15 de julio de 2026
28 de noviembre de 2025
ENTREVISTA A JOSÉ ANTONIO SANAHUJA: “ACTUAR CONSECUENTEMENTE ES ASUMIR LA SOLEDAD ESTRATÉGICA DE EUROPA”
Salvador Lima
En un contexto internacional marcado por tensiones geopolíticas, crisis climática y transformaciones en el orden mundial, pocos académicos son capaces de conectar los problemas a los dos lados del Atlántico, con una mirada crítica y progresista, como José Antonio Sanahuja. Catedrático de Relaciones Internacionales en la Universidad Complutense de Madrid, Sanahuja ha combinado la actividad académica con la asesoría política en distintos organismos españoles y europeos, lo que lo convierte en una de las voces más autorizadas en temas claves como el multilateralismo, la gobernanza global, la integración regional latinoamericana y la agenda 2030. En la siguiente entrevista, ofrece una mirada estructural sobre los problemas globales de la actualidad y una perspectiva rigurosa sobre cómo América Latina y Europa pueden fortalecer su papel en un sistema internacional en transición.
¿Cuáles han sido las consecuencias de la guerra en Ucrania para la integración o desintegración de los europeos?
En febrero de 2022, la invasión rusa a gran escala mostró una reacción unívoca de los Estados miembros y de las instituciones comunes de la Unión Europea en defensa de la soberanía ucraniana y el derecho internacional. Dicho esto, la visión que tenemos respecto a esta guerra varía significativamente. Hay países, como los bálticos, los escandinavos y Polonia que, con buenas razones, consideran que la agresión rusa es una amenaza existencial. Luego, hay países, como España, Portugal, Bélgica o Irlanda, que han practicado la política del avestruz, actuando como si este conflicto no existiera. También está Hungría, cuyo gobierno es abiertamente prorruso y ha asumido que Vladimir Putin está reclamando lo que le pertenece o que, en todo caso, este conflicto no es un problema nuestro y supone un coste económico muy elevado. Por último, hay países que consideran que es una guerra de elección, que se puede determinar hasta dónde nos involucramos, que sería el caso de Alemania y Francia. Por eso, la ayuda militar y económica se ha dado a cuentagotas, permitiendo a los ucranianos resistir, pero no vencer. El objetivo de Francia y Alemania no parece haber sido, hasta ahora, contribuir a la victoria ucraniana, sino hacer de Ucrania un “puercoespín” que disuada a Rusia de iniciar nuevos conflictos en el futuro.
La convivencia de estas distintas percepciones, influenciada por la distancia geográfica respecto de la frontera con Rusia, dificulta tener una estrategia común a largo plazo. El elemento nuevo lo ha traído Donald Trump. Dentro de toda su batería de declaraciones contradictorias, el presidente ha demostrado que su idea de la paz es presionar a Volodímir Zelensky para que acepte las condiciones maximalistas de rendición que exigen los rusos. Al mismo tiempo que demuestran su indiferencia y/o desprecio por Europa, Trump, J.D. Vance y Pete Hegseth pretenden que las negociaciones de paz se resuelvan entre Rusia y Estados Unidos, marginando a europeos y ucranianos del proceso, al mismo tiempo que exigen a la Unión Europea que aumente sus presupuestos de defensa y proporcione las garantías de seguridad que Ucrania necesita, sin cobertura estadounidense.
Ningún estado, ni siquiera los aliados rusos como Bielorrusia, Irán, China, Nicaragua, Venezuela o Cuba, han reconocido la anexión de las provincias ucranianas de Donetsk, Luhansk, Kherson y Zaporizhzhia. Porque, por razones históricas, el principio de integridad territorial es sagrado para los países en desarrollo
A partir de este momento, las élites europeas atlantistas -gente como Ursula von der Leyen, Kaja Kallas, Keir Starmer o Mark Rutte- están absolutamente aterradas con la posibilidad de que Estados Unidos abandone la OTAN. Y Estados Unidos utiliza ese terror para chantajear a Europa y sacarle todo a lo que aspira en términos de aranceles, presupuestos militares y regulaciones a las empresas tecnológicas. Ese elemento fue clave en la reunión de la OTAN en La Haya, en junio, cuando la amenaza americana de abandono llevó a todos los Estados miembros, menos España, a aceptar un piso de presupuesto militar de 5% del PBI. Debido a sus problemas de deuda y déficit es muy probable que pocos países europeos vayan a cumplir ese piso. En cualquier caso, se cedió a las exigencias de la trama, quizás simplemente para ganar tiempo y porque hay élites atlantistas en Europa que están convencidas de que en 2028 vuelven “los buenos”, es decir, una nueva administración demócrata más comprometida con la alianza atlántica.
Las posturas de Trump han revivido en la Unión Europea la vieja obsesión gaullista de la “autonomía estratégica”. Aunque todos los líderes europeos hablan de ella, parece haber mucha reticencia en tomar las decisiones consecuentes para lograr la autonomía estratégica, ya que implicaría altos costos fiscales y electorales.
Como notaba el general Charles de Gauelle, desde 1945, la hegemonía estadounidense ha tenido como consecuencia una situación de subordinación económica y estratégica para Europa. Tras el fin de la Guerra Fría y la euforia liberal de los 90’s, la idea gaullista de la autonomía estratégica vuelve a emerger con Emmanuel Macron y con Josep Borrell. Lo que estos europeístas proponen es que, ante la política abrasiva de Trump y el intento de subordinar a la Unión Europea, deberíamos reforzar el pilar europeo de la OTAN o construir nuestra propia estructura de seguridad. Asumir esa responsabilidad significa avanzar con una política conjunta de adquisición de sistemas de armamentos y de diseño de infraestructuras de seguridad que nos den autonomía, reduzca costes y simplifique capacidades.
Todo esto es hablar del medio y largo plazo. A corto plazo, actuar consecuentemente es asumir la soledad estratégica de Europa y que estamos solos frente a Putin. La mayoría de los europeos entiende que no podemos admitir el retorno a la guerra de conquista y que la integridad territorial de Ucrania no debe entrar en cuestión. Además, si logramos ayudar a Ucrania con nuestros propios medios, eso tendría una consecuencia política en la relación con Estados Unidos: el chantaje deja de tener efecto y ganaríamos margen de maniobra en las negociaciones comerciales, en la defensa de la regulación digital, y en otros aspectos.
Es importante demostrar a Rusia que no obtendrá lo que quiere por la fuerza. Sobre todo, porque Trump y sus acólitos no parecen muy determinados en poner límites a los rusos. Cuando una veintena de drones rusos penetró el espacio aéreo polaco, Trump repitió la explicación rusa de que se había tratado de un error. Para colmo, los drones rusos ya han sobrevolado espacio de la OTAN, en Dinamarca, Alemania y los Bálticos, forzando, en ocasiones, a cerrar aeropuertos y suspender vuelos comerciales. Y no hace falta que me explaye en las incursiones de aviones rusos, las interferencias a las comunicaciones satelitales y sistemas informáticos europeos, el corte de cables submarinos, las actividades de la flota fantasma. Son todas formas de guerra híbrida que dan la impresión de que Rusia está tanteando los límites del Tratado de la Alianza Atlántica. El mensaje político de Trump, al aceptar las narrativas rusas es muy claro: no está comprometido con la seguridad europea.
Sinceramente, creo que Machado recibió el premio ahora porque era la mejor forma de no dárselo a Trump sin dar demasiadas explicaciones
¿Cuándo se llega a un acuerdo de paz cuando en un conflicto donde ninguna de las partes puede obtener una victoria clara?
Es una pregunta que me perseguía durante mis años de trabajo en Centroamérica, en los 80’s. A mi entender, el modelo más potente es el del académico estadounidense William Zartman. Su teoría sostiene que muchos conflictos no se resuelven hasta que se alcanza un “estancamiento mutuamente perjudicial”. Cuando las partes reconocen que se encuentran en una situación dolorosa y sin un camino claro hacia la victoria, se vuelven receptivas a una salida. Ucrania ha llegado ya a ese momento, en parte gracias a la claudicación de Estados Unidos. Los ucranianos están dispuestos a reconocer de facto la pérdida de los territorios ocupados por Rusia, a cambio de una paz con garantías y una nueva estructura de seguridad europea que proteja su soberanía.
El problema es que las declaraciones de Trump, Vance y Hegseth no contribuyen a la paz. Al hablar de “fatiga de guerra” y de la invencibilidad rusa, al terminar con la asistencia de Estados Unidos a Ucrania y al humillar a Zelensky, dan incentivos a Putin para apostar por el largo plazo. En realidad, la inevitabilidad de la victoria rusa no es obvia para nadie. Ningún estado, ni siquiera los aliados rusos como Bielorrusia, Irán, China, Nicaragua, Venezuela o Cuba, han reconocido la anexión de las provincias ucranianas de Donetsk, Luhansk, Kherson y Zaporizhzhia. Porque, por razones históricas, el principio de integridad territorial es sagrado para los países en desarrollo. Por eso, los chinos nunca aceptarán las anexiones territoriales hechas por la fuerza de la conquista.
Se habla poco de lo que hacen los miembros del BRICS para intentar llevar a Rusia hacia una paz negociada. ¿Hay un interés en estos países del llamado “Sur Global” en ponerle fin a la guerra?
Con todo lo que tiene de performativo, el discurso del “Sur Global” no deja de contener un reclamo de justicia correcto que podemos rastrear hasta la Conferencia de Bandung de 1955. Ahora bien, aunque este espíritu tercermundista mantiene cierta legitimidad, algunos de los BRICS, como Rusia, China e India, proyectan aspiraciones propias de potencia global sobre la base de su “excepcionalismo civilizatorio”. Su discurso trata de cuestionar el orden internacional liberal basado en el universalismo occidental, reclamando una tradición histórica y una civilización propias que reflejan cosmovisiones legítimas y más antiguas que la occidental.
Hay un momento importante, tres semanas antes de la invasión rusa, que es la reunión de Xi Jinping y Putin, el 4 de febrero de 2022, durante la ceremonia inaugural de los Juegos Olímpicos de Invierno en Beijing. Fue una reunión de alto perfil de la cual se emitió un documento que declaraba oficialmente la asociación “sin límites” entre China y Rusia. Mi conjetura es que en esa reunión Putin explicó a Xi su plan de “operación especial” para derrocar al gobierno ucraniano en pocos días y colocar un gobierno títere en Kiev. Este mismo era el diagnóstico en Washington y las capitales europeas cuando las tropas rusas avanzaron sobre Ucrania el 24 de febrero de 2022. Como suele suceder en la historia de los conflictos armados, el agresor siempre sabe cómo iniciar la guerra, pero pocas veces puede controlar cómo va a terminar. Lo que iba a ser un golpe de Estado de pocos días, se convirtió en una guerra convencional que va a cumplir cuatro años sin un horizonte cercano de concluir.
Para el Sur Global esta guerra es un desastre. No la querían, bajo ningún concepto. Es una guerra que solamente les ha traído problemas. Respecto a los BRICS, tanto en la Cumbre de la Organización de Cooperación de Shanghái, en Samarcanda, en septiembre de 2022, como en la reunión trilateral entre Rusia, China e India, en noviembre del mismo año, Xi y Narendra Mohdi mostraron su malestar con la invasión y evitaron dar apoyos explícitos a Putin. Es cierto que China continúa comprando hidrocarburos rusos y vendiendo componentes eléctricos y materiales de doble uso a Rusia para la fabricación de drones, pero ha sido muy medida en sus declaraciones y no ha hecho lo de Corea del Norte, que es enviar tropas o equipo militar de manera directa. Ahora bien, de la misma manera que Europa no quiere que Ucrania sea derrotada, China no quiere que Rusia salga mal parada de este conflicto. La pregunta entonces es qué tipo de acuerdo de paz China estaría dispuesta a promover. Después de todo, China se jacta de ser un defensor del derecho internacional y tiene una posición muy clara en contra de la proliferación nuclear. De hecho, cuando Dmitri Medvédev y Sergei Lavrov amenazaron con utilizar armas nucleares tácticas, en septiembre de 2022, los chinos inmediatamente establecieron esa línea roja. ¿Qué pasaría con los BRICS si pasa lo indeseable y Rusia ataca Ucrania con su arsenal nuclear? Probablemente la asociación implosionaría y los rusos quedarían completamente aislados de la comunidad internacional.
De la misma manera que Europa no quiere que Ucrania sea derrotada, China no quiere que Rusia salga mal parada de este conflicto. La pregunta entonces es qué tipo de acuerdo de paz China estaría dispuesta a promover
¿Qué piensa de la entrega del Nobel de la Paz a María Corina Machado?
En 2023, he participado en un libro al respecto, editado por Andrea Oelsner y Roberto Domínguez y lo que vemos en esta obra es que todos los premios Nobel latinoamericanos se han concedido a diplomáticos, activistas o intelectuales en méritos de sus esfuerzos por lograr tratados de paz, proteger a las víctimas del terrorismo de Estado y crear zonas de desarme y planes para cerrar conflictos armados en la región. Por eso creo que no es aventurado decir que María Corina Machado es una outsider dentro de esta lista. Soy consciente de las condiciones imposibles que tiene la oposición democrática en Venezuela y de la ilegitimidad del régimen chavista, pero la táctica de Machado ha sido por largo tiempo pedir el derrocamiento de Nicolás Maduro por medio de una intervención extranjera. Hizo campaña por ello durante el primer mandato de Trump y ahora justifica los ataques estadounidenses sobre las supuestas narcolanchas y de nuevo vuelve a pedir a Estados Unidos que saque a Maduro por la fuerza. No digo que esto no la convierta en la líder de la oposición democrática, pero no me parece que su política sea coherente con el espíritu original del Nobel de la Paz. Sinceramente, creo que Machado recibió el premio ahora porque era la mejor forma de no dárselo a Trump sin dar demasiadas explicaciones.
En todo caso, su premio legitima la intervención militar de los Estados Unidos. Puede ser que sea la única manera de sacar a Maduro, pero la pregunta que nos tenemos que hacer es cuánta sangre va a verter y si va a contribuir a una transición democrática y a una reconciliación entre los venezolanos. Hasta ahora, parece que el plan solamente se trata de eliminar al régimen y comenzar una persecución sistemática de los chavistas. No estoy diciendo con esto que no haya que perseguir judicialmente a los que han violado los derechos humanos y han oprimido a los venezolanos durante tantos años. Esto mismo hemos reclamado con las dictaduras militares de los 70’s y 80’s. El problema es que no veo que la táctica de Trump ofrezca una salida que ayude a la convivencia democrática.
Lo que está haciendo la Armada estadounidense en el Caribe actualmente, eliminando las lanchas sospechosas de narcotráfico en aguas internacionales, sin pruebas de que lo sean, es ilegal al menos. Es disparar primero y preguntar después. Y esto tiene una función muy clara ante los tribunales estadounidenses. Porque Trump está gobernando por decreto, fundamentando esas órdenes presidenciales en legislación de excepción, en normas que se promulgaron en situaciones de guerra que planteaban una amenaza existencial para los Estados Unidos. Por ello, al igual que con la militarización de ciudades estadounidenses, la mejor manera de sostener esa precaria justificación es producir, en la práctica, los hechos que se asemejan a una situación de guerra. En el plano internacional, lo que está haciendo esta política es dar a los latinoamericanos mayores razones para buscar socios externos alternativos, como China y Europa.
El retorno de la geopolítica y la conflictividad podría dar nuevas oportunidades para la aprobación del demorado Acuerdo de libre comercio entre la Unión Europea y el Mercosur.
Exactamente. El hecho de que Estados Unidos esté destruyendo el sistema multilateral de comercio y saliéndose de tratados internacionales hace que la racionalidad del Acuerdo UE-Mercosur sea geopolítica. El momento neoliberal se terminó y hoy los que toman decisiones están obligados a hablar de cuestiones de seguridad, infraestructuras críticas, aranceles y política industrial. El último texto del acuerdo plantea una liberalización comercial mucho más cautelosa, dejando espacio a inversiones públicas y garantías para que ciertos sectores -como el agropecuario en Europa y el industrial en Sudamérica- puedan adaptarse a las nuevas condiciones comerciales. Sería un acuerdo que garantizaría que no vamos a utilizar las sanciones y el uso coercitivo de las interdependencias económicas para chantajearnos mutuamente.
Los ucranianos están dispuestos a reconocer de facto la pérdida de los territorios ocupados por Rusia, a cambio de una paz con garantías y una nueva estructura de seguridad europea que proteja su soberanía
Los europeos hemos comprobado en carne propia lo que eso significa con la guerra del gas de Putin. Y sabemos que, en caso de un enfrentamiento entre Estados Unidos y China, China puede instrumentalizar el comercio con Europa o con América del Sur para hacernos daño o sacar ventajas. Es por eso que los líderes europeos y sudamericanos han avanzado mucho para tratar de superar los “nudos gordianos” que bloqueaban el Acuerdo: las salvaguardas ambientales (que muchas veces funcionaban como formas encubiertas de proteccionismo), la política industrial y la innovación científica, las formas jurídicas del acuerdo y, por último, el debate adentro del Mercosur acerca de su grado de apertura o rigidez comercial. Aunque, de estos cuatro nudos, el último está aún en discusión, soy razonablemente optimista. Del lado del Mercosur, los cuatro presidentes se han mostrado positivos sobre el acuerdo y todo parecería que será ratificado en la próxima cumbre del bloque, en diciembre. El propio Milei no tuvo nada que decir en su contra, a pesar de las cláusulas que hablan de política industrial, e inversiones públicas. Y en cuanto a Europa, la Comisión ha anunciado que para diciembre el acuerdo estará firmado y aprobado. Francia, que ha sido siempre el país más reticente, se encuentra en una situación política delicada que no le permitiría a Macron hacer demostraciones de resistencia en el Consejo Europeo.
Es un tanto paradójico que el momento geopolítico del que usted habla favorezca la aprobación de un acuerdo comercial que viene a crear la zona de libre comercio más grande del mundo. Sobre todo, teniendo en cuenta el crecimiento de las propuestas antiglobalistas en Europa ¿Cuál es su lectura?
A principios de 2017, publiqué un artículo en el que lanzaba la tesis de que estamos en una crisis de globalización, o dando paso a un momento de desglobalización. Como estudié historia en la facultad, me gusta reflexionar en términos del largo plazo. No soy determinista, pero creo que hay largos ciclos científico-tecnológicos y económicos que ayudan a explicar las estructuras sociales y las instituciones políticas de los siglos XX y XXI. Lo que yo argumentaba era que, desde la Recesión de 2009-2009, el ciclo largo tecnológico de la globalización posfordista se estaba agotando y entrábamos en una fase nueva. Hay suficiente información empírica que demuestra que, a partir de entonces, todos los indicadores de inversiones, comercio y producción dieron un cambio brusco en el mundo. Esto se combinó con un salto en la innovación, con el cual las nuevas tecnologías ya no hacían rentable el modelo de la globalización inaugurado a finales de los 1970s. Por el contrario, hace unos veinte años inició un periodo en el que la digitalización y la automatización pasó a alentar el reshoring, el onshoring y el nearshoring, frente a la deslocalización productiva posfordista.
Aunque siguen existiendo niveles de interdependencia económica muy elevados, si la globalización es, como la definió Robert Cox, una estructura histórica hegemónica, entonces ya ha dejado de existir o está en camino a desaparecer. Las fuerzas económicas apuntan hacia una desglobalización. En términos de rentabilidad y de seguridad, hoy es más ventajoso producir y no tercerizar o deslocalizar las cadenas de producción. A todo esto se le suman las consecuencias sociales y políticas. Hay una sensación, apoyada por cientos de estadísticas, de que la siguiente generación va a vivir peor. Los que mejor han capitalizado este descontento ciudadano son los líderes que se hallarían en el cuadrante antiglobalista-conservador de la cartografía política del siglo XXI: Donald Trump, Giorgia Meloni, Marine Le Pen, Nigel Farage, Jair Bolsonaro, José Antonio Kast y Javier Milei. Ahora bien, no todos estos líderes son iguales. Aunque se reúnen todos los años en la Conferencia de Acción Política Conservadora, no constituyen una coalición cohesionada en la política internacional y hay muchas diferencias entre ellos de acuerdo con los factores nacionales. Lo estamos viendo con la guerra en Ucrania, la cual divide las aguas entre los grupos conservadores en el Parlamento europeo y en las posturas frente a Kiev y Moscú. En el caso de Milei, sin dudas que es la expresión de una tendencia global, pero a la vez es imposible comprenderlo fuera del contexto del fracaso del peronismo, los efectos de la pandemia y la trayectoria histórica de la Argentina.
El momento neoliberal se terminó y hoy los que toman decisiones están obligados a hablar de cuestiones de seguridad, infraestructuras críticas, aranceles y política industrial
¿Y cómo se relaciona el fin de la globalización con el Acuerdo Unión Europea-Mercosur?
Ante la “geopolitización” de las relaciones internacionales, el acuerdo Unión Europea-Mercosur se convierte en algo más que un tratado comercial. Europa necesita tierras raras, energía y materias primas críticas. Mercosur necesita tecnología y financiación para reindustrializarse. Y el acuerdo ha sido posible porque ambas partes han reconocido esos nuevos intereses que ya no son de un contexto de globalización. Los términos del Acuerdo ya no tratan únicamente de liberalización porque se busca la eficiencia y la seguridad. Ya no se trata simplemente de eliminar barreras comerciales creyendo que el libre intercambio solucionará nuestros problemas.
Con esto no quiero decir que la autarquía sea posible, ni deseable. Nadie la quiere. A lo que vamos es a un sistema de comercio administrado y regulado entre socios. Esta lógica funciona también para las relaciones de Europa con China. A diferencia de los estadounidenses, nosotros no podemos hacer la transición verde sin tecnología china, sin sus baterías y paneles solares. Porque la transición hacia las energías renovables tiene otras razones además de la mera aspiración ecológica. Una es la seguridad: no podemos seguir dependiendo de Rusia, una potencia que desprecia nuestras instituciones y que usa sus exportaciones de gas para torcernos el brazo. En segundo lugar, la industria europea necesita las renovables porque no puede competir a escala global con los precios actuales del gas licuado. Si Europa tiene una mínima aspiración de sobrevivir en este mundo geoeconómico, necesita atraer inversiones chinas. No tenemos problemas con los coches y baterías chinos, pero queremos que las fabriquen en Europa y es lo que está ocurriendo; ya tenemos empresas chinas que se están instalando en España y Eslovaquia. Volvemos, entonces, a un modelo multinacional tariff-jumping: en lugar de apostar por un modelo multinacional de integración horizontal de cada suministro o importar los productos terminados, volvemos a fabricarlos en Europa, evitando los aranceles.
Para terminar, allá por 2017, Mauricio Macri y Miguel Temer decían que el problema del Mercosur era que no se había abrazado a la globalización. Lo cierto era que no se enteraban de que la globalización ya se estaba yendo. Estábamos entrando en otra fase, un interregno, entre el fin de la globalización como la conocíamos y un nuevo modelo que aún no tenemos definido. Es una etapa sin contornos claros, que está fuertemente marcada por la inteligencia artificial, la robotización, la automatización, la integración digital de los procesos de conocimiento e innovación. Ya está cambiando completamente la división internacional del trabajo, y la forma en la que el poder económico se distribuye. De ahí que ya no podamos hablar de globalización como la entendíamos.



