21 de julio de 2026
Si quisiéramos definir lo íntimo, deberíamos saber, primero, que no se trata solamente de una actividad individual. La intimidad se construye con otros y constituye una historia de vida. Segundo, hablar de intimidad supone, al menos, pensar en su opuesto: lo público. En un texto extraordinario, César Aira piensa la intimidad a partir de las Memorias y el Diario íntimo de Chautebriand y Víctor Hugo, y dice: “lo que se opone estrictamente a lo público es lo privado, lo que dejaría a lo íntimo como un suplemento recóndito de lo privado”. Este suplemento, pone a la intimidad en una frontera que retrocede o avanza según la necesidad de contarla. Para Aira, la intimidad es algo así como “el laboratorio de la verdad”.
Me quedo con la idea de laboratorio y verdad. En la literatura, existen varios relatos que cristalizan las verdades que desenmascaran u ocultan los lugares de una casa en la intimidad: la cocina, los pasillos, los patios, la habitación. Las empleadas domésticas, las cuidadoras, las criadas, las amas de llaves nos dejaron grandes testimonios de familias burguesas de la cultura. En el libro Los Bioy, por ejemplo, Jovita Iglesias relata magistralmente escenas entre Silvina Ocampo y Bioy Casares. Además de ser un gran chimento de una privacidad que se hace pública, por medio del relato de Jovita podemos ver la cercanía, confianza y disponibilidad que tienen las empleadas que pasan de familia en familia, recomendación en recomendación, demostrando su lealtad y confidencialidad. A su vez, por medio de los relatos de las sirvientas, se ve cómo las consideran su propiedad.
La literatura nos ofrece varias narraciones en las que se muestra la relación entre las empleadas domésticas y sus patrones. Ahora me vienen a la mente algunos ejemplos claros: el cuento “La fiesta ajena”, de Liliana Heker, “Belún Canan”, de Rosario Castellanos y “Las amigas”, de Carlos Fuentes. En el primero, el servicio es infantil, y en Rosaura, se encarna la crueldad de una clase: la niña-sirviente, supuestamente amiga de Luciana, hija de la patrona, es objeto útil en un cumpleaños. En Belún Canan, la voz de la nena narradora dice: “¿Sabe mi nana que la odio? (…) No sabe nada”; en el cuento de Carlos Fuentes, la discriminación y maltrato se da en el abrazo final: la empleada parece tolerarlo todo. Hacerlas sentir como familia: regalarles cosas, considerarlas su propiedad, disponer de ellas y de sus cuerpos, pedirles amor y lealtad: un ¿vínculo laboral? de sentimientos difusos. Algo que también se ve en la película Roma, de Cuarón, con el personaje de Cleo: un bien disponible para la señora de la casa y sus hijos,que se vuelven prioritarios.
Fanny, su compañera cuando lo visita Menotti, cuando iba a las librerías, en la casa, en la calle, confidente de los sueños de Borges. Fanny, esa que nunca leyó ningún libro de Borges, aunque conocedora de sus virtudes e inseguridades
Varios son los ejemplos en la literatura y el cine en los que las sirvientas fueron narradas. Pero en otros tantos libros, fueron narradoras de la vida de ellas mismas y de sus patrones. Sus voces, laboratorio de la verdad. Trabajadoras que cuentan desde los distintos lugares de las casas, sin el “cuarto propio”, narrando en la cocina, en el baño, en el colectivo, en el trabajo, durante la comida, “mientras lavas los pisos o la ropa escucha las palabras cantando en tu cuerpo”, como dice Gloria Anzaldúa (1980) en “Hablar en lenguas. Una carta a escritoras tercermundistas”. Así como la intimidad de Victoria Ocampo se construía con Estefanía Álvarez; la de Bioy Casares y Silvina Ocampo, con Jovita Iglesias; la de los Borges, con Fanny. ¿Qué cristalizan las voces de las empleadas domésticas? ¿Qué nos dicen sobre ellas y los demás? ¿Qué relación se establece entre ellas y sus patrones-escritores?

Epifanía Uveda de Robledo, Fanny
“Cuando empecé a trabajar con la señora Leonor, yo tenía el pelo largo y lo usaba trenzado. Una de las primeras exigencias fue que debía cortarme las trenzas. La señora decía que de esa forma yo no perdía el tiempo haciéndomelas o peinándome. Claro que con el correr del tiempo me fui adaptando y después llegué a disfrutar de mi trabajo. Sentía que esa era mi casa y que los Borges eran parte de mi familia. Era, desde luego, una vida muy particular, pero a mí me gustaba, y de a poco nos fuimos llevando bien. Yo con mi forma de ser trato siempre de no molestar y aparte no soy de salir a bailar y no conozco nada que haya más allá de la puerta”, cuenta Epifanía Uveda de Robledo, Fanny, en el libro El señor Borges, en co-autoría con Alejandro Vaccaro, biógrafo de Borges.
Fanny nace en 1922 en Colonia Romero, provincia de Corrientes. A los pocos días de nacer, su madre la da a la familia Soto. Juana Isabel Soto es a quien ella conoce como madre y sus hermanos serán los hijos de Isabel. Su primer sobrenombre fue en guaraní Tahiana, que significa mujer noble, mujer honorable. El nombre propio en esta cultura es la palabra principal de la vida porque determinará su destino.
Así como la intimidad de Victoria Ocampo se construía con Estefanía Álvarez; la de Bioy Casares y Silvina Ocampo, con Jovita Iglesias; la de los Borges, con Fanny
La Colonia donde creció Fanny era albergue de muchas personas del campo que no tenían recursos ni vivienda. Allí, había una salita que funcionaba como escuela. Fanny fue a la escuela hasta los diez años y cuando se la consideró útil, empezó con tareas domésticas y trabajo mancomunado. A los catorce años, trabaja como mucama con una familia de General Paz, un pueblo cercano. A los veintitrés años se va a Buenos Aires, acompañada por una parienta, María Escarlón, viajan en barco por el Paraná. Allí, empieza a trabajar para el matrimonio Aberastain Oro, la casa de un arquitecto y una profesora de piano que vivían solos. Este cambio es abrupto: del campo a la ciudad, en una casa en la que trabaja y le pagan con comida, sin salidas ni vacaciones y, además, recibe maltrato. En 1940, se casa con Raúl Virgilio Robledo, navegante y empleado del puerto. Años más tarde, tiene una hija, Stella y en ese período, Fanny debe repartirse entre el cuidado de su hija, un trabajo por horas y la casa de sus patrones. Por aquel entonces, le proponen trabajar en la casa de los Borges: “La mujer que trabajaba en lo de los Borges, Amalia Negrette, era ya muy viejita y tuvo que jubilarse (…) Hacía poco que había nacido Stella y yo tenía muchas dudas de aceptar. La viejita me dijo tenés que aceptar, tenés que hacerlo por tu hija, porque no podés dejar a la nena con nadie. Porque ella tuvo una experiencia muy mala. Quedó embarazada y para que la gente no se enterara la tuvieron escondida y después, una vez que nació la nena, se la tuvo que entregar a otra familia para que la criara. Yo podía vivir ahí con mi hija, así que acepté”.

Las empleadas domésticas siempre son sirvientas en estas familias dentro y fuera del horario de trabajo (si lo tiene). Sus amos disponen de sus cuerpos, sus identidades y, en caso de tener un lugar dentro de la casa, como la cocina o la habitación, no lo respetan. Un gesto que materializa la autoridad de los patrones sobre ellas, cuerpo y emociones, imponiéndoles su voluntad, como a Amalia Negrette. Fanny cuenta que lloró al cortarse las trenzas por pedido de Leonor y que aún las conserva.
Al trato peyorativo hacia las empleadas domésticas se le suman los prejuicios y sospechas que caen sobre ellas: la posibilidad de robo a los patrones de las casas. En el discurso de Fanny, se puede ver constantemente la apelación a su honestidad y confianza: “Yo sabía muy bien lo que se guardaba en esa casa, estuve por más de treinta años conviviendo en ese sitio, conocía absolutamente todo”. Fanny dice esto luego de ser acusada de aprovechadora tras la muerte de Borges. Ella había estado en su compañía por más de treinta años.
Nadie se asombraría hoy en día si afirmo que alguna que otra vez más de uno habrá escuchado: ¡Me falta plata¡¡Seguro fue la chica que limpia! O el clásico “la chica que me ayuda”. Además, a todo el maltrato laboral que de por sí reciben las empleadas domésticas, además de considerarlas un bien disponible para la casa y la familia, o pretender considerarlas familia para que se mezclen lo laboral y lo afectivo, recae el prejuicio del robo o estafa. “Cuando vino el doctor [abogado] Vidaurre para sacarme de la casa me dijo: ‘Dice Borges que entre los libros hay plata’. Y yo le contesté que no, que el señor no pudo haber dicho eso. Si él se estaba muriendo… eso lo tuvo que haber dicho otra persona que tiene interés por el dinero, pero no el señor. A él jamás le interesaron las cosas materiales y mucho menos el dinero, sentía desprecio por el dinero. Y le dije al doctor Vidaurre: sí, hay monedas de oro, que están en tal y tal lugar (…) Yo sabía todo, pero jamás, jamás toqué un centavo”.
Fanny fue a la escuela hasta los diez años y cuando se la consideró útil, empezó con tareas domésticas y trabajo mancomunado
Al morir Borges, a Fanny la echa y María Kodama la lleva a juicio. Le pide que justifique los gastos de la casa. Fanny no conservaba los comprobantes de los gastos durante el cuidado de Borges: debe pagar los gastos del juicio y una suma para la cual no tiene dinero. Ella había estado al cuidado de Leonor y Borges sin percibir sueldo alguno.
Fanny y el señor Borges
En el libro de Vaccaro, Fanny habla con cariño de Borges, quien la llamaba mi fiel servidora.“Desde que él murió, lo he soñado una sola noche y tengo un recuerdo muy vívido. Lo veo sentado en su sillón con el gato Beppo y le digo: señor, ¿vio lo que me hicieron? Me dejaron en la calle, sin nada…ni siquiera mis plantas me dejaron. Me tuvieron encerrada en la cocina. Porque realmente lo que más me duele son mis plantas. Y él desde un sillón me mira y me dice: ‘No Fanny, no se haga problemas, vuelva a la casa que ahí están sus plantas esperándola’”.
A lo largo de todo el libro El señor Borges, publicado tras el litigio con Kodama,Fanny destaca la relación entre ella y Borges. Habla de él con sentimientos de afecto. Vaccaro reafirma la verdad en lo que cuenta Fanny y destaca la relación de confianza que había entre ambos. El discurso de Fanny, también, nos muestra las inseguridades y ansias de Borges: nos muestra la vida de los demás. Pendiente de si ganaba el Nobel, era un escritor que ironizaba y ridiculizaba en lo público (“El Premio Nobel de Literatura lo otorga la Academia de Suecia, unos señores tan ignotos como la Academia Argentina de Letras. A quién se lo entregan ya es otro problema”, dice en 1978); sin embargo, sufría en lo privado. Fanny cuenta que Borges se puso muy triste cuando no recibió el Nobel porque sentía que merecía el premio.

Fanny nos deja ver la intimidad que había entre ellos como cuando muere la madre de Borges, Leonor, o las veces que con Bioy reían a carcajadas. Fanny, su compañera cuando lo visita Menotti, cuando iba a las librerías, en la casa, en la calle, confidente de los sueños de Borges. Fanny, esa que nunca leyó ningún libro de Borges, aunque conocedora de sus virtudes e inseguridades. Y en esa intimidad, el suplemento recóndito de lo privado, como dice Aira, se encuentra una mirada de Borges que sólo Fanny nos pudo brindar: la del enamorado de Viviana Aguilar. Un Borges enamorado a sus 80 años. En 1981, publicado en La cifra (Madrid), está el poema dedicado a Viviana Aguilar:
Al olvidar un sueño
En el alba dudosa tuve un sueño.
Sé que en el sueño había muchas puertas.
Lo demás lo he perdido. La vigilia
ha dejado caer esta mañana
esa fábula íntima, que ahora
no es menos inasible que la sombra
de Tiresias o que Ur de los Caldeos
o que los corolarios de Spinoza.
Me he pasado la vida deletreando
los dogmas que aventuran los filósofos.
Es fama que en Irlanda un hombre dijo
que la atención de Dios, que nunca duerme,
percibe eternamente cada sueño
y cada jardín solo y cada lágrima.
Sigue la duda y la penumbra crece.
Si supiera qué ha sido de aquel sueño
que he soñado, o que sueño haber soñado,
sabría todas las cosas.



