Un momento...

28 de junio de 2026

28 de junio de 2026

11 de diciembre de 2025

VISIBLES SOLO PARA EL ERROR

Agustín Romero

IG @agustinjromero
Literatura
Tiempo de lectura: 5 minutos

Si vivir en el interior de una lengua ya es difícil, hacerlo en el espacio que se abre entre dos lenguas, puede serlo aún más. A determinada hora del día, alguien se sienta frente a la pantalla, sin resolución. La frase problemática sigue ahí. Quien traduce intenta hacer pasar, sin que muera en ese traslado, la “criatura viva” del lenguaje. Camina, hace equilibrio. Desplaza la voz. Pero ese no es el adjetivo, y esa no es la música. La frase queda despojada de su fuerza vital. Agoniza. Vuelve a intentarlo, pronuncia en voz alta: música desafinada. Rastrea en internet, en el diccionario. Vuelve al original, relee el párrafo completo, busca un eco. Una pugna microscópica, pero extenuante, como si la escritura se jugara en ese lugar del texto ─y la escritura se juega toda entera ahí. La deja en suspenso, marcada. Volverá más tarde, o al otro día. O la solución aparecerá en otro momento, mientras se concentra en otra cosa. Una correspondencia inesperada que el azar a veces otorga. Ese trabajo invisible, sin embargo, deja marcas palpables. Extravío y desequilibrio: en ese borde inestable sobrevive quien traduce.

Quien haya leído la versión de Frankenstein traducida por Jerónimo Ledesma, Corazón en las tinieblas, en versión de Jorge Fondebrider; o los ensayos de Lydia Davis, traducidos por Eleonora Gonzales Capria, puede comprender la magnitud de esta intervención: lo que significa sostener y producir un nuevo ritmo, una voz. Para quienes no leen en lengua original, la traducción es la única vía posible para acceder no sólo a un libro o un autor, sino a una cultura. Dos cosas parecen seguras, hay un intermediario entre el texto original y la “lengua anfitriona” y toda traducción puede ser un texto inédito.

De esa persistencia, de esa búsqueda ─a veces infructuosa y desesperante, otras luminosa y llena de hallazgos─ está hecha la traducción. Y con esas traducciones, con esas decisiones que tomaron traductoras y traductores, nos hemos formado. “Las traducciones tienen una importancia decisiva en la historia de los estilos”, escribió Ricardo Piglia. ¿Por qué, entonces, la tarea de las y los traductores sigue siendo relegada a un lugar anónimo? ¿No son ellos y ellas quienes permiten que una literatura exista en otra lengua?

“Las traducciones tienen una importancia decisiva en la historia de los estilos”, escribió Ricardo Piglia. ¿Por qué, entonces, la tarea de las y los traductores sigue siendo relegada a un lugar anónimo? ¿No son ellos y ellas quienes permiten que una literatura exista en otra lengua?

Compartir:

Según la escritora y traductora Eleonora Gonzáles Capria, esta invisibilización se debe a la suma de varios factores. Entre esas razones, es el resultado de las prácticas de instituciones y carreras, en las que los libros traducidos se leyeron siempre como originales. Es también la consecuencia de los hábitos de la prensa en la que muchas veces periodistas, e incluso escritoras y escritores, redactan reseñas en las que su nombre nunca aparece. “En Argentina, los traductores somos visibles solo cuando se nos presume equivocados: somos visibles solo para el error”, señala. Damián Tullio, traductor, entre otros libros, de dos ensayos de Peter Orner, publicados por la editorial Chai, refiere algo similar: “Lo más lamentable es que no haya reconocimiento de la mediación. Como obra autónoma, la traducción tiene una identidad muy particular, depende de su antecedente pero es algo muy distinto de su fuente. Saber que hubo una interferencia entre el texto fuente y la traducción es una conciencia que puede transformar la lectura”.

Así como de la fotografía se decía que era la servidumbre de las bellas artes ─pura técnica─, de la traducción se pretende a veces su fidelidad al original, como si cada lengua no fuera impulsada por una música distinta. ¿Acaso suena igual Las niñas del naranjel y su versión en inglés We are green and trembling? ¿No vibra incluso más la traducción de Robin Myers? ¿No tiene un efecto expresivo más poderoso?

O a la inversa, el gesto humorístico, incluso una ligera marca regional, que en el original no se encuentra, de No entres mansito en esa buena noche, la versión traducida por Andrés Ehrenhaus del poema de Dylan Thomas Do not go gentle into that good night realizado para Bitácora de traducción, un ciclo disponible en YouTube donde el traductor realiza un desmontaje del poema y propone múltiples versiones que terminan por constatar que la traducción está hecha de arbitrariedad, creación y oído agudo. “Es habitual escuchar que las buenas traducciones son ‘transparentes’ y ‘fieles’ al texto original” ─dice el traductor Julián Alejo Sosa─ “Y si bien hay una cuota de verdad en eso, estos términos suelen entenderse como sinónimos de invisibilidad: el foco sigue estando en el texto original y no en la traducción. La ‘transparencia’ implica siempre una mediación”, afirma.

Traducir es hermoso. Traducir es horrible. Traducir es desesperante, escribe Laura Wittner en su libro Se vive y se traduce. Más allá de su cualidad, lo que esos calificativos demuestran es que en ese lugar que hay entre dos lenguas, alguien vive, intenta afianzarse. La invisibilidad de quien traduce responde a múltiples motivos. Uno de ellos es que, con frecuencia, ni siquiera se los considera intermediarios: se los relega a una condición fantasmal. Una línea divide a quien escribe de quien traduce. De un lado, la creación; del otro, el oficio. Para la traductora Ma. Gabriela Raidé reescribir es volver a escribir. “Quienquiera que haya intentado traducir un fragmento de cualquier cosa (por diversión, por el desafío), se habrá dado cuenta de la creatividad y la destreza lingüística y cultural que requiere. El paso de un código a otro (de una lengua a otra) nunca es automático ni transparente”. Actualmente, Ma. Gabriela Raidé está realizando una investigación doctoral sobre una antología de cuentos policiales cuya selección y traducción fue hecha por Borges y Bioy Casares. Según ella, leer una traducción como crítica deja ver el modo en que cada elección que se toma funciona como una postura frente al texto, una intervención que incluso puede reorientar por completo su interpretación. “Además, Borges fue defensor de la libertad creativa del traductor y la autonomía de un texto traducido respecto de su original, y me parece que está bueno recordarlo”, sugiere. En esa misma línea, Damián Tullio define a la traducción como la expresión de una lectura. “Enrique Pezzoni decía que traducir es elegir todo el tiempo y que eso resulta medio trágico porque es imposible no sacrificar algo. Por ende, es un trabajo autoral especialmente vulnerable, tiene un referente extremadamente visible con el que compararlo”.

Cada traducción abre un espacio donde una obra extranjera puede entrar, circular y ser leída, donde su voz encuentra resonancia. Esa circulación nunca es neutral: depende de decisiones, de competencias lingüísticas, de resistencias frente a lenguas dominantes y de oportunidades que ofrecen subsidios o políticas culturales. En ese entramado, los traductores actúan como mediadores invisibles pero esenciales, determinando qué textos llegan, qué voces se escuchan y cómo se construye nuestro imaginario literario. “En Argentina, una gran parte de las publicaciones son traducciones” ─asegura Julián Alejo Sosa. “Esa presencia inevitablemente tiene efectos directos en nuestro imaginario literario y en nuestra cultura. Sin embargo, esta circulación no es homogénea, hay lenguas que circulan mucho más que otras, lo que deja a muchas otras relegadas, ya sea por cuestiones de mercado o por disponibilidad de los profesionales especializados”. Por su parte, Damián Tullio dice que la importación de textos, al igual que otros bienes, está marcada por tensiones de hegemonía y por las lógicas de intercambio de la dinámica transnacional. Señala que el campo editorial está dominado por un núcleo hipercentralizado —el anglosajón— que condiciona muchas de las decisiones. Aunque existen desvíos y resistencias, advierte que la disponibilidad de traductores que dominan lenguas periféricas es mucho menor que la de quienes trabajan con lenguas dominantes, lo que impone límites claros a la circulación de ciertas literaturas.

Los traductores actúan como mediadores invisibles pero esenciales, determinando qué textos llegan, qué voces se escuchan y cómo se construye nuestro imaginario literario.

Compartir:

Pero más allá de estas estructuras y tensiones, traducir sigue siendo un acto de creación que abre un espacio donde una obra extranjera puede existir, resonar y tomar cuerpo en nuestra lengua; donde las decisiones de quienes traducen determinan qué se lee, qué voces se escuchan y cómo se construye nuestro imaginario literario. Al fin y al cabo, como recuerda Eleonora Gonzáles Capria, ¿qué sería de la literatura sin la traducción literaria?

Literatura