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21 de julio de 2026

21 de julio de 2026

15 de noviembre de 2025

SOBRE LA NARRATIVA DE CÉSAR GONZÁLEZ: EL NIÑO RESENTIDO Y RENGO YETA

Gabriela Baby

https://www.instagram.com/gabrielababy80
Literatura
Tiempo de lectura: 6 minutos

                                                           “Una mirada desde la alcantarilla puede ser una visión del mundo”,

Alejandra Pizarnik, Árbol de Diana

El niño resentido tiene cuatro años y deambula en un departamento donde su mamá y su tía venden la cocaína que ellas mismas fraccionan para el menudeo. Clientes, amigos y vecinos entran y salen del departamento, y el niño aprovecha la puerta abierta para ir a explorar los alrededores. Camina por el barrio, se cae en un pozo, y se está por ahogar en la mierda, pero no: una vecina lo ve, se mete de cabeza en el agua podrida y logra salvarlo. ¿Milagro? Podría ser el primer milagro que lo mantiene con vida.

Este bautismo cloacal lo emparenta con otro niño maltratado y vejado de la literatura argentina: El niño proletario, de Osvaldo Lamborghini (publicado por primera vez en 1973). El cuento narra el fatal encuentro entre el niño pobre y sus compañeros de escuela que lo someten a una golpiza feroz, lo hunden en un pozo de mierda y luego lo violan: una escena de las más crueles de la literatura nacional.

Mismo bautismo de mierda para ambos, pero diferencias en sus horizontes de vida: mientras el niño proletario trabaja – vende periódicos en la calle para hacerse unos pesos- el niño resentido tiene en su horizonte de vida la delincuencia: “Yo quería ir a robar y si ninguno de mis amigos estaba dispuesto a acompañarme, saldría solo, no me importaba absolutamente nada. En ese momento la vida para mí no tenía otro sentido más que ser delincuente y tener plata para drogarme”, dice el narrador de ENR. Con sus semejanzas y sus diferencias, ambos niños, emergen del lodo en un mundo que los margina y los excluye, y en donde tendrán que jugarse su propia supervivencia.  

No hay mirada condescendiente, ni acusaciones, ni culpas, ni moralina, ni golpes bajos en los relatos de Cesar González

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La gloria entre el barro: novelas de aprendizaje

Estructuradas como relatos secuenciales, ENR y RY pueden leerse como novelas de aprendizaje, un género propio del siglo XIX en el que el protagonista -un niño o un joven- recorre un camino de crecimiento y aprendizaje en el que deberá confrontar con la sociedad para ganar y perder, aprender, para lograr su lugar en el mundo adulto.

Las novelas de aprendizaje esgrimen ciertos valores burgueses que el protagonista irá descubriendo en su recorrido, es decir, en su crecimiento y que van a constituir la subjetividad del adulto futuro. “Con el Peca vagabundeábamos con el objetivo de estar lo más cerca posible de los pibes más grandes, que se dedicaban al robo. Les hacíamos los mandados y cada día ganábamos mejores propinas y mayor confianza. Obedecíamos mientras los estudiábamos en detalle. Eran leyendas vivientes. Queríamos ser como ellos, andar en supermotos, con las últimas zapatillas, derrochar gloria entre el barro. Esconder lo mejor que se pudiera nuestra horrenda miseria”.

Con el objetivo de ser delincuente, el niño rescatado de la cloaca transitará diversas aventuras. Y en este camino de aprendizaje, el narrador -detallista y certero- contará escenas de amigos y aliados, el vínculo con la familia -una abuela que nutre y una madre que batalla en sus propios frentes- y también dará cuenta del hambre, las drogas, el suplicio de la abstinencia, la tristeza, las fiestas y la alegría de la abundancia cuando el botín es grande, el amor y el sexo, las balas en el cuerpo, el rol salvador y condenatorio del Hospital Posadas (“yo me quería morir, pero los médicos me salvaron”), las muchas muertes de los amigos, la cruda violencia policial.

En Rengo Yeta, el aprendizaje se juega entre rejas: el niño de catorce años llega al instituto de menores y tiene que descifrar los códigos de convivencia, las jerarquías entre los reclusos, conocer los trucos para fumar porro y consumir pastillas, hacerse un lugar propio, esquivar los castigos o pasarlos lo mejor posible, tener buena ropa y comida, estudiar y, sobre todo, soportar una profunda tristeza.

No hay mirada condescendiente, ni acusaciones, ni culpas, ni moralina, ni golpes bajos en los relatos de Cesar González. Hay valores en juego: el niño resentido valora la amistad, la lealtad, el amor familiar, la solidaridad. Aprende también a manejarse en cada ambiente: en la villa y entre rejas, generar alianzas y amistades, eludir a los traidores. Aprende a hacer silencio y ser cuidadoso con sus pares. Aprende a desconfiar y también a escuchar a quienes entre tanto dolor y tristeza están dispuestos a tenderle la mano.

En ambas novelas, el cuerpo del narrador ocupa de manera insistente el primer plano. Es un cuerpo detonado, siempre en emergencia. Detonado de hambre, drogas y balas. Radiante de adrenalina que brota en un asalto o en una huida.

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La realidad pura y dura se impone por sobre las palabras con un notable manejo del suspenso (ambos libros son imposibles de soltar) y una alta dosis de poesía. Porque González es, ante todo, un poeta -cuatro libros de poemas preceden la aparición de estas novelas- y también un cineasta, pero, sobre todo, un cineasta de la palabra: en sus dos novelas, las escenas de persecuciones, atracos, redadas policiales y sexo se despliegan con alto detalle ante nuestros ojos lectores a través de acciones, diálogos e imágenes resplandecientes. Una prosa potente y diáfana para contar el infierno del mundo, un infierno que queda a escasas cuadras de nuestras casas.

Novelas de aprendizaje que son, a la vez, relatos de no ficción: “esto me ocurrió a mí”, dicen ambos textos de González, y su riqueza de detalles y datos lo confirman. Narrativas de yo, también, ambas novelas, de un autor potente que engrosa su nombre propio con películas, poesía y contundentes declaraciones en la prensa.  

Un combo narrativo multimedial desde donde Cesar González, el resentido, el rengo yeta, nos dice que así son las cosas en los barrios para los chicos del presente.

El cuerpo cuenta

 “…nos encantaba romper los vidrios y prender fuego los autos, aun cuando todavía tenían cosas valiosas para sacar. He visto quemarse a muchos niños mientras los autos explotaban. He visto los mejores autos de su generación incendiados por un grupo de pequeños insolentes. He visto los mejores modelos de Mercedes Benz o Alfa Romeo arder en los valles del subdesarrollo”.

Además de actualizar el Aullido (de Allen Ginsberg), González da cuenta de la exposición y el peligro permanente del cuerpo de los niños villeros. En ambas novelas, el cuerpo del narrador ocupa de manera insistente el primer plano. Es un cuerpo detonado, siempre en emergencia. Detonado de hambre, drogas y balas. Radiante de adrenalina que brota en un asalto o en una huida. Triunfante y espléndido cuando rebosa de merca, y arrasado de temblores y sed por la abstinencia. El cuerpo sensual frente a la chica deseada, el cuerpo que se viste con las mejores galas: “Adidas, Nike, Reebok, Fila, Puma”, con orgullo el narrador enumera la ropa robada para su perchero top trade.

Y por supuesto las heridas, las internaciones, las cirugías, las idas y vueltas al Hospital, muerte y resurrección: “El balazo fue solo cuatro centímetros arriba de la pija. Ingresó por el sector derecho y rompió todo a su paso, por lo que tuvieron que extirparme una parte del bazo, del hígado, del estómago y del intestino grueso. La bala también cortó la arteria ilíaca de la pierna izquierda y tuvieron que hacerme un by-pass para reconectarla. Por esa misma pierna, a la altura del fémur, la bala volvió a salir del cuerpo. El proyectil había bailado en mi interior. Recién al día siguiente pude ver a mi mamá”, narra en ENR.

Este bautismo cloacal lo emparenta con otro niño maltratado y vejado de la literatura argentina: El niño proletario, de Osvaldo Lamborghini

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Mientras que en Rengo Yeta aparece también la humillación de las muletas (algunos guardias se las quitan y el protagonista sube y baja escaleras saltando en un pie). También podemos leer el relato de los cuidados que recibe en la enfermería del Instituto Rocca. Y el aprendizaje, en este caso, es poder sacar ventaja de la desventaja: “Ingresar baleado a la cárcel es una bendición a la que hay que saber sacarle rédito. Un privilegio. Una medalla para cuidar y enorgullecerse. (…) Aunque ahora debía luchar contra un estigma más cruel aun: demostrar que no era un rengo yeta, que mi cuerpo no era ningún instrumento de la mala suerte”, dice el narrador en RY.

Porque el sobreviviente tiene conciencia de su condición: sabe que ha tenido suerte, un destino diferente al de otros villeros vecinos y amigos muertos. En ENR asistimos a la muerte de El Loco Jerry, un malandrín traicionero del barrio, y de Culacha, la pareja de la madre. Persecución policial, muchas balas, heridas, cuerpos desahuciados en los pasillos villeros, solidaridad de los vecinos, traslados al hospital, miseria, tristeza: el relato de estas “caídas” sigue esta secuencia. Y con otros nombres se multiplican en la novela. Son plaga. “Los ojos de nuestros amigos muertos nos miraban a toda hora”, dice el narrador. Son estrellas.  

La pregunta se profundiza cuando levantamos la cabeza de la lectura y miramos el horizonte (ese momento en el que, según Barthes, nos apropiarnos del texto, el momento de iluminación de la lectura): ¿Qué hacemos con estos relatos? 

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