28 de julio de 2026
17-4-2010. Domingo soleado. Estadio Monumental. Torneo Clausura. River jugaba uno de esos partidos que iba a ser, como todos los de ese campeonato, determinante para sumar puntos. Y sumar puntos era determinante porque había que evitar el descenso.
El Monumental de Núñez explotaba como casi siempre. Pero esta vez, además, explotaba para despedir a un ídolo, a un jugador formado en la cantera millonaria, a un 10 exquisito, uno de los más grandes de nuestra historia. Ese día iba a ser el último del Muñeco Marcelo Gallardo como jugador de River.
Yo estaba en la Centenario alta, arriba de la popular. Enfrente, los Borrachos del Tablón. Porque también en ese momento estaban los Borrachos del Tablón. Como ahora. Yo no era socia. Iba a los partidos cuando lograba comprar alguna entrada.
Esa tarde perdimos 5 a 1 contra Tigre. Gallardo estuvo en el banco y el DT, Ángel Cappa, tuvo el buen tino de no hacerlo entrar. Enseguida entendimos que ese resultado anunciaba algo. Además de aumentar las estadísticas negativas que nos seguían tirando el promedio para abajo. La B estaba aún muy lejana, pero algo de rareza se presentía en el ambiente.

La derrota frente a Tigre por tanta diferencia de goles impactó en cada uno de los asistentes como una piña en el medio del pecho. Sabíamos que lo que teníamos era historia, eran esos colores rojo y blanco que nos acompañaban en nuestras vidas. Sabíamos que ser millonarios iba más allá de un mal dirigente, de una pelota que no entrara, de una tarde para el olvido. Sabíamos que al lado, en la cancha, teníamos a otros y otras que amaban, como amaba yo, la banda roja que me envolvía el pecho y la espalda.
Sentíamos que no estábamos solos. Había una cohesión social millonaria que iba a hacer atravesar el peor de los ríos caudalosos que se nos presentaran. Llorábamos, sí. Pero ese llanto era colectivo y era un poco por lo que se venía y un poco por el orgullo de sentirnos parte del Club que considerábamos, y seguimos considerando, más grande de la Argentina. Lejos.
Las canciones dicen que lo seguimos en las buenas y en las malas. En ese momento pudimos demostrarlo. Estuvimos ahí. Alentándolo. Queriéndolo. Bancándolo. Sufriéndolo con el saber de todas las alegrías pasadas y con la felicidad de sentirse parte de ese colectivo que sabíamos que estaba sufriendo y llorando, igual que lo estaba haciendo yo.
2-11-2025. Domingo soleado. Estadio Monumental.
River juega a las 20:30. Buen horario para ir a la cancha. En el grupo de whatsapp de mis amigos millonarios (que, por cierto, se llama Millonarios), la cosa estaba dividida. En una interna que no tiene nada que envidiarles a otras que involucran pasados, presentes y futuros políticos.
Por un lado, estaban los Millonarios que bancaban a muerte al técnico y apelaban a la paciencia y a la confianza en Marcelo Gallardo, que tantos títulos nos había dado. Y por otro, estaban quienes decían que éramos horribles y, por lo tanto, que no había que ser ‘termos’ como para no criticar las cosas que estaban mal. Unos y otros Millonarios coincidíamos en una cosa: Gallardo se tenía que quedar todo el tiempo que el mismo Gallardo considerara que tenía que quedarse.
Un integrante del grupo puso lo siguiente unos días antes del partido: “Pienso que en la medida en que Gallardo no decida motu proprio dar un paso al costado, no se lo debería despedir ni solicitar su renuncia. Si él se siente fuerte y convencido para seguir y confía en que podrá revertir la falta de juego y consolidar la construcción de un equipo que mejore drásticamente su funcionamiento, debería contar con el aval de la dirigencia y ni hablar de la hinchada. Me temo que si en los partidos que quedan los resultados no se dan, la paciencia tribunera se va a quebrar. Ojalá me equivoque, o mejor aún, que los resultados sean excelentes”.
Las canciones dicen que lo seguimos en las buenas y en las malas. En ese momento pudimos demostrarlo. Estuvimos ahí. Alentándolo. Queriéndolo. Bancándolo
Hoy estamos con la tranquilidad, de contar con el Muñeco un año más. Pero después de esas palabras, el resultado no fue ni excelente, ni mediocre: fue horrible. Perdimos 1 a 0 contra Gimnasia jugando mal. Muy mal. Pero lo peor de todo es que mi amigo millonario no se equivocó. Su temor se hizo realidad, al menos en parte. Ante un mal resultado, la paciencia tribunera se quebró. O por lo menos, eso es lo que se escuchó en la transmisión del partido. Eso también es lo que se hizo escuchar en la cancha. Pero las cosas no son como parecen.
Esta vez, yo estaba en la platea Belgrano Baja. Por eso, mis amigos millonarios me dicen que yo sí que soy millonaria. Pero la verdad, es que hay pocas cosas en la vida que me hacen enteramente feliz. Una de ellas es River Plate. Y entonces, no solo decidí ser socia y aportar mi cuota todos los meses, sino también sacar una platea.

No es fácil conseguir una platea en River. Por eso, antes del comienzo del campeonato, me puse cincuenta mil alarmas para que de nuevo no se me pasara la fecha para comprar el abono de platea. Cuando finalmente pude acceder, lo único que estaba disponible era una platea, perdida, en Belgrano Baja. Me la compré pensando que total, podía ahorrar en otras cosas. No me arrepentí. Hasta el último domingo.
Lo que viví en la cancha en el partido River-Gimnasia no lo viví nunca. Eso sí, me queda un consuelo: entre la platea cheta y la derrota contra Gimnasia pude entender mejor los resultados de las elecciones nacionales que le dieron el triunfo a Javier Milei. No a la Libertad Avanza. A Milei. Porque las elecciones del domingo 26 de octubre no las ganó ni el Colorado, ni el Pelado, ni la coimera, ni los tuiteros. Las ganó Milei. Fue un claro apoyo a la continuación de su gobierno. No de sus políticas, necesariamente, sino de su cargo como Presidente.
El pueblo argentino se hizo cargo de lo que había votado. No quería volver al 2001. No quería volver al cierre de los bancos, a la incertidumbre, a los saqueos, a las muertes, a la disparada sin control del dólar, a la ingobernabilidad, al desastre. No quería volver al que se vayan todos. Y es que el “que se vayan todos” puede ser muy despiadado.
El domingo, en el Monumental, parte de la tribuna gritó “Que se vayan todos, que no quede, ni uno solo”. ¿Qué se vayan todos? ¿Todos? ¿Y ese “todos” a quién incluye? ¿A Gallardo? ¿Al máximo ídolo de los muchos grandes ídolos que tiene la historia de River? ¿A la única persona que levantó la Libertadores como jugador y como técnico y que, además, salió de las inferiores de nuestro club, y que además, dirigió en la final en Madrid? ¿Alguien cerca de mí, con mi mismo corazón riverplatense, estaba gritando eso? ¿En serio?
¿Qué se vaya quién más? Vapuleado. Expulsado. ¿Cachete Montiel? ¿Franco Armani? ¿Dos de los héroes de Madrid? ¿Quién más se tiene que ir? ¿El Huevo Acuña? ¿Armani, Montiel, Acuña… y Pezzella? Tipos que hace algo más de tres años nos daban una de las mayores alegrías que tuvo el pueblo argentino. ¿En serio alguien quiere que se vayan por la puerta chica? ¿Que se vaya Juanfer Quintero, otro héroe de Madrid, autor de uno de los goles más importantes de la historia de River?
Al final del partido, antes y, sobre todo, después de que Borja errara el penal, el descontento era generalizado y se puteaba a todo el mundo. Pero no todos reaccionamos de la misma manera
Miré a mi alrededor intentando ver quién podía estar cantando eso. La tribuna estaba dividida. Sentados, aunque quejándonos, claro, estábamos los cuarentones, los cincuentones y los más también. Y parados, puteando a más no poder, con una violencia digna de que la analice Norbert Elías, estaban los muchachines, los jóvenes que crecieron en una Argentina donde la violencia verbal está completamente naturalizada desde el poder.
El presidente putea a una artista, a un chico autista o quien sea, y no pasa nada. No hay condena social ni electoral. Como no pasa nada cuando se habla de aniquilar a los opositores, o se cercena toda posibilidad de construcción de sensibilidad social, solidaridad o empatía por el otro.
El partido ya había empezado con chiflidos a algunos jugadores cuando fueron anunciados por la pantalla. Ya se respiraba un clima raro, tenso. Veníamos de los últimos diez partidos jugados, con triunfos solo en tres, un empate y el resto, derrotas. En el camino, quedamos eliminados de la Libertadores y de la Copa Argentina.
Pensé que era lógico que la hinchada quisiera marcar a los jugadores que no le parecía que debían estar en el plantel. Aunque creo que fue inoportuno chiflarlos antes de que entren a la cancha.
El clima en el Monumental se volvía cada vez más denso. A los diez minutos del segundo, el gol de Gimnasia, hizo que la cosa se fuera descontrolando. Y empezó a escucharse uno de los hits más violentos del fútbol argentino, ese que critica sin piedad a propios y ajenos, el verdadero “que se vayan todos” de la tribuna futbolera:
“Jugadores/ la concha de su madre/ a ver si ponen huevos/ que no juegan con nadie”. Los nuestros no ponen huevos, y por eso no podemos ganarles a los muertos que están enfrente, que son “nadie”. El horror.
Al final del partido, antes y, sobre todo, después de que Borja errara el penal, el descontento era generalizado y se puteaba a todo el mundo. Pero no todos reaccionamos de la misma manera. Saqué una foto y la compartí en el grupo para que se vea que solo algunos estaban parados, y que esos eran todos jóvenes.
La divisoria de aguas era tremenda. Me llamó la atención un niño de unos doce años, completamente sacado gritando a más no poder, mientras su entorno permanecía sentado. Miré más allá y la escena de repetía personalizada por la juventud, fundamentalmente masculina. Lo comenté con los cincuentones que tenía al lado y no llegaron a apreciar lo que estaba diciendo. Y me quedé con esa imagen de la juventud enardecida, violenta, sacada. Chabones jóvenes, sacados.
No es fácil conseguir una platea en River. Por eso, antes del comienzo del campeonato, me puse cincuenta mil alarmas para que de nuevo no se me pasara la fecha para comprar el abono de platea
La violencia verbal, desmedida, descontrolada, parece ser una marca de época. Sin embargo, no fueron esos jóvenes cantando “que se vayan todos” al otro día que el oficialismo ganara las elecciones en River por más del 62% de los votos, quienes me hicieron acordar a los votantes de Milei. No, esta vez fuimos nosotros, los más grandes, los de cuarenti y cincuenti, que mirábamos azorados mientras sabíamos que no nos teníamos que sumarnos al deseo de incendiarlo todo.
Quienes no nos levantamos de nuestro asiento en el Monumental el domingo, en la derrota contra Gimnasia, fuimos quienes habíamos vivido el 2001. Quienes pensábamos que había que mantener al técnico para que no se vaya todo a la mierda.
Y en ese momento me agarré la cabeza. Estábamos haciendo lo mismo que quienes fueron a apoyar a Milei con el voto. Conteniendo la situación, principalmente, por los códigos futbolísticos con quienes nos dieron tanto, pero también y, por qué no, por miedo al derrumbe.
Gallardo está herido y hay que hacer muchos cambios. Las cosas no están bien. Pero no hay una alternativa clara y el respeto a su figura es mayor que la certeza de que un paso al costado puede ser la solución a nuestros problemas. Todo eso es lo que sentí tras la derrota con Gimnasia. Por suerte, la dirigencia tomó las riendas del asunto y salió a bancar al técnico.
La noche del domingo, en el Monumental, entendí por qué había ganado Milei en las últimas elecciones. Y lo entendí porque volví a sentir el 2001 en carne propia, pero al revés. Esta vez yo no tiraba las piedras y me molestaba que las arrojaran. Que se vayan algunos. No todos. Un 2001 del otro bando. Eso sí, siempre con la banda en el pecho.
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Foto de portada: Valeria de la Vega. 2do tiempo. River vs Gimnasia



