19 de julio de 2026
Pese a todo lo vivido, soy boomer. Así que es mucho, nada me conmueve más que las cada vez más numerosas peregrinaciones a Luján, admiro la fe de los más jóvenes, el entusiasmo de todos y el desprejuicio con el que emprenden esa demostración de amor a la Virgen, la esperanza que emana de esa multitud solidaria que con los pies llagados y un cansancio demoledor se alientan unos a otros en el largo trayecto hacia la basílica.
Allí permanece y mora la pequeña imagen de la Virgen a la que miles y miles de creyentes le piden por su salud, trabajo, amores y a la que muchos de mi generación, sus familiares ante las ausencias, y entre los que me incluyo, no le pidieron, directamente le suplicaron por sus vidas y las de los suyos, por la libertad, cuando -como decía el padre de una querida amiga- éramos cadáveres en uso de licencia. Al respecto escribí un cuento, una ficción con una anécdota real de mi hija de cinco años, en el que volqué algunas historias trágicas de amigos que habían sido alcanzados por la larga mano de los grupos de tareas de la dictadura que se titula “Virgencita”.
Me aferré a ella en los peores momentos de mi vida, le rogué que me dejara ver crecer a mi hija que tenía ocho meses en marzo del 76, le agradecí emocionada en su santuario que la gracia me hubiera sido concedida, pero lo hice en soledad -como todo en aquellos años-
Las peregrinaciones de estos años me conmueven precisamente por esa actitud de tolerancia y fraternidad, no exenta de diferencias políticas quizá, pero sin los juicios y prejuicios por lo que muchas veces ocultábamos nuestras prácticas y creencias. La religión había sido un motivo de discusión permanente entre nuestros grupos de amigos que ya a los 16 o 17 años incursionábamos en la política en un contexto de eclosión del movimiento estudiantil.
Durante los años 1970 al 73 en mi ciudad, La Plata, miles de nosotros asistíamos los sábados por la mañana a las jornadas de exhibición y debate de películas de directores famosos (recuerdo particularmente un ciclo de cine italiano). Comenzaban a las 10 de la mañana y a su término, como casi todos los sábados del año, nos juntábamos en diferentes bares de la zona céntrica y continuábamos con el debate, muchas veces discutíamos acaloradamente.
Pero tengo presente en la memoria -que se va diluyendo con la edad- lo sucedido después de una hermosa película (“Por gracia recibida”). La película fue dirigida y protagonizada por el gran Nino Manfredi interpretando a Benedetto, un infortunado joven criado en los prejuicios y temores de la religión, alejado de sus creencias porque tiene como modelo a su futuro suegro -un ateo convencido, Oreste, quien en su lecho de muerte asistido por un cura besa el crucifijo que éste le acerca-, y cuando Benedetto ve esta escena intenta suicidarse, pero se salva, y despierta en el hospital con la exclamación del cirujano de: “Fue un milagro”. En tono de comedia italiana de la época se expresaba la polémica que el progresismo de entonces instalaba en torno a la religión y sus influencias sobre el devenir histórico. Por aquellos años y en esos bares sabatinos nos reuníamos grupos de católicos –pocos-, judíos mayormente ateos y ateos provenientes de familias comunistas, y muchos recientemente convencidos en la conmoción de la ola de la revolución cubana y el destino del Che y sus consecuencias.
Algunos veníamos de colegios religiosos que por entonces no eran mixtos. La era nos alcanzaba a todos, había ocurrido el Concilio Vaticano II con la irrupción de los tercermundistas y compartíamos ámbitos, como los ciclos y los debates, novios, amigos, fiestas y los primeros amagues de participación política con los encumbrados alumnos de los colegios de la universidad y los normales nacionales (que en su mayoría hacían gala de su ateísmo). Y pese que los que íbamos a misa y le pedíamos favores y milagros a la Virgencita, éramos el objeto de aquellos debates no nos rendimos al ateísmo o al permitido agnosticismo.
En tono de comedia italiana de la época se expresaba la polémica que el progresismo de entonces instalaba en torno a la religión y sus influencias sobre el devenir histórico
Después de los casi ocho años en los que vivimos en peligro, en los que además de persecución y el paredón para miles, sufrimos la soledad, el aislamiento, camuflados en nuestros trabajos o estudios, con vidas en proceso de normalización, ese debate continuó, quizá más atenuado y tolerante, pero siguió pareciendo que quienes le rogamos a la virgencita y a su patrón Dios habíamos claudicado ante el opio de los pueblos. Sin embargo, amigos que saben que soy asidua concurrente al santuario de la Rosa Mística me hacen encargos para que pida por ellos y por sus hijos (y ya por sus nietos). Yo les digo que Ella, como toda Madre y aún más, es profundamente compasiva y no niega su protección.
Llevo en mi cartera una imagen de la Rosa Mística como lo hice con una estampita plastificada que durante muchos años permaneció en el bolsillo del pantalón o de la campera según la estación del año. Me aferré a ella en los peores momentos de mi vida, le rogué que me dejara ver crecer a mi hija que tenía ocho meses en marzo del 76, le agradecí emocionada en su santuario que la gracia me hubiera sido concedida, pero lo hice en soledad -como todo en aquellos años-. Hoy celebro y me conmueve que una multitud ferviente pueda homenajear, pedir y expresar su gratitud en forma colectiva. Quizás ahí resida el germen algo nuevo, por las dudas le pido a la Virgencita que así sea.



