano.

En efecto, la Biografía intelectual que elabora Borghesi puede ser interpretada a partir de este sutil eslabón entre corrientes filosóficas que intentan pensar el papel de la catolicidad en la era moderna o, de un modo más general, la relación entre catolicidad y modernización, aunque desde puntos de apoyo diferentes: la mirada europea, el centro, y la mirada americana y periférica de América Latina.

La llegada de Bergoglio a Roma y su conversión simultanea en Francisco I, le dio una carnadura inédita a esta tensión filosófica, teológica e histórica. Y aquí es posible encontrar uno de los motivos materiales de la obra de Borghesi. En efecto, el libro comienza en su introducción observando, como algo sintomático, la extendida creencia en Europa de que Francisco era un Papa sin pensamiento, pura acción, casi brutal, orientado por el oportunismo político de un demagogo latinoamericano. Pero también en Argentina esta lectura está ampliamente extendida, sólo matizada quizá por la importancia que supone tener un “Papa argentino”. Aun así, interpretaciones como las de Zanatta son frecuentes y generalmente aceptadas a la hora de hacer una evaluación intelectual del pontífice recientemente fallecido. En términos sintéticos, se suele ubicar a Bergoglio en algún punto del espectro del nacionalcatolicismo latinoamericano, metamorfoseado en teólogo del pueblo, como forma teológica de las pretensiones políticas y culturales del peronismo.

El libro de Borghesi es un antídoto muy efectivo para hacer frente a este tipo de prejuicio, el cual, sin embargo, tiene cierta justificación. Debe tenerse en cuenta, en este sentido, que la idea de que podría existir o, incluso, de que tan sólo es dable pensar en un modo de modernización derivada del ethos católico es algo que tiene poco tratamiento. Si bien hay filósofos y científicos sociales de gran importancia que durante el siglo XX han tratado la cuestión e incluso recientemente se han publicado síntesis que la abordan (ver por ejemplo Latinoamérica, modernidad, catolicismo. Itinerarios interpretativos a partir de la categoría “ethos” y de la cuestión del quiebre del monopolio religioso de Marcelo González -2012- por Teseo), el asunto permanece como una idea exótica o desconocida.

Por el contrario, la hipótesis opuesta, es decir, la asimilación del proceso de modernización a la forma europea noroccidental de tipo ilustrado con afinidades electivas con el cristianismo reformado es un supuesto de gran hondura, casi un elemento del sentido común, muy difícil de poner en suspenso e incluso de reconocerlo como tal. En este contexto, si alguien no puede tomar cierta distancia entre el proceso de modernización y la forma ilustrada/protestante, entonces,  toda crítica de la Ilustración es interpretada como una crítica a la modernidad y la búsqueda de una vuelta a un mundo perdido de relaciones de dependencia personal y tutelaje religioso basado en la observación de un rito. En efecto, cuando Bergoglio-Francisco reacciona frente a las premisas de la Ilustración es inmediatamente interpretado en el marco del tradicionalismo católico transmutado en populismo latinoamericano.

El trabajo de Borghesi se encarga de mostrar el bagaje filosófico y teológico que influyó en Francisco y al que él mismo contribuyo. Este podría caracterizarse inicialmente como aquel que pretende ubicar a la catolicidad como parte, e incluso como una clave de salvación, del proceso de modernización a escala mundial y universal.

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En síntesis, el trabajo de Borghesi se encarga de mostrar el bagaje filosófico y teológico que influyó en Francisco y al que él mismo contribuyo. Este podría caracterizarse inicialmente como aquel que pretende ubicar a la catolicidad como parte, e incluso como una clave de salvación, del proceso de modernización a escala mundial y universal. Y, para ello, muestra dos caras que conviven en Francisco, aquella que hizo de este problema una ontología, una teología y un pensamiento moral, pensados en Europa y de un modo filosófico y, por otro, aquella que vio que este problema se “resuelve” de un modo práctico, es decir, en la formación histórica del continente americano, jerarquizando la realidad sobre la idea. La biografía intelectual elaborada por Borghesi transmite este mensaje, es decir, que este diálogo e incluso la tensión entre el viejo y el nuevo mundo constituye un hilo permanente en la vida de Bergoglio-Francisco desde su juventud y en su paso por la jefatura de la Iglesia católica romana.

La dialéctica y el misticismo como filosofía de la catolicidad

Habiendo demarcado con trazo grueso cierta interpretación general del problema que Bergoglio-Francisco encarna y que Borghesi expone en un recorrido biográfico-filosófico, es posible describir algunas de las ideas que ambos polos de esta polaridad ponen en juego. La biografía de Borghesi trata una amplia variedad de temas que no es posible resumir en pocas páginas y, sobre todo, que exceden a la capacidad del autor en conocimientos filosóficos y teológicos. Sin embargo, en el marco de la amplia problemática que supone la relación entre catolicidad y modernización, esta biografía expone algunas ideas que resultan sumamente estimulantes para pensar y actuar en nuestro tiempo.

Bajo este propósito, conviene comenzar con la figura de Romano Guardini (1885-1968), que es de evidente importancia en la biografía de Francisco y que cumple aquí un papel clave. El filósofo de las “oposiciones polares” influyó directamente en Francisco quien incluso pretendió, en determinado momento, desarrollar una tesis doctoral dedicada a su estudio. Borghesi muestra su influencia en escritos particulares del Papa explicando la aproximación dialéctica a la catolicidad que expresa la filosofía de Guardini, en particular, como una filosofía opuesta a la dialéctica hegeliana. La naturaleza dialéctica de la catolicidad se desarrolla en las oposiciones de Guardini hasta componer un complexio oppositorum filosófico. Pero, de un modo más llano, lo dialéctico de la catolicidad puede ser percibido en cada detalle. Lo uno y lo múltiple, la diferencia y la unidad, lo divino y lo humano, la libertad y la determinación; pero también, la carne y el espíritu, el pecado y la pureza, la festividad y el ascetismo, todo puede convivir en tensión polar en el desarrollo de la catolicidad a nivel teológico y práctico. De hecho, Bergoglio-Francisco reconoció en este tipo de tensión dinámica el verdadero camino de la catolicidad y, en la dialéctica de Guardini, una potencial explicitación filosófica de esta disposición.

Sin embargo, la búsqueda de Guardini puede ser interpretada como otro intento de tratar filosóficamente una dialéctica puesta en una dirección opuesta a la de Hegel. A saber, una dialéctica hacia lo exterior, hacia lo transcendente, a contramano del movimiento hacia el espíritu como auto referencia, o mejor, como fenomenología de la auto consciencia. Por el contrario, es una fenomenología de la experiencia de consciencia, en este caso católica, frente a lo que la trasciende. Naturalmente, este punto “transempírico” fundamental es, para el filósofo católico, Cristo, que es Dios y hombre y, a la vez, la revelación y el misterio (con el mismo nivel de profundidad ontológica). Esto nos permite introducir la segunda influencia filosófica, es decir, como pensamiento sistemático desarrollado en Europa, que resulta clave para comprender a Bergoglio-Francisco. A saber: las ideas provenientes de los jesuitas místicos franceses (en oposición, según el propio Francisco lo señala, a los jesuitas españoles “más ascéticos”).

Romano Guardini, como filósofo ítalo-germano del siglo XX, no escapa, de hecho, a un estado de ánimo más o menos generalizado en toda Europa que se desarrolla entre fines del siglo XIX hasta los treinta gloriosos posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Europa parecía asqueada del contraste entre un mundo en crisis, que por momentos parecía terminal, y el movimiento del espíritu absoluto, que en absoluta auto referencia elevaba, como esencia de la libertad, a la negatividad realizada. Esa náusea existencial impulsó una salida fenomenológica hacia lo exterior, o más precisamente, hacia lo trascendente que tuvo entre los católicos europeos amplias resonancias. Borghesi trae a colación una expresión del Papa Francisco en donde menciona esta particular predisposición francesa que conecta a filósofos como Guitton, Blondel, Lévinas y Maritain, con jesuitas místicos desde Pedro Fabro, compañero de Ignacio de Loyola, hasta Michel de Certeau en pleno siglo XX. Los filósofos más contemporáneos como Henry, con la vida como ser y misterio, o Marion, con la idea de la donación, son continuadores influenciados directa y decisivamente por otra figura relevante mencionada por Borghesi, el teólogo suizo von Balthasar (1905-1988), “jesuita excéntrico que se salió de la orden” y que trajo a colación la experiencia estética de esta doble condición católica del ser: revelación y misterio.

Este misticismo (revelación y misterio) supone exponer filosóficamente la creencia católica de Cristo (el punto transempírico). En este caso, dicho filosóficamente, el ser, al mismo tiempo que se nos revela (se nos aparece, se nos da) es, siempre y en todo momento, y en lo esencial, un misterio del cual poco puede predicarse. En cualquier caso, como puede verse, dialéctica y misticismo se pueden expresar filosóficamente y ser desarrollados como pensamientos seculares con independencia de la pertenencia al credo, lo que da cuenta de una forma de secularización católica, agnóstica probablemente (incluso en oposición al sectarismo gnóstico), paralela a la secularización protestante, atea probablemente.

Este misticismo (revelación y misterio) supone exponer filosóficamente la creencia católica de Cristo (el punto transempírico). En este caso, dicho filosóficamente, el ser, al mismo tiempo que se nos revela (se nos aparece, se nos da) es, siempre y en todo momento, y en lo esencial, un misterio del cual poco puede predicarse.

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Nos acercamos filosóficamente, es decir, en el pensamiento, a esta idea de modernización católica que pretendimos tomar como hilo de lectura de la obra de Borghesi. Sin embargo, ¿no es esto puro pensamiento, rumiando infinitamente su propia cola? ¿No estamos, al menos hasta cierto punto, en un plano en el cual la idea está por encima de la realidad, haciendo que el significado de los términos corra el riesgo de disolverse en meros juegos del lenguaje? Algo de esto hay, y es precisamente en la otra punta de la polaridad en donde Bergoglio-Francisco encontrará ideas para referirse a la encarnación histórica de estos principios, es decir, su realización efectiva, no en el éter de las ideas platónicas, sino en la novedad americana.

El cristianismo realizado en América, y el modernismo católico latinoamericano

La catolicidad en América y, en particular, en América Latina, tiene innumerables aristas, dimensiones, lecturas y momentos que exceden ampliamente las capacidades y los entendimientos de quien escribe. Incluso en la obra de Borghesi se tratan en profundidad asuntos de distinto tipo que fueron centrales en la biografía intelectual de Bergoglio, y que van desde disputas políticas y teológicas, hasta las derivaciones del Concilio Vaticano II en la vida de la Iglesia latinoamericana a través de la Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe desde Puebla (1979) hasta Aparecida (2007).  Sin embargo, aquí sólo mencionaremos dos influencias decisivas que, desde un punto de vista filosófico, contribuyeron desde América Latina, al diálogo con las ideas europeas, y que fueron claves en la biografía intelectual del Papa Francisco. En este sentido, se mencionarán dos conceptos, introducidos, por un lado, por la filósofa Amelia Podetti (1928 – 1979) y, por otro, por el filósofo uruguayo Alberto Methol Ferré (1929-2009).

En el caso de Podetti, también fuertemente influenciada por la fenomenología francesa de la segunda mitad del siglo XX, el asunto principal, bien observado por Borghesi a través de manifestaciones explícitas de Francisco, es el reconocimiento de la novedad histórica de la formación social americana. Esta novedad se traza en la ruptura con Europa y define la forma con la que América “irrumpe en la historia”. En su tortuoso y doloroso camino, América, como periferia de Occidente, es heredera del universal cristiano, pero se revela, en la práctica, realizándolo. Algo que Europa no puede hacer al subsumir la historia universal a la historia europea y conservar la pureza étnica como principio de organización y formación de las comunidades nacionales o regionales. Basta ver el hecho de que sólo en el continente americano rige de forma generalizada (salvo notables excepciones) el criterio de ius soli para acceder a la ciudadanía. En esta lectura, la clave no es la homogeneidad de todo en la totalidad del continente, sino el haber desalojado de los fundamentos jurídicos de nuestra vida común un principio de exclusión transcendente (la sangre), que es siempre un principio de exclusión expiatorio, arbitrario y pagano, ante el misterio de Cristo. Como reza el preámbulo de nuestra Constitución inspirada en el más profundo constitucionalismo americano: “para nosotros, para nuestra posteridad, y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino”.

Luego, la modernización americana, más allá de que quizá todavía no contemos con una buena definición de lo que es, o de lo que puede ser, irrumpe como potencia y acto del universal cristiano, en lo concreto, es decir, como “confín y como fin” de Europa que, en todo caso, se dedicó sobre todo a pensar este universal. Además, Podetti observa como este rasgo es producto de una particular condición periférica que resiste afirmando su dignidad universal de origen y poniendo en movimiento a una unidad histórica compuesta por elementos internos asimétricos y en tensión. La vivencia material del desafiante reconocimiento universal paulista, “no importa si eres amo o esclavo, hombre o mujer, judío o griego, todos uno en Cristo”, está precisamente allí en un mundo en el que la periferia tiene lugar, se revela y resiste.

Por su parte, Methol Ferré hará una contribución adicional en este sentido. Para el filósofo uruguayo, la especificidad americana y, en particular, la latinoamericana, está en conservar en su desarrollo un modo de modernización de origen católico o barroco que se aleja del prejuicio que ha asimilado modernidad a Ilustración y que ha colocado a toda crítica de la Ilustración en alguna forma de tradicionalismo reaccionario. La idea de una modernización barroca también presenta dificultades de definición, pero puede ser intuida, no sin cierta borrosidad, a partir de una secularización de las premisas teológicas católicas incluso en oposición a las premisas que dominaron la formación de capitalismo de base protestante retratado por Weber. A título personal, exculpando a los autores mencionados y naturalmente al Papa Francisco, me inclino por pensar la modernización barroca en oposición tanto al utilitarismo como filosofía moral y al contrato social como pilar de la estatalidad de la ilustración. Si, para el utilitarismo, el ser humano universal se define por su capacidad para sentir (placer vs dolor), en la forma barroca lo universal está sobre todo en la universal capacidad de conocer del ser humano. Y si el contrato social tiene por función reprimir la lucha de todos contra todos por la búsqueda de placeres sensibles, la estatalidad barroca tiene por fundamento el tutelaje educativo de su propio “buen salvaje” con su componente represivo incluido, naturalmente.

Si, para el utilitarismo, el ser humano universal se define por su capacidad para sentir (placer vs dolor), en la forma barroca lo universal está sobre todo en la universal capacidad de conocer del ser humano... La estatalidad barroca tiene por fundamento el tutelaje educativo de su propio “buen salvaje” con su componente represivo incluido.

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Más allá de esta definición que arriesgo compartir, a fin de que el lector tenga una idea más clara de esta diferencia, lo esencial pasa por el lugar que Methol Ferré da a la modernización católica. En efecto, este autor tiende, en su argumento, a presentarla como una oposición a la modernización ilustrada, e incluso ve en ella el desarrollo futuro de una modernización superior: un resurgimiento católico latinoamericano inspirado en Augusto Del Noce. En esto no puedo más que tomar una distancia personal con Methol Ferré pues si bien resulta relevante y una verdadera contribución el reconocimiento de que hay más de una forma de modernización, incluso inspiradas en premisas teológicas cristianas (reformadas o romanas), asimilar América Latina a la modernización católica puede que sea un error o un prejuicio católico equivalente al prejuicio ilustrado. Sólo dejo a modo de pregunta una opción alternativa que, entiendo, puede ser productiva para seguir indagando en el modo americano del desarrollo del principio de modernización. ¿Y si no somos la afirmación de una o dos formas de modernización, separadas entre sí, como compartimentos estancos? ¿Y si, por el contrario, somos una pluralidad de formas de modernización que buscan integrarse y articularse en América, desde el polo norte al polo sur?, ¿no estaremos viendo sino las partes iniciales de una historia de este tipo en pleno desarrollo?

A modo de cierre

Este artículo breve cumple tres funciones. En primer lugar, rinde un mínimo homenaje, por parte de un agnóstico que no va a misa desde preadolescente cuando era práctica obligatoria, a un conciudadano absolutamente excepcional, como fue el Papa Francisco, que llegó a jefe de la Iglesia Católica de Roma y que expresó, en su propia piel, la idea de que la catolicidad puede ir más allá del rito y contribuir al desarrollo de una sociedad capaz de reconciliar secularmente sus más profundas heridas. En segundo lugar, hacer una breve reseña del trabajo de Massimo Borghesi, quien desde el centro tuvo la capacidad de reconocer la voz de la periferia y el valor de enfrentar los prejuicios que en dicho contexto se levantaron sobre nuestro pensamiento. Y, en tercer lugar, volver a tematizar el proceso de modernización americana, en un contexto en el que parece haber un retroceso notable, con la exacerbación de sentimientos de pureza étnica y racial, apelándose a la división y a la exclusión de un chivo expiatorio, culpable a priori de todos los males, como la forma simple y directa de resolver los problemas de nuestro presente. Algo que sería, a los ojos de Francisco, al menos, poco cristiano.

Dossier: ¿Qué hacemos con Francisco?