18 de julio de 2026
Dicen que algunas voces no se apagan: se esconden entre los ruidos de la ciudad, esperando que alguien tenga la percepción sutil y adecuada para encontrarlas. En esas madrugadas porteñas en las que el aire parecía gastado y los colectivos deambulaban por las esquinas, una sombra caminaba con una cámara al hombro como si llevara un farol. Un sol de noche. No buscaba encandilar, sino comprender. No filmaba noticias ni escenas de crimen; registraba el pulso de la ciudad o sus periferias. Los años noventa de la gente común. En la cinta quedaban huellas: un gesto de pudor, la risa rota de una trabajadora sexual, el monólogo obstinado de un linyera que repetía el mismo sueño desde el 1976. Era como si alguien intentara registrar momentos únicos e irrepetibles que podrían desaparecer cuando se impusieran todas las convicciones del alba. Andaba despacio, conversaba sin apuro. Sabía que el silencio también puede decir muchas cosas.
Hay quienes creen que la televisión nació para mostrar, para impactar, para exagerar; él la usó para escuchar. En un país saturado de micrófonos, su cámara era un oído portátil: un ojo que no juzgaba, una lámpara encendida que alumbraba en los márgenes. Mientras otros competían por el prime time, él perseguía voces que la televisión había declarado ilegibles.
El truco era simple y, por eso, dificilísimo: no posar de protagonista, no moralizar, no acelerar. La cámara no se abalanzaba sobre el dolor para capturar la lágrima, no competía por la frase viral, no necesitaba un abogado del diablo en cada plano
Jacques Rancière escribió que la política es la irrupción que desidentifica a los sujetos y reordena lo sensible. “Lo que se presenta como necesidad no es más que un reparto de lo sensible que hace natural lo contingente. La política comienza cuando esa evidencia se interrumpe y lo imposible se vuelve decible”. Nuestro buscador nocturno le puso voz -en plenos años noventa- a los ilegibles, a los imposibles y los volvió protagonistas que merecían ser escuchados. Desde esta perspectiva, su intervención fue profundamente política. Se llamaba Fabián Polosecki, era periodista, aunque en la excitada pantalla noventista fue -sobre todo- una revolución tranquila.
Hay periodistas que se distinguen por la primicia. Otros, por el archivo. Algunos por sus vínculos con gargantas profundas del poder que suspiran por ver su off en letras de molde. También está el periodista que se muere por tocar. Finalmente, están aquellos que habitan la indignación permanente como forma de existencia. Polosecki se distinguía por algo mucho más simple, aunque mil veces más profundo: por la escucha. Venía de la gráfica y de la calle, de esa pedagogía del cordón que no se enseña en ninguna redacción: saber cuándo callar, cuándo un balbuceo guarda una epifanía, cuándo una risa esconde el origen de la tristeza.
A comienzos de los noventa entró a la televisión con el síndrome del infiltrado: en un medio fascinado por la superficie, él se obsesionó con las costuras. Así nacieron El otro lado y El visitante, dos programas que sobreviven como esas películas que no envejecen: no por nostalgia, sino porque fundaron una forma de mirar que todavía nos sigue faltando en esta época en la que se muestra mucho y se mira poco.
Hay quienes creen que la televisión nació para mostrar, para impactar, para exagerar; él la usó para escuchar. En un país saturado de micrófonos, su cámara era un oído portátil: un ojo que no juzgaba, una lámpara encendida que alumbraba en los márgenes
El truco era simple y, por eso, dificilísimo: no posar de protagonista, no moralizar, no acelerar. La cámara no se abalanzaba sobre el dolor para capturar la lágrima, no competía por la frase viral, no necesitaba un abogado del diablo en cada plano. Polosecki caminaba, preguntaba bajo, dejaba que el plano respirara y luego volvía con una narración en off que tejía esa materia frágil con una poética cruda, urbana, casi de diario íntimo. El resultado no era un “formato”, era un clima: la televisión, de pronto, se parecía a la calle, y la calle tenía una dignidad que la televisión había perdido hace rato.
“Mostrar lo que no se veía” o “darle voz a los que tienen voz” pueden sonar a clichés. Polosecki fue más lejos: desarmó el dispositivo con el que la pantalla consagra estereotipos. A la “gente de bien” la dejó fuera de foco; entraron los invisibles con nombre y ritual. Cartoneros antes de que existiera la palabra “cartonero” en el mainstream; obreros despedidos que conservaban en las manos la memoria de la máquina; travestis antes de los acrónimos (y sus abuelas que sufrían por su “elección”, pero las bancaban a muerte); pibes que dormían en Constitución y conocían mejor los horarios que los cronogramas oficiales; inmigrantes que se inventaban un territorio con tres changas y una paciencia heroica. El formato, en apariencia documental, escondía una operación ética: retirar el dedo que señala y devolver el rostro.
No era una tribuna de doctrina ni una celebridad de cartón para el llanto fácil. Era algo más hondo y menos obvio: la restitución de una complejidad. El sospechoso habitual podía ser extremadamente culto; el perdedor podía tener una teoría del mundo; quien parecía hablar tan solo de sí, terminaba iluminándonos a todos. Su lección, todavía vigente, es que escuchar no es renunciar a la mirada: es el modo más exigente de mirar.
Venía de la gráfica y de la calle, de esa pedagogía del cordón que no se enseña en ninguna redacción: saber cuándo callar, cuándo un balbuceo guarda una epifanía, cuándo una risa esconde el origen de la tristeza
La innovación de Polo fue estética y política a la vez. Técnica, porque apostó por una economía de recursos: planos largos, montaje que respira, música como subrayado tenue y no como verdugo emocional, un off discreto donde cada palabra parece tallada con pinzas. Política, porque eligió el punto de vista: la cámara a la altura de los ojos; la entrevista como conversación; el periodista no por encima, sino al lado. Nada de panelismo con cinco ventrílocuos por minuto; nada de “usted me interrumpe” como deporte olímpico. La noticia no era el escándalo: la noticia era que una vida común, si se la mira con atención, no es común porque todos somos únicos y extraordinarios.
En su libro Polo, el buscador (Sudestada, 2010) Hugo Montero e Ignacio Portela afirman que su nombre hoy es una clave porque lo murmuran “los huérfanos de su sensibilidad”. En los días en los que escribía esta nota, una empleada de una librería del barrio de Flores (a quien le había preguntado si tenía el libro) me dijo: “No, pero me acuerdo de ese chico y sus programas. No me perdía ninguno”. En la espera de un lavadero de autos, ya con el libro en mano, un señor de unos sesenta años mira la tapa y dice: “Perdón, ¿es sobre Polo? Yo lo conocí, éramos compañeros en la secundaria”. ¿Compañeros en la escuela? “No, en la militancia”. Polo había pasado unos años por el PC. Antes de despedirse, reflexionó: “Siempre me pregunté que le habrá pasado por la cabeza cuando se fue”. Si hay huérfanos en cada esquina, quiere decir que esa sensibilidad habita en muchas personas hasta el día de hoy.
En la televisión actual (y en sus streaming) domina el panelismo y el periodismo patrullero. Todo tiene velocidad, pero casi nada tiene tiempo. Todo tiene opinión, pero casi nada tiene escucha. En ese paisaje, el método Polosecki vuelve a ser una invención: frenar antes de opinar, abrir una escena antes de clausurarla, dudar antes de etiquetar. Poner el cuerpo donde otros lanzan un juicio. Salir. Buscar el otro lado del show, de la demagogia, del estigma. Y también el otro lado del periodista: ese lugar incómodo donde no se sabe. Su “ignorancia” era un activo: preguntaba, y de veras quería saber. En esa voluntad de aprender radica su modernidad. El periodista contemporáneo suele confirmar prejuicios, certificar líneas, administrar agenda. Polo iba a la intemperie a buscar lo que no le cerraba. En el presente hay tantas cosas que no cierran de este país en el que cada diez minutos cambia todo y diez años después no cambió nada.
La noticia no era el escándalo: la noticia era que una vida común, si se la mira con atención, no es común porque todos somos únicos y extraordinarios
El visitante, por su parte, llevó esa idea al límite: no basta con pasar; hay que quedarse un rato. La visita no era irrupción, sino cohabitación breve. Esa diferencia mínima lo separa de casi todo lo que vino después: cuando la cámara no es un intruso, el mundo no actúa; se muestra.
¿Cómo contaría Polo la Argentina actual con docentes con tres trabajos, obreros industriales que salen de la fábrica y se suben al Uber, pibes de delivery que cruzan la ciudad como nómades digitales sin mapa de derechos y con memoria venezolana? ¿Cómo registraría la gran maquinaria del endeudamiento general y el cotidiano -la financiera del barrio, la billetera virtual, la cueva- y la vergüenza de deberle plata al vecino o al narco? ¿Qué haría con la devastación de las periferias?

El periodismo argentino se volvió un bucle: paneles que reciclan sus propias consignas; “periodismo de guerra” de un conflicto que terminó hace rato; investigaciones que se contentan con “lo que todos saben”; denuncias que nacen condenadas al olvido y debates diseñados para que nadie piense. La audiencia, extenuada, se reparte entre la indignación como deporte y el zapping como defensa personal. En ese universo de parlantes (o parlanchines) que se retroalimentan, el método Polosecki sería una desaceleración poética y política: bajar el volumen para subir el sentido.
No es un manifiesto romántico. Es una propuesta de método: si la vida social está atravesada por crisis que no entran en un gráfico, si la desigualdad ya no se entiende con cuatro slogans, si la política habla en un idioma que la mitad no reconoce, entonces volver a Polo no es nostalgia; es táctica. Y hacerle justicia más allá y más acá de su final.
El sospechoso habitual podía ser extremadamente culto; el perdedor podía tener una teoría del mundo; quien parecía hablar tan solo de sí, terminaba iluminándonos a todos
El fin de la noche
Hablar del suicidio exige una prudencia doble: no reducirlo a un “caso” ni convertirlo en alegoría. Si algo enseñan las tradiciones que más intentaron pensar este acto es que nunca hay una causa única. Émile Durkheim mostró que, además de lo íntimo, hay matrices sociales que inciden, aunque Horacio González alertó sobre el peligro de que las estadísticas que confirmarían la presencia de “la moral colectiva” en cada individuo terminen transformadas en un acto del destino. Los “necesarios” suicidados por la sociedad. Cierta psicología contemporánea habla de ese dolor psíquico intolerable y asegura que no es tanto “querer morir” como querer dejar de sufrir cuando se extinguen las salidas percibidas.
“Hay algo peor que la angustia de la página en blanco. Algo peor que no tener ninguna historia que contar: es haber oído demasiadas, y no poder olvidarlas”, se escucha en un off de El otro lado con la voz de Polo. Y hay algo que hizo que sus programas se transformaran en emblemas para la vida de una generación que también estaba en su propia búsqueda y andaba a los saltos entre la política, el arte, el rock y, a veces, el vacío.



